R e b o b i n a n d o
Entrevistas de archivo a vecinos de City Bell. Muchas de ellas fueron realizadas en 1997 para el semanario "Hechos y Personajes". Se agregan unas pocas publicadas en la revista "Vereda Bell", aparecida entre noviembre de 2000 e igual mes de 2001 y algunas otras realizadas para el libro "City Bell-Crónica de la tierra de uno", en su primera edición de 2005. Tiempos previos a los grabadores digitales en los que el uso de casette permitía -obligaba- a rebobinar la cinta para volver a escuchar. Los veinte años generosos de la mayoría de los reportajes hacen que pueda considerárselos de un rico valor histórico.
Lorna Bell
(City Bell-Crónica de la tierra de uno, 2004)
Lorna Pamela Bell era nieta de Jorge
Bell. Junto a su madre Alice Chantrill y sus hermanos John (Juan) y Audrey fue
la última habitante de la Estancia Grande, hasta 1944.
El 6 de agosto de 2004 la entrevisté por
primera vez, en la ciudad de Buenos Aires adonde viajaba mensualmente desde
Quequén.
Lo que sigue es el crudo de sus respuestas,
el texto de la desgravación sin editar.
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| Lorna Bell durante la entrevista. (Foto: Guillermo Defranco). |
Mi bisabuelo
tenía 4 varones y 2 mujeres. Las mujeres volvieron a Inglaterra y se
casaron y murieron allá. Guillermo Enrique,
Archivaldo, Jorge Eduardo y Tomás.
Mi bisabuelo
vino porque era de los hijos menores de mi tatarabuelo. Tenían una fundición de
hierro en Glasgow, muy importante. Fabricaban elementos agrícolas. Era más o
menos 1840. Vino cuando estaba Rosas. Un escribano me dio dos cartas que él le
había mandado, donde ponía “Viva la Santa Federación, mueran los salvajes
asquerosos unitarios”, con tinta roja, de su puño y letra. No se olvide que
Rosas apoyó mucho a los ingleses.
Mi padre era el
tercer hijo de mi abuelo Jorge Eduardo Bell: Ethel, Eduardo, Percival Guillermo
y Mabel. De los hermanos de mi abuelo, las mujeres no tuvieron hijos y
Archivaldo sí. Yo conocí a sus nietos.
George Thomas,
mi bisabuelo, dejó un testamento que acá no tenía valor, pero en Gran Bretaña
sí. Dejó dicho que cualquiera de sus descendientes que no tuviera hijos, al
morir, su fortuna se tenía que repartir entre toda la familia.
A raíz de ello,
cuando muere Margarita, ella le deja sus campos a los nietos de Tomás Bell, que
se habían ocupado de cuidarla en su enfermedad. Tenía muchos campos alquilados.
La otra hija, Inés, dejó a la mucama, al chofer y al ama de llaves una renta
vitalicia. En 1950, ese dinero en Gran Bretaña volvió para acá, para los
descendientes. Recibí 100 libras. Lo
que se repartió era muchísimo dinero, fíjese que acá sólo éramos catorce y
todos recibimos algo...
A mi abuelo
Jorge Bell no lo conocí. Me dicen que tenía ojos violetas, lindísimos; papá
decía que era más bajo que él, y papá medía 1,83. Creo que su padre habrá
medido 1,70 o 1,78.
Tomás Bell fue
uno de los fundadores del Jockey Club de Buenos Aires. También puso capital en
el Buenos Aires Herald y fue director.
En marzo de
1944 nos expropiaron la estancia. Mi padre Percival tenía un carácter muy
fuerte. Cuando algo no le gustaba...
Mi abuelo muere
en 1910 en el campo de Napoleufú, en Tandil, en La Favorita. Era rabioso y
tartamudo. Torcía los cubiertos de plata cuando no le salían las palabras. Yo
creo que durante muchos años no se hablaron con mi abuela. Tenía una amiga, la
hija de la lavandera, con quien tuvo hijos. Pero papá nunca nos quiso decir
quiénes eran; papá sabía. No llevan el apellido Bell porque no fueron
reconocidos.
Mi abuelo había
heredado una fortuna, pero además tenía una cabaña muy importante. Mi bisabuelo
vino con un primo hermano que también se llamaba Jorge Bell, pero creo que no
se llevaban muy bien. Por eso hay muchos Bell que son parientes, pero muy
lejanos. Entonces, cuando en la cabaña hacían algún remate, ponía “no
confundir”, y a él lo llamaban “no confundir”, en chiste.
Marchetti era el
capataz de la estancia cuando la tenía mi padre. Era un italiano del norte. La
mujer se llamaba Pina. Después trabajó con camiones.
Mamá tenía un
jardinero alemán. Cuando expropiaron la estancia, mamá compró una quinta en
Bellavista y llevó al jardinero. Los jardines de la estancia los diseñó un
arquitecto paisajista que estaba en la marina inglesa y que lo conocía mi
abuelo. La estancia Grande era de los jesuitas, y cuando los echaron, quedó en
manos del gobierno.
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| Alicia Chantrill |
En la Estancia
Chica vivían mis abuelos. En la época de mi bisabuelo, el casco de la estancia
grande era una casa baja. La planta alta la hizo construir mi abuelo. Las
puertas eran de una iglesia jesuítica hechas a hacha. Eran dos puertas de dos
batientes, con herrajes y todo. Mi mamá las encontró en un galpón y entonces
las puso en la casa.
Muere mi abuelo
Jorge Bell y mi abuela –que creo que debe haber vivido en la luna siempre- era
una mujer alta, medía 1,72. Me acuerdo de ella cuando caminaba, parecía que se
había tragado un bastón. Era mi madrina así que yo era la única que podía
entrar al cuarto de vestir de ella, en la casa dela calle Venezuela. Pero no
podía entrar hasta que no la peinara la mucama irlandesa, porque usaba peluca.
Porque todas las mujeres Shaw perdían el pelo. Entonces, creo que ella empezó a
usar peluca a los 40 y pico. La peluca la colgaba la irlandesa sobre una silla.
Yo la vi mil veces, no lo sabía mi abuela; no me dejaba entrar hasta que ella
no tuviera la peluca. Usaba cofias para dormir, cofias de encaje con volados.
Yo tenía siete años cuando ella murió. Su dormitorio era de la casa Maple, con
una especie de tarima de tres escalones y una caja de caoba con tapa, donde
estaba la pelela. Estoy hablando de 1890.
Entre compras y
herencias mi abuelo tenía 45.000 hectáreas, desde el río de la Plata hasta
Brandsen; desde La Plata hasta lo de Pereyra Iraola. Cuando él muere, mi abuela
le da la administración a su hijo mayor, mi tío Eduardo Jorge Bell.
Mi abuelo era
muy mezquino con los hijos. Los tenía con sueldo de peón. Los mandó a educar a
Suiza, pero ganaban igual que un peón. Imagínese. Muere el padre... la
explosión.
Mi tío Eduardo,
siendo el administrador, se va de luna de miel a Europa, y volvió con dos Rolls
Royce, además de gastar tanto que la estancia de Los Toldos la tuvieron que
vender para pagar las deudas. Entonces mi abuela lo nombra administrador a
papá. Pero mi tío se quedó sin nada. Los acreedores esperaron, porque firmaron
a mejor fortuna. Cuando murió mi abuela, mi padre no quiso que se remataran los
muebles de adentro de la casa y dijo de dividirlos. Lo mismo las alhajas. Lo
demás, tuvo que ir a remate.
Mi tío, cuando
estaba ya comprometido, empezó con el cuñado Hialmar Aberg Cobo, a través del
banco sueco, con un crédito muy grande que sacaron para hacer City Bell. Mi
padre estaba indignado porque decían que tenían que hacer calles y tener luz y
después hacer las casas. Estaba el camino General Belgrano, pero lo demás era
todo de barro. Pero él hizo las casas sin luz; no había luz eléctrica y las
calles eran un barrial. Bueno, les costó mucho vender. Y con los intereses que
corrían... Labougle estaba metido, el que fue embajador.
Fue un
desastre. Lo poco que le quedaba, mi tío lo perdió todo. Tan es así que mi
padre le pasaba una renta. De las tierras, creo que mi padre vendió una parte,
lo del bajo. Y lo de arriba, se había dividido en lotes al morir mi abuelo. A
mi abuela le interesó el casco con la parte de los jardines que había hecho con
el marido y aquel arquitecto naval. En ese momento, esa fracción eran unas 200
hectáreas.
La cuestión es
que mi tío se fundió. Mi tía, Cora Bidart Malbrán, mujer encantadora, no
merecía lo que le pasó (estaba en el mejor de los momentos, creía que se casaba
con un hombre... –claro que tenía fortuna, pero no para vivir como un loco-).
Trajo una cantidad de roces en la familia con Hialmar, porque fundió a mi tía
(Mabel), la dejó en la calle. Fíjese que ella, cuando supo que la había
fundido, lo echó de la casa y se peleó con mi padre, porque mi padre no quiso
meterse en la cuestión City Bell, y le dijo a mi abuela “No te metas ahí,
porque eso va a andar mal. Pero claro, mi padre era muy práctico.
En nombre ‘City
Bell’ es un disparate. Fue un invento de mi tío que yo no entiendo. Algunos
dicen que fue Labougle el de la idea, pero él era un hombre de cultura y había
estado en Japón, de donde trajo los faroles de la casa. Fue la primera vez que
vi faroles japoneses.
La estancia
tenía la entrada por donde están los pinos. Pero la cambiaron a la avenida de
casuarinas, en el camino Centenario, cuando lo pavimentaron. Porque mi padre
cedió los cien metros; entonces cambiaron porque quedaba mucho más cerca y era
camino pavimentado. Por eso lo cambiaron.
¿Usted sabe la
gente que se quedaba a dormir en casa cuando venían los domingos y llovía? No
se podía pasar por ahí: era todos ombúes y barro. Los ombúes los había plantado
mi abuelo, pero fue lo peor que podía haber hecho. Mi abuelo hizo la avenida de
casuarinas hasta las vías. Iba hasta allí en el coche y ahí se bajaba y tomaba
el tren. Nunca fueron a Villa Elisa. No sé cómo avisaba al tren para que
parara; por ahí le ponía alguna bandera, algo muy primitivo. Leonardo Pereyra
hacía eso en la estancia San Juan.
Desde que murió
mi abuela en octubre 1926 tras una operación de vesícula, viví en la estancia.
Había cumplido 7 años, el 13 de julio. Nací cuando nevó en Buenos Aires. Mis
padres habían ido al teatro Colón y cuando salieron nevaba. A la madrugada,
nací yo.
Mi padre nació
en la calle Venezuela 1062. Mi abuelo tenía el terreno, de 30 o 40 metros por
60. Toda la familia de los Shaw tuvieron la casa en donde hoy está la avenida 9
de julio. Mi abuelo, cuando hereda fue cuando empiezan a hacer los
ferrocarriles, y lo que se necesitaba era piedra, como balastro.
Descubren que
en la estancia hay conchilla y le compran la conchilla a mi abuelo en
$2.000.000 de ese tiempo. Cuando le pagan, se va a Maple. Se hace la casa y se
la amueblan ahí. Eran muebles de la época: pesados, muy buenos, pero enormes.
La mesa de comedor era para 26 personas, que fue la que mi padre llevó a la
estancia, aunque no cabía armada completa. Las sillas eran tapizadas en cuero
bordó, con las iniciales de mi abuelo en oro. Había también tres aparadores.
Cuando se
expropia la estancia, ninguno tenía lugar en su casa para muebles de ese
tamaño. Se guardaron muchos, pero no esos. Fue una lástima, porque
estéticamente es estilo victoriano, de la mitad de su reinado.
La despensa era
para guardar los vinos.
Teníamos una
institutriz francesa que era una maravilla. Cuando llegó, nos pareció un
espanto. Además, mi hermano y yo éramos forajidos, que andábamos a caballo todo
el tiempo. Nos íbamos a caballo al arroyo y teníamos que volver cuando oíamos
la campana media hora antes del almuerzo. Pero cuando llegó madmoiselle nos
fuimos y nos hicimos los sordos. Y nos mandó a buscar con el capataz.
Salíamos a
comprar unas galletitas de Terrabussi que se llamaban Canadienses, que eran
cubiertas con chocolate a un almacén que estaba en una esquina antes de llegar
a la estación. Hasta ahí nos dejaban ir solos a caballo. Yo tenía 7 años y ella
no entendía que yo anduviera sola a caballo.
Nos ofrecieron
$400.000, que eran unos U$S 1500 en ese entonces. Thill llamó a mi mamá y le
dijo que tenía $5.000.000 en mano para comprar.
El doctor
Rodolfo Butine era el abogado de mi padre. A él le pareció una maravilla que nos
expropiaran la estancia. Se me ocurre que lo ha hecho con la mejor intención.
Fuimos a juicio, que dimos a otro abogado, y finalmente cobramos unos $700.000.
Tiempo después, David Graiver, a través de un amigo suyo, me vino a ver para
decirme que si le dábamos la venta de la estancia, nosotros nos podíamos quedar
con la parte de la casa y los jardines y él financiaba el pago de los edificios
construidos por el ejército aquí. Y que la provincia estaba dispuesta a ceder
un terreno de 200 hectáreas entre Villa Elisa y la costa. Estaba todo armado,
pero usted vio lo que le pasó a Graiver. No sé si tuvimos suerte de no estar
metidos en eso... puede ser.
Después, antes
de que Lanusse estuviera en la presidencia, estuvimos hablando con él, se habló
con Logística, con Tierras fiscales, y estaba todo armado para que nos
devolvieran la estancia. Y lo nombran presidente a Cano. Vamos con mi hermano a
la jura en la Casa Rosada y él nos dice: se darán cuenta que no lo puedo apoyar
porque van a creer que es un negociado mío. Era muy comprensible.
Me encantaría
recuperar la parte del parque, que es la parte alta. Tengo de ahí recuerdos
lindísimos.
Los capitanes
de barco se guiaban por el monte de los Bell. Me acuerdo que de chica -porque
viajé en barco hasta los 11 años desde Europa hacia acá, cada dos años- el
capitán, cuando entrábamos en el Río de la Plata, los llamaba a papá y a mamá y
les decía ‘¿ven? Ahí está la estancia’. Seguramente era lo más alto en la época
de mi abuelo, cuando no había nada.
Había dos
cuadras de arcos de hierro de glicinas, que las han sacado. Yo estuve hace 15
años y eso estaba. Y una glorieta muy grande de 10 metros de diámetro, también
la sacaron. La araucaria la plantó mi abuelo, variante de pehuén, llamada en
Europa “el árbol del rompecabezas de monos”. No es el pehuén de la Patagonia.
El jardín lo hicieron cuando se casaron, hacia 1888.
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Agosto de 2004.
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Adolfo Etchevarne
Otro “crudo”. Desgrabación
sin editar del reportaje realizado al enfermero citybellino el 27 de febrero de
2001 para la revista Vereda Bell.
| Adolfo Etchevarne en Vereda Bell. |
Papá
estaría castigado, pero fueron los mejores años, los más felices que pasó en
toda su vida. Íbamos a cazar, lo venían a buscar de las estancias. Si llovía
íbamos en los carros rusos; si no, en un Ford A. Una infancia muy feliz, hasta
los 13 años, cuando perdí a mi viejo.
Después
estuve estudiando en el seminario de Paraná, donde hice tres años en uno. Un
poco por la edad y también porque en el seminario no tenía nada más que hacer
que estudiar. Limpiaba, arreglaba, tendía la cama, hacíamos deporte,
estudiábamos. Entonces, al no tener otra cosa que hacer, estudiaba. Y preferí
ser un buen cristiano y no un mal sacerdote.
Mi
viejo se murió en mis brazos, cuando él tenía 42 años y yo 13, en 1956. Yo lo
tenía abrazado y le dije: ‘si algún día tengo un hijo, y puedo, le voy a poner
tu nombre’. Se sonrió y ahí se quedó, con la misma enfermedad que tengo yo.
Tenía además mucho estrés, por lo cual yo ya no me caliento más por nada. Él
era gerente de inspección del Banco de Entre Ríos, con lo cual tenía mucha
responsabilidad. Tenía el corazón muy grande, la medicina no estaba adelantada
como está ahora... Hoy podría haber
seguido viviendo, se le podría haber hecho un transplante...
La
vocación por la medicina arrancó cuando tenía tres o cuatro años. Había un
alfiler de gancho, lo enderecé y se lo clavé en la cola a mi vieja. Y le dije
que le estaba dando una inyección.
Después
tengo una hermana de crianza –Teresa- que se agarró, viviendo en Paraná, una
broncoalveolitis. El médico le dio la primera inyección y me enseñó a darle las
demás: el chirlo y el pinchazo. No sabés cómo lloraba pobrecita. ‘¿Te dolió la
inyección? No, el chirlo”, me decía. Yo tendría 14 años. El mismo médico era
anestesista y un día me llevó a ver dos operaciones de apéndice en el Hospital
Ferroviario. Y entonces me gustó la medicina, pero a mí me gusta la medicina de
hospital...
Vine
a terminar el bachillerato en el Esquiú de City Bell, en la época de los
tranvías. Soy de la tercera promoción, recibidos en el 1965. Estoy en City Bell
desde 1962.
Yo
lo quiero a este pueblo. Cuando Raquel quedó embarazada, la atendía Quijano en
La Plata. Pero él no hacía obstetricia. Yo, además, quería que los chicos
nacieran en City Bell. Así que empezó a atenderla Angaut y los tres chicos
nacieron acá. Ahora me duele que la clínica no tenga internación y no puedan nacer
más los chicos en City Bell. Yo lo quiero mucho a City Bell. No sé qué tiene,
pero no lo cambio por nada. Tengo muchos afectos acá, mucha gente querida. Un
día me preguntaron qué era la felicidad. Y dije que para mí la felicidad es saberme
querido y querer yo mucho a la gente. Nada más.
Lo
que pasa es que uno lo hace para que se cure el paciente. Dicen que soy la
persona que más colas conoce en City Bell y alrededores.
La
enfermería es un servicio que me hace muy feliz y me da muchas alegrías. Cuando estuve internado en la clínica me
internaron de prepo, sin tener mutual. Yo me quería hacer los estudios en un
hospital público y Ferrari no me dejó. Así quedé internado y se corrió la
bolilla de que yo no tenía mutual. Y viene a verme un abogado jubilado, a
charlar. También estaba internado él. Y me ofrece internarme donde yo quisiera,
haciéndose cargo de los gastos.
Mi
nena más grande, Raquelita, tiene 21 años. Un año y diecinueve días después
nació Gustavo. Y cinco años después, nació Manuela. Estuvimos de novios
cuarenta días. Nos casamos hace veintitrés años. Raquel es Martínez Barragán,
nació en Ensenada y a los dos años la trajeron a City Bell.
La
principal causa por la que dejé medicina es que a mí me gusta la medicina de
hospital y para eso no podés tener familia.
A
nosotros, con el gabinete nos estaba yendo bien. A mi mujer la conocí dándole
penicilina cada seis horas. Capelletti ya no hacía domicilios. Entonces, en secreto,
Rosita le comenta a mi suegra de que yo lo hacía. Y todos decían que me había
enamorado de la cola de mi mujer. Pero traspirada, con fiebre, con neumopatía,
era un asco, pobre gallega. Después vinieron los afectos...
Llegamos a hacer
60 o 70 domicilios por día. Las jeringas las hervía en una olla a presión porque
cumplía las funciones de autoclave, a más de 100º, para matar el virus de la
hepatitis. Una noche, plena guerrilla, un amigo estaba enfermo detrás de la
vía. Dejé todo esterilizando, total, yo iba y venía. A la vuelta, estaba la barrera
cerrada, y en esa época, frente al cuartel, no era cuestión de bajarse a
abrirla. Agarré para el lado de Villa Castells, pero había llovido y era todo
de tierra. Pasando los hoteles, me quedé encajado con el auto. Cuando llegué al
boliche, había una humareda, no sirvió nada de lo que había dejado en la
olla...
A
mí no me gusta que venga el asfalto, pero no me puedo oponer al adelanto del
pueblo. Tenemos la misma cantidad de calles y muchos más autos. Aparte, hay un
problema de educación.
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Febrero 2001
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Margarita Giles
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997)
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997)
Se presenta, con orgullo, como “la última
telefonista de City Bell”.
Margarita
Giles es una persona muy querida. Fue y es lo que se dice alguien muy comunicativo.
Se diría que por más de 25 años la comunicación entre los vecinos de City Bell
y de éstos hacia afuera del pueblo, pasó por sus manos. Que no por sus oídos,
ya que Margarita es, ante todo, una persona ética y sabe muy bien lo que es el
secreto profesional.
Se mudó a City
Bell hacia finales de 1978 pero pisó estas tierras por primera vez hacia
1964/65, como reemplazante de operadora en la vieja central de Entel, en la
antigua casa de Cantilo entre 6 y 7. Y quiso la historia que fuera ella,
además, la última operadora de la central telefónica local, ya que se jubiló
cuando la empresa decidió cerrar el local como “oficina pública”.
Pero Margarita
no quiere internarse en el relato de sus años de servicio sin antes referirse a
su familia. Eran once hermanos, seis mujeres y cinco varones. Ella nació en
1934 y tiene tres hijas de su primer matrimonio: Susana, Claudia y María
Alejandra Giugovaz. Ellas le dieron cuatro nietos que se llaman Abril, Félix,
Ailín y Agustín, a quienes se agregan Martín y Candela, nietos de Leandro Pozas, su
segundo marido: pero que son para ella, sus “re nietos”.
La familia
ocupa un lugar muy importante en la vida de Margarita. Tanto que con cierta
frecuencia reúne en su casa a sus hermanos que permanecen vivos y les cocina un
locro que, dicen, sólo ella sabe preparar. Es que en ese gesto hay mucho de
agradecimiento. Cuando ella enviuda, todos le ceden su parte de herencia sobre
el terreno familiar que ocupaba con una casita prefabricada, sin pedirle nada a
cambio. Con el tiempo y un préstamo del banco Hipotecario, construyó la casa
que habita actualmente en ese mismo lote, y sueña con ampliarla para brindar
más comodidad a la familia cada vez que se reúne.
Operadora 1-7-2.
Pero Margarita
es telefonista, dijimos y esa es la historia que fuimos a buscar golpeando las
manos en la puerta de su casa sobre la calle 4. “Entré a Teléfonos del Estado (luego se llamaría Entel) el 24 de junio de 1954. Fue en la oficina
conocida por entonces como <Paz sin Múltiple>, en 47 entre 8 y 9 en La
Plata. El de esa oficina era un conmutador más bajo que el de
<Rocha-Paz>, así que ahí nos destinaban a las más bajitas. Yo medía 1,57”,
recuerda en forma risueña.
Tras un paso
por la central de Barracas, y con una beba a punto de nacer es trasladada
nuevamente a La Plata. No eran centrales digitales como las actuales. Así que
cada llamado de larga distancia podía demorar horas. A “Pichi” Giugovaz (así le llamaban sus
compañeras), le correspondía atender las solicitudes de llamadas, anotarlas en papeletas
y derivarlas a la operadora. Cierto día a alguien se le ocurrió contabilizar los
pedidos registrados por cada una de las empleadas y Pichi resultó la ganadora. “No
daban ningún premio, pero era lindo hacerlo”, recuerda Margarita quien, sin
embargo, sabe que con su velocidad de trabajo sumaba puntaje para su legajo.
En esos
menesteres estaba Margarita, la operadora 1-7-2, cuando le proponen pasar a la sección “Oficinas
Públicas”, como relevante. Así fue que un día le tocaba en Ensenada, otro en
Villa Elisa, alguna otra vez en determinada oficina de La Plata, y también en
City Bell, adonde tenía hermanos viviendo. En la oficina de La Plata entraban
los llamados para el teléfono 56 de City Bell. Era conocido que pertenecía a un
hotel alojamiento, y que había ciertos clientes fijos que llamaban para pedir
determinadas habitaciones reservadas para el viernes o el sábado en la noche.
No eran todavía tiempos de teléfonos automáticos, así que las operadoras
conocían el contenido de las conversaciones y, por ende, no era difícil
enterarse de las costumbres “non sanctas” de algunos “ejemplares” padres de familia.
Lecho de rosas
El mismo albergue
transitorio tenía por costumbre regalar a las damas, a modo de gentileza, una
flor, sea una rosa o un clavel, poco importa. Lo que sí recuerdan muchos es que
desde la puerta del mismo hasta algunas cuadras a la redonda, el camino estaba
regado de flores tiradas. Claro, nadie iba a llevar consigo lo que era la prueba
de un “delito”. Lo anecdótico es que
Margarita decidió llevar a su oficina una flor, para adornar el mostrador de
atención al público. Le fue difícil hacerle creer a algunas personas que la
misma no provenía de ningún hotel alojamiento.
No fue esa la
única rosa en su vida laboral. Cierto fin de año llegó a la oficina un
estudiante del interior, posiblemente de Córdoba o Mendoza. Acababa de aprobar
su última materia de la carrera de medicina y tenía imperiosa necesidad de
comunicarlo a sus padres. Eran aquellas ciudades con un intenso tráfico de
llamadas, más aún cuando no existía la tecnología de hoy. “Y sobre todo, fin de año, cuando medio mundo quiere comunicarse con la
otra mitad del mundo“ recuerda Pichi. Lo cierto es que la operadora 1-7-2 hizo
sus gestiones y la llamada se produjo en un lapso relativamente breve. “Lloraba el chico, lloraba la madre,
llorábamos todos en la oficina por la emoción. Al rato me trajo la rosa más
hermosa que pude haber recibido. Una sola, claro, porque los estudiantes no
tiene un peso, pobres. Pero fue muy gratificante y hoy todavía me emociono”,
cuenta Margarita sin poder evitar que una lágrima se le deslice por el tobogán
de la nariz.
Claro que no
todas eran buenas noticias las que se transmitían. Había algunas sumamente
amargas y Giles pide que no mencionemos una que relató acerca de un chiquito
internado en el Hospital de Niños, por lo traumático que le resultó en aquel
momento.
Una voz en el teléfono
En cambio,
vuelve a sonreír al recordar un noviazgo a la distancia cuyas alternativas ella
vivió semana a semana, cada vez que la novia y su mamá iban a la central de la
calle 11 entre 4 y 5 a llamar por teléfono, ya que el Romeo de la historia
cumplía el servicio militar en el sur del país. “Había un horario para poder llamar a los soldados al cuartel -recuerda-.
Así que había que tratar de que la
llamada entrara en ese horario, porque si no, no podían comunicarse. Y cuando
terminaban de hablar, la chica me contaba todo”.
Margarita
Giles tiene material como para darle letra a más de un autor de telenovelas:
noviazgos, enfermedades, excusas por llegadas tarde al trabajo, infidelidades
de pareja, todos son temas que ella conoce muy bien. Pero guarda celosamente
sus nombres y sus apellidos. Sí pide especial mención para algunas personas con
las cuales compartió largas jornadas de cables y comunicaciones. A Pilar Martínez,
por ejemplo, por ser una de las más antiguas operadoras de la oficina local.
También
recuerda con afecto a Nora Fernández, cuyo padre fue Jefe de la central City
Bell y a Antonieta Valladares, entre otras. Sin embargo no quiso decir el
nombre de aquella compañera que un primero de enero debía tomar el turno al
mediodía junto con ella y a quien Margarita le dijo que fuera luego del
almuerzo familiar por el año nuevo. La telefonista llegó cerca de las tres de
la tarde y se acomodó a dormir detrás del mostrador en un sillón, de tal manera
que no se la viera desde el otro lado. Pero sus ronquidos eran tales que se
hacían difíciles de disimular.
Muchas son las
gratificaciones que dice haber recibido en la Entel de City Bell. Como dos
periodistas cuya relación ella conoció a lo largo de todo el noviazgo y que el
día que se casaron, de la ceremonia se fueron a la oficina, ya que ella no
había podido salir del trabajo para verlos. O un señor, que iba casi
cotidianamente con su esposa a hablar por teléfono y se enojó mucho en una
oportunidad en que durante un mes debió ir ella a cubrir un puesto a Verónica. ¿”Cómo que te vas por un mes y no avisás?”,
dice que la increpó.
El estado de
ánimo de un país pasa a menudo por una oficina de teléfonos. Tanto es así que
cuando en 1978 Argentina gana el campeonato Mundial de Fútbol, Margarita no
pudo contener su euforia y, al sonar el teléfono, atiende con un “Argentina Campeón del Mundo, buenos días”.
Tuvo suerte, del otro lado de la línea había una compañera de trabajo y no un
superior.
Y para el
final agrega un recuerdo y un agradecimiento. El primero, es el de un chiquito
de cuatro años que le revolvía toda la oficina cada vez que su madre iba a
hablar por teléfono. “Se llamaba
Sebastián -dice-. El otro día lo
encontré en el supermercado, tiene dieciocho años, estudia arquitectura, y no
sabés el abrazo que me dio, También él se acuerda de aquellos años. No sabés el
cariño que me guarda”.
El agradecimiento,
en cambio, va para sus jefes y compañeros de la vieja Entel. Cuando se enfermó
su primer esposo y hasta que falleció, comprendieron su situación y la ayudaron
mediante el cambio de horarios de trabajo y hasta el destino del mismo, para
poder ella estar más cerca de su marido y cuidarlo mejor. “Solamente tengo gratitud”, dice con firmeza la última telefonista
de City Bell.
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María y Norma Castrovinci
(City Bell-Hechos y Personajes, 1997).
La familia Castrovinci
llegó City Bell en 1940. Vive, aún
hoy, en una casa construida antes de 1914.
Don Carlos Castrovinci ya no está entre nosotros. Si viviera hoy
tendría 95 años y una cantidad de amigos mucho mayor de la que supo hacer en
vida. Era un siciliano bajito, de habla atropellada y cocoliche, que paseaba su
buen humor por todo City Bell debajo de su sombrero y sobre su eterna
bicicleta.
- ¿Cómo le va, don Carlos?
- Acá andamos... caminando.
Éste era un diálogo cotidiano entre don Carlos y quien lo encontrara
en la calle. Era tan inevitable su bicicleta como su “caminando”...
De Sicilia a City Bell
Es el día de hoy que su
viuda, María Di Grazia y su hija Norma, cuentan con orgullo que fue él el
primer lugareño en cruzar un par de frases con el Padre José Dardi, el día en
que éste llegó a City Bell. “Nosotros
alquilábamos desde 1948 el terreno que está en frente de la iglesia, por
entonces propiedad de Victorio Labarelo. Mi marido estaba trabajando ahí y ve
cuando el padre llega. Cuando lo saluda, y ve que era italiano como él,
simpatizaron en seguida. Me acuerdo que al día siguiente vino a casa, con
sotana, sombrero y en bicicleta”, cuenta doña María. Norma, por su parte,
recuerda que su papá era muy creyente, pero Dardi nunca logró que fuera a misa.
“Yo creo que hay alguien allá Arriba, y
por eso me porto bien y le rezo, pero a misa no voy”, recuerda Norma que le
decía.
Don Carlos había nacido
en 1902, y veintitrés años después llega a la Argentina corrido por las miserias
de la guerra. Con él vinieron muchos inmigrantes más, casi todos del mismo
pueblo de Sicilia que era él. Al llegar a La Plata recaló en 44 y 147, en una
quinta perteneciente a la familia Masnaghetti, donde llegó a ser encargado y
trabar con los patrones una relación casi familiar.
Hacia 1940 se trasladan
a City Bell. Ya habían nacido sus dos hijas: Marta y Norma. Con el
correr de los años la mayor se casaría con Ernesto Costa, un apuesto joven que
dedicó muchos años de su vida al comercio de flores, y de quien enviudó hace
muy poco tiempo. Norma, por su parte, vive aún con su mamá en la misma casa
donde se crió.
Su primera residencia en
la zona fue en el kilómetro 11 del Camino General Belgrano, una cuadra antes de
llegar al puente de hierro. Arrendaban la quinta de León Pagés en el paraje que
hoy se conoce como “El Molino”. Allí estaba el almacén de los Lunazzi, exactamente donde hoy está el
corralón de Zambano y Pérsico.
Zambano tenía, detrás, su horno de ladrillos, uno de los primeros de la zona.
Vecinos de lujo.
Las Castrovinci recuerdan que frente a la quinta donde vivían tenía la
suya el vicegobernador Machado. De
allí recuerda otros apellidos como los Lezana
(la señora era hermana del actor Arturo
García Buhr, quien visitaba la casa) y Casas
Peralta, un juez de entonces que llegó a ser camarista. “Lo lindo de entonces era que todo el mundo
se saludaba y visitaba. Ellos venían a casa y tomábamos mate o conversábamos.
Nadie se fijaba si éramos pobres o ricos”, remarca Norma, quien hace
hincapié en la familia Lezana: “Para
carnaval organizaba corsos en la entrada del auto y el garaje, para los chicos.
Nos disfrazaba a todos con trajes que eran de los personajes de cuentos, como
por ejemplo, de hadas. Y nada de trajes hechos así nomás”.
En 1945 la familia
alquila otra quinta, sobre la calle 9 a pocos metros del camino General
Belgrano. “Era de Calliari y Pérez
Duprat. Y acá también teníamos quinta de verduras y frutas. Hasta cerezas y
duraznos, que mi marido cultivaba con mi hermano y otros familiares que nos
ayudaban”, recuerda doña María, quien muchísimas veces se levantaba a
trabajar la quinta a la par de don Carlos.
Su hija, en cambio,
recuerda que cuando ella y Marta eran chicas las llevaban también a la quinta y
les hacían un toldito para que el sol no les hiciera daño. “La quinta llegaba antes hasta la calle 21; y
la 9 era tan angosta que mi tío Luciano -hermano de mamá pero casi de mi edad-,
tuvo que sacar muchos árboles para ensancharla y que pudieran entrar los
camiones que llevaban nuestras verduras al mercado”, dice.
En 1932, don Carlos
había sufrido una caída podando una casuarina que le afectó la columna. En una
operación de sumo riesgo por entonces, el doctor Christman compuso la osamenta del quintero sin que le quedaran
secuelas. Quiso el destino que años después el médico comprara una propiedad al
lado de la de Castrovinci y así se entablara una amistad que duró años.
Una casa en la pampa
De aquellos años doña
María recuerda que los domingos, después de almorzar, salían a caminar por el camino
Belgrano y llegaban hasta la avenida Arana, en Villa Elisa. “No había tantos autos, y el único micro era
el Expreso Buenos Aires. Después vinieron el Río de La Plata y el Primera Junta”,
luego Expreso reconquista y hoy Transporte Automotor La Plata.
La casa de la calle 9 la
alquilaban a Calliari y Pérez Duprat. Lograrían comprarla recién en 1962. Pero
lo curioso es que su construcción primitiva data de 1910, centenario de la
Revolución de Mayo y previo a la fundación de City Bell, y su primer
propietario habría sido un señor de apellido Bigoglio. Con los años y los cambios de dueño, se fue ampliando de
acuerdo a las necesidades de sus ocupantes.
“En esa época no había casi nada. Sólo tres casas. Y sobre la calle 10,
me acuerdo del chalet de piedra, en la esquina con 21”, dice Norma. Eran
tiempos en que, como ahora, muchos comerciantes llevaban la mercadería a
domicilio. “Venía el panadero, el
carnicero, el quesero. Pero también estaban el almacén de Pagani, el de los
Tomassi, el de Nirsch, la tienda de los turquitos en lo de Del Tufo”...
evoca Norma, para contar que “cuando
íbamos hasta Cantilo, decíamos que íbamos al pueblo”, graficando de esa
manera lo despoblado que estaba el barrio donde vivían.
Solían ir también a
pasear a La Plata, adonde era de rigor ir en tren y hacer un viaje en tranvía o
en el “autorriel”. Y agrega un
recuerdo más de su infancia, cuando iba a la escuela 12. “Para la fiesta de la primavera, nos llevaban de pic-nic adonde está el
cuartel. Y me acuerdo que en la puerta de la escuela había siempre un policía
negro mota que era muy bueno. ¿De las maestras? Me acuerdo de la señora Célica
Irurueta, Blanca de Gamboa, Olga Mestae”...
La hija costurera
Historia familiar
aparte, Norma es conocida en City Bell por llevar cuarenta y dos años junto a
la costura. Don Carlos, un hombre
avanzado para su época, quería que su hija estudiara algo, lo que más le
gustara. A ella le gustaba la pintura, pero debía viajar dos veces por día
hasta la por entonces Escuela de Bellas Artes y decidió cambiar de carrera. Con
sólo viajar tres veces por semana estudiaría corte y confección con el más
avanzado sistema conocido por esos tiempos.
“Me recibí en 1955 con medalla de honor. Me tomó el examen la inventora
del sistema Rodríguez Reformado, en Buenos Aires. A través de unos conocidos me
tomaron una prueba en el ´El Zorro Gris´, un negocio muy conocido de La Plata y
me aprobaron. Pero en seguida me empezó a llegar mucho trabajo particular y
decidí no seguir con esa firma”, relata quien ha vestido de novia a más de
una generación de casamenteras de City Bell, La Plata y Buenos Aires. Y no
olvida el primero que cosió: el de Célica Irurueta, su maestra de sexto grado.
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Celeste Mancuso
(Vereda Bell, junio 2001)
El valor de los
símbolos patrios, la vigencia del sentimiento patriótico y el papel de la
educación analizados por esta profesora de historia, con una maestría en
educación hecha en Estados Unidos. Reside en City Bell.
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| Celeste Mancuso. (Foto: Guillermo Defranco) |
-
¿Qué papel juega la escuela en la transmisión del sentimiento patrio?
- La
escuela juega un rol fundamental. Un acto patrio es una clase: tiene sus
objetivos, sus momentos de incentivación del alumno... y también su conclusión.
A veces uno hace el acto patrio como para cumplir con el Ministerio de
Educación, que dice: “hoy hay efemérides”.
Y efemérides es una clase y tiene que tener expectativas de logro a nivel
intelectual y a nivel de valores. Cada vez que izamos o arriamos la bandera es
una oportunidad para ir inculcando valores. Eso se logra no a partir del
discurso sino de la oportunidad de practicarlo, de vivenciarlo, de “construir”
ese aprendizaje.
- ¿Hay relación entre la vivencia
histórica y lo patriótico?
- Una amiga mía, profesora de historia y
especialista en patrimonio me decía que el patrimonio es un concepto
valorativo. ¿Por qué los argentinos no respetamos los edificios públicos, los
monumentos? Porque no hay un valor detrás, tipo “el jarrón de la abuela”.
Detrás de ese jarrón que no se puede romper hay un valor, hay una historia, hay el cariño que tengo por
la abuela, que vi cómo la abuela lo cuidaba... El edificio público, el
monumento, la bandera, están simbolizando el concepto de Patria. Lo que hay que
preguntarse, es qué valor hay detrás de este concepto. Si no hay, hay que
ponérselo. Cada época resignifica este valor. Hoy, los argentinos estamos pasando
por una etapa de depresión. Hay que resignificar qué es sentirse argentino. Y a
partir de ahí, los símbolos representan el valor que yo le doy.
- Da la sensación de que se nos enseña
una Patria abstracta...
- Ahí se tiene que autoeducar el que
enseña, porque tiene que darle un significado que vaya más allá del discurso. ¿Qué
es el gorro frigio para un chico de primer grado de hoy? Los profesores de
historia recordarán que el gorro frigio representa a los burgueses de la
revolución francesa. ¿Qué tenemos que ver nosotros hoy con eso? El escudo tiene
que ver con la nobleza, el gorro frigio tiene que ver con la burguesía, la
igualdad, la fraternidad y los nacionalismos; en cuanto a la bandera, me quedo
con la teoría que toma los colores por los del manto de la Virgen... Lo
importante es hacer ver que en la base del nacimiento del escudo, de la
bandera, había un profundo sentimiento de libertad, religioso, que pone esta
Nación en marcha en manos de la
Virgen , patrona y madre de un pueblo que se sentía
profundamente glorioso y glorificado. Hoy el gorro frigio tendrá que resumir
todas las imágenes que tenemos de libertad. Y el escudo tendrá que resignificar
qué es ser noble hoy. Y así sucesivamente. Y esto los chicos lo tendrán que ir
entendiendo, en las efemérides y también día por día. De manera que a través de
los actos exteriores, cómo me paro bien derecho, no converso, no me río, un
constante vivir, inculcando estos valores, uno puede decir “Patria es el hogar donde vivimos, lo que nos
hace vivir comúnmente, como sería la familia”.
Les
decimos a nuestros hijos que la
Patria es nuestro hogar, pero la tenemos llena de basurales.
O nos quedamos con el lápiz que papá se trajo del trabajo y no lo pagó...
-
¿Cómo separar patriotismo de dictadura, Patria de Gobierno, Gobierno de Nación?
- El
sentimiento patriótico no tendría que estar solamente ligado a una exteriorización,
porque tuvimos a lo largo de la historia negros recuerdos de momentos en los
que había muchísimas banderas y se reivindicaban los santos valores de la Patria mientras en los
campos de concentración moría gente o se mandaba chicos que no estaban
preparados a morir por ideales que eran recitados más que vividos.
Así
que yo no me preocuparía tanto por lo exterior sino mucho más por que cada
palabra y cada cosa que se diga tenga realmente su sentido, su correlato entre
el discurso y la vivencia.
-
¿Cómo se logra?
-
Desde lo antropológico, la escuela es la sistematización de la transmisión de
la cultura. Pero la cultura no se transmite solamente sistemáticamente. Se
transmite en la casa y a través de los medios de comunicación. Entonces la
escuela juega un rol fundamental, porque ahí es donde hay que sistematizar los
valores que la propia cultura quiere transmitir
para sobrevivir, porque si no estamos en vías de extinción. Los mayas
crearon la escuela para enseñarle a cultivar a sus hijos. Y ese era un valor
fundamental para que esa sociedad preservara su cultura.
-
¿Eso es transmisible de una generación a otra?
- Si
nosotros no somos “reservorio” de la cultura que se transmite, las nuevas
generaciones seguirán siendo malos ejemplos en la educación no sistematizada.
Entonces habrá alguna vez algún alumno nuestro que llegue a ser ministro de
cultura y diga, como ocurrió muchísimos años atrás en Estados Unidos, que en
cada película argentina tiene que aparecer una banderita; o que se va a
subvencionar a los miembros del arte y la cultura que favorezcan la idiosincrasia
nacional. Pero si no, estamos en vías de extinción.
-
¿Es válido reformular los símbolos patrios?
- Yo
estoy más por la resignificación. A este escudo que nosotros tenemos, qué
significado le damos hoy. ¿Qué significa hoy “Oh juremos con gloria morir”? ¿Una maestra de frontera que se
levanta todos los días a las 5 de la mañana, o un obrero, un trabajador? ¿Será
morir a no robar, a la deshonestidad? ¿Será morir a una vida individualista? No
necesitás cambiar las palabras sino darle el significado que tiene que ver con
el hoy. ¿Qué significa un “grito sagrado”?
Lo que está vinculado con el respeto. Hoy es muy difícil para el adolescente
vivenciar lo que es el respeto, porque lo tendrían que haber vivenciado antes.
Creo que los que estamos vinculados con la educación deberíamos ser muy
respetuosos con la infancia, porque si no un adolescente llega a esa edad sin
poder adquirir como construcción mental propia lo que es el respeto.
-
Entonces, como generación, tenemos una menuda tarea...
- Sería
bueno que les inculcáramos a los chicos que cada vez que nos levantamos a la
mañana, con lluvia, frío o sol, para ir a la escuela, para ir a trabajar,
estamos “con gloria muriendo”, para construir. A diferencia de algunos otros
zánganos, que mientras hacen la bicicleta financiera no tienen gloria ni mueren
ni morirán con gloria jamás
-
Como quien dice, “hacer algo por la
Patria ”...
- Tal
cual. Fijate este tema, el concepto de Patria generado en la Revolución Francesa
y el concepto de individualismo también, cuya semillita estuvo en la misma
burguesía francesa. Hay valores como el de comunidad, que en la escuela hay que
rescatar, porque ese es el lugar. Porque tenés que hacer algo por vos mismo,
pero también con la conciencia de construcción de la Patria.
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Esther Gamboa
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997).
Aunque
con un paréntesis intermedio de algunos años, habita en City Bell desde 1927,
en tanto su familia materna vino a La
Plata para la fundación de la ciudad. Descendiente de una
familia de militares, sus lazos sanguíneos se emparentan con los de varios
próceres, entre ellos el coronel Julio Campos, su abuelo.
Hay personas que llevan
la historia en la sangre. No sólo porque les gusta sino porque descienden de
una estirpe ligada a ella desde hace siglos y su propia sangre familiar fue
derramada para construir la
Patria. Esther Gamboa de Andrade es una de ellas y su
memoria prodigiosa hace que uno sienta que ciertos hitos pasaron “ayer no más”.
Veranos
en City Bell
Los Gamboa -Ricardo Gamboa
Vergara y Lía Campos Otamendi-
llegaron a City Bell hacia 1927 tras adquirir uno de los primeros chalets en la
esquina de 13 y 17. Como los Bernard,
como los Jones y tantas otras
familias platenses que ella rememora hoy, venían fundamentalmente en verano
junto a sus siete hijos.
Esther recuerda
de la época los fabulosos corsos que se hacían sobre Cantilo desde el camino
Belgrano hasta el Centenario, y las diabluras que hacían los hijos de aquellas
familias. “Salíamos a mataperrear por
ahí, éramos la piel de Judas” dice, recordando que el resto del año vivían
en una casa enorme que aún existe en La Plata , en la zona de 8 y 60 y que luego
alquilaron a un sanatorio. “Me acuerdo
que la casa tenía los pisos muy bajos, y que un carnaval llovió tanto, que mamá
contrató una comparsa que pasó para que ayudara a desagotarla”. Fallecido
don Ricardo, dejaron de visitar la casa de City Bell, lugar al que Esther
volverá tras su casamiento con Samuel
Andrade.
De este matrimonio
nacerán Marta Lía (ingeniera agrónoma
residente en Aluminé), Samuel (residente
en City Bell y finalizando su carrera de ingeniería) y Julio (investigador del Instituto Balseiro en Bariloche ).
“Mi madre vino con la fundación de La Plata -relata-, ya que mi abuelo, Julio Campos,
se había criado con Dardo Rocha y éste
quiso que fuera presidente del Banco Provincia”. Julio caería luego en la
revolución del ‘90. En realidad, era uno de sus cabecillas, pero por ser
demasiado joven, el movimiento fue encabezado por su hermano Manuel. Había sido senador y gobernador
de La Rioja
tras derrotar a Ángel Vicente Peñaloza, “el Chacho”.
Y a tantos honores se debió el hecho de que la calle 56 de La Plata lleve su nombre.
Mamar
la Historia
“La historia se mama -explica-. En
los libros de historia casi no figuran los Campos, los Vergara, los Gamboa. Pero tengo guardados testimonios y conservo estas cosas que hacen que uno
pueda conocer la Historia ”,
dice al explicar que Gaspar Campos se
conoció porque Perón “tenía una casa en una calle con ese nombre”;
que era hermano de Julio y Luis María Campos, y un conservador
muerto a los 18 años en una reyerta un día de elecciones, en el atrio de una
iglesia, porque por entonces se votaba en esos lugares. A su vez, la calle
principal de Lobería, lleva el nombre de Gaspar Campos (“el joven”, le decían, para diferenciarlo del anterior), tío de
Esther y muerto en la guerra del Paraguay.
Esther se
entusiasma con la historia y suele mezclar deliberadamente el orden de las
cosas tratando de que no se le escurran detalles. Es así que de su árbol genealógico
salta a anécdotas de cuando sus hijos eran chicos y ella les armaba unos “pepinuchos” -caballitos con escobas
viejas y bolsas de papel a modo de cabeza- a ellos y sus amigos del barrio, o
cuando organizaba los corsos de una cuadra sobre la vereda de Cantilo entre 21
y 22 con la ayuda de algún otro vecino.
El
abuelo coronel
Pero el centro de la
historia vuelve a ser el coronel Julio Campos, sobre quien muestra un artículo
publicado en Caras y Caretas de junio
de 1934, en ocasión del centenario de su nacimiento. Julio Campos era hijo del
teniente coronel Martín Campos, quien
participó de la Revolución
de Los Libres del Sur en 1839 contra Juan
Manuel de Rosas. Fue adláter de Juan
Lavalle y a su muerte condujo su cadáver desde Jujuy
a Bolivia. Fue de esa manera que el poncho del caudillo llegaría con los años a
manos de Lía Campos de Gamboa y ésta
lo cediera al museo de Luján a pedido del mismo Enrique Udaondo, por entonces director del museo que hoy lleva su
nombre.
El coronel Julio Campos
fue una persona multifacética. Al menos dos líneas marcaban su vida con pasión:
la jurisprudencia y las armas. Transitaba su adolescencia cuando Buenos Aires
hervía en los últimos días del poder del caudillismo. No sabía el por entonces
jovencito Julio Campos que un hermano suyo, Luis María, se casaría con Justa Urquiza, hija legítima del
caudillo entrerriano que tenía sitiada a Buenos Aires a través del general Hilario Lagos y contra el cual se armó,
convenciendo al jefe del Batallón 1 de infantería de Guardias Nacionales.
Tenía suficientes
antecedentes de militares en la familia como para que lo dejaran fuera. Además,
acababa de vender sus libros de Derecho para comprarse un trabuco naranjero y
nadie podía impedirle usarlo contra los federales invasores.
Soldado raso como se lo
consideró y jovencito arriesgado que era, fue destinado de inmediato a defender
la esquina de las calles Europa (Carlos Calvo) y Lima, lo que se llamaba “el cantón de la muerte” dada la cantidad
de bajas que se registraban a diario en el lugar de combate. Allí va Julio, con su coraje unitario y la
bandera argentina, trepando una pared para posicionarse mejor. La artillería no
pudo con él. A penas si derribó el parapeto que lo sostenía y de entre los escombros
emergió, herido, pero blandiendo su arma y su bandera para seguir guerreando.
Y, cesadas las batallas, retoma sus estudios y se convierte en abogado, fiel a
la voluntad de don Martín, su padre.
Campos
y Paunero
Había cesado la guerra,
pero la paz no había llegado. Sobreviene la derrota de Urquiza a manos de Mitre
en la batalla de Pavón, en cuyo transcurrir Campos es ascendido a capitán.
Peleará en Cañada de Gómez y llegará a Córdoba y La Rioja bajo las órdenes de Wenceslao Paunero. Peñaloza asolaba los
poblados y se sabía que las mujeres eran el más preciado trofeo de la tropa.
Allí se queda el joven Campos. Allí resiste y allí triunfa, con una ciudad
cercada, sin agua ni alimentos y, al decir de sus compañeros de armas, salva
por sobre todo el honor de las mujeres riojanas. Su destino volvían a ser las
leyes y se convierte en gobernador riojano, en mérito de su labor libertadora
de la provincia. Un porteño, el único en la historia, que ocupara el cargo y
será recordado por el gran impulso que imprimió a la región.
Adiós
a las armas
Treinta años tenía el
abuelo de Esther Gamboa cuando
estalla la guerra del Paraguay. Allí estará nuevamente calzando uniforme
militar, organizando las fuerzas de Mitre y echando mano por sobre todo a los
prisioneros tomados a las montoneras de Peñaloza. Triunfo de la Triple Alianza y
repliegue a Buenos Aires. Se acercaba el fin del siglo, ideas vanguardistas
tenía su amigo el gobernador Rocha, y lo quería allí, bien cerquita de la nueva
capital provincial que se estaba erigiendo.
Había llegado el tiempo
de dejar las armas para siempre. Se había casado ya con Carmen Otamendi y juntos concebirían diez hijos. Uno de ellos sería
Lía Campos Otamendi, la mamá de Esther Gamboa.
“Mi hijo Julio dice que soy milenaria por todo lo que me acuerdo y la
cantidad de personajes de la historia que conocí”, ríe Esther, con sus
manos llenas de fotos, diplomas y relatos de sus antepasados.
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Nelly Estela
(Vereda
Bell, septiembre 2001).
Cincuenta y
cinco años de docencia en la vida de una querida maestra que dejó su sello en
Villa Elisa y City Bell.
A Nelly
Noemí Estela no le cuesta hablar. Pero las cosas cambian cuando se trata de
hablar de ella. Así, entre cronista y entrevistada acordaron que no sería ella
el centro del reportaje, sino que a través del relato buscarían homenajear a
los muchos maestros que forman generaciones enteras de argentinos.
“Las
hermanas de mi mamá eran maestras y mi mamá misma lo era de alma, aunque no
pudo terminar los estudios; pero ella nos apoyaba a estudiar –dice,
refiriendo sus orígenes vocacionales.
“Trabajé
en la escuela 117 de City Bell entre muchos otros lugares. Soy docente desde
los 18 años y tengo 73. Sacá la cuenta –dice, comenzando a desgranar sus
cincuenta y cinco años de docente-. Me
recibí de maestra y se me despertó la vocación en la escuela Normal de Pehuajó.
Enseguida busqué una suplencia para ayudar a papá, que era carpintero y yo era
la mayor de 4 hijos”.
“Cuando
di mis prácticas, tenía que dar el tema polígonos –recuerda-. Yo tenía mi clase preparada, pero los chicos
me llevaron para donde a ellos les interesaba. Y yo los seguí. La directora que
me observaba lloraba de emoción porque decía que había visto en mí el eros pedagógico, que es algo que tiene la persona y consiste en el deseo de dar, el
deseo de educar, el deseo de formar seres y a su vez tiene una vocación de
formarse para poder dar. Eso me lo dijo cuando yo tenía dieciocho años”...
“Gogó” Estela –así le llaman sus
allegados- fue una especie de conejo de Indias de la llamada Ley Simini,
sancionada en 1946, el mismo año en que ella se recibió de maestra, la ley que
creó los jardines de infantes y los centros de formación de docentes para la
especialidad. Es así que recién recibida “me
presento para una beca para estudiar en una escuela formativa de Trenque
Lauquen el profesorado en jardín de infantes. Qué lujo para esa época”.
Trabajó en el jardín de infantes de
Pehuajó hasta 1952 en que se casó y se vino a City Bell y a ejercer en un
jardín de infantes de Berisso “adonde viajaba
todos los días desde acá, en los micros y tranvías de ese entonces”.
Luego
nace su hijo mayor y consigue un traslado a Villa Elisa, en los grados
superiores. “Entonces abren la escuela 117 de City Bell, donde trabajé por años
junto a la señora Célica Irurueta. Me gustaba mucho, porque venían los chicos
de Los Porteños, a quienes conocía porque acompañaba a mi marido veterinario
cuando les iba a curar los animales. Tengo los mejores recuerdos de Latini,
Rossetti, Fulvio y tantos otros”...
se emociona.
Con una carrera ya consolidada, desde la
inspección la instan a anotarse en un concurso para inspectoras de jardines de
infantes. “Yo no quería, porque la
escuela estaba a tres cuadras de mi casa, y estaba cómoda. Pero le hago caso y
me presento. Salgo segunda por puntaje, pero la que salió primera no tenía los
diez años que exigían al frente de grado”.
Así recorrió las escuelas de la zona de
Magdalena, Bavio y alrededores entre 1966 y 1977. “Ese año me nombraban jefa de
zona en La Plata, pero ya no me gustaba cómo se estaba trabajando. Así que sin
decirle nada a nadie averigüé cuánto me faltaba para jubilarme. Fui al
Ministerio y me dieron un cuaderno donde constaba toda mi foja y me dijeron que
estaba en condiciones de jubilarme. Al día siguiente entonces, les cuento a mis
compañeras que me jubilaba. Ya para ese entonces yo había abierto el jardín de
infantes Modelo en Villa Elisa con la señora de Machicote. Y me jubilé del Ministerio”.
Pero, ávida por el saber, “ya había cursado y finalizado en la Universidad
Católica de La Plata y la carrera de Ciencias de la Educación y la licenciatura
de nivel preprimario y primaria”.
Los últimos 30 años los ha trabajado en
el jardín de Villa Elisa, un jardín privado pero para gente muy humilde. “Mi marido tenía unos terrenitos en Gonnet
que finalmente no se usaron para lo que estaba planeado y los vendimos para
comprar una casita en Villa Elisa –explica-. Antes de eso nos instalamos en un garaje, de un señor de apellido
Chiruzzi”.
El jardín tiene un 100% de subvención
para sueldos de maestros y una cuota módica alcanza para solventar el resto de
los gastos. “Y si bien tenemos la obligación de tener un 10% de becados,
nosotros tenemos un 70. Han pasado 5000 chicos o más por el jardín. Hay ex
alumnos nos traen a sus hijos, y no sé si no habrá nietos de alguno, ya”, dice.
Gogó no se cansa de leer y estudiar. “Ahora estoy leyendo investigaciones hechas
en Harvard sobre las inteligencias múltiples: por qué tiene un chico problemas
de aprendizaje. Ese libro habla de que no hay una inteligencia sino
inteligencias múltiples. Si hay algo insondable es la inteligencia humana”,
sentencia y prosigue: “El niño nace con
un potencial de inteligencia. que se desarrolla si el medio le es favorable:
que esté en un ambiente que no lo perturbe. A los chicos no les tenemos que
hablar sino que escuchar. Y ellos tienen que ver nuestra observación de la
naturaleza tenemos que escucharlos cuando habla, y preguntarle sobre su parecer”.
Y como para cerrar la historia, agrega: “Es una cosa de locos la vocación mía. La
inspectora me preguntó hasta cuándo voy a seguir trabajando. Y le contesté que
aunque parezca mentira, cuando en mi casa suena el despertador y me tengo que
levantar a las 6 de la mañana, nunca, nunca dije me quedaría. Llego al jardín y es una cosa... El parloteo de los
chicos es como una música. Siempre haciendo las cosas de la mejor manera, con
el mayor respeto por el chico.
“El chico es un
ser en desarrollo único e irrepetible, con sus necesidades e intereses y
nosotros no lo podemos poner como una tabla rasa nunca, porque ahí es donde los
frustramos. En mi jardín no hay penitencia. A veces una madre pregunta cómo se
portó el chico. Y no existe el portarse bien o mal... Son conductas de te olvidaste,
te equivocaste, hoy lo hiciste mejor que ayer... pero eso de
marcar a un chico de que es terrible, nunca.
“Hay muchas
personas grandes que recuerdan con cariño a sus maestros y que han sido
marcados por ellos” desliza, como una sentencia, y el grabador se apagó.
La inspectora de Dardi
En sus tiempos de inspectora zonal de
escuelas, a Nelly Estela le tocó inspeccionar el incipiente jardín Egle Tedeschi, de la parroquia que
conducía el padre José Dardi. palabras más o menos, un diálogo fue el
siguiente:
-
Padre, ¿dónde están las aulas?
-
Eehh, ma mira... cuando hace
mucho frío, a los chicos los tengo en el atrio de la iglesia.
-
¿Y para cuándo calcula que
tendrá las aulas?
-
Para marzo.
-
Bueno, padre. Si en marzo no
están listas, tendremos que cerrarle el jardín.
Y durante todo ese verano, cada día el
sacerdote pasaba con su Jeep por la casa de la inspectora y le tocaba bocina
para que viera las donaciones que había conseguido para la construcción de las
aulas.
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Aldo Illesca
Aldo Illesca
(City Bell-Hechos y Personajes,
1997).
Fue piloto de
aviones e inspector de vuelo. Voló durante más de cuarenta años. Pero desde los
diez se dedica al ferromodelismo: el hobby de fabricar y coleccionar trenes
eléctricos en escala. Tiene setenta locomotoras, un sinnúmero de vagones y la
pasión de los chicos abocada a sus juguetes.
Tendría unos diez años Aldo
Illesca cuando se interesó por primera vez por un tren. Su padre le había
enseñado los rudimentos típicos que se le suele enseñar a los hijos varones:
martillar, cortar hojalata, soldar con estaño... y con ellos y un poco de
imaginación, fue pergeñando la que fue su primera locomotora de juguete. “De las latas de conserva cortaba las ruedas
aprovechando el borde que tienen, para que fueran la pestaña que hace que el
tren se mantenga sobre el riel. La caldera podía ser una vieja máquina de flit,
y con hojalata recortada y soldada iba haciendo el resto. Los rieles eran dos
alambres perfectamente derechos clavados en la tierra del jardín de mi mamá”,
rememora sesenta años después de aquella ópera prima. Se trataba de una máquina
de unos cuarenta centímetros de largo que él se entretenía empujándola ya que
no tenía tracción propia. Acabó en manos de un amigo en Rosario, y nunca pudo
recuperarla.
“Setenta vagones”
“El hobby en sí era
no sólo jugar. Dentro de lo que es el hobby está la parte manual, la que uno
trabaja para hacerlo a escala, exactamente igual al modelo original. Hoy, el
ferromodelismo es comprar las partes y armarlo, pero todo viene importado”, remarca.
Hoy Illesca guarda con celo su preciosa colección con
setenta réplicas exactas de las más diversas locomotoras, un sinnúmero de
vagones y accesorios y una extensión en rieles que él mismo reconoce ignorar.
No todo han sido trenes en la vida de don Aldo. Durante
casi cincuenta años fue aviador y de esa profesión conserva una réplica
telecomandada que, esporádicamente, hace volar con la concentración de quien
tripula un Jumbo. Fue construida por él mismo, y hasta la gorra de cuero y las
antiparras del piloto son obra suya. Ha hecho muchos amigos en el mundillo de
los pilotos y uno de sus trofeos es una hélice de un avión Cessna que le
enviaron como reconocimiento desde Bella Vista, en la provincia de Corrientes.
Romance con el cielo
“He volado casi
cincuenta años como piloto civil y en la Fuerza Aérea fui
inspector de vuelo de aviadores civiles. He volado todos los aviones tomando
exámenes tanto de día como de noche”, dice, para agregar que a menudo en sus vuelos su esposa
Elsa fue una compañía infaltable. “Ella
me acompañó siempre, hemos ido a distintos lugares, y ella llevaba hasta los
salamines y el mate para comer y tomar durante el vuelo”. “Volar es hermoso
-remarca Elsa-, es como una droga”.
Posiblemente, el hobby por el ferromodelismo venga de la
misma sangre. “Mis tíos eran maquinistas
del antiguo Ferrocarril Central Argentino (hoy Mitre) y siempre me llamó la
atención lo impresionanrte que era ver una locomotora a vapor. Eran imponentes”,
recuerda Aldo no sin entusiasmo.
Un lugar en la casa
Al fondo de su casa los Illesca tienen una habitación
dedicada exclusivamente al hobby de los trenes. No fue oportuna la fecha
elegida para la nota, ya que Aldo anda preocupado por modificar el radio de una
curva para que puedan tomarla mejor las locomotoras más grandes. Eso hace que
actualmente el circuito vial no esté cerrado y los trenes sólo circulen de una
punta a la otra de una larga mesa en forma de “T”, y regresen por el mismo
camino. Sin embargo, ello no quita que transiten por un imponente puente de
tipo americano construido en madera por la misma paciente mano de este niño
adulto.
A la par de él, otro puente menos imponente del tipo
europeo, que reconoce igual constructor, cruza también un lago de vidrio y
rodeado de rocas y vegetación, todo en escala. Dos estaciones esperan entrar en
servicio. Una será para los trenes de vapor y la otra para los diesel
eléctricos, los dos grandes bandos que conforman la colección. También están
clasificados en americanos y europeos, diferencia que Illesca explica
fácilmente.
“Los americanos
necesitaban cubrir grandes trayectos en su territorio, y para eso idearon
grandes máquinas. En la segunda guerra mundial, para llevar pertrechos desde la
costa esta a la oeste, destinados al frente del Pacífico, fabricaron las
locomotoras más grandes del mundo, articuladas en el medio, y que tiraban hasta
130 vagones. Los europeos, en cambio, se arreglaban bien con locomotoras más
chicas, ya que tenían ciudades más cercanas unas de otras para abastecerlos de
agua y carbón”.
Asignatura pendiente
Hablar del actual ferrocarril argentino es como remover
una vieja herida en el alma de Aldo. Él no comprende que en estos momentos en
que el ferrocarril se está revalorizando en todo el mundo, en que hay países
que construyen trenes tan veloces como para competir con los aviones en tiempo
y comodidad, aquí se sigan levantando ramales. “El ferrocarril es un invento de la humanidad usado para desarrollar y
engrandecer países. Argentina llegó a ser el tercer o cuarto país del mundo,
con 40 000
kilómetros de vías férreas. Hoy creo que no tenemos ni
la cuarta parte. Han quedado pueblos fantasmas al costado de la vía, porque ni
las rutas pueden suplir lo que el tren da. La vida era el tren. La vida en todo
el sentido de la palabra, porque transportaba a las personas y a los alimentos,
al ganado, la producción”, se indigna.
Europa, dice, está enlazada con ferrocarriles. Una
locomotora de vapor o diesel eléctrica “tiene
una vida útil de cien años, y nosotros las destruimos como chatarra cuando en
China aún utilizan algunos trenes de vapor”.
Para Illesca el tren es además cómodo en todo sentido y
como prueba de sus dichos vuelve a referirse a la rapidez. “Hace unos cuarenta años, una locomotora a
vapor marcó 210
kilómetros por hora de velocidad”. Aunque las
modernas, claro está, son más rápidas. Acota que un tren de alta velocidad en
Alemania llegó a marcar 500
kilómetros horarios en su velocímetro, mientras sus
tripulantes brindaban sin que el champán se derramara de sus copas, en tanto la
velocidad crucero de estos artefactos modernos alcanza los 300 sin ningún
problema.
Tocata y fuga
Ya en la
puerta de su casa, asegura que la aviación ya lo saturó un poco y que ninguna
de sus muchas locomotoras en escala es la preferida, que a todas quiere por
igual. Y su mirada se pierde en uno de los treinta y tantos vagones de carga
del Roca que justo a esa hora de la tarde era deslizado por el ronroneo de una
locomotora por el ramal que pasa frente a su casa. Un ronroneo que era una
música que sonaba a violín en su corazón.
***************
Ramón López de Munaín
(City Bell-Hechos y Personajes, 1997).
Don Ramón es un muy querido vecino de su barrio. Acaba de cumplir
91 años. Atiende su comercio, hace su quinta y dice que piensa vivir hasta los
100, por lo menos.
A menudo tendemos a estereotipar a los entrevistados. Cuando al cronista
le encargaron hacer una nota con un viejo vecino de City Bell, inmigrante y
español de 91 años cumplidos el 28 de septiembre reciente, enseguida creyó que
se toparía con alguien doblegado por el tiempo vivido, signado por los
recuerdos de la guerra y de aquella tierra que alguna vez dejó y a la cual
nunca pudo retornar como íntimamente lo desearía. Pero no. Ramón López de Munaín no estuvo en la guerra. Llegó a las tierras
del Plata cuando apenas tenía dos años y jamás pensó en retornar, ni siquiera para
visitar a sus parientes de la península.
Nació en España en 1906, en la
provincia de Navarra, dentro de
la región conocida como el país vasco. Su padre fue labrador en el viejo mundo,
pero una vez llegada la familia a la Argentina en 1908, se empleó como obrero de la
cristalería de la localidad de Hudson, en el Gran Buenos Aires. Ramón tuvo dos
hermanas y en su barrio fue a la escuela hasta cuarto grado. Quinto y sexto
grados no había, por lo que tuvo que hacerlos en Quilmes, donde siguió también
el secundario.
“Luego fui ferroviario
hasta que en 1960 me jubilé. Era jefe de estación relevante de ausencias y
licencias en el ramal del Roca -evoca Ramón, como
si hablara del año pasado-. Acá, en City
Bell hace 35 años que vivo”.
Vivía en La Plata
cuando se jubiló y a los ocho días ya
estaba trabajando en una constructora de General Madariaga, como
empleado administrativo. “Fui por unos
meses y estuve ocho años -se ríe-.
Después me aburrí y con lo ahorrado en ese trabajo compré una casa aquí y mi
esposa puso un negocio”.
Don Ramón y su hija viven solos hoy y aseguran que por nada del
mundo cambiarían el barrio donde viven. Su casa está a las puertas de lo que
años atrás se conocía como “Barrio Güemes”,
donde la calle 19 se topa con esta última, y se tuerce levemente para encontrarse con Monteagudo. Si bien la 19 y la Monteagudo son
asfaltadas desde hace bastante tiempo, cuando ellos llegaron a la barriada eso
no era así. “Esto era barro. Teníamos un
kiosco y luego una rotisería, que trabajábamos mucho. Si hasta número teníamos
que dar. Pero mi señora se empezó a enfermar y decidimos cerrar. Así que
volvimos a poner kiosco”, cuenta Ramón. Su hija es una costurera bastamente
conocida en City Bell, y no pocas señoras del vecindario aprendieron a coser según
sus técnicas. Así que con el tiempo el kiosco derivó en mercería con algún
anexo de librería escolar y otros accesorios.
Pero más empujado que convencido por su hija, Ramón decidió que
con el último día de septiembre -día que, coincidencias a parte, se hizo esta
entrevista-, bajaría por última vez la cortina de su comercio. “Me voy a dedicar a vago”, dice con
ironía este hombre que ha trabajado toda su vida, aunque hace ya treinta y
cinco años que se jubiló. “Tengo mi
quintita, me entretengo con las plantas, punteo la tierra”. Lo que no lo
convence demasiado es que su hija le ha restringido la superficie de tierra a
trabajar. “Ya no me deja hacerla tan
grande. Quiere que me cuide, así que me puso ese alambrado como límite para que
yo trabaje la tierra”.
“Acá no uso la maquinita
-dice volviendo a su actividad detrás del mostrador, y señalando una
calculadora-, con la cabeza, sumo,
multiplico, uso la cabeza y nada más. Me parece que es mejor que usar la
maquinita. Aunque la máquina no falle y uno pueda fallar”, dice admitiendo
la falibilidad del ser humano.
“Hice una vida normal. No
fumé, no tomé, no anduve calavereando, salvo los bailes de juventud, que
siempre me gustaron” cuenta respondiendo al interrogante de cómo se hace
para llegar a su edad en óptimo estado.
Ramón supo también ser un buen deportista. “Iba a jugar fútbol a Racing de Bavio pero soy hincha de Gimnasia
-dice-. Iba a verlos cuando jugaban en la
cancha de 12 y 70, en el club Gutenberg. Me gustaba Naón, de Gimnasia. Recuerdo
de aquellos primeros tiempos al equipo que formaban Scarpone, Sancé y Bulla;
Felice, Felice y Felice (eran tres hermanos);Currell, Iturrería, Zoroza, Bacci
y Morgan”. Por aquellos tiempos, López de Munaín jugaba de “jas”, de
mediocampista. En Hudson jugó en la tercera división del club local y en
1925, “salimos segundos en tercera
división de la Liga
Quilmeña ”, cuenta con orgullo.
Puesto a comparar, Ramón dice que “es más vistoso el fútbol de ahora, porque antes se jugaba distinto, era
uno, dos, tres y los cinco adelante. Hoy hay buenos jugadores. Me gustan todos
los equipos. Está Maradona, que aunque viejo, sigue siendo bueno. También
Guillermo Barros Schellotto me gusta mucho. Y Francéscoli”... enumera, para
agregar que nunca se pierde la televisación de los partidos, sin importar
demasiado quiénes sean los contrincantes.
Un día en la vida de este abuelo no demuestra nada en particular,
a excepción de su meticulosidad. “Me
levanto siete y media a tomar mate amargo. Nueve, nueve y media, tomo café con
leche. Almuerzo, duermo una siesta y cuando me despierto, tomo otra vez mate. A
las cinco y media o seis, otro café con leche, luego la cena y a las diez de la
noche me voy a dormir”, explica con simpleza.
“Nací en España pero soy
bastante criollo - dice quien gusta de mate amargo, buenos asados, tango,
chacarera y ranchera-. Después del
desayuno, barro la vereda, limpio el
local y lo atiendo”. El año pasado los vecinos le hicieron una gran fiesta
para los noventa años. “Hay muy buenos
vecinos en el barrio y me regalaron un sillón de hamaca”.
“Me sentía cómodo acá
-dice explicando el por qué de su permanencia en el país en lugar de retornar a
su España natal-. Mis padres tenían
trabajo acá, y no me gustó ni me gustaría volver. Mi hija sí viajó y conoció la
casa donde nací. Una prima de allá estuvo dos o tres veces acá. Tengo otra
prima en Madrid y parientes en Italia”.
“En las fiestas patrias, no
se me cae la escarapela. Yo soy gallego y uso escarapela más que los demás”,
dice con el pecho henchido de patriotismo y apego a la tierra que le dio
cobijo. “Yo veo gente los días de fecha
patria que viene al negocio sin una escarapela en el pecho. Yo no concibo eso”.
“La vida cambia -dice-, en mi época se respetaba a las personas
mayores. No le echo la culpa a los chicos. La culpa es de los grandes que no
los sabemos educar. Hoy los grandes tiran papeles en la calle, los papeles de
caramelos en el piso. Todo ha cambiado pero no solo en la Argentina , es general.
Ha cambiado mucho la vida en el mundo entero”.
De los tiempos pasados, dice añorar “el respeto mutuo, que hoy no se tiene la gente. Para bien hemos
cambiado en las comodidades de la casa. Hoy, con apretar un botón se lava la
ropa..., antes había que juntar leña para
cocinar... Ahora hay de todo -prosigue-, gente buena, buenísima, como los vecinos nuestros. No nos visitamos a
tomar mate, pero si precisamos algo, enseguida están acá. Ese es el verdadero
vecino. Este barrio tiene vecinos nuevos, pero son todos buenos”.
“Yo ya les he dicho que voy a llegar a los 100, y vamos a hacer
una fiesta grande. Lo único que pido es que Dios me dé salud. Hace 22 años me
operé de la cadera y me pusieron una prótesis. El Dr. Moviglia me atiende y lo
único que tomo son pastillas por una artrosis de la rodilla y otras para la
próstata, que hace seis meses me empezó a molestar. El doctor me preguntó como
hago para vivir tanto”, dice feliz.
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Alfonso Marcellini
(City Bell-Hechos y Personajes, 1997)
Desde hace alrededor de sesenta años arregla
balanzas de todo tipo. Vivió en el esplendor de Berisso y vino a City Bell para
curar a un hijo. Asegura que nunca se irá de aquí.
Nacido en
1913, Alfonso Marcellini es lo que se
dice una persona que sabe tomarle el peso a la realidad. Y aunque está afincado
en City Bell desde 1951 su sangre familiar lo ha obligado a tocar más de un
puerto a lo largo de su vida.
Sus padres
partieron ambos en 1895 desde Ancona, Italia, y las largas jornadas a bordo de
un barco de inmigrantes hicieron que se conocieran y ya no se separaran. Las
publicidades que atrapaban las ilusiones de los colonos no decían toda la
verdad sobre el destino final del contingente, y el paraíso prometido a las
orillas del Plata acabó siendo nueve años de muy duro trabajo en los montes de
San Pablo, Brasil.
El sacrificio
de casi una década más los contactos con familiares llegados a la Argentina con
anterioridad, permitieron que al cabo de ese lapso se radicaran en Colón,
provincia de Buenos Aires, donde acabaron de nacer los once hijos que el joven
matrimonio de chacareros italianos llegó a criar. “Mi padre a todos nos dio educación, sexto grado de primaria, lo que por
entonces era mucho, porque alcanzar cuarto grado era ya demasiado”, evoca
el séptimo hijo de aquellos Marcellini en el living de su casa de City Bell.
Alfonso no fue como dice la leyenda -un lobizón-, pero sí como marca la
tradición: resultó apadrinado por el entonces presidente de la Nación , el doctor Roque Sáenz Peña.
Tenía 14 años
cuando estaba seguro ya de querer estudiar medicina. Sin embargo las arcas
familiares eran flacas y se hacía menester que Alfonso se abocara al aprendizaje de un oficio. “Por aquella época había escuela de oficios
en San Nicolás Y también en Colón, Entre Ríos. En la de San Nicolás no había
vacantes, así que tuve que viajar a la de Entre Ríos. Hasta allí me acompañó mi
padre, en tren, cruzando el ferry boat, porque antes no existía el puente de
Zárate”.
La vida como
pupilo fue una gran experiencia para Marcellini.
Eran 250 alumnos de todas partes del país, y ellos debían hacer todo: desde la
limpieza hasta el servicio de comedor, además de las ocho horas de clase
diarias a las que asistían en el internado. “Durante el primer año eran tres meses de ajuste mecánico de banco, tres
de carpintería y tres de herrería. El segundo año cada uno elegía su
especialidad. Lo malo era que cada vez que volvía a casa de vacaciones, tenía
que ir a trabajar al campo para juntar dinero y poder volver a la escuela,
porque en casa no había” señala.
Sin olvidarse
de la enseñanza de su padre, aquella que decía que “el hombre que se gana la vida trabajando, ese es un hombre honrado”,
finalizados sus estudios Alfonso
salió a buscar trabajo. Y lo encontró no muy lejos de donde había estado
estudiando, en un frigorífico llamado “Liebig”, obtenido por los ingleses como
botín de triunfo sobre la alianza alemana luego de la Primera Guerra
Mundial. “Trabajé ahí durante dos faenas.
Pero cada faena duraba sólo cuatro meses, así que había poco trabajo. Mientras
tanto, un amigo mío estaba trabajando en el frigorífico Swift de Berisso, y me
dio una tarjeta para que me presentara. Me tomaron una prueba y entré como
personal especializado”. Allí trabajó treinta y un años seguidos.
En esa época “Berisso era siempre de día, no había noches.
Siempre digo que la calle Nueva York debería declararse patrimonio nacional o
mundial, puesto que vivió todo el esplendor de la época de los frigoríficos. Yo
me casé y me fui a vivir ahí. En el Swift ganaba noventa centavos la hora,
mientras en Liebig ganaba cincuenta. Con ciento ochenta pesos al mes tenía un
gran sueldo”, se enorgullece Marcellini.
“En esos tiempos fueron las grandes huelgas de
los frigoríficos, en 1945 -explica-. Perón
estaba en lo que se llamaba el Departamento Nacional de Trabajo junto a Domingo
Mercante. Luego fue la
Secretaría de Trabajo y Previsión, y nosotros fuimos los
impulsores de ese cambio. Hicimos una huelga que duró tres meses, con Cipriano
Reyes, secretario general, a la cabeza. En tanto me entero de que estaban
tomando gente en la
Fábrica Militar de Aviones de Córdoba y hacia allá me voy. Mi
familia quedaba en Berisso, yo tenía que vivir en una pensión, pero el sueldo
era tan bueno que me alcanzaba para mandar dinero a ellos y sobraba”.
Solucionado el conflicto regresa junto a los suyos y al frigorífico luego de
once meses de suspensión que le dieron por activista gremial.
No solo habían
sido buenas épocas para Berisso. City Bell era conocido por entonces como “la
Córdoba Chica ”, por lo benéfico de su clima. Corría 1948
y los Marcellini tenían uno de sus
tres hijos con problemas de salud. Fue así que el médico les recomendó mudarse
de la ciudad industrial ribereña donde vivían y trasladarse hacia aquí. “Encontré un terreno en la calle 12 entre 1 y
2. Yo me había criado en el campo. Mientras viví en Entre Ríos había vivido
frente a las barrancas del Uruguay. Así que City Bell me gustó mucho”,
recuerda.
Los buenos
sueldos del Swift y la ayuda de un préstamo bancario para viviendas permitieron
construir una casa para la familia y trasladarse en 1951. “Pero hacia 1960 empezaron a echar gente de los frigoríficos. A mí
también me echaron y me dieron una indemnización en seis meses. Puse algunas
herramientas en el maletín, y salí a buscar trabajo por La Plata .
En micro y a pie”. Eran épocas en que el primer micro
entraba a City Bell a las siete de la mañana y el último lo hacía a las diez de
la noche. Y eran once las cuadras que Alfonso caminaba a la ida y a la vuelta,
con el peso de sus herramientas a cuestas.
“Muchas casas de La Plata me dieron trabajo
-agradece aún hoy Alfonso-. Hacía el
service de las balanzas de trece casas de La Plata , Brandsen y Abasto. Luego entré a la Nestlé de Magdalena y ahí
conocí a una excelentísima persona que vendía balanzas y maquinarias. Era Germán
Spínola, que falleció poco después, y yo
hacía los services de sus ventas. Teníamos muchísimo trabajo”.
El trabajo con
la empresa de Magdalena duró muchos años y le ayudó a Marcellini a reponerse de
su situación económica comprometida luego del despido del Swift. “Mi hija y sus dos hijos vivían conmigo. Y
como ella trabajaba, yo pude ayudarla a que construyera una casita para ellos
acá cerca”.
Sergio Logiurato, uno
de sus nietos, empezó también a aprender el oficio y sobre todo el manejo de
ciertas herramientas que requieren de destreza para su uso. Pero no sólo las ha
usado para reparar balanzas. Sergio abrazó la expresión artística y ha
convertido el taller de su abuelo en atellier de sus obras de escultura y
pintura.
“Mi inclinación -justifica Alfonso- siempre fue hacer lo que no se consigue o
lo que no se puede comprar”. Se trata para él de fabricar aquellas piezas
de las balanzas que ya no se consiguen en el mercado por la antigüedad de las
mismas. No importa si se trata de hierro forjado o bronce fundido. Y su nieto
escultor supo aprovechar esas técnicas aprendidas por Alfonso en la Escuela de Oficios de
Colón para enriquecer su arte.
Un hombre que
como Alfonso Marcellini lleva casi sesenta años reparando balanzas, ha visto de
todo en el desarrollo de la actividad comercial. La avanzada de la electrónica
le ha acotado la demanda de su trabajo, pero no tanto como para decir que el
suyo es un oficio en extinción. “Es que
un frigorífico no puede parar una faena porque se cortó la luz o se quema un
cabezal de una balanza electrónica -dice-. Además, en muchos lados, son combinadas: el cabezal electrónico y el
resto mecánico”.
Confiesa que hay comerciantes deshonestos
-los menos- que saben que poner un imán en determinado lugar de la balanza o
pesar sobre el borde del plato les significa una pequeña ganancia a su favor.
Sin embargo, responde con una sonrisa irónica cuando se le pregunta si se anima
a recomponer la balanza de la
Justicia.
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Juan Garde
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997).
En 1926 llegó a City
Bell para no irse nunca más. Es uno de los fundadores de la Asociación de Jóvenes
Cristianos, hoy Argentino Juvenil Club. Brindó muchos años de su vida a la
institución donde hizo de todo: brilló como futbolista en los años ‘40, fue
buffetero, asador y miembro de la comisión directiva en aquellos años de oro.
Posiblemente muchos ignoren el pasado de nuestras
instituciones. Sobre todo los más jóvenes tal vez no sepan que el Argentino Juvenil Club es todo una
leyenda y fue, hacia los años ‘40 y ‘50, una de las instituciones más
relevantes de la zona, incluida La Plata . Ni que tuvo un
antecedente como asociación cristiana.
Juan Garde tuvo en su juventud la dicha de
ser un pionero junto a otros jóvenes y fundar la Asociación de Jóvenes Cristianos. Eran en su
mayoría adolescentes y por eso contaban con el asesoramiento de Antonio Serena. Regenteaba el grupo el
padre Casiano Goldarás, franciscano
del convento de Villa Elisa, al igual que otros religiosos que lo secundaban
como los padres Francisco, Pablo y Elías,
que actuaban como “garantes” del
club.
Garde cuenta con orgullo que aún
guarda la solicitud de ingreso fechada el 2 de diciembre de 1942, un poco antes
de lo que todos conocen como nacimiento del Juvenil
(1946). “El primer presidente fue Ángel Gerardo”
-recuerda- y además estaban Alfredo
Gismano, José López, Rafael Ferro, Horacio Flores, Carlos Garat, Juan Carlos,
Oscar y Honoria Campi -esta última la única mujer del grupo-, Constanzo, Omar Chiessa y otros más” que
la memoria de Garde -el mayor de todos- no retiene a los casi 78 años.
Las primeras reuniones se hicieron en la glorieta que había
en la capilla del Sagrado Corazón. Luego se trasladan a lo de Antonio Campi,
hasta que consiguen en préstamo una casa situada en Cantilo y 1, por entonces
de don Ángel Cogoma y luego de la familia Chiessa. Todos integraban el coro de
la capilla y la supervisión de los sacerdotes era casi permanente. De allí que
pasaran a ser conocidos como los del “Club
de la Vela ”,
en una suerte de chanza relacionada con los cirios litúrgicos.
En realidad, este puñado de jóvenes era un desprendimiento
del Club Atlético en los tiempos en
que lo presidía José Verge, luego de
alguna rencilla propia de los clubes barriales, pero que fue suficiente para
inscribir en la historia la rivalidad eterna entre ambas instituciones.
Hacia 1945, la influencia religiosa ya no era tan marcada y
deciden consolidar la agrupación pero con el nombre de “Argentino Junior Club”, una manera de aprovechar las siglas que
formaba la anterior denominación y que quedarían inmortalizadas en el escudo de
chapa que el mismo Omar Chiessa confeccionó a mano en su casa.
Pero como el nombre incluía una palabra extranjera, no fue
aceptado y por tal motivo quedó como “Argentino
Juvenil Club”.
Por esos
tiempos, también, deben dejar la sede de Cantilo y 1, pero no tardaron mucho en
alcanzar la vieja casona de la calle 19.
Pertenecía a una mujer viuda, residente en la Capital Federal , y
quiso la historia que un bisnieto de ella jugara en el fútbol infantil por
estos años de renacer del Club.
Fueron famosos por entonces los equipos de basquet y de
fútbol del AJC, fama que Garde tenía documentada en un sinnúmero de fotografías
que nunca volvió a ver luego de cederlas en préstamo a un desaparecido medio
periodístico local. En la década del ‘40 fueron tres veces campeones de la Liga Norte y jugaban
apellidos que supieron vestir casacas de grandes clubes años después. En el
amateurismo, el mismo Garde calzó los botines hasta los 53 años. “Pero un día, jugando con pibes de
veinticinco ni la vi pasar y me dije que eso ya no era para mí”, cuenta no
sin nostalgia.
“Dos orquestas dos”
Formalmente fundado en febrero de 1946, el AJC alcanzó muy
pronto un renombre zonal que alcanzó no sólo con el deporte sino también con
sus famosos bailes, Por su escenario desfilaron todas las grandes orquestas
tangueras y “típicas” de aquellos
años.
El cuarteto de Roberto Firpo fue el primero de los famosos
en animar la noche de City Bell, y de aquel día Garde recuerda algo más que
anecdótico. “Habíamos terminado la pista
con mosaicos comprados a la fábrica La Unión. El baile era el sábado y el lunes era el
último plazo para pagarlos, así que si nos iba mal, quedaba enganchada toda la
comisión directiva”.
Pero las cosas salieron mejor de lo deseado y de ahí en más
se inició una seguidilla de éxitos que los bailes del Juvenil se recuerdan aún
hoy. “Los carnavales nuestros estaban
entre los tres primeros en recaudación de toda La Plata .
Se llegaban a juntar entre tres mil quinientos y cuatro mil
personas. Vendíamos ciento sesenta cajones de cerveza por noche, eran seis mozos y el buffet
empezaba en la esquina, seguía por el costado de 19 y al fondo, doblaba”,
se entusiasma Garde con los recuerdos.
Recuerda entre los mozos los apellidos de Cejas, Díaz,
Forneris y Escobar, en tanto que nombra a Víctor Ventura como el responsable de
asar las casi ochenta docenas de chorizos que noche a noche se vendían en las
veladas danzantes. Se fletaban micros especiales desde La Plata , y desde la zona de
quintas venían camiones llenos de gente. “Uno
se paraba en la esquina de Cantilo, y desde 19 hacia el Camino Belgrano eran
todas cabecitas que venían hacia el Club”, grafica.
Naturalmente que aquellos bailes no eran como los de hoy.
Empezaban a las 10 de la noche y terminaban a las 4 de la mañana. Era un clima
muy familiar y casi nunca ocurría incidente alguno. Lo que tal vez sí tengan de
semejante es que muchos romances se gestaron en sus penumbras y muchas familias
respetables del City Bell de hoy se han originado allí.
“¡Uh, cuántos se
engancharon en esos bailes!”,
se ríe Juan rememorando épocas mozas, y en seguida prefiere evocar las
orquestas que subieron al escenario del Juvenil: Adolfo Pérez Pocholo, Enrique
Rodríguez, Ariel Pedernera, Juan Cambareri, Osvaldo Pugliese, Juan Darienzo...
“La única que no vino fue la orquesta de
Francisco Canaro, y cuando vino Feliciano Brunelli, tuvimos que cerrar las
puertas porque ya no entraba más gente”, rememora nostálgico.
Garde es un hombre humilde, casado con Margarita Larrachado a quien conoce desde que una vez ella pisó
City Bell para visitar a una amiga. Desde entonces, no pudo pensar en otra
persona ni en otro lugar para vivir. Su casa es modesta y Carlos Gardel preside el comedor desde varias imágenes enmarcadas.
Lo acompañan Perón y Eva,
preferencias políticas innegables de la familia. Tal vez por eso, porque fue un
golpe muy duro a su corazón de club, que no cuenta un episodio ocurrido en la
casona de Cantilo y 19 en 1955.
Fue durante la revolución que derrocó el gobierno de Juan
Perón que un grupo de contrarrevolucionarios conspiraban a escondidas de la comisión
directiva y en favor del régimen saliente. Hubo detenidos y fusilados, y el
honor del Club estuvo al borde de la difamación.
Pero Volvamos a don Juan
Garde. Muchos eran los que llevaban sobre sus hombros la responsabilidad de
ese club exitoso. Entre otros, estaban Domingo
Molfino (que ocupó la vicepresidencia y luego la presidencia), Jorge Dorr, Francisco Del Tufo (eximio
timonel financiero desde la tesorería), Félix
Lauretti, Juan Negri, Bogoni, Ramos y otros. “Después de cada baile, nos reuníamos en la secretaría y sentados en el
piso planchábamos pilas de billetes; y nadie se iba hasta no saber cuánto se
había recaudado y cuánto gastado”, dice con orgullo por la transparencia de
las cosas.
Para el final, quedó una anécdota de los inicios del
Juvenil. “El presidente era Antonio
Roncagliolo y puso para el club un ordenanza con uniforme y todo. Era Félix
Lauretti, y vestía traje y gorra azul con franjas amarillas, los colores del
club. Quería hacer un club de categoría, pero en la comisión éramos todos gente
de trabajo”, dice, con entonación de puntos suspensivos.
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Amanda Parache
(City
Bell-Hechos & Personajes, 1997).
Es vecina del barrio Savoia pero trabaja como guardaparque
del parque Pereyra Iraola. Es además voluntaria en el Centro Oncológico de
Gonnet. “La necesidad me llevó siempre a aprender cosas”, dice.
Desde muy chiquita Amanda sabía que la vida sería dura con ella. A falta de papá y
mamá la crió su abuelito, pero no por mucho tiempo. También él moriría pronto y
ella misma, desde sus siete añitos, debería ser la mamá de sus propios
hermanitos.
Tal vez por eso el destino le fue
forjando ese alma de samaritana que es hoy el pasaporte que le permite vivir
con la libertad de quien comparte el sufrimiento ajeno; de quien defiende la
vida, cualquiera sea la especie en peligro. “Estoy muy poco en casa. Y aunque tengo unos vecinos muy buenos, conozco
poco mi barrio, porque estoy muchas horas en mi trabajo, y de ahí, muchas veces
voy directo al Oncológico”, dice quien, además de ser guardaparque en el
Parque Pereyra, invierte horas como voluntaria en ese centro hospitalario de
Gonnet.
La protagonista de esta vida casi
novelesca es Amanda Parache, una
mujer de 53 años, mamá de tres hijos de entre 21 y 32, nacida en Cacharí y,
desde 1982, vecina del barrio Savoia de City Bell. Amanda llegó a su destino
laboral hace algo más de un año, luego de catorce años de empleada en la
contaduría del actual Ministerio de la Producción. Cuestiones
rayanas con el celo y la rivalidad como suelen darse en cualquier ambiente de
trabajo, la obligaron a buscar nuevos aires. Y para eso, nada mejor que un
lugar de trabajo aireado, inserto entre verdes y ocres, como el cuerpo de
guardaparques de ese paseo público dependiente del mismo Ministerio.
Lugar de
película
Una soleada tarde de septiembre, el
marco ideal para hacer una nota en el corazón del parque Pereyra Iraola. La
casona del mismo, el lugar de la cita que deparará más de una sorpresa: la vida
azarosa de esta mujer -Amanda Parache-,
los incontables problemas que a diario enfrentan sus cuidadores, y un misterio
develado por primera vez a la curiosidad del cronista: trasponer las portazas
del viejo casco de lo que fue la estancia Santa Rosa, el palacete donde tantas
publicidades y películas del cine se han filmado. El patio donde Camila O´Gorman y su amor con sotana
jugaron al gallito ciego, por ejemplo. Descender a lo que podrían haber sido
los calabozos o, al menos, las habitaciones de los esclavos del siglo pasado,
para trepar luego infinitos peldaños y encontrarse en el cotizado mirador de la
construcción. Una deferencia que la guardaparque y el administrador del Parque
han tenido con este notero agradecido. Es que es una experiencia inigualable la
de estar al mismo nivel que el follaje de plantas centenarias y únicas como
aquellos eucaliptos cuyas semillas trajo Sarmiento. O las palmeras que, con sus
ochenta años, se acercan al final de su expectativa de vida y cuya reposición
nadie ha previsto aún.
La vida en el Parque ha cambiado de
manera apreciable desde hace tres meses, cuando se hizo cargo de su
administración el nuevo interventor, César
Recalt. Sentado detrás de un escritorio tan viejo como la casona misma,
Recalt habla de las 10.247
hectáreas que comprende el área a su cargo, de las
cuales sólo 800 fueron abiertas al público en su oportunidad. “Queremos desmontar la selva que llega hasta
la ruta 2 para recuperar ese sector para el turismo. Se trata de acacias
negras, que por ley son consideradas plagas, y que nos han ido ganando el
espacio verde -dice-. También
queremos extender el Parque hasta su límite hacia el este, que es el Río de la Plata ”.
Trabajar paseando
Recalt habla con el entusiasmo de todo
funcionario nuevo. Y aunque no ignora que es difícil administrar algo sin tener
presupuesto asignado, asegura que ya recuperó las motosierras inutilizadas que
recibió en el inventario, y que las dos cortadoras de pasto recibidas se han
multiplicado por tres en este breve lapso de gestión.
Los baños fueron virtualmente
reconstruidos y hay personas que los fines de semana se ocupan de su cuidado,
aunque más no sea por la propina que reciben de los usuarios. No olvidamos que
es septiembre y que en el día de la primavera Pereyra se convierte en el
epicentro social de los jóvenes de la zona. Recalt y su equipo de gente velan
armas para esa fecha.
El parque Pereyra es la única reserva
forestal naturalizada de la provincia de Buenos Aires y Amanda tiene clara
conciencia de ello. Pocas horas pasa en la sala de guardaparques o en las
oficinas del primer piso de la casona. Su tiempo transcurre mayormente por los
senderos caracoleantes del parque, munida de mochila y radio, sea para recibir
órdenes o para dar parte de cualquier anomalía detectada.
Ella se ocupa del cuidado del molino
holandés y de la organización de una muestra fotográfica cuyo tema central es
la vida en el Parque. Hay en las fotos expuestas firmas de conocidos vecinos de
City Bell.
La recorrida por las calles interiores
muestra no pocos árboles quemados o seriamente dañados. Muchos de ellos, están
rodeados por una serie de palos pintados de rojo, al tiempo que a su lado un
cartel pide clemencia con su mensaje de “no
me quemen más”. Es la guardaparque Parache quien se ocupa de hacer el
relevamiento y “protegerlos” de esa
manera. Sin embargo, la práctica no siempre da buenos resultados. A menudo,
palitos y carteles desaparecen alimentando otro fogón dominguero junto al
tronco de un árbol centenario.
La lucha por la vida
“Una
vez plantamos cien pinos. A la mañana siguiente, faltaban treinta -se
indigna Amanda-. También desapareció un
cartel que puse recordando a un chico que murió en un accidente aquí no más.
Fue el primer accidente en que me tocó actuar. Eran tres chicos y mientras yo
trataba de contener a uno de ellos que aún vivía, un bombero me felicitó por
cómo estaba atendiéndolo. Es que él no sabía que en realidad yo me sentía como
si fuera el mismo chico en el suelo”.
Es que Amanda conoce mucho de
sufrimientos y esa sensibilidad le llega también por la vida de la fauna y de
la flora. Inconscientemente se preocupa por la supervivencia de ese pulmón
verde que es Pereyra. Un pulmón para el conglomerado urbano de Quilmes y de La Plata , en cuyo corazón está
City Bell. Y aquí no somos conscientes de ello.
En Pereyra nadie quiere hablar a
grabador abierto, pero hay preocupación por el crecimiento de quintas en
tierras del Parque por las que nadie paga un peso en concepto de renta. Y hasta
se habla de emprendimientos tipo barrios cerrados o countries en su predio. Pero nadie quiere comprometerse con lo que
dice. “Dicen que dicen”, y de ahí no
salen.
Pero esas son cosas que están muy lejos
de la preocupación inmediata de Amanda. Para ella valen más las doscientas
especies de pájaros que integran la fauna del lugar y los ejemplares arbóreos
que día a día sufren la depredación humana. Prefiere apostar a la vida por la
vida misma. “Yo digo que no solamente se
necesita estudiar para aprender algo, sino vivir como yo, que la necesidad me
llevó siempre a aprender cosas. Para mí la vida fue una escuela muy importante,
porque aprendí a valorar lo que los libros no te enseñan, que es el valor que
tiene cada uno. Sufrir un dolor, con el tiempo me ayudó a entender al que
estaba sufriendo”.
Esa preocupación por el prójimo
sufriente hizo que con sus magros ingresos se preocupara por gente de su pueblo
que necesitaba atención médica aquí. Les ofreció su casa como hospedaje, les
pagó pasajes y los acompañó en sus internaciones apagando su dolor. Así se fue
conectando con el Centro Oncológico de Excelencia de la Fundación Mainetti.
Y desde allí la llaman cada vez que hay un enfermo solo y apenado.
“Voy
al hospital, los encuentro, me cuentan sus dolores e interiormente sé lo que
les pasa. Y por eso doy gracias a Dios por todo lo que pasé y sufrí, porque
puedo entender a los demás en su sufrimiento”. Amanda cuenta además que
ella sola crió a sus tres hijos, y que con sus manos levantó la casa donde vive
con ellos. “Siempre lucho. Me encanta
vivir, y para mí vivir es solamente eso: para mí despertarte, respirar y ver el
día, no es vivir; hay que hacer cosas para estar vivo”, define así su
filosofía. Claro que también ella tiene sus bajones. “Cuando tengo muchos problemas, como todos, llamo al Oncológico, a ver
si alguien necesita que lo acompañe. Y ver que hay otros que están peor que yo,
me ayuda mucho”, dice.
“Tengo
53 años, pero pienso que viví como una persona de cien. Será que me trato con
gente de distintas edades que quiero tener la edad de la persona con la que
trato, para poder llegar mejor a esa persona”, reflexiona.
********************
Rodolfo Marabini
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997)
Ingeniero y vecino de City Bell, hace más de treinta
años se encontró con muchas preguntas acerca del sol y del espacio. Mucho antes
del auge de las computadoras, se sumergió en el tema y de su cerebro surgió más
de un invento.
Aunque no le
gusta que lo llamen así, habría que decir que Rodolfo Marabini es inventor. “Mejor
poné que en vez de inventor soy un curioso que una vez que satisfizo su
curiosidad por una cosa, va en busca de otra curiosidad”, dice, inventando una manera de definirse a sí
mismo. Nació hace 58 años y desde 1960 está vinculado al Observatorio
Astronómico de la
Universidad platense, adonde empezó como alumno ayudante.
De
Washignton a City Bell
“Yo
vivía en Córdoba. Allí la carrera de electrónica era incipiente y yo tenía
mucho interés en estudiar, así que me vine a La Plata , donde la Facultad de Ingeniería
tenía mucho renombre por entonces”, sintetiza
Marabini sobre sus inicios. Poco tiempo después pudo viajar a Estados Unidos y estudiar
en el Carneghie Institute de
Washington.
Una vez de
regreso al país y con unos treinta años de edad, con algunos elementos que el
director del Instituto le regaló pudo armar entre otras cosas un
radiotelescopio con el cual se abocó a investigar la corola solar y sus
cambios. Hizo también un interferómetro y una antena de 6,60 metros , ambos
instalados y en uso en el Parque Pereyra.
“Quince años me dediqué a la radioastronomía
solar, aproximadamente entre 1960 y 1975. Por una cuestión de curiosidad me
interesaba saber e investigar. Por eso me puse a desarrollar el radiotelescopio
y pude así investigar la corona solar. En ese radiotelescopio vinculaba la
parte óptica con la electrónica y con ese instrumental de desarrollo propio
pudimos hacer polimetría e interferometría”.
Vino después
una época sumamente difícil para el país. “En
1976 retorna la actividad universitaria normalizada -recuerda-, pero retomar aquello ya no me interesaba
tanto. Yo ya me había volcado a la informática y había comenzado a desarrollar
software y hardware”. El software -no todos lo sabrán- comprende los
programas de la informática, en tanto que el hardware abarca las máquinas y
herramientas de apoyo de la computación.
Entrar al
gabinete de trabajo de Rodolfo Marabini,
instalado en el fondo de su casa a trescientos metros del camino General
Belgrano, trae el recuerdo de una famosa fotografía periodística de una silla
desvencijada y remendada perteneciente al lugar de investigación del premio
Nobel Luis Federico Leloir: un ambiente
austero, donde el material de trabajo se amontona por falta de espacio físico. Marabini ha construido él mismo buena
parte de las paredes de ladrillo de su taller-escritorio, una obra que comenzó
hace ya varios años y que parece no terminarse nunca. Es que ni el tiempo ni la
economía parecen colaborar para poner fin al proyecto.
Así que entre maderas y
escombros, entre vigas y revestimientos, aparecen un plotter de fabricación
propia, alguna computadora, y entre otros artefactos desconocidos para este
cronista, la vedette del momento: un instrumento que permite medir la
concentración de gases contaminantes en la atmósfera y que constituye un
proyecto de investigación que Rodolfo
Marabini está desarrollando en el Observatorio Astronómico. “Yo realizo trabajos que me encargan los
mismos científicos del Observatorio para sus trabajos, pero también desarrollo
proyectos propios”, explica. Y en la ecuación de tiempo-trabajo, las
cuestiones no están tan divididas. A menudo, en su taller de City Bell Marabini
realiza parte de los trabajos del Observatorio, dado que en su casa cuenta con
instrumental mejor dotado, o viceversa. Lo cierto es que todo apunta al mismo
fin de la investigación, que para Rodolfo tiene una premisa que requiere ser
defendida contra viento y marea: trabajar
con todos materiales nacionales, comprados o fabricados por él, y recurrir a la
importación sólo si no queda otra alternativa.
Inventos
en equipo
Cubierto en un
rincón, con algunas muestras de la humedad ambiental, se halla un plotter de un
metro de largo, desarrollado íntegramente por el ingeniero y su hijo Francisco, cuando éste tenía diecisiete
o dieciocho años. En una definición burda, pero que alcanzaría para que el
lector común capte el concepto, diremos que un plotter es un aparato que sirve
para dibujar por medio de una computadora, y que no es fácil de fabricárselo en
el fondo de la casa de uno. El invento de los Marabini superó exitosamente su
etapa experimental y estaría en condiciones de ser producido en escala
industrial si no fuera porque su inventor jamás se preocupó por integrarse a un
circuito comercial ni tampoco procurar la financiación de su producción.
Así como en
sus trabajos particulares el entrevistado ha contado con la colaboración de su
hijo, en el Observatorio cuenta con un equipo de colaboradores cuya tarea no es
desdeñable. En estos tiempos en que la informática está en boga, era pertinente
preguntar en qué medida ella forma parte de la vida de una familia promedio.
Y Marabini
responde: “Está metida en todo lo que sea
económico, como el pago de facturas, de impuestos, en los bancos, en las
escuelas de los chicos... Todo lo que sea datos e información o generación de
la misma, está la informática. En cuanto a la influencia que tiene en la vida
particular de cada familia, eso ya depende de cada familia. En mi casa éramos
dos “bandos”: mi hijo Franz y yo frente mi esposa Raquel y mis hijas Úrsula y
Brígida. Nosotros hablábamos de computación permanentemente y ellas estaban
saturadas”. Y agrega: “Depende de la historia y los intereses de la
familia. Hoy tenemos un televisor que está manejado por un sistema lógico, un
lavarropas que también se rige por un sistema lógico. Antes encendías la luz y
no te preocupabas por cómo iban puestos los cables. Hoy encendés un electrodoméstico
y pasa lo mismo; no te ponés a pensar cómo funciona”...
La
vida en microchips
Sin dudas la
irrupción de la computación en la vida diaria van ampliando la brecha entre los
jóvenes y los adultos. “Hay gente que más
que ignorarla, trata de ignorarla. Y es notable, pero los chicos van solos, son
más amigos de la computadora, porque entre ellos y la máquina hay un proceso de
amistad más fuerte que con los grandes. La máquina le pregunta a uno si quiere
seguir adelante sí o no. Los chicos responden sin cuestionarse como lo haría un
adulto”. Para Marabini, en cierto modo ya hay diferencias entre las
generaciones. “Los chicos van creciendo
en su vida con ese manejo, los grandes tenemos que aprender. Lo malo -remarca- es cuando la persona cree que la computadora
le va a resolver los problemas, cuando en realidad va a ayudarle, pero los
problemas los tiene que resolver la persona misma. La máquina puede realizar
más operaciones en menos tiempo y tener menos dispersión de la atención que el
hombre. La máquina puede aprender un montón de cositas que uno le puede ir
enseñando, pero el hombre es irreemplazable”.
Ese mismo
crecimiento informático implica un avance vertiginoso de la electrónica. “Mis profesores -dice Marabini- habían vivido y seguido el crecimiento de
la electrónica. Yo me recibí en una época en que todavía se usaban válvulas,
pasé por el transistor, el integrado, y hoy estoy con el microchip. Han pasado
varias décadas, pero creo que el conocimiento está creciendo en forma
exponencial y no lineal”. Un ejemplo, para él, es el automóvil Ford T, al
cual se le daba manija para hacerlo arrancar, un método que se aplicó durante
muchos años. “Hoy, a nadie se le
ocurriría darle manija a un auto. El Ford T fue la Commodore 64 en la
informática”, acota refiriéndose a un tipo de computadora muy en boga diez
años atrás y que “hoy es un nene de
Jardín de Infantes frente a una PC”, una computadora personal actual.
Como hombre
que lleva treinta y siete años dedicado a la educación universitaria no puede
soslayar la crisis de la misma en la conversación. “El conocimiento es el dinero de este momento, es el mejor patrimonio
que puede tener una persona. Siempre dije a mis hijos que lo importante no es
tener dinero sino conocimiento. Argentina no ha invertido dinero en educación y
ha perdido la posibilidad, por ejemplo, de ser una potencia en materia de
semiconductores y exportarlos. Tenemos capacidad para desarrollar cosas, pero
no tenemos el dinero necesario. Si quieren mejorar a la Universidad de la Plata , primero hay que
duplicar el presupuesto, y recién después sentarse a hablar sobre el futuro”
sentencia.
Familia
de parroquianos
Los Marabini (Rodolfo, Raquel, Franz, Úrsula y Brígida), son una familia muy
conocida en el ambiente de ambas parroquias de City Bell. Siempre han estado
vinculados a una u otra, ya sea en tareas de catequesis, colaborar con el
sacerdote en las celebraciones, o subirse a un andamio para reparar un techo o
cambiar una instalación eléctrica. Mucho en el funcionamiento de una u otra
parroquia lleva el sello de Rodolfo
Marabini, quien define que el trabajo en la parroquia se hace ante todo por
amor a Dios, pero también por amor a los demás. ¿Qué tiene que ver eso con la
investigación radioastronómica, por ejemplo? “Hay una sola cosa que es común a todos: Dios. El hombre es quien
completa la obra de Dios y hay cosas que son dones de Dios, como la curiosidad.
Y un investigador sin curiosidad, no es buen investigador”, afirma.
“No se
puede dividir en compartimientos estancos. La persona tiene su fe y esa fe
podemos aplicarla en muchas cosas. Si uno
se pone a pensar, para hacer un crucifijo hay que saber algo de carpintería.
Puede ser un carpintero ateo, pero Dios le da la posibilidad de hacer una cruz
para que alguien se arrodille a rezar delante de ella. Inventar, investigar
-agrega-, es una necesidad natural de la
persona. El científico tiende a vivir para sí, pero hay que revertir esa
tendencia y hacer que viva también para los demás. Yo soy un curioso que una
vez que resolvió su curiosidad, va por otra curiosidad nueva”.
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Alfredo
Silleta
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997)
Conocido por sus
investigaciones acerca de las sectas, ha profundizado también en el tema de la
prostitución de menores y el turismo sexual. Tiene publicada media docena de
libros y un proyecto de ley sobre este ultimo tema.
Alfredo Silleta es un vecino como cualquiera. Tiene
cuarenta años, está casado y tiene dos hijos, un varón y una mujer. Habita una
luminosa casa de un barrio de City Bell y nada más. Su living austero habla de
la sencillez y el compromiso profesional de su dueño: una foto del fotógrafo José Luis Cabezas pide que no se olviden
de él desde el rincón de una repisa.
Pero su nombre y su apellido suelen aparecer con
frecuencia en los medios de comunicación no sólo porque es periodista. Tampoco
por lo que hace pocos días publicaron los diarios, como fue el hecho de haber
sido una de las víctimas de los muchos robos que se producen frecuentemente en
las casas de la localidad. Otro robo
más, como tantos, pero en las casa de un “famoso”.
Periodista infiltrado
Alfredo Silleta es en realidad el denunciante de
resonantes casos vinculados con sectas y comercio y prostitución de menores en
nuestro país. Aunque “un tema no siempre
está relacionado con el otro”, aclara.
Silleta llegó desde Mar
del Plata a La
Plata a estudiar periodismo en la por entonces Escuela
Superior dependiente de la
Universidad local. Como suele ocurrir con la profesión empezó
a colaborar con distintos medios, entre ellos la editorial Perfil y la revista del diario Clarín.
Eran los albores de la democracia y revolver archivos oscuros era una pasión
del momento.
Por ese entonces publicó lo que sería el inicio de
su especialidad: un artículo donde denunciaba los alcances y conexiones de la
secta Moon luego de permanecer dos
semanas infiltrado en una quinta perteneciente a esa organización en la
localidad de Brandsen. Silleta expuso en su artículo la estructura de la secta,
sus vinculaciones con ciertos sectores de poder y sus turbios negociados.
La nota actuó como un disparador para todo lo que
vendría después. Cientos de personas le escribieron consultándolo sobre hijos
vinculados con sectas de diversa índole, le plantearon sus temores, solicitaron
su ayuda. Lo cierto es que el periodista acabó convirtiéndose en un
especialista en el tema, tal vez el más serio y reputado del país, y en el
autor de una nutrida bibliografía, fuente de consulta obligada para quienes
aborden la temática.
“No es que yo
busqué especializarme en sectas. Lo que pasó fue que después que se publicó
aquel artículo, empezaron a llegarme cartas de personas que se interesaban en
el tema porque tenían algún familiar relacionado con alguna secta. Entonces
profundicé más aún acerca de otras sectas que no eran la Moon y las cosas se dieron
así”.
De tal manera que junto a otros colegas especialistas
Silleta acaba constituyendo la Fundación Argentina para el Estudio de las Sectas, un
nucleamiento que, además de trabajar en investigación, ofrece la más variada folletería
informativa sobre sectas en el país y brinda ayuda a familias que necesiten “rescatar”
a alguna persona absorbida por las pseudo religiones.
Predicción
“El reverendo
Moon -puntualiza Alfredo- viene
haciendo fuertes inversiones en Argentina y toda América Latina. Se debe a que
está teniendo problemas en Asia, por un lado. Además, en Europa nunca fue muy
fuerte y en Estados Unidos tiene buenas relaciones con el ala derecha del
Partido Republicano, y ahora están gobernando los demócratas”, puntualiza.
En general “hay
un apogeo de las sectas en todo el mundo, que se va a ir acrecentando en los
próximos tres años. El fin del milenio da lugar para que se reactualicen viejas
creencias, como el fin del mundo y otras cosas. Así que hasta el 2000 las
sectas van a ir en aumento” pontifica el investigador.
La secta Moon
es una de las más enquistadas en la Argentina y sus vínculos con círculos del poder
fueron denunciados por Alfredo Silleta oportunamente. Ello le valió enfrentar
no pocas demandas judiciales. La más notoria fue entablada por la misma “Iglesia de la Unificación ” -tal
el nombre de la organización fundada por el reverendo coreano- y exigía de
Silleta una indemnización de dos millones de dólares. La Justicia falló en favor
del periodista. Otro caso resonante fue el que tuvo como demandante al
periodista oficialista Luis Beldi.
Éste acusó demandó por injurias a su colega e investigador quien lo había
incluido en una lista de militantes de la secta Moon. Una vez más la Justicia determinó que
Silleta tenía razón y que no existía delito en dicha información.
City Bell y las sectas
“Hasta no
hace mucho -continúa- la secta de “Los
Niños de Dios” tenía una casa aquí en
City Bell, donde llevaban a cabo sus actividades. Pero luego del escándalo de
hace un tiempo, desaparecieron de aquí y prácticamente abandonaron la Argentina ”.
¿Es City Bell terreno propicio para el crecimiento
de las sectas? “Este tipo de sectas busca
el aislamiento de sus miembros. Y para eso, zonas como Villa Elisa, Gonnet o
City Bell son ideales porque hay quintas que en invierno se pueden alquilar por
precios más o menos bajos y allí puedes realizar sus retiros espirituales o su
adiestramiento sin que nadie sospeche lo más mínimo”, explica Silleta. Por
lo demás, la gente de City Bell no ofrece mejores o peores condiciones para que
las sectas operen en el lugar.
Sin embargo, hay ciertos detalles a los que
conviene estar atentos para detectar la presencia de estos grupos en el barrio.
Habitan varias personas en una misma casa; son habitualmente amables, pero no
se integran socialmente ni mantienen conversaciones largas ni sobre temas de
actualidad. En esas casas, hay nutrido movimiento de gente y se oyen cantos a
cualquier hora del día.
Asimismo, hay maneras de detectar si algún ser
querido se está relacionando con estos grupos. Lo primero que hacen es alejarse
de sus grupos de relación habituales, se distancian también de sus familias y
modifican radicalmente sus hábitos de vida.
“En la Fundación -señala
Alfredo- consideramos a los Testigos
de Jehová una secta por la estructura que
tienen y por la manera que manejan a sus integrantes. Normalmente, entran en
una familia convenciendo a la mujer. La invitan a sus reuniones, les inculcan
que si no se convierte a su secta no se van a salvar y los hacen trabajar para
ellos, exigiéndoles hasta que pongan de su propio dinero. Generalmente, logran
que la persona se distancie de su familia, deje su marido y sus hijos, y se
vaya a vivir con otros miembros. Lo curioso de las sectas, es que excepto su
cabeza y algún asistente directo de él, ninguno de los demás miembros tiene una
buena posición económica. Todo lo contrario”- sintetiza.
Hoy en día, son los Testigos de Jehová el grupo de ese tipo que más trabaja en City
Bell. Si bien se reconoce católico, el periodista e investigador remarca que no
necesariamente lo religioso va unido al accionar de las sectas. “Nosotros no nos ocupamos del aspecto
religioso de las sectas, sino de su funcionamiento y su manipulación sobre las
personas”, dice.
Actualmente la Fundación para el Estudio de las Sectas tiene en
preparación un libro más, en el cual se busca redondear el tema. “Va a tener más de quinientas páginas, y
trataremos de que sea una especia de compendio de todo lo investigado hasta el
momento”, comenta Silleta.
Explotación infantil
El otro tema en el que Silleta se ha destacado por
sus denuncias, es el del comercio de niños y el llamado “turismo sexual”: ofertas turísticas que se brindan en el extranjero
para visitar el país y que en su programa incluyen experiencias sexuales con
jóvenes prostituidos. El comercio de bebés se da fundamentalmente en el norte
del país “donde por pocos pesos les
compran una criatura a familias que están en la máxima miseria. Muchas veces,
el precio es un changuito de las compras lleno de comestibles. Claro que luego,
esos chicos se venden en el exterior a sumas elevadísimas”, denuncia el
periodista.
En este tema, trabaja a la par de la hermana Marta Pelloni de quien es “muy amigo”, dice. Pelloni, es la religiosa denunciante de todo el entorno mafioso que
rodearía la muerte de la catamarqueña María
Soledad Morales. La profundidad y seriedad del trabajo de Silleta, hizo que
varios legisladores lo convocaran para colaborar en las comisiones del congreso
referidas al tema, y actualmente existe un proyecto de ley que es de su
autoría.
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Néstor Gualchi
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997)
Néstor Gualchi es una cara bastante conocida en City
Bell. No es de los vecinos más antiguos del pueblo ya que se radicó aquí en
1964. Pero ha participado de la cooperadora de la escuela San Blas, del Club
Atlético en el área de “baby fútbol”... y ha sabido hacer muchos amigos a lo
largo de los años. El sólo hecho de haber viajado a Buenos Aires en forma
cotidiana durante poco menos de medio siglo hace que sea uno de los infaltables
personajes de la estación ferroviaria local.
Gualchi nació en 1929 “un día glorioso: el 11 de diciembre. Glorioso porque un 11 de diciembre
nació Gardel y también Julio De Caro. Y es el Día del Tango”, declara
definiéndose en parte a sí mismo. Pero lejos del Abasto, la cigüeña eligió Tolosa para dejarlo en este mundo. Al
fin de cuentas, todo puede haber sido sólo una confusión. Carlos Gardel también
nació en Tolosa (Tolouse), pero en Francia.
Si bien Tolosa era en aquellos años un poco más
“ciudad” que ahora, “Patuta” Gualchi
era un pibe de los arrabales platenses. A falta de cafés de madrugadas, la
barra de los muchachos se reunía en la barrera de la calle 1 a toda hora, incluso luego de
los bailes, “hasta que llegaba el ‘chancho’,
el capataz, y rajábamos todos”, cuenta.
Algo más le deparaba el ferrocarril que el simple
punto de reunión social. Su papá era trabajador del gremio y él mismo lo fue
durante más de cuarenta años.
Antes de eso había trabajado en la base naval de
los astilleros, en Río Santiago .
Allí conoció a los submarinos de bolsillo alemanes que se habían rendido en Mar del Plata a las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra
Mundial. Trabajó luego como iluminador del viejo cine Rocha de La Plata y es aquí donde la Providencia parece
demostrar que no hay casualidades. Su tercer hijo, Guillermo, es uno de los jefes técnicos del Teatro Argentino, cuyo
escenario funciona transitoriamente hoy en lo que fue aquella sala
cinematográfica.
Pero el destino lo esperaba sobre los rieles a
punto de ser nacionalizados y comenzó a trabajar en el ferrocarril en los
últimos tiempos de la administración inglesa. Por más de cuatro décadas su
función fue esencialmente operativa, aunque no desdeñó lo administrativo cuando
le tocó hacerlo. Llegó a estar al frente de la coordinación del movimiento
cerealero en los diferentes puertos que operaban el rubro. Y en jerarquías,
alcanzó el cargo de segundo jefe de sección.
“Hay dos
cosas por las que estoy orgulloso respecto del trabajo en ferrocarril. Uno es
haber visto realizado un proyecto para el puerto de Rosario sobre la
organización para la descarga de granos de vagones del ferrocarril. El otro, es
un récord: en una sola jornada descargamos 420 vagones de cereal. Me decían que
estaba loco si creía que lo podía hacer, y lo hice”, se enorgullece.
Cuando Ferrocarriles Argentinos pasa paulatinamente
a manos privadas, Néstor se acoge a la jubilación auqnue no dejó de estar
vinculado al ferrocarril: dos de las empresas tomadoras de ramales ferroviarios
lo convocan para trabajar en un tema que tan bien conocía. Pudo haber ido como
jefe a Olavarría, trabajando para el grupo empresario de los Fortabat, pero era
mucho trastorno a esa altura de la vida un traslado como el que el contrato
implicaba y un infarto (in)oportuno lo ayudó a decidirse por declinar la
oferta.
Pero hay otra faceta en la vida de Patuta no menos interesante. Tal vez su
antiguo trabajo en Astilleros lo llevó a frecuentar los ambientes sociales de
Ensenada y ahí conoció a “Pepa” Pauluci,
la chica de la vinería de una esquina cualquiera de esa ciudad. Novió con ella
hasta que se casaron y ahí, en esa casa con patio y aljibe, se quedaron a
vivir.
“Me había
hecho de muchos amigos en Ensenada. Uno de ellos, Domingo Molfino, acababa de mudarse a City Bell con su
esposa e hija y me regaló un carretel de hilo. Me dijo que antes de que el hilo
se me acabara, yo tenía que mudarme a City Bell. Así que una mañana venía de
trabajar de noche en Buenos Aires y me bajé en City Bell, alrededor de las
siete de la mañana. Y me enamoré del lugar”, rememora.
Una vez en City Bell, había que conseguir banco
para Pablo, María Laura y Guillermo,
los tres hijos de Pepa y Néstor. Era
mediados de año y no había lugar en ningún colegio. “La directora del San Blas me dijo que me conseguía banco en su escuela
si al año siguiente yo trabajaba en la cooperadora. Y así fue. De esa época
nacen amistades con gente como Batisttelli, Sáenz o Vallone, entre otros”, dice.
Y la tarea primordial fue poner en condiciones los
tranvías que constituyeron las primeras aulas de las escuelas de Pellegrini y
3. “Las maestras trabajaban a la par
nuestra -recuerda-. Hacíamos
kermesses y festivales folklóricos para juntar dinero para pagar a las
maestras, porque había grados que no tenían suficientes alumnos y por lo tanto
el ministerio no pagaba los sueldos para esos docentes”.
Seis años trabajó Gualchi en la cooperadora escolar
y ese trabajo acabó derivándolo a otra institución que conoció de su tesón para
el trabajo y, por sobre todo, su espíritu de amistad: el Club Atlético City
Bell. “Un día fui a hablar con Chidíchimo, el presidente de esa época, para ver si
nos prestaban el lugar para una kermesse de la escuela -recuerda-. Y aunque aquello no pudo ser, seguí
vinculándome hasta que los chicos empezaron a jugar al fútbol en el club”.
Eran todos padres de chicos que jugaban a lo mismo
los que empezaron a organizarlos en categorías y llevarlos a competir en lo que
ahora son las ligas de fútbol infantil. Junto a Patuta estaban Pons, Casas y
nuevamente Vallone, hoy presidente de esa institución “De aquellos pibes, Tarabbini, Machi, y algún otro son pibes que
llegaron a la primera de clubes como Racing. Pero lo importante no es quiénes
llegaron o no, sino el cariño recíproco que había en el trabajo que hacíamos”,
dice, y se entusiasma: “Fueron los años
más lindos de mi vida, porque el trabajo con chicos es muy especial. Era un
buen grupo de pibes, nunca ninguno dio problemas, y hasta los directores
técnicos de esas categorías de los clubes grandes como Estudiantes o Gimnasia
nos respetaban y nos querían mucho”.
Es que eran padres que se preocupaban mucho por sus
hijos. Les compraban algo para comer y tomar luego de los partidos, los iban a
buscar a sus casas y los llevaban de vuelta, generalmente en micro, y hasta
recurrían a la escuela donde iban para conocer más sobre ellos.
Esas épocas y esas actividades han regado la vida
de Gualchi con un sinnúmero de amistades. Amistades que le valen hoy el poder
sobrellevar la jubilación vendiendo almanaques y productos de promoción
caminando los locales comerciales de City Bell y sus alrededores. Y amistades
que en muchos casos le vienen de sus años mozos, de hombre de la noche porteña.
“Un gran
amigo era Juan Carlos Cobo, cantor de Osvaldo Pugliese y por él me hice amigo
de Alberto Morán”. Se cuenta de Cobo que un Año Nuevo llegó a City Bell
para saludar a su amigo de la infancia y, perdido en la oscuridad de la calle
Pellegrini, no lejos de lo de Gualchi, a viva voz empezó a gritar “¡Patuta! ¡¿Dónde m... vivís?!!!”
Afortunadamente, el apodo le viene a Gualchi de su juventud en Tolosa y en City
Bell nadie lo conoce por ese apelativo.
Con un aire fisonómico al desaparecido Carlos
Carella, Patuta Gualchi tiene mucho del personaje arquetípico porteño.
Romántico, noble, sensiblero, nostálgico y discutidor, la “parla” es una de sus principales armas. Y muy posiblemente, ningún
otro trabajo podía haberle caído mejor que el de ferroviario.
“El de
ferroviario es uno de los pocos ambientes laborales que tiene una cierta
continuidad. Hay una sucesión de generaciones en el sentido de que los padres
de muchos fueron ferroviarios, ellos lo son y los hijos también continúan
trabajando en lo mismo. Por eso, Tolosa era muy importante en los tiempos del
esplendor del ferrocarril”, dice con filosofía de estaño y de café.
Y para redondear, agrega: “City Bell me abrió los brazos cuando yo vine. Quizás sea por los
chicos, el colegio, el baby fútbol. Pero mucha gente grande me ayudó. Cuando
vinimos a City Bell, no tenía a mis amigos de Tolosa ni a mis amigos de
Ensenada. Y la gente de City Bell me recibió muy bien e hice muchas amistades
muy grandes”.
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Los
Tomassi-Piñero-Peduto
(City
Bell-Hechos & Personajes, 1997).
Llegaron a City Bell
con la crisis de 1930. Con su almacén de ramos generales abastecieron a muchos
de los primeros quinteros la zona. Tuvieron la única fábrica de muñecas de la zona
y fueron anfitriones de sor María Ludovica.
Trabajaron con Eva Perón e incursionaron en varias ramas del arte.
Por cierto que no tenían un destino certero don Daniel Tomassi y su esposa, doña Josefa Sisto cuando partieron de Santa
Cruz. Habían decidido trocar las ovejas patagónicas por plantaciones
mesopotámicas y eligieron Entre Ríos para construir su futuro. Pero hacia los
años ‘30 rumbearon para City Bell, previo paso por Ensenada, para afincarse en la esquina de Cantilo y 21
y dedicarse al comercio.
El almacén de ramos generales vino a cubrir las
necesidades de los quinteros de la zona y el despacho de bebidas anexo supo
reunir a los parroquianos después de las tareas agrícolas de aquellos
arrendatarios de las tierras que la Sociedad Anónima City Bell no había podido vender
en los años de la fundación. Curiosamente, un hermano de Tomassi instalaba un
comercio similar en frente de la estación ferroviaria de Gonnet, en una
edificación que ya desapareció.
Eran buenas mozas las hijas de los Tomassi. Don Daniel
solía llevarlas en su por entonces espectacular automóvil a los bailes del
Jockey Club de La Plata
y no tardaron en enamorarse. Celina María
acabó casándose con Eduardo Piñero,
un hombre de letras, en tanto que Delia
Dora lo hizo con el músico Héctor
Peduto, junto a quien con los años abriera el conservatorio de música que
aún dirige ella.
Muchísimos citybellenses aprendieron a tocar el piano o
la guitarra con Delia y Héctor Peduto.
Héctor era muy carismático y querido por sus alumnos y sobre todo se recuerda
su buen humor. Tenía un Peugeot 403 al que el tiempo y la intemperie le habían
dañado la chapa y cuando encontraba a alguien apoyado en él, solía reprenderlo
aduciendo que le rayaban el lustre de la pintura. Nadie entendía nada, pero Peduto
se reía mucho con la broma, que acababa con una palmada sobre los hombros de la
"víctima".
Muñecas para Eva
Pero los yernos de don Daniel y doña Josefa no
eran sólo entendidos en las artes. Piñero
había estudiado filosofía en el seminario de Villa Devoto -donde se había
criado- y además de dedicarse a la docencia incursionaba con éxito en la
química. Las firmas Revlon y La Esmeralda quisieron tenerlo entre sus
filas para producir a escala industrial las fórmulas de cosméticos y
detergentes que él había desarrollado, pero don Eduardo estaba para otras cosas. Militaba en la política tras las
ideas del por entonces coronel Juan Perón,
y cuando el militar llegó al gobierno, él ya era el jefe de la Sección Sexta.
"Mercante quería que yo fuera como
diputado, pero a mí no me interesaba", recuerda hoy junto a Eduardo Daniel, su hijo, y Elba Mercedes Lobo, su nuera.
Fue así que conoció a Eva
Perón de quien actuó numerosas veces como secretario personal. "Yo era docente, así que en mis ratos libres
me iba a la Fundación y le coordinaba las audiencias. Era hora que se la
reivindicara como se merecía", reflexiona refiriéndose a la "evitamanía" de estos días.
Don Daniel Tomassi
no dejó pasar la oportunidad de las vinculaciones políticas de su yerno, y al
lado de su almacén, sobre la calle Cantilo, instaló una fábrica de muñecas con
una tecnología de avanzada que él mismo y sus yernos idearon y desarrollaron.
"Usaban un material que podría
decirse era entre la porcelana de las muñecas de antes y el plástico que llegó
después. Era un material duro, pero que no se rompía, hecho con cola sintética
y talco, pero con un proceso de corrientes de aire y enfriamiento en cámaras de
refrigeración, todo ideado por ellos tres", explica Eduardo hijo. Se trataba según cuentan,
de una tecnología automatizada muy avanzada para la época, y toda ideada por
don Daniel, don Héctor y don Eduardo. "Sí,
pero el 'cráneo' era Héctor", asegura éste.
A lo largo de su existencia, la fábrica de los Tomassi
debe haber producido unos cuatro millones
de muñecas de primera calidad, con ojos móviles o fijos. El grueso de la
producción era adquirido por la Fundación Eva Perón, y cuando no se daba abasto,
colaboraba con ellos "La Industrial Juguetera ",
una industria colega de la ciudad de La Plata que luego de la caída del peronismo
canalizó en el circuito comercial lo fabricado por la empresa de City Bell.
"Cuando abuelo murió -rememora
el hijo de Celina y Eduardo- estaba
desarrollando las matrices para baldes y manoplas plásticas para herramientas
como los destornilladores, que luego fabricó la empresa DPH”.
Con la muerte de Daniel Tomassi cerró sus puertas la
fábrica de muñecas y plásticos. Eran los albores de los años '60. También el
almacén había dejado de funcionar y, aunque con otros dueños, subsistía -y subsiste hoy- el despacho de
bebidas. El funeral de Daniel Tomassi congregó a una cantidad de dolientes que
muchos aún recuerdan. "Es que abuelo
era un tipo muy bueno. Recuerdo que un día entró al almacén Digonzelli, el de
las balanzas y las cortadoras de fiambre, muy necesitado de vender porque
estaba sin dinero. Mi abuelo acababa, ese mismo día, de comprar una balanza a
la competencia. Pero enterado de lo que le ocurría a Digonzelli igual le compró
una, que creo no la usó por varios años, porque realmente no la necesitaba",
cuenta Eduardo hijo.
De Ceferino a Borges
Estas historias de pioneros suelen reunir ricos
anecdotarios. Sobre todo cuando sus protagonistas son personas polivalentes
como el caso de don Eduardo Piñero, el yerno de Daniel Tomassi. Con sus años y
criado en colegio salesiano, recuerda haber conocido en la escuela al cacique Namuncurá, padre de Ceferino. Y también a Carlos
Gardel, con quien se reencontró cantando en un café de la avenida
Corrientes y le pagó la consumición. Supo departir con Borges en los tiempos en que el escritor dirigió la Biblioteca Nacional ,
cultivó amistad con Quinquela Martín
y Vicente Forte entre otros, y hasta
poco antes de morir el libretista Abel
Santa Cruz lo invitó para que colaborara en sus textos. Pero don Piñero no
quiso nunca continuar con nada que no fuera la docencia, cuenta en su casa con
paredes vestidas con sus propios cuadros que aún pinta. Su memoria no le juega
malas pasadas a pesar de sus más de ochenta años. Y entonces retoma el hilo de
la historia para contar que durante el gobierno provincial de Mercante fue
enviado a Uruguay en misión cultural y a su regreso no quiso cobrar un solo
centavo de viáticos. O evocar las exposiciones de arte organizadas y las
colecciones de grandes pintores vendidas sin pedir comisión. "Es que lo mío fue siempre la docencia",
recuerda.
Una monja en el bar
Los Tomassi,
como los Piñero y los Peduto, fueron familias siempre de
tradición católica y ello les ha deparado grandes paradojas. "Ludovica -cuenta Piñero refiriéndose a sor
María- venía muy seguido a la capilla
-hoy parroquia Sagrado Corazón- y le
ayudaba el padre Antonio Raszkowski. Y casi siempre pasaba por el almacén de mi
suegro a hacer algunas compras ¡y hasta solía almorzar en el despacho de bebidas!"
(hoy Bar La 21), cuenta como anécdota, para en seguida rememorar las épocas de
conflicto entre Perón y la
Iglesia. "El padre
Antonio, que nos conocía muy bien, trajo a casa las cosas valiosas de la
iglesia", como el cáliz, el copón y el Santísimo. Toda una paradoja,
porque la familia que más colaboraba con el párroco y cuidaría de las
pertenencias sagradas, tenía como cabeza al principal dirigente peronista de la
zona.
20 may 97
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Carlos
Escudero
(City
Bell-Hechos & Personajes, 1997)
Tiene
treinta años y aunque nació en Uruguay, vive aquí desde los siete. Pasa su vida
entre lápices y papeles, pinceles y tintas y colabora con los principales
sellos del mundo dedicados a la historieta y la animación de dibujos para
chicos.
A diferencia de “Don Fulgencio, el hombre que no tuvo
infancia”, la creación del dibujante y humorista Lino Palacio, Carlos Escudero es muy parecido a un
niño de 30 años, y no por su físico. Es un tipo grandote, armado, casi un oso
con su rostro oculto por la barba y el bigote, y unos anteojos que agigantan su
mirada clara y transparente. Supo vestir pantalones cortos algunos años atrás,
siendo ya crecidito, como parte de su uniforme de dirigente scout. Y su vida transcurre
hoy entre historietas y dibujos animados, entre Bugs Bunny y La Sirenita. “¿Para qué querés ser grande?”, pregunta
ante una chanza del cronista.
Ocurre que Carlos dibuja desde muy
chico y aunque nunca se planteó si en el futuro viviría del dibujo, es uno de
los pilares del estudio de dibujo “Duendes
del Sur”. Integran el staff Walter
Carzón, Leonardo Batic, Pablo Zamboni y él y desde sus oficina montadas en
el centro de la ciudad de La
Plata , han salido no pocos trabajos de jerarquía que adornan
los paseos del Tren de la Costa , integran campañas
publicitarias de empresas de primer nivel, presentan filmes nacionales como ”Cien veces no debo” interpretada por
Andrea del Boca y Luis Brandoni, o dan la vuelta al mundo con el sello de la Warner
Bros o la
Disney , dos de las
más grandes productoras de revistas y cine infantil a nivel mundial.
Chico
de barrio
Los Escudero llegaron a City Bell hace ya varios años desde Montevideo.
“Yo nací en un barrio, donde había una
barra de chicos que hacíamos batucada todo el día. A los siete años vinimos a la Argentina , y si bien
City Bell me gustó mucho, no era igual. Hice el primario en la Escuela 12 (fantástico), y
el secundario en el Estrada. Yo quería entrar a Bellas Artes, rendí el examen
que había por entonces y no lo aprobé en lo referente a lengua y matemática”,
evoca refiriéndose a sus orígenes. Entonces, en City Bell “estudié con Ana y Julio Babenco. Aprendí un montón. Creo que Ana me
guió en el arte”, asegura. Luego de eso vino la universidad y la carrera de
Diseño y Comunicación Visual, de la cual debe la última materia y no tiene
mayor interés en rendirla. Es que paralelamente estudió en la Escuela de Cine y
Animación de Avellaneda, de la cual es egresado.
¿Qué
hay de nuevo?
Junto a sus socios en Duendes del Sur trabajó anteriormente en un estudio en Buenos
Aires, paso casi indispensable para conocer los secretos del mundillo en el
cual se desempeñan en la actualidad. “Mandamos
muestras de trabajos a la
Warner Bros y fueron aceptadas. Así, de a poco nos fueron
llegando ciertos trabajos, fundamentalmente en materia de revistas de
historietas de los Animaniacs, integrantes de los Looney Toons”.
“Básicamente los dibujantes de las historietas son ellos -dice en
referencia a sus socios-. Yo soy lo que
se llama un fondista. Hago la asistencia de fondos y ambientación. También
mandamos trabajos a la Disney
de Europa y hoy recibimos una comunicación invitándonos a trabajar con ellos.
Walter ya trabajó para ellos haciendo la historieta de La Sirenita ”. Batic, por
su parte, hizo la novela gráfica de “Space
Jam”.
En
realidad, el trabajo que se hace acá es propiamente el de dibujo, ya que los
guiones vienen de Estados Unidos y el color final también se hace allá.
¿Por qué un grupo de platenses
dibujando historietas como el Pato Lucas o Bugs Bunny? “Son personajes bastante actuales -responde Escudero-. Hay un público de cierta edad en Estados
Unidos, además de los chicos, que los sigue consumiendo. Y nosotros somos
básicamente consumidores natos de ese producto. Reflejamos muy bien el espíritu
de ellos. Conocemos muy bien a los personajes, nos gustan y nos matan de risa
como lo hicieron siempre. Y eso, el productor de alguna forma lo ve, además de
la calidad del trazo, la técnica del dibujo, etcétera”.
Un tema paralelo en el trabajo del
dibujante es el del dibujo animado. “En
ese tema estamos armando un equipo de gente, aunque ya hemos hecho varias
cosas. Yo trabajé en publicidad con Cristina De Santis, como las publicidades
de los zoquetes Footy, las alfombras Kalpakian y en tres dimensiones hice una
para el Banco Municipal. Hice también la presentación de la película “Cien
veces no debo”, toda en base a dibujo animado. Actualmente estamos trabajando
en un CD educativo acerca de educación sexual”.
Industria
nacional
Como en casi todas las
actividades, el panorama nacional no es todo lo alentador que es de desear. En
esta especialidad, a juicio de Carlos. “Hay
un mercado nacional que se está generando. El gran precursor fue García Ferré
con Anteojito e Hijitus. Hoy, lo de Dibu es una punta de lo que puede venir. Y
se está haciendo Patoruzú y Patoruzito en coproducción con Estados Unidos”,
señala. En este aspecto, la fuga de cerebros no es ajena al panorama. “Muchos se volcaron a la publicidad animada
porque resulta más rentable que el emprendimiento propio, pero también son
muchos los que se van al exterior porque no les interesa el mercado
publicitario”.
En esa cuestión del emprendimiento
personal, Carlos tiene su opinión. “Hacer
personajes propios implica tener tiempo para hacerlo y un gran desgaste físico
sin retribución económica. Y es poca la gente que se puede dar ese lujo en
términos ciertos y reales”.
“Uno adquiere responsabilidades y eso es experiencia. Es un juego de ida
y vuelta. El desafío es no dejar de estar vivo, de latir, de emocionarse con lo
que uno hace. Yo en particular no manejo personajes muy infantiles, en lo mío
hay técnica y captar la esencia de los personajes y de los consumidores de los
dibujos. Tiendo a trabajar más con las emociones, transmitir sensaciones. Me
copa ese desafío de la búsqueda”. Asegura.
De duendes y ángeles
A menudo uno se pregunta qué es lo
que hace que un niño de cinco años y un adulto de sesenta se rían con una misma
historieta o dibujo animado. “Creo que
hay algo que produce magia -responde Escudero-. Ese algo que produce la inspiración en el dibujante es como estar en
contacto con un duende. La imagen de un duende tiene que ver con la cultura de
cada uno, que puede ser buena o mala. Para mí es un instante de energía cuya
carga se vuelca sobre el papel. No creo tanto en las estructuras ni soy
alquimista para estudiarlos, pero es lo mismo que otros llaman ángeles. Si en
ese momento sienten alegría o diversión con los dibujitos, es suficiente”.
La historieta y los dibujos son una
especie de evasión de la realidad para los adultos. “Son flashes para evadir la realidad. Volamos con el gag humorístico, o
con los Simpson que ridiculizan el arquetipo de familia de Estados Unidos. En
el caso de los dibujos clásicos, juegan mucho con lo que hizo Chaplin”. Y
el hecho de que las nuevas generaciones se sigan riendo con sus películas
mudas, constituyen “la genialidad de
Chaplin. Es el clásico de contar una historia que va más allá del simple
tortazo en la cara”, asegura.
Cuestión
de imagen
Pese a todo lo dicho Carlos
asegura que lo suyo no pasa tanto por el dibujo como por el manejo de la
imagen. “Estoy viviendo de eso, lo cual
ya es bastante idílico. Yo pasé por el dibujo, la escultura, el video, y me
atrae esto de contar historias mediante el uso de la imagen, porque tiene un
gran poder de comunicación. Siempre me atrajo dar vida al dibujo, transmitir
emociones y sentimientos a partir de líneas. Es algo bastante complejo, pero
encierra el poder de la fantasía, que es inmenso”.
Y en esto de la fantasía, muy a
menudo se confunden los proyectos, que son una cosa muy diferente. Duendes del
Sur surgió como un proyecto entre Carlos, Walter Carzón y Mario, un artesano
amigo, conocedor de una cantidad innumerable de leyendas e historias de los lagos
patagónicos y los habitantes de aquellas tierras. “Es una etapa que quiero retomar como profesional, un proyecto personal
por el momento relegado por el trabajo. La exigencia de hacer lo que te
encargan no deja tiempo para hacer las cosas propias. Uno está todo el tiempo
comunicándose con la imagen a través de algo pedido, pero es uno el que
transmite y hace de canal Y ahí está el ángel, el sentirse satisfecho de lo que
hace. Y eso es muy gratificante”.
*****************
Julio José Andrade
(City
Bell-Hechos & Personajes, 1997).
Hace diez años se fue de City Bell con una beca de
investigación en Bariloche . Hoy es
investigador del CONICET, docente, y ha realizado más de veinte publicaciones.
De paso por el barrio donde se crió, reflexiona en voz alta sobre el ayer y el
hoy.
Aunque aún no
llegó a los 40, un cuarto de siglo atrás Julio
José Andrade no se planteaba un futuro ligado a la química. A pesar de que
su hermano Samuel (algunos pocos años
más que él) era un modelo a seguir, la electrónica no era su fuerte. Poco le
duraba el entusiasmo de ver cómo “Samuelín”
hacía un primitivo receptor de radio con pocos cables y alambres de cobre
enrollados. Poco le interesaba saber por qué un autito de “Scalextric” andaba cuando él hundía un botón. Pese a todo, un día
se animó con su amigo y empapeló las vidrieras del barrio con cartelitos donde
anunciaba que “se arreglan” autitos
de ese juego. “Terminó como empezó -se
ríe-. ¿Quién iba a traer un autito de
esos a reparar? Pero ese fue mi primer acercamiento inconsciente con la
ciencia. Me acuerdo que un día descubrimos que haciéndole girar las rueditas
apoyadas en una amoladora, hacíamos prender una lamparita enganchada en los
contactos. Y ese es el principio de la mecánica convertida en energía eléctrica”.
Cuando sea grande...
En realidad, Julio Andrade jamás soñó de chico con
ser químico, ni doctor en química. Ni mucho menos un científico investigador de
la Comisión Nacional
de Energía Atómica, en el Centro Atómico de Bariloche .
“A veces caigo en la cuenta de que soy un
científico, pero no me veo como el arquetipo del científico de las películas”,
razona. Más bien, su aspecto se asemeja más al de un psicoanalista, con su pelo
prolijo, su barba recortada y sus anteojos intelectuales. Pero poco le importa.
“El médico también es un científico
-continúa-, y nadie piensa en eso. Lo
único que yo me había planteado era que me gustaba la matemática, la física...
pero nunca me planteé estudiar química para ser químico, sino porque
simplemente me gustaba la química”.
Y la aventura
en Bariloche comenzó como lo que
fue: una aventura. “Vivir en Bariloche lo soñé antes que la vocación, como un
sueño de juventud, desde que con mis compañeros me iba allá como mochilero. Con
esa idea tuve un paso previo por Aluminé, donde desde hace veinte años vive mi
hermana Marta Lía. Ahí fui docente secundario, una linda experiencia porque los
chicos de allá viven otra realidad, están menos en contacto con lo moderno. Y
al cabo de ocho meses, me fui a Bariloche ”.
En realidad,
la docencia es el gran amor de Andrade. En 1978 hizo primer año de química en la Universidad de La Plata y fue ayudante alumno
en Introducción a la
Química. En 1988, al llegar a Bariloche ,
se vinculó a un centro regional de la Universidad del Comahue y desde entonces ejerce
allí la docencia. “Siempre me gustó dar
materias del nivel elemental. Doy el curso de ingreso en química y después los
agarro en segundo año en química inorgánica. Me gusta siempre agarrar el primer
momento de la enseñanza, porque después, cuando son grandes, es más difícil
enderezarlos”, dice. Julio tiene más de veinte trabajos publicados tanto en
química como en docencia, en diferentes publicaciones nacionales e
internacionales. “La docencia la hago con
mucho placer. De hecho gano 120 pesos por ser profesor adjunto, y en zona fría,
por lo que se paga más. Así que si fuera por el dinero, no lo haría; pero la
docencia es como un cable a tierra”, sintetiza.
El alquimista
Respecto de su
labor como doctor en química, da algunas precisiones difíciles de seguir para
un cronista que en cuarto año estuvo a un paso de llevarse esa materia a
diciembre (gracias, Maitena Heras). “Trabajo
en el Centro Atómico, pero no tengo mucha relación con la energía nuclear.
Nosotros hacemos un poco de ciencia básica y un poco de ciencia aplicada.
Trabajamos en recuperación de metales de deshechos industriales y extractiva de
metales en minerales. Y también relacionado con el reciclaje de basura. El
hombre avanzó tanto que en el principio nadie se preocupó por la basura, y
ahora nos está tapando”, cuenta.
Mala
prensa
A propósito
del Centro Atómico, el Dr. Andrade hace una aclaración oportuna. “El Instituto Balseiro funciona dentro del
Centro Atómico, pero no tienen relación entre sí. El Balseiro fue fundado por
un físico con ese apellido, como un centro de excelencia para la formación de
físicos. Entrega títulos de la
Universidad de Cuyo, ya que depende de ella”. Balseiro
fue uno de los integrantes de la comisión investigadora que se ocupó del
llamado “Caso Richter”. Richter era
un científico austríaco que en tiempos de la presidencia de Juan Domingo Perón
vino a “venderle” la tecnología nuclear, pero por el proceso opuesto al
conocido: la fusión nuclear. Pudo comprobarse que todo se trataba de un fraude.
Al día de hoy, ese tipo de experiencias sólo pudo alcanzarse en mínimas
proporciones, y como recuerdo de aquel embuste quedan las ruinas de las
instalaciones que el gobierno argentino hizo construir en la isla Huemul a
pedido de Richter.
Según Julio, “la energía nuclear tuvo la mala suerte de
tener a la bomba atómica como carta de presentación, ya que si primero se
hubiesen conocido sus bondades, sus aplicaciones pacíficas y científicas, hoy
no sería tan atacada”, explica. En su modo de ver, el hombre vive por
naturaleza en un ambiente radiactivo, ya que el sol emite radiaciones nocivas.
El problema está en ser menos contaminantes y en qué hacer con los residuos,
hasta que éstos pierdan actividad nociva. “No
es un tema para tratar con pasión sino con prudencia, porque hay organizaciones
internacionales como Greenpeace que tienen detrás intereses políticos. Y eso es
muy delicado”. Y para que no queden dudas de lo radiactivo de la vida
agrega: “La pasta de dientes tiene un
isótopo de potasio que es muy radiactivo, pero no te va a matar”.
El pecoso del barrio
Sin embargo,
muy lejos de toda esta problemática estaba el pequeño Julio José en aquellos
veranos de City Bell. Era el pecoso pelirrojo retraído del barrio. De una “barra” de siete u ocho pibes que pasaban
unos veranos inolvidables inventándose juegos y juguetes. “Me quedaron en el recuerdo esas siestas tórridas, con chicharras que
sonaban, y no poder ir a la pileta de algún chico hasta las cuatro de la tarde.
Porque cuando éramos chicos la digestión duraba dos horas, ahora es más corta”,
dice.
“Pasaba el afilador, que nadie iba a salir
con ese sol a afilar una tijera... sentía que la pelota picaba en la canchita
de al lado de casa (Cantilo y 22), lo
que significaba que se había conseguido una, porque antes no cualquiera tenía
una... las carreras de autitos con plastilina o masilla por las veredas, y las
suspensiones hechas con gillettes, lo cual parece que no fue muy común en otros
lados... Tengo mala memoria, pero más que recuerdos tengo sensaciones: el calor,
las chicharras, la espera hasta las cuatro de la tarde... y quedarse en la
pileta hasta salir arrugado de tanta agua”, recuerda no sin nostalgia.
Y también
nombra a sus amigos. “Todos vivíamos
cerca, en no más de tres manzanas: Alejandro Flaqué, Ricardo Arenas, los
Gonzalito, Guillermo Simonet, Gabriel Lamanna, Julio Mariscal, Gabriel
Defranco, Rafael Aldinio”, y alguno más que huyó de la memoria del
investigador a 1700
kilómetros de distancia e investigando en un centro
atómico.
**************************
Oscar Reynaldo Alonso
(City Bell-Hechos &
Personajes, 1997).
Un
periodista de City Bell expuso sobre la vida de José Dardi en el Primer
Congreso de Historia de la
Iglesia Platense.
Hablar del padre José Dardi como
una personalidad querida y recordada de City Bell sería casi redundante. Sin
embargo, grande fue la sorpresa de quien disertó sobre su vida en el 1er.
Congreso de Historia de la
Iglesia Platense , cuando la respuesta de los asistentes fue
de aclamación hacia el desaparecido sacerdote de nuestra localidad. Dicho
congreso se realizó entre el 15 y el 17 de agosto último, en el marco de la
celebración de los cien años de la fundación de la Arquidiócesis de La Plata , y los setenta y cinco
del Seminario de esa ciudad.
Oscar
Alonso
tiene 50 años y una indiscutida militancia en el catolicismo. Es periodista, y
además de haberse desempeñado en la función pública (fue director de Radio
Provincia, entre otras cosas), dirigió la desaparecida revista Esquiú y el mensuario platense Sigla. Actualmente es director de Nueva Lectura (mensuario de orientación
católica) y está a punto de lanzar al mercado Todo María, una publicación dedicada a la devoción mariana.
“Me radiqué en City Bell en 1980 -refiere-. En mi familia conocían al padre Dardi, pero yo sólo tenía referencias
de él. No lo conocí personalmente. Cuando llegué aquí vivía en jurisdicción de
la parroquia Madre de la
Divina Gracia. Pero hace cuatro años me mudo casi enfrente
del Sagrado Corazón de Jesús, y entonces pude ver más de cerca el prestigio que
aquilató Dardi”.
Tiempo atrás, el cura de esta
última parroquia convocó a la feligresía para que aportaran datos, fotos,
testimonios o documentación referentes a la vida del P. Dardi. “La idea era confeccionar una biografía
acerca de él, ya que no había nada hecho en ese sentido” dice Alonso. Hecha
la convocatoria del antedicho congreso, el párroco Alejandro Blanco le pide a Alonso que profundice sobre la vida del
recordado sacerdote y presente el trabajo en ese encuentro.
El Congreso reunió a unas cien
personas y abarcó una treintena de temas, entre ellos la exposición realizada
por el periodista. “Lo mío no es un
trabajo histórico, sino una recopilación periodística de datos sobre la vida
del padre Dardi -aclara Alonso-. Pero
lo curioso fue que muchísimas personas que participaron de las jornadas,
conocían algo de Dardi. Y eso despertó un entusiasmo muy grande. El obispo de La Plata , monseñor Carlos
Galán, estuvo durante mi disertación, y
cuando en la ceremonia de clausura entregaron los diplomas a los participantes,
levantó los dos brazos y gritó ‘¡Que viva el Padre Dardi’!”, se sorprende
Alonso.
Alonso fundó su trabajo en
testimonios que le acercaron, en reportajes a sacerdotes, a personas que
conocieron a Dardi y en publicaciones varias, entre ellas algunas periodísticas
de City Bell, las cuales exhibió durante su plática en el congreso. Cuenta que
debió corroborar ciertos datos que aparecían erróneos en algunos lados, y
recurrir a cartografía de las primeras décadas del siglo par hallar el lugar
donde el sacerdote fue a misionar en África, y que hoy no existen con ese
nombre.
“A partir de este congreso, diría yo, el padre Dardi ya está en la
historia de la Iglesia
platense”, dice Alonso. Y agrega: “Yo diría que lo que más surge de su vida y
que fue lo que más impresionó en el congreso, fue el testimonio de su vida.
Estuvo en dos guerras mundiales, fue
herido, estuvo como misionero en África, dos veces sufrió fiebre amarilla, una
vez el cólera, en ese estado estuvo dos días perdido en la sabana africana...
Después de todo eso que pasó, lo destinan humildemente a una parroquia de
Bragado, en el medio de la pampa. De allí recala en City Bell, donde a los 56
años comienza una labor de fundación de escuelas con todo el ímpetu de una
persona joven. Y trabajó hasta los 81 años. Fue un hombre de una enorme
bonhomía, de una humanidad, de una alegría de vivir, de algo que trasuntaba
algo diferente que lo destacaba de los demás”, recalca.
********************
Alfredo Plot
(Vereda Bell, 2000)
Diálogo con el
artista que ganó el concurso para realizar el mural que preside el predio
ferial de City Bell.
El mural de la feria, frente a la
plaza San Martín, enorgullece a más de un citybellense. Y también a su autor,
el pintor Alfredo Plot, quien a los 30 años lleva ya varios metros cuadrados de
arte en su haber. Criado en City Bell, apeló mucho a sus recuerdos para gestar
la obra ganadora del concurso convocado a esos efectos.
-¿Cómo surgió la composición del mural?
- Me puse a armarlo tratando de darle una cierta lógica. La
única consigna del concurso era que la imagen tuviese que ver con City Bell. Yo
lo interpreté como que el tema era trabajar sobre la identidad del lugar. Como
yo viví mucho tiempo acá en City Bell, enseguida fui trabajando con recuerdos,
lo cual no es una cosa excepcional en mi trabajo. En la pintura de caballetes
siempre trabajo sobre recuerdos. Pero en este caso fue algo muy concreto y específico,
referido a una experiencia más colectiva, de compartir. Por eso hay elementos
que fueron cuidadosamente elegidos, cuestiones de City Bell que yo recuerdo,
pero que sé que otras personas de acá también recuerdan. Por eso esto funciona
como una alegoría de un lugar que se llama City Bell y que tiene ciertas
historias que compartimos colectivamente.
- Una alegoría que presenta ciertos elementos con gran
detalle...
- Es mucho trabajo hacer con tanta minuciosidad cada
elemento y que cada elemento se reconozca y le de más contundencia a la forma
del mural.
Me volqué a hacerlo así porque este mural lo estoy haciendo
en City Bell y no en otro lugar. Y porque se justifica. Creo que es una
cuestión de cierto respeto por el lugar. Lo estoy haciendo en un lugar público.
No es que sea City Bell, sino que es un lugar público y me parece que la gente
que vive acá tiene un protagonismo distinto de cuando hago pintura de
caballete, que es una propuesta más particular. Acá yo estoy usando un lugar
público y ese esfuerzo surgió un poco por un sentimiento de cierta responsabilidad.
- ¿Qué significa City Bell para vos?
- Para mí City Bell
es la familia y eso está en el mural. Hay un grupo de nenes junto a una casa,
es bastante fuerte que en el centro del mural hay una figura de una nena con la
madre. Para mí City Bell es el lugar paterno y materno y siempre me va a
generar esa sensación.
Vivo en la
Plata por una cuestión de practicidad, por lo cual incluso,
me gustaría vivir en Buenos Aires. Pero para mí City Bell es también un lugar recreativo.
Lo recuerdo como un lugar donde nací y pasé mi infancia y adolescencia, pero al
mismo tiempo lo considero un espacio recreativo más que productivo.
- ¿Cuándo te topaste con el dibujo y la pintura?
- Empecé desde muy chiquito a dibujar, más o menos desde los
ocho años, pero no como una cosa divertida, con la cual me recreaba, sino con
pretensiones, más profesional. Me acuerdo que a los ocho años coleccionaba unos
fascículos que se llamaban “Los grandes pintores”. Salían semanalmente y yo iba
al kiosco Jorgito a buscarlos. Eso era para mí todo un acontecimiento.
En general tenía fascinación por todo pintor figurativo, pero había una predilección
por el Renacimiento. Y eso tiene que ver con mi familia, porque con el tiempo
descubrí que mi abuelo era un fanático de esa pintura, mi mamá era fanática de
esa pintura, así que era algo más heredado que natural.
- City Bell te resulta un lugar propicio para la
creatividad?
- Aunque yo me vaya a vivir a una ciudad como Buenos Aires o
más densa aún, el material con el que trabajo siempre es a partir de recuerdos.
Eso no significa que haga ilustraciones del pasado. Porque además, el recuerdo
no es una cuestión de exactitud sino utilizarlo como una fuente de donde pueden
surgir otras cosas. City Bell no es para mí un espacio de trabajo, creo que tampoco
para la mayoría de la gente. Yo veo que la gente que vive y trabaja en City
Bell es, en general, el comerciante. El resto de la gente está acá cuando no
trabaja, o los fines de semana.
- ¿Por qué elegiste la feria como tema para el mural?
- Hice la feria porque en ese sentido también me cerraba. La
tomé como tema básicamente porque en este lugar –donde debía pintarse el mural-
se hace la feria, aunque para mí no es el lugar que le corresponde. Cuando yo
era chico se hacía en la otra plaza y por eso ese es para mí el lugar. Durante
la infancia es como todo más permanente. La feria siempre estaba en ese lugar.
Pero también el tema de trabajar con la feria es que el comercio es la
actividad. En el mural, los únicos que están trabajando son los comerciantes.
Los demás, se están recreando. Son elementos que están pensados, que hacen a la
lógica del trabajo, que se comprenden, pero que no son la base del trabajo. Son
anécdotas. Son importantes, no es que no tengan importancia, pero por algo me
decido a hacer esa bicicleta y no otra, o ese auto y no otro. Y fui eligiendo
elementos con los que la mayoría de la gente ha tenido experiencias. Yo nunca
tuve un Citroën, pero sí salí a tirar bombitas con amigos desde un Citroën.
Permanentemente se acerca gente y me dice que su primer auto fue un Citroën, y
hasta del mismo color, y se quedan fascinados.
- ¿Cuáles fueron, a grandes rasgos, los pasos para llegar
al diseño final?
- En principio hice varios bocetos. Luego, hice muchos
bocetos individuales o particulares de cada figura o parte de ellas, estudios
bastante individualizados. No solo de las figuras sino también de algunos
objetos que aparecen. Por ejemplo, en el caso de la pareja, yo tenía varios
dibujos de parejas en un banco de plaza. Finalmente llegué a un dibujo muy
parecido a ese y, posando como el dibujo, sacamos una foto, que a mí me sirve
como fuente de información. La fuente de información fotográfica es más
completa para el tema de la luz. En algunos casos, saqué fotos, más de una, y
luego combiné dos o tres fotos. Hay detalles muy realistas que funcionan como
acentos visuales, como centros más importantes
con una presencia mayor que el resto, que va acompañando.
*******************
Osvaldo
Fábrega
(Vereda Bell, 2000).
Es arquitecto, está
próximo a los cincuenta años de edad y vive en City Bell. Su pasión –la
historia- desembocó en una idea fija que está a punto de concretar: la
fundación de un museo histórico y artístico en City Bell.
El arquitecto Osvaldo Fábrega –presidente de la Junta de Estudios Históricos de City Bell-
está entusiasmado. Habla a borbotones, con tono académico; muestra planos,
expedientes, listas de nombres y camina City Bell con la seguridad de quien
sabe dónde apoya los pies. El relevamiento del viejo tanque de agua de nuestra
ciudad por encargo de un tercero lo llevó a pensar primero en escribir un
artículo sobre City Bell. Luego, pensó que mejor sería un libro. Finalmente
cree que todo eso, más la creación de un museo, casi, casi quedaría corto para
tanta riqueza histórica y artística encerrada en las que otrora fueron las
tierras de la familia Bell.
![]() |
Osvaldo Fábrega durante la presentación del proyecto de Museo
(Foto City Bell Viva).
|
- El acontecer histórico de lo que hoy es
City Bell y cierto interés de los habitantes, hace que tengamos la necesidad de
tener un museo. El proyecto prevé un museo informacional que pueda
llegar a comunicar y ser a la vez un laboratorio integrado a la realidad
histórica, para mantener viva la llama del pueblo y que permita realzar la
calidad de vida de los habitantes de City Bell.
- ¿Qué tipo de museo tiene pensado para
City Bell?
- Para empezar digamos que el término
“museo” designada en la antigüedad al templo de las Musas, aquellas figuras de
la mitología que eran inspiradoras de las artes y las ciencias. Muchos siglos
después, el concepto de museo pasó a ser el de un edificio donde se guardan
cosas y objetos notables de las ciencias y las artes que sobrevivieron a sus
dueños.
Hoy no se concibe la idea de museo si no es
de tipo participativo, abierto a la comunidad. Es cada vez más rico en el renovado
mundo de la museología el pensamiento y la acción de los responsables de
convertir a la institución “museo” en un instrumento capaz de servir al
desarrollo del juicio crítico de la sociedad. Ya no se considera a los museos
como algo más que habitáculos o construcciones para exhibir o albergar obras de
arte o antigüedades.
- ¿Cuál será el puntapié inicial a
esta propuesta?
- Estamos organizando para recibir al
público entre el 10 y el 17 de diciembre en el Club Atlético, una exposición,
un evento comunicacional que hemos dado en llamar “Lanzamiento Cultural
Museológico City Bell XXI”, que tiene cuatro aspectos a tener en cuenta: El
primero, poner en conocimiento a toda la comunidad del anteproyecto de
formación del mismo, a través de lo que
será el portal de la muestra.
De este mismo anteproyecto han circulado
unas cincuenta copias entre descendientes de fundadores, pioneros,
profesionales y autoridades de diversa jerarquía y hasta hemos podido alcanzar
una a descendientes directos de Jorge Bell. En segundo término, hemos convocado
a la participación organizada de esas personas con el deseo de definir los
lineamientos estructurales del funcionamiento. Queremos iniciar una actividad a
pleno en marzo del año próximo.
Además, la convocatoria a descendientes de
fundadores y pioneros tiene como objetivo el de rendirles un homenaje por la
labor cumplida por sus familias en pos del crecimiento del pueblo. Las nuevas
generaciones deberán asumir el compromiso de bregar por un constante progreso y
preservación de la calidad de vida de City Bell. Por último, queremos invitar a
gozar de la estética que brindaran los jóvenes artistas locales en un ramillete
de presentaciones de sus obras mientras refrescamos viejos conocimientos
históricos de City Bell y la región.
- ¿Cuál habría de ser la sede natural del
museo?
- Si es por razones históricas y afectivas,
pensamos que debería ser la casona de la Estancia Grande ,
hoy casino de oficiales del Batallón 601. Mucha gente señala como sede natural
la casa fundacional, la de Cantilo esquina 7, pero esa está actualmente ocupada
por el Centro de Estudios Carlos Auyero. Como alternativa, estamos viendo una
casa de estilo colonial que se ofrece en alquiler sobre el camino Centenario.
- ¿Cuáles serían las probabilidades de
lograr el casco de la estancia?
- Aunque mantuvimos conversaciones con el jefe del Batallón y hay una
apertura total, naturalmente que no podemos esperar ningún cambio en lo inmediato.
En lo personal creo que, teniendo en cuenta que cuando el ejército se hizo
cargo de las tierras, éstas estaban valuadas en ocho millones de pesos de
aquella época y la familia Bell sólo cobró unos quinientos mil, una manera de
reparación histórica sería que las tierras fueran devueltas a la familia Bell y
que ellos las cedan en donación o en comodato para los fines culturales y recreativos
que City Bell está necesitando, como por ejemplo el museo.
- ¿Cómo se estructurará el museo?
- Temáticamente, tendrá dos vertientes bien
definidas. Por un lado, la estrictamente institucional, como lugar para exhibir
colecciones históricas y artísticas de la región, que se relaciona con otras
instituciones en cuanto su papel educativo y científico. En otro aspecto,
funcionará como un foro de la comunidad (un ámbito abierto, libre), que será
receptor de documentos y obras en todas sus variantes, que se encargará a la
vez del procesamiento de ese material y estará en contacto con la comunidad a
través de las exposiciones, de conferencias, la página web, el análisis, el
debate.
- Ustedes
tienen también un proyecto relacionado con el tanque de agua antiguo...
-
Lo del tanque de agua sería un
apéndice del museo principal. La idea es montar allí un museo interactivo para
chicos, en el cual podrían exhibirse piezas “prestadas” por el museo madre de
City Bell. Lo primero que hicimos fue presentar un expediente solicitando se lo
declare de patrimonio arquitectónico, ante el temor de que fuera demolido como
en un principio se había dicho. Pero la concesionaria Azurix no es propietaria
de los inmuebles, y por lo tanto eso sigue dependiendo de Obras Sanitarias
residual. Como edificio es emblemático para los citybellenses y debería ser
sede del museo de trabajo de todas las escuelas del pueblo. Daría para armar
tres plantas de 20
metros cuadrados cada una, o bien dos plantas de
exposición y una biblioteca.
- Volviendo a la exposición convocada
para diciembre: ¿qué concurrencia estiman?
- Se van a cursar unas trescientas
invitaciones especiales y la convocatoria general se hará a través de los
medios de comunicación. Sería arriesgado estimar una cifra cuando falta un mes
para la fecha. Pero no sería descabellado pensar en setecientas personas
pasando por la exposición a lo largo de una semana.
*****************
Francisco Occhipinti
(Vereda Bell, mayo 2001)
Francisco Occhipinti puso
su firma a esta reseña que fue, en realidad, una entrevista para
la revista
Vereda Bell.
El Banco Río de la Plata fue la primera
institución bancaria que se animó a instalar una sucursal en la amplia zona que
va desde La Plata
hasta Florencio Varela. Le corresponde a City Bell el privilegio de haber sido
la localidad elegida para instalar dicha sucursal por el directorio del banco,
en la persona de su por entonces presidente, el doctor Carlos Pérez Companc. Las directivas no fueron de alquilar
un local para “ver qué pasaba”, sino las de adquirir una propiedad para tal
fin.
![]() |
| Occhipinti junto al exfutbolista Nolo Ferreyra. |
Así fue que a principios de 1963 se compró la propiedad del
señor Landolfi en Plaza Belgrano esquina 3 (hoy Banco Municipal) y de inmediato
se procedió a las refacciones y ampliaciones para adaptarla a las necesidades.
Era tanta la confianza que tenía Pérez Companc en City Bell
que el 18 de marzo de 1963 se procedía a su inauguración con un acto muy
lucido, con la presencia del propio Pérez Companc (presidente del banco), su
vicepresidente y por entonces Presidente de YPF, Dr. Bustos Fernández, el
arzobispo de La Plata ,
Monseñor José Plaza, autoridades locales, el padre José Dardi, y el por
entonces presidente del Club Atlético City Bell, Carlos Chidíchimo, encargado
de la organización de la ceremonia con banda de música incluida.
Fui designado para dirigir esta primera sucursal habida cuenta
de mi larga trayectoria en el banco de la nación Argentina en localidades como
Río Colorado, Bahía Blanca, Ushuaia, General Acha, Comodoro Rivadavia, Coronel
Dorrego y, hasta pocos días antes de la designación en City Bell, gerente de la
filial Punta Alta.
Es de destacar la colaboración recibida por parte de
caracterizadas personas de City Bell para que la sucursal alcanzara el éxito
logrado, entre quienes hemos de mencionar al doctor Ricardo Berri, a Leonardo
Detlefsen, Julio Barone y Humberto Defranco, Juan Vendramín, Juan Bello y
Sebastián Guerreiro Brites.
El éxito fue tal que antes de que transcurriera un año ya se
estaba abriendo una sucursal en Villa Elisa.
Poco después, y ante los resultados de nuestra gestión, otros
bancos se fueron instalando en la zona, como lo fueron el banco Comercial de La Plata , el Provincia de Buenos
Aires, el Crédito provincial, etcétera.
La adquisición por parte del Banco Río de la Cooperativa Sur
Financiera posibilitó la inauguración de sucursales en Florencio Varela,
Berazategui, Bernal y –tras adquirir el Banco del Este- también sucursales en capital
federal donde también fui designado primer gerente.
Esta primera sucursal instalada en City Bell dentro de la
franja La Plata -Florencio Varela fue
vital para que el Banco Río llegara a ser uno de los primeros bancos privados
argentinos.
Olga Edith Romero
(Vereda Bell, mayo 2001)
Olga Romero, la querida
directora del Jardín de Infantes 913, dejó la docencia para seguir estudiando.
Un balance de su carrera docente en diálogo con Vereda Bell.
Olga Edith Romero es,
casi, sinónimo del jardín de Infantes nº 913. Además, muchos chicos –y hoy no
tan chicos, ya, han crecido con la lectura de sus libros. Ha editado dos para
niños y “unos cuantos” de poesía para adultos, en su mayoría en colaboración
con otros autores. Su primer cuento lo publicó a los 18 años. Luego de más de
treinta años de docencia, abandona su carrera para estudiar Comunicación
Social.
- ¿Cómo es se siente al
dejar la docencia después de tantos años de dedicación?
- De a ratos me agarra
como una angustia al pensar que voy a dejar. Pero también estoy contenta porque
voy a hacer otra cosa. Son
Muchos años de docencia,
sobre todo en el mismo lugar. Tengo reconocidos veintiocho años dentro de la Dirección de Escuelas,
pero son más, porque estoy trabajando desde 1969. En el jardín, estoy desde
1974, así que por más que se dice que el establecimiento es de la Dirección de Escuelas,
yo digo que es un poco mío. Ha ido pasando gente, ha ido quedando gente que
empezamos juntas, y son muchos años...
- Se puede decir que una
generación entera ha pasado por sus manos...
- Vos pensá que por año he
tenido de alumnos más de treinta chicos (llegué a tener treinta y siete, de
tres años). Son muchos años de alumnos. Yo les digo que los conocía cuando no
tenían bigotes. O son mujeres que tienen sus bebés y ya han llevado a sus hijos
al jardín.
- De todos esos años,
¿cuántos como directora?
- Años de dirección fueron
unos cuatro. Estuve en vicedirección en un tiempo, pero la dejé porque mis
hijos eran chicos. Rechacé muchas veces la dirección. No la quise tomar hasta
que ellos fueran grandes, porque me parece que los hijos son lo primero. Uno
puede dedicarse mucho, la docencia me gusta de alma, pero creo que los hijos
necesitan de uno y uno tiene que brindárselo en el momento en que lo requieren,
porque en seguida les crecen las alas y se van... y entonces, el momento que
una tenía para mimarlos y hacerles un montón de cosas que ellos pedían, se le
fue de las manos...
- ¿Los tuvo de alumnos
alguna vez?
- No, nunca los quise
tener de alumnos. Vi lo que sufrieron mis compañeras que como maestras tuvieron
a sus hijos y fue terrible, porque encima, les exigen más que a los otros...
Entonces, nunca los quise como alumnos.
- ¿Qué cambios notorios
tuvo la educación en todos esos años?
- Vi cambiar mucho la
educación en muchos aspectos. En el jardín, porque cambia mucho todo. Creo que
es uno de los lugares donde más se acelera todo y más cambios tiene, porque las
modalidades van cambiando año a año. Pero vi cambiar también para mal. En el
secundario vi el estancamiento que existe y la falta total de interés de los
chicos, pero también creo que tiene mucho que ver con los profesores. Veo que
hay profesores que incentivan mucho y los alumnos se preocupan y trabajan. Pero
hay otros docentes que no hacen nada... y ves a los chicos que terminan el
secundario y no agarran un libro. Terminan “mente virgen”. No sé cómo fueron
pasando de año en año. Mucho esfuerzo, se ve que no les demandaba.
- ¿Y en los chicos se
nota algún cambio?
- Me parece que en
Educación, algo ha fallado. No sé muy bien qué, pero me parece que los chicos
salen con menos formación que antes.
Desde la familia, todo
cambió, no sé si para bien o para mal. Los chicos tienen muchos medios de
comunicación que lo incitan al consumismo, que empieza ya en el jardín de
infantes. Los chicos parecen más inteligentes, más vivos. Pero parece que no se
aprecia en nuestro país esa inteligencia y si todos son de medio para abajo,
mejor tirar para abajo para que todos sean iguales y se nivela hacia abajo, y
no tiene que ser así.
- Desde los medios de
comunicación, ¿puede esperarse un aporte positivo para la educación?
- No es que los medios de
comunicación sean malos. Hay que aprovechar su costado bueno, tratar de no
dejarlos de lado. Durante años les pido a los padres que miren televisión con
los hijos, para saber lo que miran. Hay un momento para cada cosa. Hay un
momento para mirar televisión, un momento para leer, un momento para escuchar
música. Creo que si uno se hace los momentos, hay un momento para cada cosa.
- ¿En qué cambió la televisión
entre su época de escolar y la actualidad?
- Cambió en el sentido de
que es más agresiva y la agresión se nota en todos los aspectos. Y
lamentablemente se nota mucho en los padres, y los padres lo derivan en los
hijos. A veces, decimos “el chico es bárbaro, si no fuera que tiene semejante
mamá y semejante papá”.
Los chicos que ven que el
padre es respetuoso y se conduce de determinada forma, copia. Y si el padre es
irrespestuoso, lo mismo.
- Usted cambia la
docencia por el estudio de comunicación social.
¿Busca cambiar algo desde esta nueva disciplina?
- No pretendo cambiar
nada, porque no pienso que uno solo cambie las cosas. Periodismo me gustó desde
hace mucho tiempo, siempre me gustó. Uno no puede pretender cambiar los
dibujitos que vienen desde Japón. Lo único que tiene que hacer es dar vuelta la
perilla del televisor.
-
- Eso de “dar vuelta” la
perilla delata la edad...
- No quería pero me salió.
Tengo 51 años.
- No es común a esa
edad emprender una nueva carrera
- No es común. Pero
pretendo hacer una maestría en Periodismo y Ciencias de la Comunicación
- Y luego de la
maestría, ¿hacia dónde apuntará?
- Tengo ganas de
participar en algún periódico, aunque sea zonal. No me interesa que sea un
diario importante.
- La vocación por el
periodismo, ¿se engarza con la tarea literaria?
- Escribo cuento y poesía
y mi poesía es comprometida, no “light”. Tiene algo de política...
- Aunque la entrevista
saldrá publicada luego de su último día de clases, ¿pensó qué les dirá a sus
alumnos como despedida?
- No sé. Va a ser muy
difícil decirles algo sin que se me caiga alguna lágrima...-------------------
Babi Palma
(Vereda Bell, noviembre 2001)
Alejada de los
consultorios públicos a causa de merecida jubilación, la doctora Palma recuerda
su infancia y habla de la unión ciencia-fe.
María Imelda Ramona Palma es, tal vez, uno de los personajes más
queridos de City Bell. Nació con ese nombre y ese apellido en Loreto, Santiago del Estero, el 22 de junio de 1942. En City
Bell, desde hace más de treinta años es más conocida como Babi o la doctora Palma,
la pediatra de “la salita” municipal.
En forma directa o indirecta, el dispensario de 19 esquina 12 fue su lugar de
trabajo hasta mayo de este año, cuando por años de servicio a su favor decidió
retirarse a la actividad privada.
Loreto tiene lo típico: la comisaría, una iglesia,
la plaza en el centro y casas alrededor. “Babi”
vivió allí hasta los siete años y cuenta: “La
vida de Loreto está unida a la
Virgen de Loreto. Primero el pueblo estaba emplazado en un
lugar, en el tiempo en que vivían mis abuelos y que mis padres eran chicos.
Luego cambió el curso del río y el agua inundó en ese lugar. Con la Virgen a cuestas, los
pobladores se fueron a un lugar seco y se instalaron allí, en un lugar donde no
se inundaba. Eso, cuenta mi mamá, pasó en la época en que ella era niña, y
había nacido en 1905” .
Típica historia de familia con aspiraciones de un
futuro mejor para sus hijos, los Palma emigraron a la capital provincial cuando
la mayor de sus cinco hijas terminó el colegio primario. “Y empieza a empujar para que cuando todos termináramos el primario
fuéramos a estudiar a Santiago o a
La banda. En la capital vivía mi abuelo Santiago
Palma. Vivimos un tiempo con él hasta que compramos e hicimos la casa al lado
de la de él. Mamá era maestra, y teníamos una despensita. Mi papá trabajaba en la Policía , era subcomisario
en La Banda ”.
Luego, cuando llegó la edad universitaria “nos vinimos todos a vivir a La Plata , cerca del Seminario
Mayor, adonde íbamos a misa todos los domingos. Allí me engancharon de la Acción
Católica. Ya casada y en City Bell conocí el Movimiento de Schoenstatt”.
La aclaración vale para poder entender una anécdota
que hizo sospechar de la honorable pediatra. Hacia 1979 es colocada la piedra
fundamental de la ermita de la
Virgen de Schoenstatt, sobre la calle 28. Durante casi un
año, en ese solar sólo podía verse una baldosa a ras de tierra y bastantes
yuyos no siempre bien cortados. “Babi”
iba diariamente a rezar ante esa piedra fundamental que encierra símbolos y
anhelos de quienes habían sido sus gestores, ella incluida. Y la emoción y el
recogimiento arrancaban lágrimas de su corazón. Cierto día, en la Unidad Sanitaria
una paciente se le acerca y, con discreción, le pregunta: “Doctora, ¿qué le anda pasando? Se comenta por allí que usted anda
hablando sola y llorando por los terrenos baldíos”... Y la pediatra tuvo
que explicar la realidad, de la que no muchos estaban enterados.
Palma es reconocida por su sensibilidad social y su
rica vida interior. En sus tiempos de jefa de la Sala solía prolongar sus
horas de trabajo visitando familias y enfermos en el barrio Güemes, como una
forma de fundir profesión y apostolado. “Desde
chiquita iba a los ranchitos cercanos a mi casa, de los más viejitos. En la
carita de los viejitos miraba sus ojitos, que eran para mí como la mirada de
Dios: la ternura, el amor... Me preguntaban por mi mamá y mi papá, por mis
hermanas. En cambio, iba a las otras casas, de las familias pudientes, y me
contaban de las cosas que se habían comprado, los vestidos, el auto... todo
superficial”.
Tal cercanía para con los necesitados la mamó
evidentemente en su casa. Mamá maestra se llevaba a los alumnos que no
entendían la tarea a casa para ayudarlos a que pasasen de grado. Y el papá “era un hombre introvertido, respetuoso, dado
con los vecinos, muy bonachón”.
También de muy chica le viene la
riqueza de espíritu. “Mi madre me contaba
que yo estaba en Loreto y además de rezar me envolvía en una frazada (en Santiago hacen 40º de calor) y transpiraba, y ella
me decía ¿qué hacés?, y yo le decía que estaba rezando por mi
hermana para que le fuera bien en el examen. Sufría y gozaba por los demás, me
sentía parte de los demás, como que mi persona se prolongaba en la otra y el
otro se prolongaba en mí. Tal vez sea un don que Dios me dio”, dice.
Cuenta que no puede ver películas de sufrimiento “porque sufro horrores. El sufrimiento del
mundo se ha penetrado en mí tan profundamente que poco a poco, a través de la
fe, voy poniéndome las corazas necesarias... Es una total compenetración y compasión
en el sentido de sentir lo mismo que mis pacientes en todo lo que les pasa”.
Ciencia y fe, para ella, “están totalmente conjugadas, porque Dios es poseedor de toda la
sabiduría, el entendimiento, todo. En la ciencia empiezo a dar los primeros
pasitos para acercarme a esa sabiduría, es un instrumento. Cuando empecé la
facultad tuve dudas inmensas de fe. Investigué todo lo que pude de la fe
cristiana, de otras religiones, y dije ‘gracias Dios mío porque me diste mucha fe y en un momento me diste
dudas para investigar todo lo que era necesario’ ”.
----------------
Eusebio Carnevale
(Vereda Bell, agosto
2000).
Con setenta y
cinco años en esta tierra y en City Bell es, casi, casi, sinónimo de su
comunidad. Amante de lo que se llama un “perfil bajo”, no pocos conocen de su
solidaridad.
“Nací en
Villa Elisa en lo que es hoy la pista de baile del club Curuzú Cuatiá y mis padres me trajeron a City Bell cuando
yo tenía seis meses”. Buen principio para una charla con Eusebio Carnevale. El hombre del Rotary
(único fundador vivo de la filial City Bell), el que ayuda a los que le piden
ayuda, el hombre de campo y los carteles frente al obelisco porteño, el hombre
de trabajo y de la pintura de caballete. “Mi
padre tenía horno de ladrillos. Me crié en este barrio con los chicos de la
zona, todos de condición humilde, familias trabajadoras de la tierra, un gran
compañerismo –prosigue-. Tuve la
suerte de inaugurar la escuela 12, porque empecé a ir en 1932, cuando se
habilitó el edificio”. Para seguir quinto grado había que ir hasta Villa
Elisa, y por entonces no había ómnibus. “Mi
padre (Santiago Carnevale,
figura notoria de los tiempos de la fundación del pueblo), tenía un Ford A, pero no estaban las condiciones como para estar
sacándolo todos los días”. Eran los años 1932/33 de la gran crisis “y había que
ahorrar al máximo”.
Entonces lo ponen pupilo en el
Sagrado Corazón de La Plata ,
pero los malos resultados más un nuevo servicio de micros mediante, “me empezaron a llevar a Villa Elisa. Al poco
tiempo de estar, yo era el mejor del grado. Evidentemente, en La Plata yo aprendía pero
estaba estresado”.
El
propio relato trae a la memoria de Eusebio el recuerdo de quien sería un
notable en las letras argentinas: Roberto Themis Speroni. “Con él estuvimos 2º, 3º y 4º grado juntos. Coincide que 5º y 6º él va
también al Sagrado Corazón, pero externo. Y luego en la escuela industrial nos
volvemos a encontrar, aunque no en la misma división. Era un personaje muy
especial. Ya había nacido con algo relacionado con el arte, porque era un gran
dibujante. Y pienso que mi inclinación por el arte y el dibujo, tal vez vino
porque me llamaba la atención cómo él dibujaba y yo quería hacerlo igual. Pero
él salió poeta. Inventaba historias; en esa época estaba de moda Tarzán, por
radio, y él empezó a promover un viaje al África para conocerlo. Un buen día
faltan dos muchachos de City Bell, desaparecen. Uno se llamaba Deheza y el otro
Cifuentes. Todos buscándolos, porque no aparecían. Al día siguiente llaman por
teléfono de la prefectura de Ensenada avisando que había dos chicos de City
Bell que estaban esperando un barco para irse al África”.
Desde hace veinticinco años, el
nombre de Carnevale Publicidad
aparece tímidamente frente al obelisco porteño, junto a los carteles de la
multinacional Coca Cola. Una ubicación estratégica que recorre el mundo en
fotografías y publicaciones y que pocos saben que ostenta letreros made in
City Bell. Una historia que tuvo en esa misma esquina un antecedente en
1955 con una firma de casimires que contrató un letrero en un balcón. Hecho el
servicio militar, “empecé a trabajar en
Transradio, como tornero –prosigue-. A
los pocos meses me llevan a trabajar al laboratorio junto con un vidriero
aparatista de apellido Bianchi, en un proyecto de una lámpara de rayos X que
estaban haciendo. Este hombre era muy buen vidriero, especialista en neón, pero
cuando el jefe se fue, quedó en banda porque no se siguió con el proyecto. Y
entró a trabajar en La Plata
en una fábrica de letreros luminosos. Un buen día me propone montar juntos un
tallercito y empezamos a fabricar tubos de neón y luego, letreros”.
La pequeña empresa fue creciendo
y así llegaron los letreros para Cinzano y Otard Dupuy. “Un buen día me dijeron si me animaba a Mar
del Plata . De ahí surgió hacer letreros de ruta y nos fuimos
ampliando”.
Con tres cuartos de siglo de vida
plenos de actividad, Eusebio Carnevale
confiesa que hijos y nietos lo cuidan bastante. “Dicen que no me sube bien el agua al tanque”, sonríe, y se
entusiasma en el relato. “Ahora estoy dedicándome
a pintar acuarelas. Estoy haciendo motivos del City Bell viejo. El primero fue
inventivo, lo demás lo estoy haciendo en base a fotos de diarios”.
“Todavía no hemos ganado mucho en City Bell –dice, buscando irremediablemente
un tema menos personal-. Tendría que ser
una joyita, con el casco urbano céntrico pavimentado, veredas bien hechas, hay
lugares en que no se puede caminar por las veredas rotas”.
Carnevale siempre se destacó por su compromiso comunitario. “Hace bastante tiempo quise promover un movimiento
para autonomía de City Bell, pero después lo analizamos bien con un grupo de
personas, analizamos que tenía que tener un intendente, secretarios, concejo
deliberante, personal ejecutivo y demás, y era toda una estructura que había
que hacerla y mantenerla. Y generalmente, los municipios que hicieron experiencias
similares, perdieron. Yo fui delegado municipal, y si no se tiene los fondos
suficientes es difícil, no se puede hacer nada. Muchos dicen que yo puse plata
cuando fui delegado y no es así, lo que hice algunas veces fue financiar hasta
que me llegaba el dinero, pero nunca puse plata”.
Como su padre, Eusebio Carnevale es un activo
colaborador de las instituciones zonales. “Mi
señora me dice ‘no abras la boca porque te agarran enseguida’. Y yo le digo ‘en 1948 fui a un baile
y vi una chica que me gustaba. Le dije señorita,
¿me acompaña a bailar?’: 51
años de matrimonio”.






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