La base del siguiente texto corresponde a una columna del
programa radial Hablando de City Bell de 2017, que gustábamos hacer con Juanjo
Vendramín. Dada la efeméride, decidí traerla al presente para compartir su
esencia
Este 28 de
febrero se cumplen once años de la partida de Juan Carlos Alba Posse, “Juancarlitos”, para muchos, dado que portaba iguales nombres que su papá. Días
después, el 4 de marzo, Juan cumpliría 64 años. Casi podríamos decir que
estamos en la “semana albapossiana” o “juancalitana”, días en los que Juan está
muy presente entre quienes tuvimos la dicha de acompañarlo en algún momento de
su vida.
| Juan Carlos Alba Posse segundos antes de contar a sus amigos que sería sacerdote. |
A Juan lo conocimos hace unos cuarenta años, entre clases particulares de
física y matemática y aventuras apostólicas; cuando nosotros, desde nuestro sentir
de adolescentes creíamos que el mundo era nuestro y él se comenzaba a plantear
que la agrimensura no era lo suyo, que más valían magisterio y filosofía.
La más grande de las pavas no habría alcanzado para toda una tertulia de
aquellas en que mate en mano y a puro cielo estrellado, discutíamos sobre
nuestro compromiso social, nuestro deber en el mundo y nuestro papel en la Historia.
Era por los setentilargos (¿'77? ¿'78?) cuando en medio de una reunión
del grupo de apostolado que dirigía lo vimos con gesto extraño, con cara de "¿lo digo?" y en ese instante
le tomamos una foto. Y como si el fogonazo del flash le hubiese dado fuerzas,
nos despachó la noticia: "Quiero ser sacerdote; voy a entrar al
seminario". La noticia era, en todo caso, lo que muchos
intuíamos que acabaría sucediendo, más aún cuando bajo las estrellas habíamos
sido confidentes interlocutores en una conversación sobre ese tema.
Supimos en ese instante que en City Bell nos había nacido un padre, y no
dicho en el sentido eclesiástico, sino en toda la dimensión de la palabra: un Padre.
Paradojas de la vida, la miopía de sus ojos hizo más aguda la visión de
su alma, esa con la que escudriñaba al prójimo, con la que era capaz de descubrir
el problema de fondo en tal o cual comunidad, en éste o aquél barrio.
Juan Carlos tenía una presencia convocante adonde estuviera. En los años
’80 peleó palmo a palmo con los pastores evangelistas el barrio Santa Ana,
donde llegó a fundar una "escuela volante" en casa de la señora Ester
Moore, simiente de un gran proyecto de promoción social cuya concreción
siempre tuvo en mente.
El barrio El Ombú y el Güemes fueron, también, tierra fértil para su
idealismo puro y cristalino, para su labor sin pausa. Revolucionario, soñador,
emprendedor, conquistador de utopías, le puso el pecho a la adversidad aún
cuando se tratara de la prepotencia impune. Así dio vida a la "cocina abierta" (en reemplazo de las ollas populares), las granjas, las casas para
chicos de la calle.
Ya consagrado, su mano fue pródiga en bendecir, en administrar
sacramentos; fue la mano paterna que acariciaba cabezas para tranquilizar las
almas. Generoso, desprendido, de sus bolsillos ralos salía siempre un "algo" para obsequiar al otro. Y de su corazón, la fortaleza y la
humildad para devanar los conflictos con su pastor diocesano.
-Juan, ¿qué
pensás del celibato? -le preguntamos
cierta vez.
-Estoy en contra.
Pero si se aboliera, yo no me casaría, porque abracé la vocación sacerdotal
junto al celibato.
-¿O sea que no te casarías?...
-…O sí, pero dejaría de ser sacerdote.
No recordamos cuánto pasó entre esa conversación y la tarde en que,
siendo párroco en Los Hornos, nos soltó la confidencia de que una mujer se
había cruzado en su vida. "Tomá distancia y dejá que el tiempo hable", le aconsejamos desde nuestro humilde sentido común. Dos años
después, en lo que fue su última celebración pública, nos dijo que Dios le
había sido muy claro a lo largo del tiempo: dejaba el sacerdocio para formar
una pareja. "Más allá de que sea pecado que un sacerdote tenga una pareja -explicó- no puedo ser hipócrita y que la gente me vea como un
sacerdote cuando yo en realidad quiero ser esposo de la mujer que amo".
Vuelto a su condición de laico y dispensado de sus obligaciones pastorales
y sacerdotales, Juan Carlos siguió como siempre -ahora junto a su esposa
Mónica- con sus tareas apostólicas: el trabajo por la institución familiar, por
los marginados, los necesitados, los chicos. "Parece mentira,
pero sacerdotalmente me siento más fuerte que nunca", confió.
Ya casado, vino a vivir a City Bell en una casilla de madera sobre la
calle Pellegrini. En medio de la mudanza, su esposa le recomendaba con
insistencia sobre la fragilidad de tal o cual bulto. Colmado en su paciencia,
Juan Carlos estalló en un “¡Basta!”. El
silencio que siguió fue tal que no podía cortarse con otra cosa que una
humorada. Y poniéndole mi mano sobre su hombro, lo miré a los ojos y le dije: “Voy a decirte
algo que vas a comprender mejor que nadie: el matrimonio es como el sacerdocio:
tenés que obedecer”.
Nos vimos poco en sus últimos años –durante los cuales se instaló en
Miramar-, pero como esas amistades (fraternidades) que se fortalecen en el
tiempo y la distancia, lo palpitamos siempre cercano, rememorando conversaciones
de los tiempos idos que siguen siendo una guía en nuestra vida de hoy.
Aunque nunca fue párroco
en City Bell, ha celebrado innumerables misas y suministrado infinitos
sacramentos aquí. No encontramos a nadie que no lo recuerde con alegría, con gratitud,
con el reconocimiento del que sólo los grandes hombres, las grandes personas,
son merecedores.
Feliz semana,
padre, amigo, hermano; y gracias por estar.
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02 mar 17 / 27 feb 19