jueves, 13 de diciembre de 2018

Tiempo de ennavidarse



    Quiérase o no el espíritu del final del año está presente en las conversaciones, en los planes, en las noticias... Aún para aquellos que por una cuestión de fe no celebran la Navidad, el cambio de año es insoslayable y, aunque no quieran, les llegará algún brindis, algún saludo; o por lo menos, el medio aguinaldo de diciembre. Y si así no fuera, ya pasará el basurero tocando timbre y dejando la tarjetita de saludo a cambio de algún billetito a voluntad.

    Sin duda que la Navidad es el centro de este tiempo. La hemos heredado a través de la fe junto con la civilización europea y occidental que nos ha tocado en suerte y junto con ella vinieron las comidas cargadas de calorías –ideales para esta época en el hemisferio Norte-, la figura de Papá Noel como popularización de san Nicolás de Bari –un obispo heredero de fortuna familiar que decidió repartirla entre los niños más necesitados de Pátara, la ciudad turca de donde era patriarca- y el estruendo de los fuegos artificiales.

    Cuando éramos chicos no podíamos concebir los primeros días de las vacaciones escolares sin molestar con los cohetes y los triangulitos, ya que no era mucho más lo que nos dejaban comprar. Tomábamos todas las precauciones de seguridad, esperábamos que el último vecino del barrio se levantara de la siesta y allá íbamos, a meter un poco de ruido.

    Con el tiempo, con la pirotecnia pasó como con los helados: de ser un producto asequible sólo en esta época del año, pasó a conseguirse y consumirse durante los doce meses sin demasiado esfuerzo, más allá del económico.

    Pero en este tiempo en que parece que nos portamos peor que cuando éramos chicos, la pirotecnia aparece anotada en el pizarrón junto con los chicos malos: se le acusa más de molestar a las mascotas que a los humanos o de ser potencialmente peligrosa para quien la manipule.

    Desde diversos espacios se pide el no uso de pirotecnia y fuegos de artificio en nombre de la salud de perros, gatos, mascotas y pájaros. Quiere decir que desde los chinos de hace dos mil años para acá nos vinimos portando muy mal para con nuestros queridos animales.

    Pero resulta que chinos, hindúes, griegos y romanos, desde tiempo inmemorial sumaron la pirotecnia a sus grandes ceremonias no sólo con un fin festivo sino también, en sus creencias, para ahuyentar los malos espíritus con vistas al año que iniciaban, a la fiesta que celebraban, a la etapa que comenzaba como podía ser, por ejemplo, la siembra.

    Vale decir que en su origen cohetes y fuegos artificiales tuvieron un sentido que le hemos perdido.

    En todo caso, la costumbre platense de armar y quemar muñecos pirotécnicos cada 31 de diciembre o en las primeras horas del 1º de enero, tiene la virtud de reunir en torno de ellos a la comunidad barrial después del brindis familiar. Pavada de virtud. Y ni hablemos del arte volcado, que en muchos de ellos no tiene desperdicio.

    Pero hablábamos de la Navidad, que para muchos es una cuestión religiosa, para otros una cuestión social y para otros, meramente comercial. En todo caso está cumpliendo la función de unirnos a todos, cada cual a su modo, llevándola en el pensamiento y en el sentimiento por algunos días.

    La muestra de pesebres y el eslogan “Navidad en City Bell” ya son un clásico local. Darse una vueltita por las ferias artesanales citybellinas para comprar presentes para todos los participantes de la mesa navideña es casi un imperdible de cada diciembre.

Recorrer los barrios para apreciar las casas y sus jardines ornamentados para la ocasión es otra propuesta para no despreciar, aunque nos falte la nieve de las películas y todo parezca más Coca Cola que un humilde pesebre para un niño por nacer.

    Lo deseable, entonces, es que cada uno tenga su Navidad y su Año Nuevo. No importa si no hay un Niño Dios naciendo dentro por una cuestión de creencia. Lo que importa es que no pase sin ton ni son, que aminoremos el paso, que miremos hacia adentro y también alrededor. Que nos encontremos con nosotros, con el otro; que sepamos que unos y otros nos necesitamos, que nos tenemos.

    Que la Navidad y el Año Nuevo siguen existiendo sin el estruendo de la pólvora inflamada, aunque no concibo una Navidad silenciosa ni un villancico cantado sin fuegos de colores como fondo.

    Esta Nochebuena y este Año Nuevo, en las burbujas de nuestra copa estarán todos los nombres que fueron parte de nuestro año que se va. Y estarán todos los deseos de unos y de otros para que se vayan construyendo a lo largo del que viene.

    Salud, felicidades y que sea Navidad, entonces, muy dentro de vos, y de vos, y de vos, y de vos, y de vos, y de vos, y de vos...
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15 dic 16


La casa X


    Decíamos alguna vez que los barrios son la gente que los habita. En cada casa hay un pedazo de la vecindad encarnado en sus habitantes, manifestación viva de una identidad, una característica de la tierra que habitan. Con el paso de los años y el consecuente recambio generacional, muchas de esas casas se transitan una evocación de sus primitivos ocupantes o de quien la construyó y toman así su nombre, independientemente de quién la habite u ocupe en la actualidad.

    Siempre nos preguntamos por los primeros moradores de aquellas épicas construcciones ordenadas por la sociedad fundadora de City Bell, aquellas que se erigieron en la década de 1920 como forma de atraer vecinos al incipiente pueblo fundado en 1914.

    El arquitecto y paisajista Jorge Bayá Casal vive actualmente en Béccar aunque se crió en City Bell, sobre la calle Silva. Lleva el mismo nombre que su padre y que su abuelo, primer adquiriente de la casa levantada en el cruce de calle 13 esquina 8, una de las reliquias de la arquitectura fundacional del pueblo. Don Jorge figura entre los integrantes de la Asociación de Fomento de aquellos incipientes tiempos citybellinos. Posiblemente él mismo la haya vendido años después a la familia del doctor Jorge Grau, que la habita actualmente y desde hace ya varias décadas. Un dato que no es menor para quienes nos interesamos por el tema.
 
13 esquina 8. Casa Bayá Casal. O casa Grau.
Por vía del correo electrónico nos llegó la invitación a conversar acerca de la ”casa Arias”. Así llaman los arquitectos a la vivienda que pertenece a esa familia desde hace unas ocho décadas, pasando de generación en generación. Hace ya algunos años dejó de ser vivienda para albergar un restorán, y está actualmente en obras para devolverle el aspecto exterior que tuvo en su origen, aunque adentro se servirán comidas del mejor nivel italiano, según prometen.

La casa Arias sigue perteneciendo a la misma familia y es preexistente a las históricas de City Bell. Dataría de 1915 o antes, y eso se explica porque habría sido construida para dar alojamiento a los obreros de las primeras obras públicas del pueblo. Se nos ocurre pensar que también los hacedores de la considerada primera casa a metros de allí se habrían albergado en la vieja construcción de Cantilo entre 6 y 7.

La casa que desde hace poco ocupa un comercio de los rubros gastronomía y decoración en Jorge Bell entre 12 y 13 es conocida por los vecinos como la casa de Chorny, por la última familia que la habitó hasta que hace aproximadamente una década pasó a tener un fin comercial. Aún sin saber si ellos fueron los primeros propietarios de la construcción, su apellido es inherente a ella y le ha dado su identidad.

Así, con cuentagotas y mucha memoria, podríamos ir reconstruyendo el listado de aquellos ilustres pioneros que dieron vida a aquellas viviendas iniciales; aquellas familias que delinearon los primeros trazos de la personalidad de un pueblo que estaba en pañales y que hemos heredado con orgullo de hijos y nietos.

Aún cuando no se trate de construcciones emblemáticas de los tiempos fundacionales, podríamos asegurar que están impregnados del carisma de quienes las moraron. Un ejemplo claro es la parroquia Sagrado Corazón de Jesús, que sigue siendo “la iglesia del Padre Dardi” aún a treinta y cinco años de su muerte. La esquina de 13 y 3 sigue siendo “lo de Fabi”, la casa de Sarmiento y 15, “la de Verge”, y muchos saben que el hotel funciona “en lo de Acebal”, o dónde queda la casa de Bello. A propósito, la casa Arias se ubica justo frente a la Unión Telefónica. ¿O no?

No se trata sólo de un juego de memoria, de un enhebrar recuerdos. Lo decíamos al principio: los barrios y las casas son lo que son sus habitantes y son lo que fueron quienes las habitaron en el pasado. No creemos que sea alocada la idea de identificar aquellas que dieron forma al City Bell de las primeras décadas, saber quiénes vivían en ellas y consignarlo de algún modo en el que todos podamos informarnos. Es cuestión de poner manos a la obra.
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17 nov 16

lunes, 26 de noviembre de 2018

Aquellos comercios de barrio

Un ejercicio de memoria desgrana como las cuentas de
un rosario muchos de los antiguos comercios de City Bell.
Exclusivo para Citybellinos-Gaceta Virtual, un capítulo de
"City Bell-Crónica de la tierra de uno. Edición del Centenario",
el próximo libro de Guillermo Defranco.

A menudo la nostalgia resulta contagiosa. Basta que alguien mencione algún objeto de otra época o evoque un nombre para que otro alguien recoja el guante y sume su aporte. Facebook está sembrado de páginas y grupos que miran el pasado y lo traen a la memoria. Creemos que el gran secreto está en que la añoranza sea creadora y no acabe en una melancolía crónica.


Cada vez que surge como tema de conversación la identidad de City Bell y el crecimiento comercial del pueblo, surgen los lamentos por lo que se está perdiendo, tanto material como inmaterial. Entre aquéllo, el caso más palpable es el de las viejas casas y locales que, piqueta mediante, han perdido la fisonomía con la cual siempre los hemos conocido por ser parte inseparable de la consonancia local. Otro ejemplo es el de la nomenclatura de las calles, tema ya ajado aunque no caduco y que reiteradas veces nos ha ocupado a lo largo del tiempo.

En tanto, otros sienten cierta morriña por los comercios que ya no están, símbolos de sus respectivos barrios y épocas. Más cerca de sus 50 que de sus 60 años, Gabriel Defranco -y fruto de una conversación suya con José Luis Gentiletti-, acercó una primera remesa de nombres y direcciones como aporte al ala más doméstica de la historia citybellina.

De las puntillas a los bulones
"¿Te acordás de Senluar"? dijo, evocando una mercería que ocupó un local en Cantilo entre 4 y 5 en sus últimos años pero que, creemos recordar, había atendido antes en otra dirección cercana. En el mismo ramo, Josefina González tenía su localcito en su casa de Cantilo entre 19 y 20. Su esposo Daniel tenía la sodería Irazú, principal competidora de UNISEIS, la fábrica de soda de diagonal Urquiza y cuyo sodero insignia fue por años el señor Delgado. Años antes, Gaudenzi y Pagliaro habían instalado la suya en 4 entre Cantilo y 13. Por su parte el ingeniero González (quien fuera administrador del viejo tanque de agua de Obras Sanitarias y nada tenía que ver con el anterior González) también elaboraba agua gasificada, además de las famosas gaseosas Crush, Cunnington y Neussen su planta de camino Belgrano después del arroyo Rodríguez. En ese predio funcionó mucho después la confitería bailantera Escándalo, donde diera su último show el cuartetero Rodrigo Bueno minutos antes de encontrar la muerte en un accidente.


En el rubro ferreterías, tal vez el pionero haya sido don Juan Bello con El Pilar, en Cantilo esquina 6, donde había funcionado el almacén de ramos generales y pulpería de Trinidad Fernández y Platero. En la esquina de enfrente, donde hoy hay una galería comercial, tenía el depósito de materiales. Muy cerca de allí tenían su local los hermanos Juan Carlos y Rolando Valenti, en Jorge Bell entre Cantilo y 13. En la esquina de Cantilo tenían también su depósito a cielo abierto. En tanto, en el otro extremo del pueblo José Soto tuvo por años su ferretería y pinturería.

En este tiempo en que la bicicleta parece estar recuperando terreno, bien vale evocar el taller de Mengarelli, en 2 entre Cantilo y 13. Creemos recordar que con él trabajaba Orlando (nunca supimos su apellido), quien luego se trasladó a 11 casi camino Belgrano, para cumplir una última etapa en 20 casi Cantilo. Tenemos muy presente el recuerdo de una caricatura de ambos colgada en la bicicletería de Mengarelli. Oslec era el taller de Oscar Lecadito, en Cantilo casi 23, que luego mutó en mueblería y artículos del hogar. Juan Brotto, que además de ser bicicletero supo campeonar sobre las dos ruedas, inició su histórico taller frente a la plaza Belgrano. Hoy continúa abierto, a cargo de su hijo Mauro, sobre la calle 11. Luego sobrevinieron Garanzzini (en 17 casi 11) y José Luis Da Conceiçao con su taller Ferrero quien, tal vez involuntariamente, contribuyó al ocaso de otra bicicletería que funcionaba en un garaje de Cantilo entre 8 y Centenario. Sin embargo, una publicidad que data de la década de 1940 da cuenta de que ya en esa época Nirschdevolvía la salud a las maltrechas bicicletas citybellinas.

La buena mesa y otras yerbas
Justo enfrente la familia Castellani hizo historia con su pizzería y heladería La Madrileña, la que desde 1950 y por medio siglo se mantuvo en actividad. Fueron famosas también sus pastas frescas, clásico menú dominguero. Al fondo del local había unas pocas mesitas donde uno podía sentarse a saborear una porción de muzzarella auténticamente artesanal. Si de helados "genuinos" hablamos, en la misma cuadra que la bicicletería de Lecadito estaba la heladería de la familia Lega. Luego, allí mismo funcionó el restorán La Chacha en su temporada inaugural. Hoy la oferta gastronómica es rica y variada en City Bell, pero desde 1972 a la fecha, la única parrilla y restorán que subsiste de manera ininterrumpida es El Rancho de Don Enrique, hoy a cargo de los herederos de Enrique Quarchioni. En los inicios de los '70 Leonardo Amoroso abrió Chez Maxim's, un restó con más nombre que categoría.


Allí mismo creemos recordar, con características de "boite" -era la manera de llamar a las discos en los años '60- una llamada 2001. Hubo en el rubro varios emprendimientos similares y tal vez el más recordado sea Dinoguet en Cantilo entre 1 y 2, en el mismo local que cobijara sucesivamente al antiguo cine Cantilo, a una mueblería, a un supermercado (no era fácil remontar la pendiente del piso especialmente construido para el cine, pero con el changuito cargado de mercadería) y que actualmente ocupa la iglesia evangélica.

Durante décadas, y frente al colegio Estrada, Humberto Cerasa ejerció su oficio de carpintero en el taller que heredó de su suegro Hermenegildo Valpreda. En el mismo ramo hay que recordar la carpintería de Wagner cuyo apellido, por asociación de ideas, nos trae a la memoria al plomero Carlos Strauss. Y casi de la mano, nos viene a la mente el vidriero que estaba en 17 esquina 15 y se trasladaba en un jeep rojo y blanco. Otro vidriero, legendario no sólo por su oficio, fue José Mensi.

El aroma del estaño y las resinas fundidos junto al del tabaco negro nos retrotrae al taller de radio, televisión y otras yerbas del querido Enrique Kirschenheuter. Con local a la calle en Cantilo entre 21 y 22 hacía lo propio Antonio Trejo, quien en sociedad con Luis Giffoni tenía la que tal vez fue por años la única disquería del pueblo: se llamaba Artón Radio y estaba en Cantilo entre 21 y 22. Hacia un lado estaba Antonio Maglio con su herrería Italmetal (prosigue la labor su hijo Ángel) y hacia el otro, la tintorería Vanguard, del propio Giffoni, atendida por Chita Cavallieri. Gabriel Defranco acota que en el centro citybellino funcionó hacia los '70 otra disquería de efímera vida.
Daniel Tomassi. Tenía el almacén El Universal

El sastre eléctrico

El bazar Sarita -de Sata Bocser y José Torrent- fue tal vez uno de los comercios más emblemáticos de la comarca. Previamente se había denominado El Trébol, cuando expendía también semillas y forrajes. Había iniciado sus actividades en el garaje de los Gamerro en Cantilo 19 y 17 en sociedad con Carola Gamerro. En materia de forrajes y semillas, Angeloni hizo también historia en el pueblo. Sobre Cantilo, explotó el rubro Leonardo Detlefsen, fundador de la actual semillería Nardo.

Pasemos a ropa e indumentaria. La tienda Sa-Ho se desplegaba en la esquina de Cantilo y plaza Belgrano. Fue la predecesora de León Blanco, que la misma familia explota a pocos metros, frente a la plaza.

Tal vez pionera en la venta de ropa y accesorios con un cierto nivel fue la boutique Berlú, de Berta y Milú, que abrió sus puertas en 1958 en Cantilo entre 6 y 7.

En la época en que los comercios del rubro textil se llamaban tiendas, la familiaSchaposnik tenía La Esperanza, de la cual recordamos las estanterías con las piezas de tela listas para ser vendidas por metro y las grandes mesas tipo sastre que oficiaban de exhibidores y mostrador al mismo tiempo. Hoy, con otro nombre y otra fisonomía, continúan en el comercio de la indumentaria.


Y si uno vende telas, otro tiene que confeccionar la ropa. En la década de los años '50 ejercía el oficio el padre del actor Martín Adjemián, en Cantilo entre 4 y Jorge Bell. Pero un día decidió cambiar de rubro y vender artículos de electricidad. Así que debajo del cartel que rezaba "sastre", le agregó otro que decía "eléctrico", e inauguró una curiosa combinación que, hasta el momento, creemos no ha sido igualada. Junto a él nos parece recordar a un remendón de zapatos, oficio que desde hace 50 años vienen ejerciendo los hermanos Antonio y Genaro Marino en Cantilo entre 19 y 20. En la misma cuadra otro zapatero -don José- hacía su trabajo en un estrecho pasillo donde trabajaba, atendía a los clientes, cocinaba y almorzaba. Lo curioso era que la única máquina que usaba para su labor la tenía en un cómodo local contiguo y casi vacío. En el recuerdo quedó, también, El Borceguí, el taller de zapatería ubicado en el actual pleno centro comercial de City Bell.
Y hablar de los Marino es hablar también de sus hermanos Juan y Vicente, peluqueros desde su llegada de Italia hace más de medio siglo. Unos y otros iniciaron su oficio bajo el parral de la casa familiar de los Del Tufo-Marino en Cantilo 20 y 21, trabajando de sol a sol de lunes a domingos. Peluqueros de fuste fueron también López, en un garaje de Cantilo y 2, y Angelone, en Sarmiento entre Cantilo y 15. Y cómo no recordar a Reinaldo Tagliaferro quien, aunque su apellido indique que cortaba metales, sólo se dedicaba a las cabelleras en otro garaje de la misma calle casi esquina 20.

Eso en el rubro masculino. Las damas iban a la peluquería de Miguelina Villani (su mamá vendía zapatos en el local de al lado), la de Esther, o la de Olga Ribot, sólo por mencionar algunas.


Bares y almacenes

En el rubro alimenticio la oferta es y ha sido variada. Tan frescas como su recuerdo eran las comidas elaboradas por El Poyino, la rotisería de la familia Villalba con un spiedo instalado casi en la vereda. Sin embargo, suponemos que el pionero en el rubro de pollos cocidos por ese método ha sido, en los años '60, El Pollo Dorado, de los Merlo, en la esquina de Centenario y 15, en el mismo emplazamiento que había tenido el almacén El Vasco, de Santiago Urdaniz, sucesor en el sitio de la farmacia de Jaime Rodríguez, adquirida luego por Abel Guglielmino. Hagamos un paréntesis para evocar la farmacia de Nelio Capelletti, sobre la plaza Belgrano. Dos cosas nos afloran en el recuerdo: la cabezota de Geniol con sus clavos, alfileres y hojitas de afeitar clavadas, y los confites que el farmacéutico regalaba a los chicos, especialmente después de aplicarles alguna inyección. La farmacia que hoy atiende en el supermercado de 15 y Belgrano, tuvo su antecedente directo en la de los Núñez, Cantilo entre 22 y 23.


Pensamos en los almacenes y no son pocos los que saltan a la memoria. En Cantilo y 7 estaba el de la familia González, que se identificaba con su número telefónico: El 26. Junto al viejo correo tenían la suya los Pontalti. En la esquina de la avenida con 19 estaba el de Oscar Marchesotti, llamada El Modelo. El matrimonio Arriola tuvo el suyo en 13 casi 21, en el garaje de la familia Sarti. Poco después de su cierre abrió, a la vuelta, La Fragata, timoneada por Olga Vittelozzi. En la otra cuadra Enzo Cattini tenía su rotisería, lo mismo que su hermano Derio en Cantilo entre 17 y Sarmiento. Ambos fueron de los tantos dueños que tuvo el bar La 21, en Cantilo y 21, donde anteriormente funcionara el almacén El Universal, de Daniel Tomassi. Pegado, sobre Cantilo, un señor Rossi tuvo florería, justo antes de donde funcionara la fábrica de muñecas de Piñero y Pedutto.
A los bares mencionados habría que agregar Giusseppe, en Jorge Bell entre Cantilo y 13, y El Vesubio, en Belgrano entre 11 y 12. Este último, casi con seguridad tenía cancha de bochas y creemos que pertenecía a los Pallini. En la esquina de 11 estaba el almacén El Argentino, de los Pagani, y en 13 esquina 3, el de los Fabi. Gabriel Defranco recuerda también store wehre "que cuando empezamos a aprender inglés lo traducíamos como 'negocio donde'", dice. Otra rotisería fue la de don Pedro Voskovic en Cantilo casi 2; junto a ella funcionó también un kiosco. En 11 y la entrada al barrio Los Porteños, funcionó por años el almacén de Pittori, también estafeta postal. Sobre Cantilo estuvo el de don Juan Sterpin, y su hijo tuvo más de un emprendimiento en la variante autoservicio en diversos lugares. Del mismo modo, Dauce Del Corro regenteó lo suyo pegado a la Delegación Municipal, anexando también verdulería. Cómo no incluir en el listado a Kurquen, el almacén de Roberto y Rodolfo Minassian, frente al Club Atlético. A una cuadra de la Escuela nº 12 estaba el almacén Il Friuli y no muy lejos, sobre la calle 5, Parma, la fábrica de pastas de la familia Tanzi.

Carnes y verduras
Complementemos los almacenes recordando las verdulerías de Milano (subsiste remozada en la actualidad) y las de los hermanos Oreste Terucho Del Tufo. Son recordadas, también, las panaderías Sol de Mayo (en Cantilo y 5, inicialmente de Valenti) y Del Pueblo, en la esquina de 8 y Cantilo. La panadería San Martín -desde hace décadas en manos de la familia Garaventa- fue por años propiedad de Boff, aunque su fundador fue Passarelli. La Belgrano está a cargo de los Montiel desde que tenemos memoria, así como hasta no hace mucho la familia Cipollone fue propietaria de la de Cantilo y Sarmiento.


Para cerrar el rubro alimenticio hablemos de los carnicerosPasarello fue el eterno carnicero del Cantilo entre 4 y 5, Achucarro supo despachar carne en Cantilo entre Sarmiento y 17, en tanto el apellido Moreno es sinónimo de carniceros en City Bell y alrededores. Rossi y Coradi también supieron incursionar en el rubro, y de este último diremos que previamente fue lechero domiciliario, como Bonessi y Barragán, entre otros.
En 1966 abría sus puertas un kiosco con venta de artículos escolares que, con las expansiones del caso, se mantiene junto al colegio Estrada: Pinocho. En la esquina de Cantilo y 4 (inicialmente a mitad de cuadra) conserva su frescura El Pucho, originariamente atendido por su dueño, Surace, quien fue también el propietario de un bazar de la plaza Belgrano donde sólo él podía hallar lo que le pedía el cliente, por la cantidad de mercadería sin desembalar que había acá y allá. En materia de kioscos también son leyenda viva los de Cantilo y ambas diagonales y el de Rufino Ramírez, en la esquina de 20, a cargo ahora de su hijo Ricardo.

Buena impresión
Durante muchos años funcionó una imprenta en plaza Belgrano casi esquina 3. Sin embargo, nuestro recuerdo nos lleva a Epigraf, la imprenta y librería de Elsa y Osvaldo Epíscopo, frente al bazar Sarita.


Pionera en el rubro bombonería, café y artículos para repostería fue A los Mandarines, de Haydée Fernández de Valderrama. En este último rubro la imitó Candy, en Jorge Bell entre Cantilo y 13, luego devenido en pequeño almacén. Joselé, su dueño, llegó a editar algún vinilo como cantante melódico.

Cómo olvidar a la zapatería Nil Mar en su antigua versión, antes del aluvión comercial de la última década. O a la casa de fotografía de Alicia y Roberto Bugallo, cuyo primer local estaba en Cantilo casi 8 (la esquina era un baldío por entonces). Al lado estuvo el que tal vez fue el primer comercio dedicado al dibujo y las manualidades en City Bell. Se llamó inicialmente Padula y luego tomó el apellido de sus nuevos dueños, la familia Campbell. En materia de librerías que ya no están, y en una declaración pública de subjetividad, anotamos aquí a la inolvidable Punto y Coma. Más específicamente orientada al arte era Celtis, en Cantilo casi 8.



Oscar Marchessotti en su almacén El Modelo (Archivo Marchessotti). 

Otros rubros

El primer despacho de combustible fue el de José Carnevale, en su taller mecánico de Centenario entre Pellegrini y 15. Luego fue de Agustín Robledo, quien se trasladó a la esquina de Güemes. Similarmente, Ángel Cogoma se instaló con igual rubro en el camino Belgrano, casi junto al arroyo Rodríguez. Luego se trasladó a la mano de enfrente, hasta su cierre. Julio Barone y Humberto Defranco también comenzaron (en 1953) con su taller mecánico sobre el Camino, llegando a 11. Doce años después, habilitaron la estación de servicio en la esquina de Cantilo, hasta retirarse en 1997. Emilio Siano, Coco Zampatori y Marino Cescutti fueron exponentes del sector mecánico automotriz.

Hablando de talleres, y casi como una paradoja para un pueblo como City Bell, carente (por fortuna) de edificios de altura, no podemos omitir la fábrica de ascensores Excelsior que los hermanos Amante tenían en 17 entre Cantilo y 15.

Los últimos apuntes nos recuerdan que existió el oficio de colchonero y tal vez el más conocido del pueblo, y que lo ejerció hasta años relativamente recientes, fue Rafael Karwowski. En Cantilo llegando a 17 estaba la academia de dactilografía de la familia Alonso y años después surgió, casi enfrente, el instituto San Patricio, que a la dactilografía sumaba otras áreas de enseñanza.

Desde su local-taller en diagonal Urquiza, José Lago ha sido uno de los relojeros más antiguos de City Bell (hay quien asegura que fue el primero). Quien también ejerció el oficio, aunque luego diversificó su actividad llegando a ser el calesitero de la plaza, fue el Gallego Gómez. Su fama se extendió por el pueblo hasta bien entrados los años '80. Norma y Darío Suárez fueron durante años los propietarios de Gabi, la relojería ubicada a metros de la Plaza.

Tampoco están, salvo en el recuerdo, las inmobiliarias de SavEnnio Ciccarella y Calógero Randazzo -más tarde se sumaría Urtubey-, tal vez los únicos profesionales locales en esa materia hasta los albores de los '80.
Panadería Del Pueblo, en Cantilo esquina 8.

Amores ocultos
Por último, en un rubro sospechosa o pudorosamente relegado en esta evocación, hay quienes recuerdan con nostalgia los hoteles alojamiento El Ciervo (sobre el camino Belgrano), La Primavera Los Cedros, éstos dos en el camino del Touring Club paralelo a las vías, cruzándolas en dirección a Gonnet. Aún quedan sus ruinas.

Tal como deberíamos haber aclarado desde el inicio de este artículo, la evocación es necesariamente incompleta y subjetiva. Está signada, fundamentalmente, por el ámbito geográfico y barrial por el que nos movíamos en los años '60 y '70, y por la costumbre familiar de comprar en uno u otro comercio. Hay nombres y lugares que se cruzan y se mezclan en el recuerdo y para hacer más completo el texto deberíamos habernos extendido en varias de las menciones. Pero ese es otro objetivo. Aquí, tan sólo procuramos responder a una inquietud y dejar testimonio de la existencia de tantos comercios que ya no están. No pretendimos -no podíamos- abarcar su totalidad, ni mucho menos. Apenas escribir sus nombres para que no se pierdan, para disparar los recuerdos de otros y que no nos genere nostalgia sino una resultante creadora que otorgue a los nuevos habitantes de City Bell una idea de lo que supo ser años atrás.

El primer banco


En 1963 se abrió la primera sucursal bancaria en nuestra ciudad. El Banco Río de la Plata desembarcaba aquí cifrando sus esperanzas en una nueva y prometedora plaza comercial.

Cuando Francisco Occhipinti comenzó su carrera bancaria, posiblemente no haya sospechado que su vida estaba dando un vuelco ni que acabaría protagonizando un capítulo de la historia de City Bell. Un año antes de morir dialogaba con un cronista de la revista Vereda Bell, con vistas a un artículo que se publicaría con su firma. En él relataría el origen de la primera institución bancaria que se abrió en City Bell.

"El Banco Río de la Plata fue la primera institución bancaria que se animó a instalar una sucursal en la amplia zona que va desde La Plata hasta Florencio Varela. Le corresponde a City Bell el privilegio de haber sido la localidad elegida para instalar esa sucursal por el directorio del banco, en la persona de su por entonces presidente, el doctor Carlos Pérez Companc. Las directivas no fueron de alquilar un local para "ver qué pasaba", sino las de adquirir una propiedad para tal fin", comienza Occhipinti.
 
Francisco Occhipintti, primer gerente bancario del pueblo, 
junto al excrack de fútbol Nolo Ferreyra, en el brindis inaugural.
A principios de 1963 el Banco Río compró al señor Landolfi la propiedad ubicada en Plaza Belgrano esquina 3 (luego Banco Platense, más tarde Municipal y hoy Provincia) y de inmediato procedió a las refacciones y ampliaciones para adaptarla a las necesidades de la nueva institución.

Confianza
"Era tanta la confianza que tenía Pérez Companc en City Bell -rememora-, que el 18 de marzo de 1963 se hizo la inauguración con la presencia del propio Pérez Companc (presidente del banco); su vicepresidente y por entonces presidente de YPF, el doctor Bustos Fernández; el arzobispo de La Plata, monseñor Antonio Plaza; el padre José Dardi, y el presidente del Club Atlético City Bell, Carlos Chidíchimo". En la ceremonia hasta hubo banda de música.

Francisco Occhipinti fue designado para dirigir esta primera sucursal habida cuenta de su larga trayectoria en el banco de la Nación Argentina en localidades como Río Colorado, Bahía Blanca, Ushuaia, General Acha, Comodoro Rivadavia, Coronel Dorrego y, hasta pocos días antes de la designación en City Bell, gerente de la filial Punta Alta, en las cercanías de Bahía Blanca.

Y hurgando en la memoria, evoca a algunos de los primeros cuentacorrentistas que tuvo la sucursal: Ricardo Berri, Leonardo Detlefsen, Julio Barone y Humberto Defranco, Juan Vendramín, Juan Bello, Sebastián Guerreiro Brites, entre otros.
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Hoy es historia

Cumplido un año de la celebración por los 100 años del nacimiento de City Bell, reflexionábamos lo siguiente a modo de evaluación y balance:


Hablar hoy de City Bell es hablar de su historia misma. Es que transitar el año de su Centenario, rememorar los recientes y actuales sucesos que conmemoran los cien años de su fundación es escribir, al mismo tiempo, un trozo de su historia.

Hemos tenido la gracia de ser parte de muchos de esos acontecimientos, tanto como espectadores como asumiendo un rol protagónico, si es que contar públicamente o por escrito aspectos de nuestro pasado como comunidad puede considerarse protagónico.


Hasta donde hemos sido capaces, procuramos que llegara a cada uno de nuestros interlocutores el pensamiento que nos ha acompañado y nos acompaña en todo este tiempo: "Dejemos nuestras huellas y la de nuestro calzado impresas en cada centímetro de su superficie. Veremos florecer la historia que las generaciones venideras habrán de necesitar para conocer su origen, para comprender su presente. Para seguir construyendo un City Bell como todos queremos". La frase está encerrada en un escrito que nos pidieron para imprimir en el menú de la cena del Centenario. Para nuestra sorpresa -y para alimento de nuestro ego-, no sólo fue colocada también en el reverso de viejas fotografías del pueblo devenidas en imitaciones de tarjetas postales (a modo de souvenir), sino que constituyó también el centro de los manteles en cada una de las mesas de la velada.

Habida cuenta de que las cifras oficiales hablan de unas 35.000 personas participando de los festejos, aceptemos que se trata de una cifra nada despreciable para una comunidad que andará en el doble de habitantes.

Hubo teatro, música, cine, canto, pintura, dibujo, desfile, venta de artesanías y otros productos, exposiciones de automóviles, de fotografías, de maquetas. Hemos dedicado una edición del libro que contiene historias de la historia de City Bell a estos cien años. Cada cual, a su manera, ha dejado su huella para los próximos años, y la posteridad.

¿Habrán comprendido los más chicos la trascendencia del momento? En algunas de las escuelas a las que fuimos invitados a exponer sobre la historia local, les transmitimos a los alumnos la inquietud: pensemos en dentro de 50 años, pensemos en el festejo por el cumpleaños número 150 de City Bell. ¿No les gustaría encontrarse con un testimonio de estos 100? ¿No sería lindo plantar hoy un árbol en el patio de la escuela como testimonio de quienes vivimos esta fiesta?

Horadar la piedra como una gota de agua. Hablar aquí y allá en estos meses posteriores a este mayo y hasta llegar al próximo, regando esta tierra prolífica y fértil para que florezca la historia. Porque plantar la semilla es empezar la historia. Esa historia que no pasó ni habrá de pasar, sino que está hoy tan viva como siempre.

Hurgando en cada barrio, en cada calle, en cada vecino, nos toparemos con la herencia de nuestros mayores. Hagámosla nuestra.
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Mayo 2015

jueves, 22 de noviembre de 2018

Un almuerzo de $5.000



City Bell no tuvo un acto fundacional. Su nacimiento consistió en un mero acto administrativo, la firma de un funcionario que el 10 de marzo de 1914 autorizó su trazado dándole así entidad y existencia jurídica. Hubo de pasar casi quince años para que las primeras obras fueran inauguradas a toda pompa. Sólo faltaron bombos y platillos.

Todo se preparó dignamente para recibir la visita del primer magistrado a quien acompañarían -según dice una de las actas de la época- sus ministros, funcionarios de la administración, gerentes de Bancos, del Ferrocarril Sud, de la Unión Telefónica, intendente, concejales, etc. Se había decidido que el acto se realizara en la Casa de Té que era, a la sazón, el sitio más adecuado”.

"La Comisión de Fomento -narra el administrador Büchele- tomó conocimiento de que la visita del señor Gobernador era de esperarse para el sábado 31 de enero, a las 12.30. Quedó el vicepresidente, señor Linares, encargado de dirigirse con unas palabras al señor gobernador agradeciendo en nombre del pueblo y de la comisión, su visita. Todos los miembros quedaron de acuerdo en reunirse a las 12 en la estación para recibir a los huéspedes. Se había invitado a los vecinos a contribuir al brillo de los festejos embanderando sus casas y concurrir a la recepción: todo se hizo así, y City Bell presentaba un hermoso aspecto con sus muchas banderas ondeando al viento de aquel luminoso día. El almuerzo se sirvió bajo carpa, por una importante confitería de Buenos Aires y en él se invirtió una suma que podrá parecer excesiva, pero que estaba de acuerdo con la magnitud de la ayuda que la Comisión de Fomento y el pueblo en general habían recibido de aquel gobernante”. El costo del mismo rondó los 5.000 pesos de la época y para darse una idea de lo que ese monto significaba, baste con decir que los quinteros pagaban por año y por hectárea arrendada, una suma cien veces inferior.
 
Cantilo y Jorge Bell, embanderado para recibir al Gobernador.
Una crónica periodística de la época, consigna textualmente: “Inauguración oficial del nuevo pueblo de City Bell 31 de enero de 1925. Crónica de los festejos. Se realizo ayer la anunciada inauguración oficial del vecino pueblo de City Bell fundado por la Sociedad Anónima de City Bell cuyo directorio preside el Dr. Adolfo Labougle (por fallecimiento del señor José Guerrico), que por inmejorable ubicación y notable impulso dado a su proyecto durante el ultimo año, será una de las villas veraniegas más pintoresca de las inmediaciones de La Plata.

Asistieron al acto el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Dr. José Luis Cantilo y los ministros de hacienda y de Obras Publicas, Señores Viale y Rodriguez Jáuregui, quienes llegaron en automóvil desde esta ciudad poco después de las 12 horas, coincidiendo con los trenes especiales que traían desde Buenos Aires a las personas invitadas especialmente. Igualmente ocurría con quienes provenían de La Plata.

El Sr. Cantilo fue recibido en la estación del Ferrocarril del Sud por el directorio de la Compañía City Bell presidida, como habíamos dicho, por el Dr. Labougle, otros miembros del mismo directorio y numerosos caracterizados del nuevo pueblo. Frente a la estación se había formado el personal de la comisaría 6ª al mando del Comisario Gigena y oficial Balsa y la banda de música de guardias de cárceles que poco después encabezaba la columna que recorrió la calle principal (14) a la que el vecindario bautizo con el nombre de Cantilo.

Al llegar la columna a la entrada de esa calle, el Sr. Segundo Linares, Presidente de la Comisión de Fomento de la villa, pronunció un breve discurso de bienvenida que fue muy aplaudido, siguiendo luego la comitiva hasta la amplia carpa donde la compañía fundadora y vecinos ofrecieron un muy bien servido banquete al Sr. Cantilo y su comitiva.

”Ante una inmejorable presentación de las mesas, tomaron asiento las siguientes personas:  Gobernador de la Pcia de Buenos Aires Sr. Cantilo, Ministro de Obras Públicas Dr. Rodriguez Jauregui, de Hacienda Sr. Viale, el Presidente de la Honorable Camara de Diputados Sr. Pizarro, Presidente del directorio de la S.A. City Bell Adolfo Labougle, el Intendente de La Plata Sr. Morales (que acababa de asumir en reemplazo del Sr. Silva), diputado Haramboure, director de ceremonial de la Gobernación Sr. Rodríguez Irigoyen, el Gerente del Banco de la Nación Sr. Mariano Gradin, del Banco Escandinavo Sr. Pedro Stomi, el Jefe de la Policía Sr. Laureano Argañaraz, Ministro de Bolivia Sr. Alberto Diaz de Molina, Concejal Dr. Abella, el Secretario del Consejo Deliberante Sr. Garat. Sres.: Carlos Kier, Ricardo Labougle, el Comisario Sr. Gigena, Oficial Insp. Balsa, Ing. Albarracín Sarmiento, Carlos Morea Urraza, Olmedo. Vecinos de City BelI: Luis Cordero, Diez, Gómez, Islas, Carbone, Barros, Acebal, Mattaloni, Valera, Blanca, Dillon, Funes, Lombardo, Señorans, Chiarrone, Scherrer.
 
Tobías Büchele, administrador del pueblo, y Labougle -por la S. A. City Bell-
aguardando la llegada de la comitiva oficial en la estación de trenes.
A los postres el Dr. Labougle ofreció la demostración en breves palabras, brindando por la prosperidad del pueblo que se inauguraba bajo tan gratos auspicios y por el Sr. Gobernador que había accedido tan gentilmente a la invitación que le hicieron y ayudado con eficacia en el desenvolvimiento de la villa. Contestó el Sr. Cantilo agradeciendo los gratos momentos que los vecinos le habían proporcionado y haciendo votos porque el nuevo pueblo que desde su iniciación había contado con tan hermosos y pintorescos edificios ubicados sobre uno de los parajes más saludables de la tierra, fuera la villa más importante de las inmediaciones desde la Capital de la Provincia, como era lógico esperar dada la actividad de la compañía fundadora y la preocupación constante de la comisión de vecinos creada para su fomento.

”Después de las 15 horas el Gobernador y los ministros emprendieron el viaje de regreso en sus automóviles hacia la Capital Federal y los demás invitados en los trenes especiales que se detuvieron expresamente en aquella estación.

”Estado del tiempo en el día de la visita del Sr Gobernador: Presión atmosférica 762.4 mb. Temp. Máx 26º Temp. Min. 13.5º a las 4:25 hs. Humedad 25% Viento NO 15 Km/h.

“La noticia más importante de la venida del Gobernador Cantilo fue el anuncio de la aplicación de la Ley Mitre que le permitirá al pueblo poder asfaltar la calle principal (14) Cantilo y la Av. Labougle”.


La fundación del pueblo


         El 18 de julio de 1913, don José Guerrico en representación de la Sociedad Anónima City Bell, compra a la sucesión de Don Jorge Bell algo más de 300 hectáreas de una fracción de su Estancia Grande para formar un pueblo”...

         Más o menos con estas palabras comienzan habitualmente los artículos referidos a la historia y fundación de City Bell. Así arranca su “Breve historia de City Bell” el historiador local Carlos Moncaut, todo una autoridad en historia bonaerense, párrafo que se ha reproducido como un clisé en infinidad de publicaciones que abordaron la historia de nuestra ciudad.

Muerto Jorge Eduardo Bell, sus herederos deciden incursionar en el negocio de la urbanización y con tal motivo dan el visto bueno a la conformación de una sociedad anónima a la que llamaron “City Bell”, haciendo caso omiso a las reglas de la gramática inglesa.

El nombre “City Bell” siempre llamó la atención de quienes “algo” de lengua inglesa conocen, aunque más no sea de haberla visto de pasadita en la escuela primaria.

Fue José Guerrico, presidente de la sociedad fundadora, quien propone oficialmente este nombre para el nuevo pueblo. Lorna Bell nos acerca alguna pista, luego de calificar de “disparate” atribuido a su tío Eduardo esta construcción gramatical. “Fue un invento de mi tío que yo no entiendo- acota, como deslindando responsabilidades a quién integrara también el directorio de la empresa urbanizadora. Parece ser, no más, que una humorada del mayor de los hijos de don Jorge acabó dando nombre a la comarca que hoy habitamos.

El Duplicado de Mensura 303 que se conserva en el Departamento de Geodesia del Ministerio de Obras y Servicios Públicos de la Provincia de Buenos Aires, señala que con fecha 18 de julio de 1913 los herederos de Bell “venden a don José Guerrico como representante de la Sociedad Anónima denominada ‘City Bell’ 300 hectáreas de campo que son parte de el estancia denominada ‘Estancia Grande’ ubicada dentro del partido de La Plata cuya fracción de 300 hectáreas ha sido medida por el agrimensor Esteban Panelo, lindando por el NO, SO y SE con más campos de la sucesión Jorge Bell y por el EN la vía del ferrocarril sud. Terreno reservado para estación del citado ferrocarril y con el camino general de La Plata a Buenos Aires”.

El agrimensor Esteban Panelo es comisionado a realizar el trazo del nuevo pueblo, y del primer proyecto presentado se le requiere desde la oficina de Geodesia realice algunas correcciones, tales como la especificación de las tierras reservadas a uso público. El nuevo proyecto consigna lo siguiente:

En la planta urbana:







Manzana
Solares
Superficie
1
Casa Municipal
30
1 al 15 incl
3695,44 m2
2 y 3
Iglesia y casa del cura
23
3 al 10 y 13
3256,9 m2
4
Juzgado de Paz
16
11 y 12
1000 m2 
5
Registro Civil
16
13 y 14
1000 m2 
6
Valuación
 34
11, 12 y 13
1500 m2
7
Telégrafo
 19
11, 12 y 13
1500 m2
8
Comisaría de Policía
 37
Íntegra
9982 m2
9
Escuela de varones
21
 6 al 18
4991 m2
10
Escuela de mujeres
32
6 al 18
4991 m2
11
-----------------
2
6 al 26
7486,5 m2


En las quintas:

1
Potrero Policía
13

17979 m2
2
Cementerio
14

17979 m2
3
Corralón Municipal
15

17979 m2
14
Hospital
45 fracción b

11848 m2


Plazas:

1 Plaza (principal) – Rodeada por las manzanas 24, 29, 30, 23.
2 Plaza                      Rodeada por las manzanas 50, 57, 56, 51.
3 Plaza                      Rodeada por las quintas 4 y 5 y las manzanas 3 y 4.

A estas reservas se propusieron las siguientes modificaciones:


                                               Manzanas         solares                         superficie
Comisaría de Policía                 37                    6 al 11                          1995,50 m2
Escuela industrial                     37                    12 al 19                        2992,50 m2
Campo ejerc. Físicos                37                    1 a 5 y 20 a 28              4991,00 m2
y el Cementerio ubicado con las mismas dimensiones en el ángulo Oeste de la quinta 17.