Buena parte del material histórico publicado y a publicarse en Citybellinosblog integra el libro City Bell - Crónica de la tierra de uno en sus dos ediciones. También hay material de www.citybellinos.com.ar, y de algún mnodo traté de respetar sus secciones originales etiquetando cada artículo con su nombre.
Cuando en 2013 se presentó la edición del libro dedicada al centenario de la fundación del pueblo, compartí las siguientes ideas:
El
primer recorte sobre la historia de City Bell que guardé y guardo celosamente,
son un par de páginas aparecidas en un viejo suplemento dominical del diario El
Día, en la década del ’60. Un historiador platense, Guillermo von Felder, trazaba
allí una reseña histórica de este pueblo al que yo ya quería mucho por
entonces, por el hecho de haber nacido aquí.
Me
sentía y me siento orgulloso de haber nacido aquí, hecho que no era muy común
entre mis amigos y compañeros de escuela: la mayoría eran platenses o porteños,
al menos en cuanto al lugar en el que habían nacido. Siempre, de alguna manera,
sentí atracción y curiosidad por saber algo del pasado de mi tierra.
Ya en
tiempos de adolescencia, la idea de escribir sobre la historia de City Bell era
un latiguillo recurrente en conversaciones con amigos. Tengo muy grabadas en mi
recuerdo largas charlas mate de por medio en la cocina de la familia Alba Posse
con el mayor de sus hijos, o interminables caminatas con Juan Carlitos por los
arrabales del pueblo, observando casas, evocando viejos apellidos, y contemplando
el mismo cielo estrellado de la actualidad que es el mismo de cien años atrás.
Hoy que observar el cielo es uno de los privilegios que tenemos quienes vivimos
en City Bell, trato de imaginarme los tiempos fundacionales, en los que mirando
360º alrededor sólo podía verse la casa de Cantilo y 7, el viejo tanque de
agua, y algunas pocas construcciones que formaban parte de los puestos de la E stancia Grande.
En los
primeros meses de 2002 tenía que decidir si retomaba la publicación de la
revista Vereda Bell –que por cuestiones financieras mías y del país había
suspendido en noviembre de 2001- y me pareció que en realidad la cuestión pasaba
por otra parte: era el “ahora o nunca”. Pensé que si no me largaba en ese momento
a escribir el tan postergado y reclamado libro sobre City Bell, estaba
desaprovechando la gran oportunidad.
Entonces
empecé por desempolvar mucho material que a lo largo del tiempo había venido
acumulando, a recoger nuevos testimonios de antiguos vecinos y pobladores,
hurgar archivos y bibliotecas (en algunos casos para recabar información, en
otros para verificar los datos que ya tenía), y por sobre todo, a “andar” City
Bell no ya como peatón, ciclista o automovilista rutinario, sino como si fuera
un forastero que por vez primera llega a una ciudad. Les aseguro que esa fue la
parte más importante de mi trabajo.
¿Cómo
era City Bell nocturno de los años ’20, iluminadas sus calles con sólo 27
focos? ¿Cuántos caminantes o viajeros en tren anhelaban llegar a la esquina
actual de Centenario y Pellegrini, para apagar su sed en el aljibe del apeadero
ferroviario, que hasta hace algunos meses vino salvando su pellejo? ¿Y los
ombúes de diagonal Jorge Bell? ¿Quién los plantó? ¿Cuántos troperos habrán
descansado a su sombra?
Contemplar
los edificios del Club Atlético o del Argentino Juvenil me hizo pensar que en
sus grandes bailes se gestaron no pocas familias caracterizadas de City Bell. De
alguna manera sabía yo que el libro tenía que buscar reforzar mi pensamiento de
que City Bell tiene una identidad propia, y que para conservarla es necesario
conocer el pasado. Difícilmente podamos debatir acerca de nuestro futuro si
desconocemos de dónde venimos.
La
primera gran emoción fue tener en mis manos los documentos que dieron origen a
City Bell: pliegos y mensuras –en algunos casos manuscritos- que rebelan que la
aprobación de los planos tuvo sus bemoles y que el único acto fundacional fue
la firma de un funcionario al pie de una resolución administrativa: no hubo un
acto con bandera, himno, banda ni discursos. Ni siquiera tuvo City Bell una
piedra fundamental. Y para colmo de males, una caligrafía enmendada y una
posterior lectura apurada de esa resolución, confundió la palabra marzo con
mayo y ahí quedó, para siempre, signada la fecha de cumpleaños de nuestra
querida ciudad. Fecha que está muy arraigada en nuestras costumbres y no veo
motivos para corregirla.
Otra
emoción fue contactar a la señora Lorna Bell, nieta de don Jorge y hasta 2005
única sobreviviente –junto con su hermana- de quienes habitaron la estancia en
sus últimos años en manos de la familia. Me encontré con una persona de 85 ágiles
y activos años, que a través de la línea telefónica me decía que para qué me
iba a molestar yo en ir hasta Quequén, donde vivía, si total ella viajaba todos
los meses a la capital federal.
Otro
aspecto a destacar es la soltura de los antiguos pobladores o de sus
descendientes para poner a nuestra disposición fotos y publicaciones de tiempo
inmemorial. No faltó el caso de quien cuando una vez publicado el libro vio de
qué se trataba, decidió que yo me quedara con el material que me había cedido
en préstamo. O el de aquella persona que posee objetos que pertenecieron a la
familia Bell y por primera vez aceptaron exhibirlos y que se los fotografiara
para este fin. A todos ellos, gracias.
Resultó
anecdótico el primer contacto tomado con alguien de apellido Bell. A través de
internet doy con un señor llamado Eduardo Bell que vive en Saladillo, y que
representa a la familia Bell en el país. Vía correo electrónico me informa que
en su familia aún se discute si pertenecen al tronco de los Bell de esta zona,
pero me recomienda contactarme con una persona que -dijo textualmente- “la
tiene más clara que nosotros”. Esa persona no es otro que el ingeniero Juan
José Vendramín, autor de un muy completo trabajo sobre nuestro pueblo que puede
consultarse en internet.
Sorpresas
hubo muchas, pero me gustaría destacar una que me toca muy de cerca, a mí y a
mi familia. Quien haya leído el libro sabrá ya que don Eusebio Carnevale fue el
primer arrendatario de tierras, las cuales convirtió en ladrillos, casi con
seguridad los que se utilizaron en construir la casa de Cantilo y 7 y el viejo
tanque de agua. Ocurre que la manzana en la que se encuentra mi casa estaba
comprendida entre las arrendadas por Carnevale. Desde que me enteré de eso me
gusta bromear diciendo que las primeras construcciones del pueblo fueron hechas
con tierra del jardín de casa...
Pocas
cosas me han dado tanto placer como estos tres años de trabajo en la historia
de City Bell. Fueron largas noches que devenían en madrugadas en compañía de
mate amargo. Tres años en los cuales mi esposa y mi hijo, además de mis amigos
y demás familiares no sólo soportaron estoicamente mi conversación
monotemática, sino que en muchos casos trabajaron a la par mía. Y lo seguirán
haciendo escuchándome con paciencia, porque desde ya les digo que no pienso
dejar de hablar de la historia de City Bell, algo que hago y siento con pasión.
Guillermo J. Defranco
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