Rebobinando


R e b o b i n a n d o



Entrevistas de archivo a vecinos de City Bell. Muchas de ellas fueron realizadas en 1997 para el semanario "Hechos y Personajes". Se agregan unas pocas publicadas en la revista "Vereda Bell", aparecida entre noviembre de 2000 e igual mes de 2001 y algunas otras realizadas para el libro "City Bell-Crónica de la tierra de uno", en su primera edición de 2005. Tiempos previos a los grabadores digitales en los que el uso de casette permitía -obligaba- a rebobinar la cinta para volver a escuchar. Los veinte años generosos de la mayoría de los reportajes hacen que pueda considerárselos de un rico valor histórico.

Lorna Bell
(City Bell-Crónica de la tierra de uno, 2004)

Lorna Pamela Bell era nieta de Jorge Bell. Junto a su madre Alice Chantrill y sus hermanos John (Juan) y Audrey fue la última habitante de la Estancia Grande, hasta 1944.
El 6 de agosto de 2004 la entrevisté por primera vez, en la ciudad de Buenos Aires adonde viajaba mensualmente desde Quequén.
Lo que sigue es el crudo de sus respuestas, el texto de la desgravación sin editar.


Lorna Bell durante la entrevista. (Foto: Guillermo Defranco).
Mi bisabuelo tenía 4 varones y 2 mujeres. Las mujeres volvieron a Inglaterra y se casaron  y murieron allá. Guillermo Enrique, Archivaldo, Jorge Eduardo y Tomás.

Mi bisabuelo vino porque era de los hijos menores de mi tatarabuelo. Tenían una fundición de hierro en Glasgow, muy importante. Fabricaban elementos agrícolas. Era más o menos 1840. Vino cuando estaba Rosas. Un escribano me dio dos cartas que él le había mandado, donde ponía “Viva la Santa Federación, mueran los salvajes asquerosos unitarios”, con tinta roja, de su puño y letra. No se olvide que Rosas apoyó mucho a los ingleses.

Mi padre era el tercer hijo de mi abuelo Jorge Eduardo Bell: Ethel, Eduardo, Percival Guillermo y Mabel. De los hermanos de mi abuelo, las mujeres no tuvieron hijos y Archivaldo sí. Yo conocí a sus nietos.

George Thomas, mi bisabuelo, dejó un testamento que acá no tenía valor, pero en Gran Bretaña sí. Dejó dicho que cualquiera de sus descendientes que no tuviera hijos, al morir, su fortuna se tenía que repartir entre toda la familia.

A raíz de ello, cuando muere Margarita, ella le deja sus campos a los nietos de Tomás Bell, que se habían ocupado de cuidarla en su enfermedad. Tenía muchos campos alquilados. La otra hija, Inés, dejó a la mucama, al chofer y al ama de llaves una renta vitalicia. En 1950, ese dinero en Gran Bretaña volvió para acá, para los descendientes. Recibí 100 libras. Lo que se repartió era muchísimo dinero, fíjese que acá sólo éramos catorce y todos recibimos algo...

A mi abuelo Jorge Bell no lo conocí. Me dicen que tenía ojos violetas, lindísimos; papá decía que era más bajo que él, y papá medía 1,83. Creo que su padre habrá medido 1,70 o 1,78.

Tomás Bell fue uno de los fundadores del Jockey Club de Buenos Aires. También puso capital en el Buenos Aires Herald y fue director.

En marzo de 1944 nos expropiaron la estancia. Mi padre Percival tenía un carácter muy fuerte. Cuando algo no le gustaba...

Mi abuelo muere en 1910 en el campo de Napoleufú, en Tandil, en La Favorita. Era rabioso y tartamudo. Torcía los cubiertos de plata cuando no le salían las palabras. Yo creo que durante muchos años no se hablaron con mi abuela. Tenía una amiga, la hija de la lavandera, con quien tuvo hijos. Pero papá nunca nos quiso decir quiénes eran; papá sabía. No llevan el apellido Bell porque no fueron reconocidos.

Mi abuelo había heredado una fortuna, pero además tenía una cabaña muy importante. Mi bisabuelo vino con un primo hermano que también se llamaba Jorge Bell, pero creo que no se llevaban muy bien. Por eso hay muchos Bell que son parientes, pero muy lejanos. Entonces, cuando en la cabaña hacían algún remate, ponía “no confundir”, y a él lo llamaban “no confundir”, en chiste.

Marchetti era el capataz de la estancia cuando la tenía mi padre. Era un italiano del norte. La mujer se llamaba Pina. Después trabajó con camiones.

Mamá tenía un jardinero alemán. Cuando expropiaron la estancia, mamá compró una quinta en Bellavista y llevó al jardinero. Los jardines de la estancia los diseñó un arquitecto paisajista que estaba en la marina inglesa y que lo conocía mi abuelo. La estancia Grande era de los jesuitas, y cuando los echaron, quedó en manos del gobierno.
Alicia Chantrill

En la Estancia Chica vivían mis abuelos. En la época de mi bisabuelo, el casco de la estancia grande era una casa baja. La planta alta la hizo construir mi abuelo. Las puertas eran de una iglesia jesuítica hechas a hacha. Eran dos puertas de dos batientes, con herrajes y todo. Mi mamá las encontró en un galpón y entonces las puso en la casa.

Muere mi abuelo Jorge Bell y mi abuela –que creo que debe haber vivido en la luna siempre- era una mujer alta, medía 1,72. Me acuerdo de ella cuando caminaba, parecía que se había tragado un bastón. Era mi madrina así que yo era la única que podía entrar al cuarto de vestir de ella, en la casa dela calle Venezuela. Pero no podía entrar hasta que no la peinara la mucama irlandesa, porque usaba peluca. Porque todas las mujeres Shaw perdían el pelo. Entonces, creo que ella empezó a usar peluca a los 40 y pico. La peluca la colgaba la irlandesa sobre una silla. Yo la vi mil veces, no lo sabía mi abuela; no me dejaba entrar hasta que ella no tuviera la peluca. Usaba cofias para dormir, cofias de encaje con volados. Yo tenía siete años cuando ella murió. Su dormitorio era de la casa Maple, con una especie de tarima de tres escalones y una caja de caoba con tapa, donde estaba la pelela. Estoy hablando de 1890.

Entre compras y herencias mi abuelo tenía 45.000 hectáreas, desde el río de la Plata hasta Brandsen; desde La Plata hasta lo de Pereyra Iraola. Cuando él muere, mi abuela le da la administración a su hijo mayor, mi tío Eduardo Jorge Bell.

Mi abuelo era muy mezquino con los hijos. Los tenía con sueldo de peón. Los mandó a educar a Suiza, pero ganaban igual que un peón. Imagínese. Muere el padre... la explosión.

Mi tío Eduardo, siendo el administrador, se va de luna de miel a Europa, y volvió con dos Rolls Royce, además de gastar tanto que la estancia de Los Toldos la tuvieron que vender para pagar las deudas. Entonces mi abuela lo nombra administrador a papá. Pero mi tío se quedó sin nada. Los acreedores esperaron, porque firmaron a mejor fortuna. Cuando murió mi abuela, mi padre no quiso que se remataran los muebles de adentro de la casa y dijo de dividirlos. Lo mismo las alhajas. Lo demás, tuvo que ir a remate.

Mi tío, cuando estaba ya comprometido, empezó con el cuñado Hialmar Aberg Cobo, a través del banco sueco, con un crédito muy grande que sacaron para hacer City Bell. Mi padre estaba indignado porque decían que tenían que hacer calles y tener luz y después hacer las casas. Estaba el camino General Belgrano, pero lo demás era todo de barro. Pero él hizo las casas sin luz; no había luz eléctrica y las calles eran un barrial. Bueno, les costó mucho vender. Y con los intereses que corrían... Labougle estaba metido, el que fue embajador.

Fue un desastre. Lo poco que le quedaba, mi tío lo perdió todo. Tan es así que mi padre le pasaba una renta. De las tierras, creo que mi padre vendió una parte, lo del bajo. Y lo de arriba, se había dividido en lotes al morir mi abuelo. A mi abuela le interesó el casco con la parte de los jardines que había hecho con el marido y aquel arquitecto naval. En ese momento, esa fracción eran unas 200 hectáreas.

La cuestión es que mi tío se fundió. Mi tía, Cora Bidart Malbrán, mujer encantadora, no merecía lo que le pasó (estaba en el mejor de los momentos, creía que se casaba con un hombre... –claro que tenía fortuna, pero no para vivir como un loco-). Trajo una cantidad de roces en la familia con Hialmar, porque fundió a mi tía (Mabel), la dejó en la calle. Fíjese que ella, cuando supo que la había fundido, lo echó de la casa y se peleó con mi padre, porque mi padre no quiso meterse en la cuestión City Bell, y le dijo a mi abuela “No te metas ahí, porque eso va a andar mal. Pero claro, mi padre era muy práctico.
En nombre ‘City Bell’ es un disparate. Fue un invento de mi tío que yo no entiendo. Algunos dicen que fue Labougle el de la idea, pero él era un hombre de cultura y había estado en Japón, de donde trajo los faroles de la casa. Fue la primera vez que vi faroles japoneses.

La estancia tenía la entrada por donde están los pinos. Pero la cambiaron a la avenida de casuarinas, en el camino Centenario, cuando lo pavimentaron. Porque mi padre cedió los cien metros; entonces cambiaron porque quedaba mucho más cerca y era camino pavimentado. Por eso lo cambiaron.

¿Usted sabe la gente que se quedaba a dormir en casa cuando venían los domingos y llovía? No se podía pasar por ahí: era todos ombúes y barro. Los ombúes los había plantado mi abuelo, pero fue lo peor que podía haber hecho. Mi abuelo hizo la avenida de casuarinas hasta las vías. Iba hasta allí en el coche y ahí se bajaba y tomaba el tren. Nunca fueron a Villa Elisa. No sé cómo avisaba al tren para que parara; por ahí le ponía alguna bandera, algo muy primitivo. Leonardo Pereyra hacía eso en la estancia San Juan.

Desde que murió mi abuela en octubre 1926 tras una operación de vesícula, viví en la estancia. Había cumplido 7 años, el 13 de julio. Nací cuando nevó en Buenos Aires. Mis padres habían ido al teatro Colón y cuando salieron nevaba. A la madrugada, nací yo.

Mi padre nació en la calle Venezuela 1062. Mi abuelo tenía el terreno, de 30 o 40 metros por 60. Toda la familia de los Shaw tuvieron la casa en donde hoy está la avenida 9 de julio. Mi abuelo, cuando hereda fue cuando empiezan a hacer los ferrocarriles, y lo que se necesitaba era piedra, como balastro.

Descubren que en la estancia hay conchilla y le compran la conchilla a mi abuelo en $2.000.000 de ese tiempo. Cuando le pagan, se va a Maple. Se hace la casa y se la amueblan ahí. Eran muebles de la época: pesados, muy buenos, pero enormes. La mesa de comedor era para 26 personas, que fue la que mi padre llevó a la estancia, aunque no cabía armada completa. Las sillas eran tapizadas en cuero bordó, con las iniciales de mi abuelo en oro. Había también tres aparadores.

Cuando se expropia la estancia, ninguno tenía lugar en su casa para muebles de ese tamaño. Se guardaron muchos, pero no esos. Fue una lástima, porque estéticamente es estilo victoriano, de la mitad de su reinado.

La despensa era para guardar los vinos.

Teníamos una institutriz francesa que era una maravilla. Cuando llegó, nos pareció un espanto. Además, mi hermano y yo éramos forajidos, que andábamos a caballo todo el tiempo. Nos íbamos a caballo al arroyo y teníamos que volver cuando oíamos la campana media hora antes del almuerzo. Pero cuando llegó madmoiselle nos fuimos y nos hicimos los sordos. Y nos mandó a buscar con el capataz.

Salíamos a comprar unas galletitas de Terrabussi que se llamaban Canadienses, que eran cubiertas con chocolate a un almacén que estaba en una esquina antes de llegar a la estación. Hasta ahí nos dejaban ir solos a caballo. Yo tenía 7 años y ella no entendía que yo anduviera sola a caballo.

Nos ofrecieron $400.000, que eran unos U$S 1500 en ese entonces. Thill llamó a mi mamá y le dijo que tenía $5.000.000 en mano para comprar.

El doctor Rodolfo Butine era el abogado de mi padre. A él le pareció una maravilla que nos expropiaran la estancia. Se me ocurre que lo ha hecho con la mejor intención. Fuimos a juicio, que dimos a otro abogado, y finalmente cobramos unos $700.000. Tiempo después, David Graiver, a través de un amigo suyo, me vino a ver para decirme que si le dábamos la venta de la estancia, nosotros nos podíamos quedar con la parte de la casa y los jardines y él financiaba el pago de los edificios construidos por el ejército aquí. Y que la provincia estaba dispuesta a ceder un terreno de 200 hectáreas entre Villa Elisa y la costa. Estaba todo armado, pero usted vio lo que le pasó a Graiver. No sé si tuvimos suerte de no estar metidos en eso... puede ser.

Después, antes de que Lanusse estuviera en la presidencia, estuvimos hablando con él, se habló con Logística, con Tierras fiscales, y estaba todo armado para que nos devolvieran la estancia. Y lo nombran presidente a Cano. Vamos con mi hermano a la jura en la Casa Rosada y él nos dice: se darán cuenta que no lo puedo apoyar porque van a creer que es un negociado mío. Era muy comprensible.

Me encantaría recuperar la parte del parque, que es la parte alta. Tengo de ahí recuerdos lindísimos.

Los capitanes de barco se guiaban por el monte de los Bell. Me acuerdo que de chica -porque viajé en barco hasta los 11 años desde Europa hacia acá, cada dos años- el capitán, cuando entrábamos en el Río de la Plata, los llamaba a papá y a mamá y les decía ‘¿ven? Ahí está la estancia’. Seguramente era lo más alto en la época de mi abuelo, cuando no había nada.



Había dos cuadras de arcos de hierro de glicinas, que las han sacado. Yo estuve hace 15 años y eso estaba. Y una glorieta muy grande de 10 metros de diámetro, también la sacaron. La araucaria la plantó mi abuelo, variante de pehuén, llamada en Europa “el árbol del rompecabezas de monos”. No es el pehuén de la Patagonia. El jardín lo hicieron cuando se casaron, hacia 1888.

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Agosto de 2004.
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Adolfo Etchevarne

Otro “crudo”. Desgrabación sin editar del reportaje realizado al enfermero citybellino el 27 de febrero de 2001 para la revista Vereda Bell.

Adolfo Etchevarne en Vereda Bell.
Nací en Nogoyá, Entre Ríos, el 3 de enero de 1943. Gracias a Dios tuve una infancia muy feliz, muy linda. En el campo, en la ciudad... Mi viejo trabajaba en el banco de Entre Ríos y lo trasladaron, castigado por cuestiones políticas, a General Galarza. General Galarza era un pueblito que no tenía luz. Había sinagoga, había parroquia, pero no había cura. El que se peleaba con Birzner, el dueño de la usina, perdía, porque Birzner le cortaba los cables y lo dejaba sin luz.

Papá estaría castigado, pero fueron los mejores años, los más felices que pasó en toda su vida. Íbamos a cazar, lo venían a buscar de las estancias. Si llovía íbamos en los carros rusos; si no, en un Ford A. Una infancia muy feliz, hasta los 13 años, cuando perdí a mi viejo.

Después estuve estudiando en el seminario de Paraná, donde hice tres años en uno. Un poco por la edad y también porque en el seminario no tenía nada más que hacer que estudiar. Limpiaba, arreglaba, tendía la cama, hacíamos deporte, estudiábamos. Entonces, al no tener otra cosa que hacer, estudiaba. Y preferí ser un buen cristiano y no un mal sacerdote.

Mi viejo se murió en mis brazos, cuando él tenía 42 años y yo 13, en 1956. Yo lo tenía abrazado y le dije: ‘si algún día tengo un hijo, y puedo, le voy a poner tu nombre’. Se sonrió y ahí se quedó, con la misma enfermedad que tengo yo. Tenía además mucho estrés, por lo cual yo ya no me caliento más por nada. Él era gerente de inspección del Banco de Entre Ríos, con lo cual tenía mucha responsabilidad. Tenía el corazón muy grande, la medicina no estaba adelantada como está ahora...  Hoy podría haber seguido viviendo, se le podría haber hecho un transplante...

La vocación por la medicina arrancó cuando tenía tres o cuatro años. Había un alfiler de gancho, lo enderecé y se lo clavé en la cola a mi vieja. Y le dije que le estaba dando una inyección.

Después tengo una hermana de crianza –Teresa- que se agarró, viviendo en Paraná, una broncoalveolitis. El médico le dio la primera inyección y me enseñó a darle las demás: el chirlo y el pinchazo. No sabés cómo lloraba pobrecita. ‘¿Te dolió la inyección? No, el chirlo”, me decía. Yo tendría 14 años. El mismo médico era anestesista y un día me llevó a ver dos operaciones de apéndice en el Hospital Ferroviario. Y entonces me gustó la medicina, pero a mí me gusta la medicina de hospital...

Vine a terminar el bachillerato en el Esquiú de City Bell, en la época de los tranvías. Soy de la tercera promoción, recibidos en el 1965. Estoy en City Bell desde 1962.

Yo lo quiero a este pueblo. Cuando Raquel quedó embarazada, la atendía Quijano en La Plata. Pero él no hacía obstetricia. Yo, además, quería que los chicos nacieran en City Bell. Así que empezó a atenderla Angaut y los tres chicos nacieron acá. Ahora me duele que la clínica no tenga internación y no puedan nacer más los chicos en City Bell. Yo lo quiero mucho a City Bell. No sé qué tiene, pero no lo cambio por nada. Tengo muchos afectos acá, mucha gente querida. Un día me preguntaron qué era la felicidad. Y dije que para mí la felicidad es saberme querido y querer yo mucho a la gente. Nada más.

Lo que pasa es que uno lo hace para que se cure el paciente. Dicen que soy la persona que más colas conoce en City Bell y alrededores.

La enfermería es un servicio que me hace muy feliz y me da muchas alegrías.  Cuando estuve internado en la clínica me internaron de prepo, sin tener mutual. Yo me quería hacer los estudios en un hospital público y Ferrari no me dejó. Así quedé internado y se corrió la bolilla de que yo no tenía mutual. Y viene a verme un abogado jubilado, a charlar. También estaba internado él. Y me ofrece internarme donde yo quisiera, haciéndose cargo de los gastos.

Mi nena más grande, Raquelita, tiene 21 años. Un año y diecinueve días después nació Gustavo. Y cinco años después, nació Manuela. Estuvimos de novios cuarenta días. Nos casamos hace veintitrés años. Raquel es Martínez Barragán, nació en Ensenada y a los dos años la trajeron a City Bell.

La principal causa por la que dejé medicina es que a mí me gusta la medicina de hospital y para eso no podés tener familia.

A nosotros, con el gabinete nos estaba yendo bien. A mi mujer la conocí dándole penicilina cada seis horas. Capelletti ya no hacía domicilios. Entonces, en secreto, Rosita le comenta a mi suegra de que yo lo hacía. Y todos decían que me había enamorado de la cola de mi mujer. Pero traspirada, con fiebre, con neumopatía, era un asco, pobre gallega. Después vinieron los afectos...

Llegamos a hacer 60 o 70 domicilios por día. Las jeringas las hervía en una olla a presión porque cumplía las funciones de autoclave, a más de 100º, para matar el virus de la hepatitis. Una noche, plena guerrilla, un amigo estaba enfermo detrás de la vía. Dejé todo esterilizando, total, yo iba y venía. A la vuelta, estaba la barrera cerrada, y en esa época, frente al cuartel, no era cuestión de bajarse a abrirla. Agarré para el lado de Villa Castells, pero había llovido y era todo de tierra. Pasando los hoteles, me quedé encajado con el auto. Cuando llegué al boliche, había una humareda, no sirvió nada de lo que había dejado en la olla...

A mí no me gusta que venga el asfalto, pero no me puedo oponer al adelanto del pueblo. Tenemos la misma cantidad de calles y muchos más autos. Aparte, hay un problema de educación.
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Febrero 2001

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Margarita Giles
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997)

Se presenta, con orgullo, como “la última telefonista de City Bell”.

           Margarita Giles es una persona muy querida. Fue y es lo que se dice alguien muy comunicativo. Se diría que por más de 25 años la comunicación entre los vecinos de City Bell y de éstos hacia afuera del pueblo, pasó por sus manos. Que no por sus oídos, ya que Margarita es, ante todo, una persona ética y sabe muy bien lo que es el secreto profesional.

Se mudó a City Bell hacia finales de 1978 pero pisó estas tierras por primera vez hacia 1964/65, como reemplazante de operadora en la vieja central de Entel, en la antigua casa de Cantilo entre 6 y 7. Y quiso la historia que fuera ella, además, la última operadora de la central telefónica local, ya que se jubiló cuando la empresa decidió cerrar el local como “oficina pública”.

Pero Margarita no quiere internarse en el relato de sus años de servicio sin antes referirse a su familia. Eran once hermanos, seis mujeres y cinco varones. Ella nació en 1934 y tiene tres hijas de su primer matrimonio: Susana, Claudia y María Alejandra Giugovaz. Ellas le dieron cuatro nietos que se llaman Abril, Félix, Ailín y Agustín, a quienes se agregan  Martín y Candela, nietos de Leandro Pozas, su segundo marido: pero que son para ella, sus “re nietos”.

La familia ocupa un lugar muy importante en la vida de Margarita. Tanto que con cierta frecuencia reúne en su casa a sus hermanos que permanecen vivos y les cocina un locro que, dicen, sólo ella sabe preparar. Es que en ese gesto hay mucho de agradecimiento. Cuando ella enviuda, todos le ceden su parte de herencia sobre el terreno familiar que ocupaba con una casita prefabricada, sin pedirle nada a cambio. Con el tiempo y un préstamo del banco Hipotecario, construyó la casa que habita actualmente en ese mismo lote, y sueña con ampliarla para brindar más comodidad a la familia cada vez que se reúne.

Operadora 1-7-2.
           Pero Margarita es telefonista, dijimos y esa es la historia que fuimos a buscar golpeando las manos en la puerta de su casa sobre la calle 4. “Entré a Teléfonos del Estado (luego se llamaría Entel) el 24 de junio de 1954. Fue en la oficina conocida por entonces como <Paz sin Múltiple>, en 47 entre 8 y 9 en La Plata. El de esa oficina era un conmutador más bajo que el de <Rocha-Paz>, así que ahí nos destinaban a las más bajitas. Yo medía 1,57”, recuerda en forma risueña.

Tras un paso por la central de Barracas, y con una beba a punto de nacer es trasladada nuevamente a La Plata. No eran centrales digitales como las actuales. Así que cada llamado de larga distancia podía demorar horas. A “Pichi” Giugovaz (así le llamaban sus compañeras), le correspondía atender las solicitudes de llamadas, anotarlas en papeletas y derivarlas a la operadora. Cierto día a alguien se le ocurrió contabilizar los pedidos registrados por cada una de las empleadas y Pichi resultó la ganadora. “No daban ningún premio, pero era lindo hacerlo”, recuerda Margarita quien, sin embargo, sabe que con su velocidad de trabajo sumaba puntaje para su legajo.

En esos menesteres estaba Margarita, la operadora 1-7-2,  cuando le proponen pasar a la sección “Oficinas Públicas”, como relevante. Así fue que un día le tocaba en Ensenada, otro en Villa Elisa, alguna otra vez en determinada oficina de La Plata, y también en City Bell, adonde tenía hermanos viviendo. En la oficina de La Plata entraban los llamados para el teléfono 56 de City Bell. Era conocido que pertenecía a un hotel alojamiento, y que había ciertos clientes fijos que llamaban para pedir determinadas habitaciones reservadas para el viernes o el sábado en la noche. No eran todavía tiempos de teléfonos automáticos, así que las operadoras conocían el contenido de las conversaciones y, por ende, no era difícil enterarse de las costumbres “non sanctas” de algunos “ejemplares” padres de familia.

Lecho de rosas 
El mismo albergue transitorio tenía por costumbre regalar a las damas, a modo de gentileza, una flor, sea una rosa o un clavel, poco importa. Lo que sí recuerdan muchos es que desde la puerta del mismo hasta algunas cuadras a la redonda, el camino estaba regado de flores tiradas. Claro, nadie iba a llevar consigo lo que era la prueba de un “delito”.  Lo anecdótico es que Margarita decidió llevar a su oficina una flor, para adornar el mostrador de atención al público. Le fue difícil hacerle creer a algunas personas que la misma no provenía de ningún hotel alojamiento.

No fue esa la única rosa en su vida laboral. Cierto fin de año llegó a la oficina un estudiante del interior, posiblemente de Córdoba o Mendoza. Acababa de aprobar su última materia de la carrera de medicina y tenía imperiosa necesidad de comunicarlo a sus padres. Eran aquellas ciudades con un intenso tráfico de llamadas, más aún cuando no existía la tecnología de hoy. “Y sobre todo, fin de año, cuando medio mundo quiere comunicarse con la otra mitad del mundo“ recuerda Pichi. Lo cierto es que la operadora 1-7-2 hizo sus gestiones y la llamada se produjo en un lapso relativamente breve. “Lloraba el chico, lloraba la madre, llorábamos todos en la oficina por la emoción. Al rato me trajo la rosa más hermosa que pude haber recibido. Una sola, claro, porque los estudiantes no tiene un peso, pobres. Pero fue muy gratificante y hoy todavía me emociono”, cuenta Margarita sin poder evitar que una lágrima se le deslice por el tobogán de la nariz.

Claro que no todas eran buenas noticias las que se transmitían. Había algunas sumamente amargas y Giles pide que no mencionemos una que relató acerca de un chiquito internado en el Hospital de Niños, por lo traumático que le resultó en aquel momento.

Una voz en el teléfono 
En cambio, vuelve a sonreír al recordar un noviazgo a la distancia cuyas alternativas ella vivió semana a semana, cada vez que la novia y su mamá iban a la central de la calle 11 entre 4 y 5 a llamar por teléfono, ya que el Romeo de la historia cumplía el servicio militar en el sur del país. “Había un horario para poder llamar a los soldados al cuartel -recuerda-. Así que había que tratar de que la llamada entrara en ese horario, porque si no, no podían comunicarse. Y cuando terminaban de hablar, la chica me contaba todo”.

Margarita Giles tiene material como para darle letra a más de un autor de telenovelas: noviazgos, enfermedades, excusas por llegadas tarde al trabajo, infidelidades de pareja, todos son temas que ella conoce muy bien. Pero guarda celosamente sus nombres y sus apellidos. Sí pide especial mención para algunas personas con las cuales compartió largas jornadas de cables y comunicaciones. A Pilar Martínez, por ejemplo, por ser una de las más antiguas operadoras de la oficina local.

También recuerda con afecto a Nora Fernández, cuyo padre fue Jefe de la central City Bell y a Antonieta Valladares, entre otras. Sin embargo no quiso decir el nombre de aquella compañera que un primero de enero debía tomar el turno al mediodía junto con ella y a quien Margarita le dijo que fuera luego del almuerzo familiar por el año nuevo. La telefonista llegó cerca de las tres de la tarde y se acomodó a dormir detrás del mostrador en un sillón, de tal manera que no se la viera desde el otro lado. Pero sus ronquidos eran tales que se hacían difíciles de disimular.

Muchas son las gratificaciones que dice haber recibido en la Entel de City Bell. Como dos periodistas cuya relación ella conoció a lo largo de todo el noviazgo y que el día que se casaron, de la ceremonia se fueron a la oficina, ya que ella no había podido salir del trabajo para verlos. O un señor, que iba casi cotidianamente con su esposa a hablar por teléfono y se enojó mucho en una oportunidad en que durante un mes debió ir ella a cubrir un puesto a Verónica. ¿”Cómo que te vas por un mes y no avisás?”, dice que la increpó.

El estado de ánimo de un país pasa a menudo por una oficina de teléfonos. Tanto es así que cuando en 1978 Argentina gana el campeonato Mundial de Fútbol, Margarita no pudo contener su euforia y, al sonar el teléfono, atiende con un “Argentina Campeón del Mundo, buenos días”. Tuvo suerte, del otro lado de la línea había una compañera de trabajo y no un superior.

Y para el final agrega un recuerdo y un agradecimiento. El primero, es el de un chiquito de cuatro años que le revolvía toda la oficina cada vez que su madre iba a hablar por teléfono. “Se llamaba Sebastián -dice-. El otro día lo encontré en el supermercado, tiene dieciocho años, estudia arquitectura, y no sabés el abrazo que me dio, También él se acuerda de aquellos años. No sabés el cariño que me guarda”.

El agradecimiento, en cambio, va para sus jefes y compañeros de la vieja Entel. Cuando se enfermó su primer esposo y hasta que falleció, comprendieron su situación y la ayudaron mediante el cambio de horarios de trabajo y hasta el destino del mismo, para poder ella estar más cerca de su marido y cuidarlo mejor. “Solamente tengo gratitud”, dice con firmeza la última telefonista de City Bell.
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María y Norma Castrovinci
(City Bell-Hechos y Personajes, 1997).

La familia Castrovinci llegó City Bell en 1940. Vive, aún hoy, en una casa construida antes de 1914.

         Don Carlos Castrovinci ya no está entre nosotros. Si viviera hoy tendría 95 años y una cantidad de amigos mucho mayor de la que supo hacer en vida. Era un siciliano bajito, de habla atropellada y cocoliche, que paseaba su buen humor por todo City Bell debajo de su sombrero y sobre su eterna bicicleta.
- ¿Cómo le va, don Carlos?
- Acá andamos... caminando.
Éste era un diálogo cotidiano entre don Carlos y quien lo encontrara en la calle. Era tan inevitable su bicicleta como su “caminando”...

De Sicilia a City Bell
         Es el día de hoy que su viuda, María Di Grazia y su hija Norma, cuentan con orgullo que fue él el primer lugareño en cruzar un par de frases con el Padre José Dardi, el día en que éste llegó a City Bell. “Nosotros alquilábamos desde 1948 el terreno que está en frente de la iglesia, por entonces propiedad de Victorio Labarelo. Mi marido estaba trabajando ahí y ve cuando el padre llega. Cuando lo saluda, y ve que era italiano como él, simpatizaron en seguida. Me acuerdo que al día siguiente vino a casa, con sotana, sombrero y en bicicleta”, cuenta doña María. Norma, por su parte, recuerda que su papá era muy creyente, pero Dardi nunca logró que fuera a misa. “Yo creo que hay alguien allá Arriba, y por eso me porto bien y le rezo, pero a misa no voy”, recuerda Norma que le decía.

         Don Carlos había nacido en 1902, y veintitrés años después llega a la Argentina corrido por las miserias de la guerra. Con él vinieron muchos inmigrantes más, casi todos del mismo pueblo de Sicilia que era él. Al llegar a La Plata recaló en 44 y 147, en una quinta perteneciente a la familia Masnaghetti, donde llegó a ser encargado y trabar con los patrones una relación casi familiar.

         Hacia 1940 se trasladan a City Bell. Ya habían nacido sus dos hijas: Marta y Norma. Con el correr de los años la mayor se casaría con Ernesto Costa, un apuesto joven que dedicó muchos años de su vida al comercio de flores, y de quien enviudó hace muy poco tiempo. Norma, por su parte, vive aún con su mamá en la misma casa donde se crió.

         Su primera residencia en la zona fue en el kilómetro 11 del Camino General Belgrano, una cuadra antes de llegar al puente de hierro. Arrendaban la quinta de León Pagés en el paraje que hoy se conoce como “El Molino”. Allí estaba el almacén de los Lunazzi, exactamente donde hoy está el corralón de Zambano y Pérsico. Zambano tenía, detrás, su horno de ladrillos, uno de los primeros de la zona.

Vecinos de lujo.
         Las Castrovinci recuerdan que frente a la quinta donde vivían tenía la suya el vicegobernador Machado. De allí recuerda otros apellidos como los Lezana (la señora era hermana del actor Arturo García Buhr, quien visitaba la casa) y Casas Peralta, un juez de entonces que llegó a ser camarista. “Lo lindo de entonces era que todo el mundo se saludaba y visitaba. Ellos venían a casa y tomábamos mate o conversábamos. Nadie se fijaba si éramos pobres o ricos”, remarca Norma, quien hace hincapié en la familia Lezana: “Para carnaval organizaba corsos en la entrada del auto y el garaje, para los chicos. Nos disfrazaba a todos con trajes que eran de los personajes de cuentos, como por ejemplo, de hadas. Y nada de trajes hechos así nomás”.

         En 1945 la familia alquila otra quinta, sobre la calle 9 a pocos metros del camino General Belgrano. “Era de Calliari y Pérez Duprat. Y acá también teníamos quinta de verduras y frutas. Hasta cerezas y duraznos, que mi marido cultivaba con mi hermano y otros familiares que nos ayudaban”, recuerda doña María, quien muchísimas veces se levantaba a trabajar la quinta a la par de don Carlos.

         Su hija, en cambio, recuerda que cuando ella y Marta eran chicas las llevaban también a la quinta y les hacían un toldito para que el sol no les hiciera daño. “La quinta llegaba antes hasta la calle 21; y la 9 era tan angosta que mi tío Luciano -hermano de mamá pero casi de mi edad-, tuvo que sacar muchos árboles para ensancharla y que pudieran entrar los camiones que llevaban nuestras verduras al mercado”, dice.

         En 1932, don Carlos había sufrido una caída podando una casuarina que le afectó la columna. En una operación de sumo riesgo por entonces, el doctor Christman compuso la osamenta del quintero sin que le quedaran secuelas. Quiso el destino que años después el médico comprara una propiedad al lado de la de Castrovinci y así se entablara una amistad que duró años.

Una casa en la pampa
         De aquellos años doña María recuerda que los domingos, después de almorzar, salían a caminar por el camino Belgrano y llegaban hasta la avenida Arana, en Villa Elisa. “No había tantos autos, y el único micro era el Expreso Buenos Aires. Después vinieron el Río de La Plata y el Primera Junta”, luego Expreso reconquista y hoy Transporte Automotor La Plata.

         La casa de la calle 9 la alquilaban a Calliari y Pérez Duprat. Lograrían comprarla recién en 1962. Pero lo curioso es que su construcción primitiva data de 1910, centenario de la Revolución de Mayo y previo a la fundación de City Bell, y su primer propietario habría sido un señor de apellido Bigoglio. Con los años y los cambios de dueño, se fue ampliando de acuerdo a las necesidades de sus ocupantes.

         “En esa época no había casi nada. Sólo tres casas. Y sobre la calle 10, me acuerdo del chalet de piedra, en la esquina con 21”, dice Norma. Eran tiempos en que, como ahora, muchos comerciantes llevaban la mercadería a domicilio. “Venía el panadero, el carnicero, el quesero. Pero también estaban el almacén de Pagani, el de los Tomassi, el de Nirsch, la tienda de los turquitos en lo de Del Tufo”... evoca Norma, para contar que “cuando íbamos hasta Cantilo, decíamos que íbamos al pueblo”, graficando de esa manera lo despoblado que estaba el barrio donde vivían.

         Solían ir también a pasear a La Plata, adonde era de rigor ir en tren y hacer un viaje en tranvía o en el “autorriel”. Y agrega un recuerdo más de su infancia, cuando iba a la escuela 12. “Para la fiesta de la primavera, nos llevaban de pic-nic adonde está el cuartel. Y me acuerdo que en la puerta de la escuela había siempre un policía negro mota que era muy bueno. ¿De las maestras? Me acuerdo de la señora Célica Irurueta, Blanca de Gamboa, Olga Mestae”...

La hija costurera
         Historia familiar aparte, Norma es conocida en City Bell por llevar cuarenta y dos años junto a la costura.  Don Carlos, un hombre avanzado para su época, quería que su hija estudiara algo, lo que más le gustara. A ella le gustaba la pintura, pero debía viajar dos veces por día hasta la por entonces Escuela de Bellas Artes y decidió cambiar de carrera. Con sólo viajar tres veces por semana estudiaría corte y confección con el más avanzado sistema conocido por esos tiempos.

         “Me recibí en 1955 con medalla de honor. Me tomó el examen la inventora del sistema Rodríguez Reformado, en Buenos Aires. A través de unos conocidos me tomaron una prueba en el ´El Zorro Gris´, un negocio muy conocido de La Plata y me aprobaron. Pero en seguida me empezó a llegar mucho trabajo particular y decidí no seguir con esa firma”, relata quien ha vestido de novia a más de una generación de casamenteras de City Bell, La Plata y Buenos Aires. Y no olvida el primero que cosió: el de Célica Irurueta, su maestra de sexto grado.
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Celeste Mancuso
(Vereda Bell, junio 2001)

El valor de los símbolos patrios, la vigencia del sentimiento patriótico y el papel de la educación analizados por esta profesora de historia, con una maestría en educación hecha en Estados Unidos. Reside en City Bell.

Celeste Mancuso. (Foto: Guillermo Defranco)
- ¿Qué papel juega la escuela en la transmisión del sentimiento patrio?
- La escuela juega un rol fundamental. Un acto patrio es una clase: tiene sus objetivos, sus momentos de incentivación del alumno... y también su conclusión. A veces uno hace el acto patrio como para cumplir con el Ministerio de Educación, que dice: “hoy hay efemérides”. Y efemérides es una clase y tiene que tener expectativas de logro a nivel intelectual y a nivel de valores. Cada vez que izamos o arriamos la bandera es una oportunidad para ir inculcando valores. Eso se logra no a partir del discurso sino de la oportunidad de practicarlo, de vivenciarlo, de “construir” ese aprendizaje.

- ¿Hay relación entre la vivencia histórica y lo patriótico?
- Una amiga mía, profesora de historia y especialista en patrimonio me decía que el patrimonio es un concepto valorativo. ¿Por qué los argentinos no respetamos los edificios públicos, los monumentos? Porque no hay un valor detrás, tipo “el jarrón de la abuela”. Detrás de ese jarrón que no se puede romper hay un valor,  hay una historia, hay el cariño que tengo por la abuela, que vi cómo la abuela lo cuidaba... El edificio público, el monumento, la bandera, están simbolizando el concepto de Patria. Lo que hay que preguntarse, es qué valor hay detrás de este concepto. Si no hay, hay que ponérselo. Cada época resignifica este valor. Hoy, los argentinos estamos pasando por una etapa de depresión. Hay que resignificar qué es sentirse argentino. Y a partir de ahí, los símbolos representan el valor que yo le doy.

- Da la sensación de que se nos enseña una Patria abstracta...
- Ahí se tiene que autoeducar el que enseña, porque tiene que darle un significado que vaya más allá del discurso. ¿Qué es el gorro frigio para un chico de primer grado de hoy? Los profesores de historia recordarán que el gorro frigio representa a los burgueses de la revolución francesa. ¿Qué tenemos que ver nosotros hoy con eso? El escudo tiene que ver con la nobleza, el gorro frigio tiene que ver con la burguesía, la igualdad, la fraternidad y los nacionalismos; en cuanto a la bandera, me quedo con la teoría que toma los colores por los del manto de la Virgen... Lo importante es hacer ver que en la base del nacimiento del escudo, de la bandera, había un profundo sentimiento de libertad, religioso, que pone esta Nación en marcha en manos de la Virgen, patrona y madre de un pueblo que se sentía profundamente glorioso y glorificado. Hoy el gorro frigio tendrá que resumir todas las imágenes que tenemos de libertad. Y el escudo tendrá que resignificar qué es ser noble hoy. Y así sucesivamente. Y esto los chicos lo tendrán que ir entendiendo, en las efemérides y también día por día. De manera que a través de los actos exteriores, cómo me paro bien derecho, no converso, no me río, un constante vivir, inculcando estos valores, uno puede decir “Patria es el hogar donde vivimos, lo que nos hace vivir comúnmente, como sería la familia”.
Les decimos a nuestros hijos que la Patria es nuestro hogar, pero la tenemos llena de basurales. O nos quedamos con el lápiz que papá se trajo del trabajo y no lo pagó...

- ¿Cómo separar patriotismo de dictadura, Patria de Gobierno, Gobierno de Nación?
- El sentimiento patriótico no tendría que estar solamente ligado a una exteriorización, porque tuvimos a lo largo de la historia negros recuerdos de momentos en los que había muchísimas banderas y se reivindicaban los santos valores de la Patria mientras en los campos de concentración moría gente o se mandaba chicos que no estaban preparados a morir por ideales que eran recitados más que vividos.
Así que yo no me preocuparía tanto por lo exterior sino mucho más por que cada palabra y cada cosa que se diga tenga realmente su sentido, su correlato entre el discurso y la vivencia.

- ¿Cómo se logra?
- Desde lo antropológico, la escuela es la sistematización de la transmisión de la cultura. Pero la cultura no se transmite solamente sistemáticamente. Se transmite en la casa y a través de los medios de comunicación. Entonces la escuela juega un rol fundamental, porque ahí es donde hay que sistematizar los valores que la propia cultura quiere transmitir  para sobrevivir, porque si no estamos en vías de extinción. Los mayas crearon la escuela para enseñarle a cultivar a sus hijos. Y ese era un valor fundamental para que esa sociedad preservara su cultura.

- ¿Eso es transmisible de una generación a otra?
- Si nosotros no somos “reservorio” de la cultura que se transmite, las nuevas generaciones seguirán siendo malos ejemplos en la educación no sistematizada. Entonces habrá alguna vez algún alumno nuestro que llegue a ser ministro de cultura y diga, como ocurrió muchísimos años atrás en Estados Unidos, que en cada película argentina tiene que aparecer una banderita; o que se va a subvencionar a los miembros del arte y la cultura que favorezcan la idiosincrasia nacional. Pero si no, estamos en vías de extinción.

- ¿Es válido reformular los símbolos patrios?
- Yo estoy más por la resignificación. A este escudo que nosotros tenemos, qué significado le damos hoy. ¿Qué significa hoy “Oh juremos con gloria morir”? ¿Una maestra de frontera que se levanta todos los días a las 5 de la mañana, o un obrero, un trabajador? ¿Será morir a no robar, a la deshonestidad? ¿Será morir a una vida individualista? No necesitás cambiar las palabras sino darle el significado que tiene que ver con el hoy. ¿Qué significa un “grito sagrado”? Lo que está vinculado con el respeto. Hoy es muy difícil para el adolescente vivenciar lo que es el respeto, porque lo tendrían que haber vivenciado antes. Creo que los que estamos vinculados con la educación deberíamos ser muy respetuosos con la infancia, porque si no un adolescente llega a esa edad sin poder adquirir como construcción mental propia lo que es el respeto.

- Entonces, como generación, tenemos una menuda tarea...
- Sería bueno que les inculcáramos a los chicos que cada vez que nos levantamos a la mañana, con lluvia, frío o sol, para ir a la escuela, para ir a trabajar, estamos “con gloria muriendo”, para construir. A diferencia de algunos otros zánganos, que mientras hacen la bicicleta financiera no tienen gloria ni mueren ni morirán con gloria jamás

- Como quien dice, “hacer algo por la Patria”...

- Tal cual. Fijate este tema, el concepto de Patria generado en la Revolución Francesa y el concepto de individualismo también, cuya semillita estuvo en la misma burguesía francesa. Hay valores como el de comunidad, que en la escuela hay que rescatar, porque ese es el lugar. Porque tenés que hacer algo por vos mismo, pero también con la conciencia de construcción de la Patria.
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Esther Gamboa
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997).

Aunque con un paréntesis intermedio de algunos años, habita en City Bell desde 1927, en tanto su familia materna vino a La Plata para la fundación de la ciudad. Descendiente de una familia de militares, sus lazos sanguíneos se emparentan con los de varios próceres, entre ellos el coronel Julio Campos, su abuelo.


Hay personas que llevan la historia en la sangre. No sólo porque les gusta sino porque descienden de una estirpe ligada a ella desde hace siglos y su propia sangre familiar fue derramada para construir la Patria. Esther Gamboa de Andrade es una de ellas y su memoria prodigiosa hace que uno sienta que ciertos hitos pasaron “ayer no más”.

Veranos en City Bell
Los Gamboa -Ricardo Gamboa Vergara y Lía Campos Otamendi- llegaron a City Bell hacia 1927 tras adquirir uno de los primeros chalets en la esquina de 13 y 17. Como los Bernard, como los Jones y tantas otras familias platenses que ella rememora hoy, venían fundamentalmente en verano junto a sus siete hijos.

Esther recuerda de la época los fabulosos corsos que se hacían sobre Cantilo desde el camino Belgrano hasta el Centenario, y las diabluras que hacían los hijos de aquellas familias. “Salíamos a mataperrear por ahí, éramos la piel de Judas” dice, recordando que el resto del año vivían en una casa enorme que aún existe en La Plata, en la zona de 8 y 60 y que luego alquilaron a un sanatorio. “Me acuerdo que la casa tenía los pisos muy bajos, y que un carnaval llovió tanto, que mamá contrató una comparsa que pasó para que ayudara a desagotarla”. Fallecido don Ricardo, dejaron de visitar la casa de City Bell, lugar al que Esther volverá tras su casamiento con Samuel Andrade.

De este matrimonio nacerán Marta Lía (ingeniera agrónoma residente en Aluminé), Samuel (residente en City Bell y finalizando su carrera de ingeniería) y Julio (investigador del Instituto Balseiro en Bariloche).

Mi madre vino con la fundación de La Plata -relata-, ya que mi abuelo, Julio Campos, se había criado con Dardo Rocha y éste quiso que fuera presidente del Banco Provincia”. Julio caería luego en la revolución del ‘90. En realidad, era uno de sus cabecillas, pero por ser demasiado joven, el movimiento fue encabezado por su hermano Manuel. Había sido senador y gobernador de La Rioja tras  derrotar a Ángel Vicente Peñaloza, “el Chacho”. Y a tantos honores se debió el hecho de que la calle 56 de La Plata lleve su nombre.

Mamar la Historia
La historia se mama -explica-. En los libros de historia casi no figuran los Campos, los Vergara, los Gamboa. Pero tengo guardados testimonios  y conservo estas cosas que hacen que uno pueda conocer la Historia”, dice al explicar que Gaspar Campos se conoció porque Perón  “tenía una casa en una calle con ese nombre”; que era hermano de Julio y Luis María Campos, y un conservador muerto a los 18 años en una reyerta un día de elecciones, en el atrio de una iglesia, porque por entonces se votaba en esos lugares. A su vez, la calle principal de Lobería, lleva el nombre de Gaspar Campos (“el joven”, le decían, para diferenciarlo del anterior), tío de Esther y muerto en la guerra del Paraguay.

Esther se entusiasma con la historia y suele mezclar deliberadamente el orden de las cosas tratando de que no se le escurran detalles. Es así que de su árbol genealógico salta a anécdotas de cuando sus hijos eran chicos y ella les armaba unos “pepinuchos” -caballitos con escobas viejas y bolsas de papel a modo de cabeza- a ellos y sus amigos del barrio, o cuando organizaba los corsos de una cuadra sobre la vereda de Cantilo entre 21 y 22 con la ayuda de algún otro vecino.

El abuelo coronel
Pero el centro de la historia vuelve a ser el coronel Julio Campos, sobre quien muestra un artículo publicado en Caras y Caretas de junio de 1934, en ocasión del centenario de su nacimiento. Julio Campos era hijo del teniente coronel Martín Campos, quien participó de la Revolución de Los Libres del Sur en 1839 contra Juan Manuel de Rosas. Fue adláter de Juan Lavalle y a su muerte condujo su cadáver desde Jujuy a Bolivia. Fue de esa manera que el poncho del caudillo llegaría con los años a manos de Lía Campos de Gamboa y ésta lo cediera al museo de Luján a pedido del mismo Enrique Udaondo, por entonces director del museo que hoy lleva su nombre.

El coronel Julio Campos fue una persona multifacética. Al menos dos líneas marcaban su vida con pasión: la jurisprudencia y las armas. Transitaba su adolescencia cuando Buenos Aires hervía en los últimos días del poder del caudillismo. No sabía el por entonces jovencito Julio Campos que un hermano suyo, Luis María, se casaría con Justa Urquiza, hija legítima del caudillo entrerriano que tenía sitiada a Buenos Aires a través del general Hilario Lagos y contra el cual se armó, convenciendo al jefe del Batallón 1 de infantería de Guardias Nacionales.

Tenía suficientes antecedentes de militares en la familia como para que lo dejaran fuera. Además, acababa de vender sus libros de Derecho para comprarse un trabuco naranjero y nadie podía impedirle usarlo contra los federales invasores.

Soldado raso como se lo consideró y jovencito arriesgado que era, fue destinado de inmediato a defender la esquina de las calles Europa (Carlos Calvo) y Lima, lo que se llamaba “el cantón de la muerte” dada la cantidad de bajas que se registraban a diario en el lugar de combate.  Allí va Julio, con su coraje unitario y la bandera argentina, trepando una pared para posicionarse mejor. La artillería no pudo con él. A penas si derribó el parapeto que lo sostenía y de entre los escombros emergió, herido, pero blandiendo su arma y su bandera para seguir guerreando. Y, cesadas las batallas, retoma sus estudios y se convierte en abogado, fiel a la voluntad de don Martín, su padre.

Campos y Paunero
Había cesado la guerra, pero la paz no había llegado. Sobreviene la derrota de Urquiza a manos de Mitre en la batalla de Pavón, en cuyo transcurrir Campos es ascendido a capitán. Peleará en Cañada de Gómez y llegará a Córdoba y La Rioja bajo las órdenes de Wenceslao Paunero. Peñaloza asolaba los poblados y se sabía que las mujeres eran el más preciado trofeo de la tropa. Allí se queda el joven Campos. Allí resiste y allí triunfa, con una ciudad cercada, sin agua ni alimentos y, al decir de sus compañeros de armas, salva por sobre todo el honor de las mujeres riojanas. Su destino volvían a ser las leyes y se convierte en gobernador riojano, en mérito de su labor libertadora de la provincia. Un porteño, el único en la historia, que ocupara el cargo y será recordado por el gran impulso que imprimió a la región.

Adiós a las armas
Treinta años tenía el abuelo de Esther Gamboa cuando estalla la guerra del Paraguay. Allí estará nuevamente calzando uniforme militar, organizando las fuerzas de Mitre y echando mano por sobre todo a los prisioneros tomados a las montoneras de Peñaloza. Triunfo de la Triple Alianza y repliegue a Buenos Aires. Se acercaba el fin del siglo, ideas vanguardistas tenía su amigo el gobernador Rocha, y lo quería allí, bien cerquita de la nueva capital provincial que se estaba erigiendo.

Había llegado el tiempo de dejar las armas para siempre. Se había casado ya con Carmen Otamendi y juntos concebirían diez hijos. Uno de ellos sería Lía Campos Otamendi, la mamá de Esther Gamboa.


Mi hijo Julio dice que soy milenaria por todo lo que me acuerdo y la cantidad de personajes de la historia que conocí”, ríe Esther, con sus manos llenas de fotos, diplomas y relatos de sus antepasados.
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Nelly Estela
(Vereda Bell, septiembre 2001).

Cincuenta y cinco años de docencia en la vida de una querida maestra que dejó su sello en Villa Elisa y City Bell.

A Nelly Noemí Estela no le cuesta hablar. Pero las cosas cambian cuando se trata de hablar de ella. Así, entre cronista y entrevistada acordaron que no sería ella el centro del reportaje, sino que a través del relato buscarían homenajear a los muchos maestros que forman generaciones enteras de argentinos.

Las hermanas de mi mamá eran maestras y mi mamá misma lo era de alma, aunque no pudo terminar los estudios; pero ella nos apoyaba a estudiar –dice, refiriendo sus orígenes vocacionales.

Trabajé en la escuela 117 de City Bell entre muchos otros lugares. Soy docente desde los 18 años y tengo 73. Sacá la cuenta –dice, comenzando a desgranar sus cincuenta y cinco años de docente-. Me recibí de maestra y se me despertó la vocación en la escuela Normal de Pehuajó. Enseguida busqué una suplencia para ayudar a papá, que era carpintero y yo era la mayor de 4 hijos”.
Cuando di mis prácticas, tenía que dar el tema polígonos –recuerda-. Yo tenía mi clase preparada, pero los chicos me llevaron para donde a ellos les interesaba. Y yo los seguí. La directora que me observaba lloraba de emoción porque decía que había visto en mí el eros pedagógico, que es algo que tiene la persona y consiste en el deseo de dar, el deseo de educar, el deseo de formar seres y a su vez tiene una vocación de formarse para poder dar. Eso me lo dijo cuando yo tenía dieciocho años”...

 “Gogó” Estela –así le llaman sus allegados- fue una especie de conejo de Indias de la llamada Ley Simini, sancionada en 1946, el mismo año en que ella se recibió de maestra, la ley que creó los jardines de infantes y los centros de formación de docentes para la especialidad. Es así que recién recibida “me presento para una beca para estudiar en una escuela formativa de Trenque Lauquen el profesorado en jardín de infantes. Qué lujo para esa época”.
        
Trabajó en el jardín de infantes de Pehuajó hasta 1952 en que se casó y se vino a City Bell y a ejercer en un jardín de infantes de Berisso “adonde viajaba todos los días desde acá, en los micros y tranvías de ese entonces”.
Luego nace su hijo mayor y consigue un traslado a Villa Elisa, en los grados superiores. “Entonces abren la escuela 117 de City Bell, donde trabajé por años junto a la señora Célica Irurueta. Me gustaba mucho, porque venían los chicos de Los Porteños, a quienes conocía porque acompañaba a mi marido veterinario cuando les iba a curar los animales. Tengo los mejores recuerdos de Latini, Rossetti, Fulvio y tantos otros”... se emociona. 

Con una carrera ya consolidada, desde la inspección la instan a anotarse en un concurso para inspectoras de jardines de infantes. “Yo no quería, porque la escuela estaba a tres cuadras de mi casa, y estaba cómoda. Pero le hago caso y me presento. Salgo segunda por puntaje, pero la que salió primera no tenía los diez años que exigían al frente de grado”.

Así recorrió las escuelas de la zona de Magdalena, Bavio y alrededores entre 1966 y 1977. “Ese año me nombraban jefa de zona en La Plata, pero ya no me gustaba cómo se estaba trabajando. Así que sin decirle nada a nadie averigüé cuánto me faltaba para jubilarme. Fui al Ministerio y me dieron un cuaderno donde constaba toda mi foja y me dijeron que estaba en condiciones de jubilarme. Al día siguiente entonces, les cuento a mis compañeras que me jubilaba. Ya para ese entonces yo había abierto el jardín de infantes Modelo en Villa Elisa con la señora de Machicote. Y me jubilé del Ministerio”.

Pero, ávida por el saber, “ya había cursado y finalizado en la Universidad Católica de La Plata y la carrera de Ciencias de la Educación y la licenciatura de nivel preprimario y primaria”.

Los últimos 30 años los ha trabajado en el jardín de Villa Elisa, un jardín privado pero para gente muy humilde. “Mi marido tenía unos terrenitos en Gonnet que finalmente no se usaron para lo que estaba planeado y los vendimos para comprar una casita en Villa Elisa –explica-. Antes de eso nos instalamos en un garaje, de un señor de apellido Chiruzzi”.

El jardín tiene un 100% de subvención para sueldos de maestros y una cuota módica alcanza para solventar el resto de los gastos. “Y si bien tenemos la obligación de tener un 10% de becados, nosotros tenemos un 70. Han pasado 5000 chicos o más por el jardín. Hay ex alumnos nos traen a sus hijos, y no sé si no habrá nietos de alguno, ya”, dice.

         Gogó no se cansa de leer y estudiar. “Ahora estoy leyendo investigaciones hechas en Harvard sobre las inteligencias múltiples: por qué tiene un chico problemas de aprendizaje. Ese libro habla de que no hay una inteligencia sino inteligencias múltiples. Si hay algo insondable es la inteligencia humana”, sentencia y prosigue: “El niño nace con un potencial de inteligencia. que se desarrolla si el medio le es favorable: que esté en un ambiente que no lo perturbe. A los chicos no les tenemos que hablar sino que escuchar. Y ellos tienen que ver nuestra observación de la naturaleza tenemos que escucharlos cuando habla, y preguntarle sobre su parecer”.


Y como para cerrar la historia, agrega: “Es una cosa de locos la vocación mía. La inspectora me preguntó hasta cuándo voy a seguir trabajando. Y le contesté que aunque parezca mentira, cuando en mi casa suena el despertador y me tengo que levantar a las 6 de la mañana, nunca, nunca dije me quedaría. Llego al jardín y es una cosa... El parloteo de los chicos es como una música. Siempre haciendo las cosas de la mejor manera, con el mayor respeto por el chico.
“El chico es un ser en desarrollo único e irrepetible, con sus necesidades e intereses y nosotros no lo podemos poner como una tabla rasa nunca, porque ahí es donde los frustramos. En mi jardín no hay penitencia. A veces una madre pregunta cómo se portó el chico. Y no existe el portarse bien o mal...  Son conductas de te olvidaste, te equivocaste, hoy lo hiciste mejor que ayer... pero eso de marcar a un chico de que es terrible, nunca.
“Hay muchas personas grandes que recuerdan con cariño a sus maestros y que han sido marcados por ellos” desliza, como una sentencia, y el grabador se apagó.

La inspectora de Dardi

En sus tiempos de inspectora zonal de escuelas, a Nelly Estela le tocó inspeccionar el incipiente jardín Egle Tedeschi, de la parroquia que conducía el padre José Dardi. palabras más o menos, un diálogo fue el siguiente:
-         Padre, ¿dónde están las aulas?
-         Eehh, ma mira... cuando hace mucho frío, a los chicos los tengo en el atrio de la iglesia.
-         ¿Y para cuándo calcula que tendrá las aulas?
-         Para marzo.
-         Bueno, padre. Si en marzo no están listas, tendremos que cerrarle el jardín.

Y durante todo ese verano, cada día el sacerdote pasaba con su Jeep por la casa de la inspectora y le tocaba bocina para que viera las donaciones que había conseguido para la construcción de las aulas.
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Aldo Illesca
(City Bell-Hechos y Personajes, 1997).

Fue piloto de aviones e inspector de vuelo. Voló durante más de cuarenta años. Pero desde los diez se dedica al ferromodelismo: el hobby de fabricar y coleccionar trenes eléctricos en escala. Tiene setenta locomotoras, un sinnúmero de vagones y la pasión de los chicos abocada a sus juguetes.


Tendría unos diez años Aldo Illesca cuando se interesó por primera vez por un tren. Su padre le había enseñado los rudimentos típicos que se le suele enseñar a los hijos varones: martillar, cortar hojalata, soldar con estaño... y con ellos y un poco de imaginación, fue pergeñando la que fue su primera locomotora de juguete. “De las latas de conserva cortaba las ruedas aprovechando el borde que tienen, para que fueran la pestaña que hace que el tren se mantenga sobre el riel. La caldera podía ser una vieja máquina de flit, y con hojalata recortada y soldada iba haciendo el resto. Los rieles eran dos alambres perfectamente derechos clavados en la tierra del jardín de mi mamá”, rememora sesenta años después de aquella ópera prima. Se trataba de una máquina de unos cuarenta centímetros de largo que él se entretenía empujándola ya que no tenía tracción propia. Acabó en manos de un amigo en Rosario, y nunca pudo recuperarla.

“Setenta vagones”
“El hobby en sí era no sólo jugar. Dentro de lo que es el hobby está la parte manual, la que uno trabaja para hacerlo a escala, exactamente igual al modelo original. Hoy, el ferromodelismo es comprar las partes y armarlo, pero todo viene importado”, remarca.

Hoy Illesca guarda con celo su preciosa colección con setenta réplicas exactas de las más diversas locomotoras, un sinnúmero de vagones y accesorios y una extensión en rieles que él mismo reconoce ignorar.

No todo han sido trenes en la vida de don Aldo. Durante casi cincuenta años fue aviador y de esa profesión conserva una réplica telecomandada que, esporádicamente, hace volar con la concentración de quien tripula un Jumbo. Fue construida por él mismo, y hasta la gorra de cuero y las antiparras del piloto son obra suya. Ha hecho muchos amigos en el mundillo de los pilotos y uno de sus trofeos es una hélice de un avión Cessna que le enviaron como reconocimiento desde Bella Vista, en la provincia de Corrientes.

Romance con el cielo
“He volado casi cincuenta años como piloto civil y en la Fuerza Aérea fui inspector de vuelo de aviadores civiles. He volado todos los aviones tomando exámenes tanto de día como de noche”, dice, para agregar que a menudo en sus vuelos su esposa Elsa fue una compañía infaltable. “Ella me acompañó siempre, hemos ido a distintos lugares, y ella llevaba hasta los salamines y el mate para comer y tomar durante el vuelo”. “Volar es hermoso -remarca Elsa-, es como una droga”.

Posiblemente, el hobby por el ferromodelismo venga de la misma sangre. “Mis tíos eran maquinistas del antiguo Ferrocarril Central Argentino (hoy Mitre) y siempre me llamó la atención lo impresionanrte que era ver una locomotora a vapor. Eran imponentes”, recuerda Aldo no sin entusiasmo.

Un lugar en la casa
 Al fondo de su casa los Illesca tienen una habitación dedicada exclusivamente al hobby de los trenes. No fue oportuna la fecha elegida para la nota, ya que Aldo anda preocupado por modificar el radio de una curva para que puedan tomarla mejor las locomotoras más grandes. Eso hace que actualmente el circuito vial no esté cerrado y los trenes sólo circulen de una punta a la otra de una larga mesa en forma de “T”, y regresen por el mismo camino. Sin embargo, ello no quita que transiten por un imponente puente de tipo americano construido en madera por la misma paciente mano de este niño adulto.

A la par de él, otro puente menos imponente del tipo europeo, que reconoce igual constructor, cruza también un lago de vidrio y rodeado de rocas y vegetación, todo en escala. Dos estaciones esperan entrar en servicio. Una será para los trenes de vapor y la otra para los diesel eléctricos, los dos grandes bandos que conforman la colección. También están clasificados en americanos y europeos, diferencia que Illesca explica fácilmente.

Los americanos necesitaban cubrir grandes trayectos en su territorio, y para eso idearon grandes máquinas. En la segunda guerra mundial, para llevar pertrechos desde la costa esta a la oeste, destinados al frente del Pacífico, fabricaron las locomotoras más grandes del mundo, articuladas en el medio, y que tiraban hasta 130 vagones. Los europeos, en cambio, se arreglaban bien con locomotoras más chicas, ya que tenían ciudades más cercanas unas de otras para abastecerlos de agua y carbón”.

Asignatura pendiente
Hablar del actual ferrocarril argentino es como remover una vieja herida en el alma de Aldo. Él no comprende que en estos momentos en que el ferrocarril se está revalorizando en todo el mundo, en que hay países que construyen trenes tan veloces como para competir con los aviones en tiempo y comodidad, aquí se sigan levantando ramales. “El ferrocarril es un invento de la humanidad usado para desarrollar y engrandecer países. Argentina llegó a ser el tercer o cuarto país del mundo, con 40 000 kilómetros de vías férreas. Hoy creo que no tenemos ni la cuarta parte. Han quedado pueblos fantasmas al costado de la vía, porque ni las rutas pueden suplir lo que el tren da. La vida era el tren. La vida en todo el sentido de la palabra, porque transportaba a las personas y a los alimentos, al ganado, la producción”, se indigna.

Europa, dice, está enlazada con ferrocarriles. Una locomotora de vapor o diesel eléctrica “tiene una vida útil de cien años, y nosotros las destruimos como chatarra cuando en China aún utilizan algunos trenes de vapor”.

Para Illesca el tren es además cómodo en todo sentido y como prueba de sus dichos vuelve a referirse a la rapidez. “Hace unos cuarenta años, una locomotora a vapor marcó 210 kilómetros por hora de velocidad”. Aunque las modernas, claro está, son más rápidas. Acota que un tren de alta velocidad en Alemania llegó a marcar 500 kilómetros horarios en su velocímetro, mientras sus tripulantes brindaban sin que el champán se derramara de sus copas, en tanto la velocidad crucero de estos artefactos modernos alcanza los 300 sin ningún problema.

Tocata y fuga
 Ya en la puerta de su casa, asegura que la aviación ya lo saturó un poco y que ninguna de sus muchas locomotoras en escala es la preferida, que a todas quiere por igual. Y su mirada se pierde en uno de los treinta y tantos vagones de carga del Roca que justo a esa hora de la tarde era deslizado por el ronroneo de una locomotora por el ramal que pasa frente a su casa. Un ronroneo que era una música que sonaba a violín en su corazón.


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Ramón López de Munaín
(City Bell-Hechos y Personajes, 1997). 

Don Ramón es un muy querido vecino de su barrio. Acaba de cumplir 91 años. Atiende su comercio, hace su quinta y dice que piensa vivir hasta los 100, por lo menos.


A menudo tendemos a estereotipar a los entrevistados. Cuando al cronista le encargaron hacer una nota con un viejo vecino de City Bell, inmigrante y español de 91 años cumplidos el 28 de septiembre reciente, enseguida creyó que se toparía con alguien doblegado por el tiempo vivido, signado por los recuerdos de la guerra y de aquella tierra que alguna vez dejó y a la cual nunca pudo retornar como íntimamente lo desearía. Pero no. Ramón López de Munaín no estuvo en la guerra. Llegó a las tierras del Plata cuando apenas tenía dos años y jamás pensó en retornar, ni siquiera para visitar a sus parientes de la península.

Nació en España en 1906, en la  provincia  de Navarra, dentro de la región conocida como el país vasco. Su padre fue labrador en el viejo mundo, pero una vez llegada la familia a la Argentina en 1908, se empleó como obrero de la cristalería de la localidad de Hudson, en el Gran Buenos Aires. Ramón tuvo dos hermanas y en su barrio fue a la escuela hasta cuarto grado. Quinto y sexto grados no había, por lo que tuvo que hacerlos en Quilmes, donde siguió también el secundario.

“Luego fui ferroviario hasta que en 1960 me jubilé. Era jefe de estación relevante de ausencias y licencias en el ramal del Roca -evoca Ramón, como si hablara del año pasado-. Acá, en City Bell hace 35 años que vivo”.

Vivía en La Plata cuando se jubiló y a los ocho días ya  estaba trabajando en una constructora de General Madariaga, como empleado administrativo. “Fui por unos meses y estuve ocho años -se ríe-. Después me aburrí y con lo ahorrado en ese trabajo compré una casa aquí y mi esposa puso un  negocio”. 

Don Ramón y su hija viven solos hoy y aseguran que por nada del mundo cambiarían el barrio donde viven. Su casa está a las puertas de lo que años atrás se conocía como “Barrio Güemes”, donde la calle 19 se topa con esta última, y se tuerce levemente para  encontrarse con Monteagudo. Si bien la 19 y la Monteagudo son asfaltadas desde hace bastante tiempo, cuando ellos llegaron a la barriada eso no era así. “Esto era barro. Teníamos un kiosco y luego una rotisería, que trabajábamos mucho. Si hasta número teníamos que dar. Pero mi señora se empezó a enfermar y decidimos cerrar. Así que volvimos a poner kiosco”, cuenta Ramón. Su hija es una costurera bastamente conocida en City Bell, y no pocas señoras del vecindario aprendieron a coser según sus técnicas. Así que con el tiempo el kiosco derivó en mercería con algún anexo de librería escolar y otros accesorios.

Pero más empujado que convencido por su hija, Ramón decidió que con el último día de septiembre -día que, coincidencias a parte, se hizo esta entrevista-, bajaría por última vez la cortina de su comercio. “Me voy a dedicar a vago”, dice con ironía este hombre que ha trabajado toda su vida, aunque hace ya treinta y cinco años que se jubiló. “Tengo mi quintita, me entretengo con las plantas, punteo la tierra”. Lo que no lo convence demasiado es que su hija le ha restringido la superficie de tierra a trabajar. “Ya no me deja hacerla tan grande. Quiere que me cuide, así que me puso ese alambrado como límite para que yo trabaje la tierra”.

Acá no uso la maquinita -dice volviendo a su actividad detrás del mostrador, y señalando una calculadora-, con la cabeza, sumo, multiplico, uso la cabeza y nada más. Me parece que es mejor que usar la maquinita. Aunque la máquina no falle y uno pueda fallar”, dice admitiendo la falibilidad del ser humano.

Hice una vida normal. No fumé, no tomé, no anduve calavereando, salvo los bailes de juventud, que siempre me gustaron” cuenta respondiendo al interrogante de cómo se hace para llegar a su edad en óptimo estado.

Ramón supo también ser un buen deportista. “Iba a jugar fútbol a Racing de Bavio pero soy hincha de Gimnasia -dice-. Iba a verlos cuando jugaban en la cancha de 12 y 70, en el club Gutenberg. Me gustaba Naón, de Gimnasia. Recuerdo de aquellos primeros tiempos al equipo que formaban Scarpone, Sancé y Bulla; Felice, Felice y Felice (eran tres hermanos);Currell, Iturrería, Zoroza, Bacci y Morgan”. Por aquellos tiempos, López de Munaín jugaba de “jas”, de  mediocampista. En Hudson jugó en la tercera división del club local y en 1925, “salimos segundos en tercera división de la Liga Quilmeña”, cuenta con orgullo.

Puesto a comparar, Ramón dice que “es más vistoso el fútbol de ahora, porque antes se jugaba distinto, era uno, dos, tres y los cinco adelante. Hoy hay buenos jugadores. Me gustan todos los equipos. Está Maradona, que aunque viejo, sigue siendo bueno. También Guillermo Barros Schellotto me gusta mucho. Y Francéscoli”... enumera, para agregar que nunca se pierde la televisación de los partidos, sin importar demasiado quiénes sean los contrincantes.

Un día en la vida de este abuelo no demuestra nada en particular, a excepción de su meticulosidad. “Me levanto siete y media a tomar mate amargo. Nueve, nueve y media, tomo café con leche. Almuerzo, duermo una siesta y cuando me despierto, tomo otra vez mate. A las cinco y media o seis, otro café con leche, luego la cena y a las diez de la noche me voy a dormir”, explica con simpleza.

Nací en España pero soy bastante criollo - dice quien gusta de mate amargo, buenos asados, tango, chacarera y ranchera-. Después del desayuno,  barro la vereda, limpio el local y lo atiendo”. El año pasado los vecinos le hicieron una gran fiesta para los noventa años. “Hay muy buenos vecinos en el barrio y me regalaron un sillón de hamaca”.

Me sentía cómodo acá -dice explicando el por qué de su permanencia en el país en lugar de retornar a su España natal-. Mis padres tenían trabajo acá, y no me gustó ni me gustaría volver. Mi hija sí viajó y conoció la casa donde nací. Una prima de allá estuvo dos o tres veces acá. Tengo otra prima en Madrid y parientes en Italia”.

En las fiestas patrias, no se me cae la escarapela. Yo soy gallego y uso escarapela más que los demás”, dice con el pecho henchido de patriotismo y apego a la tierra que le dio cobijo. “Yo veo gente los días de fecha patria que viene al negocio sin una escarapela en el pecho. Yo no concibo eso”.

La vida cambia -dice-, en mi época se respetaba a las personas mayores. No le echo la culpa a los chicos. La culpa es de los grandes que no los sabemos educar. Hoy los grandes tiran papeles en la calle, los papeles de caramelos en el piso. Todo ha cambiado pero no solo en la Argentina, es general. Ha cambiado mucho la vida en el mundo entero”.

De los tiempos pasados, dice añorar “el respeto mutuo, que hoy no se tiene la gente. Para bien hemos cambiado en las comodidades de la casa. Hoy, con apretar un botón se lava la ropa..., antes había que juntar leña para  cocinar... Ahora hay de todo -prosigue-, gente buena, buenísima, como los vecinos nuestros. No nos visitamos a tomar mate, pero si precisamos algo, enseguida están acá. Ese es el verdadero vecino. Este barrio tiene vecinos nuevos, pero son todos buenos”.

           “Yo ya les he dicho que voy a llegar a los 100, y vamos a hacer una fiesta grande. Lo único que pido es que Dios me dé salud. Hace 22 años me operé de la cadera y me pusieron una prótesis. El Dr. Moviglia me atiende y lo único que tomo son pastillas por una artrosis de la rodilla y otras para la próstata, que hace seis meses me empezó a molestar. El doctor me preguntó como hago para vivir tanto”, dice feliz.
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Alfonso Marcellini
(City Bell-Hechos y Personajes, 1997)

Desde hace alrededor de sesenta años arregla balanzas de todo tipo. Vivió en el esplendor de Berisso y vino a City Bell para curar a un hijo. Asegura que nunca se irá de aquí.

Nacido en 1913, Alfonso Marcellini es lo que se dice una persona que sabe tomarle el peso a la realidad. Y aunque está afincado en City Bell desde 1951 su sangre familiar lo ha obligado a tocar más de un puerto a lo largo de su vida.

Sus padres partieron ambos en 1895 desde Ancona, Italia, y las largas jornadas a bordo de un barco de inmigrantes hicieron que se conocieran y ya no se separaran. Las publicidades que atrapaban las ilusiones de los colonos no decían toda la verdad sobre el destino final del contingente, y el paraíso prometido a las orillas del Plata acabó siendo nueve años de muy duro trabajo en los montes de San Pablo, Brasil.

El sacrificio de casi una década más los contactos con familiares llegados a la Argentina con anterioridad, permitieron que al cabo de ese lapso se radicaran en Colón, provincia de Buenos Aires, donde acabaron de nacer los once hijos que el joven matrimonio de chacareros italianos llegó a criar. “Mi padre a todos nos dio educación, sexto grado de primaria, lo que por entonces era mucho, porque alcanzar cuarto grado era ya demasiado”, evoca el séptimo hijo de aquellos Marcellini en el living de su casa de City Bell. Alfonso no fue como dice la leyenda -un lobizón-, pero sí como marca la tradición: resultó apadrinado por el entonces presidente de la Nación, el doctor Roque Sáenz Peña.

Tenía 14 años cuando estaba seguro ya de querer estudiar medicina. Sin embargo las arcas familiares eran flacas y se hacía menester que Alfonso se abocara al aprendizaje de un oficio. “Por aquella época había escuela de oficios en San Nicolás Y también en Colón, Entre Ríos. En la de San Nicolás no había vacantes, así que tuve que viajar a la de Entre Ríos. Hasta allí me acompañó mi padre, en tren, cruzando el ferry boat, porque antes no existía el puente de Zárate”.

La vida como pupilo fue una gran experiencia para Marcellini. Eran 250 alumnos de todas partes del país, y ellos debían hacer todo: desde la limpieza hasta el servicio de comedor, además de las ocho horas de clase diarias a las que asistían en el internado. “Durante el primer año eran tres meses de ajuste mecánico de banco, tres de carpintería y tres de herrería. El segundo año cada uno elegía su especialidad. Lo malo era que cada vez que volvía a casa de vacaciones, tenía que ir a trabajar al campo para juntar dinero y poder volver a la escuela, porque en casa no había” señala.

Sin olvidarse de la enseñanza de su padre, aquella que decía que “el hombre que se gana la vida trabajando, ese es un hombre honrado”, finalizados sus estudios Alfonso salió a buscar trabajo. Y lo encontró no muy lejos de donde había estado estudiando, en un frigorífico llamado “Liebig”, obtenido por los ingleses como botín de triunfo sobre la alianza alemana luego de la Primera Guerra Mundial. “Trabajé ahí durante dos faenas. Pero cada faena duraba sólo cuatro meses, así que había poco trabajo. Mientras tanto, un amigo mío estaba trabajando en el frigorífico Swift de Berisso, y me dio una tarjeta para que me presentara. Me tomaron una prueba y entré como personal especializado”. Allí trabajó treinta y un años seguidos.

En esa época “Berisso era siempre de día, no había noches. Siempre digo que la calle Nueva York debería declararse patrimonio nacional o mundial, puesto que vivió todo el esplendor de la época de los frigoríficos. Yo me casé y me fui a vivir ahí. En el Swift ganaba noventa centavos la hora, mientras en Liebig ganaba cincuenta. Con ciento ochenta pesos al mes tenía un gran sueldo”, se enorgullece Marcellini.

“En esos tiempos fueron las grandes huelgas de los frigoríficos, en 1945 -explica-. Perón estaba en lo que se llamaba el Departamento Nacional de Trabajo junto a Domingo Mercante. Luego fue la Secretaría de Trabajo y Previsión, y nosotros fuimos los impulsores de ese cambio. Hicimos una huelga que duró tres meses, con Cipriano Reyes, secretario general, a la cabeza. En tanto me entero de que estaban tomando gente en la Fábrica Militar de Aviones de Córdoba y hacia allá me voy. Mi familia quedaba en Berisso, yo tenía que vivir en una pensión, pero el sueldo era tan bueno que me alcanzaba para mandar dinero a ellos y sobraba”. Solucionado el conflicto regresa junto a los suyos y al frigorífico luego de once meses de suspensión que le dieron por activista gremial.

No solo habían sido buenas épocas para Berisso. City Bell era conocido por entonces como “la Córdoba Chica”, por lo benéfico de su clima. Corría 1948 y los Marcellini tenían uno de sus tres hijos con problemas de salud. Fue así que el médico les recomendó mudarse de la ciudad industrial ribereña donde vivían y trasladarse hacia aquí. “Encontré un terreno en la calle 12 entre 1 y 2. Yo me había criado en el campo. Mientras viví en Entre Ríos había vivido frente a las barrancas del Uruguay. Así que City Bell me gustó mucho”, recuerda.

Los buenos sueldos del Swift y la ayuda de un préstamo bancario para viviendas permitieron construir una casa para la familia y trasladarse en 1951. “Pero hacia 1960 empezaron a echar gente de los frigoríficos. A mí también me echaron y me dieron una indemnización en seis meses. Puse algunas herramientas en el maletín, y salí a buscar trabajo por La Plata. En micro y a pie”. Eran épocas en que el primer micro entraba a City Bell a las siete de la mañana y el último lo hacía a las diez de la noche. Y eran once las cuadras que Alfonso caminaba a la ida y a la vuelta, con el peso de sus herramientas a cuestas.

Muchas casas de La Plata me dieron trabajo -agradece aún hoy Alfonso-. Hacía el service de las balanzas de trece casas de La Plata, Brandsen y Abasto. Luego entré a la Nestlé de Magdalena y ahí conocí a una excelentísima persona que vendía balanzas y maquinarias. Era Germán Spínola, que falleció poco después, y yo hacía los services de sus ventas. Teníamos muchísimo trabajo”.

El trabajo con la empresa de Magdalena duró muchos años y le ayudó a Marcellini a reponerse de su situación económica comprometida luego del despido del Swift. “Mi hija y sus dos hijos vivían conmigo. Y como ella trabajaba, yo pude ayudarla a que construyera una casita para ellos acá cerca”.

Sergio Logiurato, uno de sus nietos, empezó también a aprender el oficio y sobre todo el manejo de ciertas herramientas que requieren de destreza para su uso. Pero no sólo las ha usado para reparar balanzas. Sergio abrazó la expresión artística y ha convertido el taller de su abuelo en atellier de sus obras de escultura y pintura.

Mi inclinación -justifica Alfonso- siempre fue hacer lo que no se consigue o lo que no se puede comprar”. Se trata para él de fabricar aquellas piezas de las balanzas que ya no se consiguen en el mercado por la antigüedad de las mismas. No importa si se trata de hierro forjado o bronce fundido. Y su nieto escultor supo aprovechar esas técnicas aprendidas por Alfonso en la Escuela de Oficios de Colón para enriquecer su arte.

Un hombre que como Alfonso Marcellini lleva casi sesenta años reparando balanzas, ha visto de todo en el desarrollo de la actividad comercial. La avanzada de la electrónica le ha acotado la demanda de su trabajo, pero no tanto como para decir que el suyo es un oficio en extinción. “Es que un frigorífico no puede parar una faena porque se cortó la luz o se quema un cabezal de una balanza electrónica -dice-. Además, en muchos lados, son combinadas: el cabezal electrónico y el resto mecánico”.
Confiesa que hay comerciantes deshonestos -los menos- que saben que poner un imán en determinado lugar de la balanza o pesar sobre el borde del plato les significa una pequeña ganancia a su favor. Sin embargo, responde con una sonrisa irónica cuando se le pregunta si se anima a recomponer la balanza de la Justicia.
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Juan Garde
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997).

En 1926 llegó a City Bell para no irse nunca más. Es uno de los fundadores de la Asociación de Jóvenes Cristianos, hoy Argentino Juvenil Club. Brindó muchos años de su vida a la institución donde hizo de todo: brilló como futbolista en los años ‘40, fue buffetero, asador y miembro de la comisión directiva en aquellos años de oro.

Posiblemente muchos ignoren el pasado de nuestras instituciones. Sobre todo los más jóvenes tal vez no sepan que el Argentino Juvenil Club es todo una leyenda y fue, hacia los años ‘40 y ‘50, una de las instituciones más relevantes de la zona, incluida La Plata. Ni que tuvo un antecedente como asociación cristiana.

Juan Garde tuvo en su juventud la dicha de ser un pionero junto a otros jóvenes y fundar la Asociación de Jóvenes Cristianos. Eran en su mayoría adolescentes y por eso contaban con el asesoramiento de Antonio Serena. Regenteaba el grupo el padre Casiano Goldarás, franciscano del convento de Villa Elisa, al igual que otros religiosos que lo secundaban como los padres Francisco, Pablo y Elías, que actuaban como “garantes” del club.

Garde cuenta con orgullo que aún guarda la solicitud de ingreso fechada el 2 de diciembre de 1942, un poco antes de lo que todos conocen como nacimiento del Juvenil (1946). “El primer presidente fue Ángel Gerardo” -recuerda- y además estaban Alfredo Gismano, José López, Rafael Ferro, Horacio Flores, Carlos Garat, Juan Carlos, Oscar y Honoria Campi -esta última la única mujer del grupo-, Constanzo, Omar Chiessa y otros más” que la memoria de Garde -el mayor de todos- no retiene a los casi 78 años.

Las primeras reuniones se hicieron en la glorieta que había en la capilla del Sagrado Corazón. Luego se trasladan a lo de Antonio Campi, hasta que consiguen en préstamo una casa situada en Cantilo y 1, por entonces de don Ángel Cogoma y luego de la familia Chiessa. Todos integraban el coro de la capilla y la supervisión de los sacerdotes era casi permanente. De allí que pasaran a ser conocidos como los del “Club de la Vela”, en una suerte de chanza relacionada con los cirios litúrgicos.

En realidad, este puñado de jóvenes era un desprendimiento del Club Atlético en los tiempos en que lo presidía José Verge, luego de alguna rencilla propia de los clubes barriales, pero que fue suficiente para inscribir en la historia la rivalidad eterna entre ambas instituciones.

Hacia 1945, la influencia religiosa ya no era tan marcada y deciden consolidar la agrupación pero con el nombre de “Argentino Junior Club”, una manera de aprovechar las siglas que formaba la anterior denominación y que quedarían inmortalizadas en el escudo de chapa que el mismo Omar Chiessa confeccionó a mano en su casa.

Pero como el nombre incluía una palabra extranjera, no fue aceptado y por tal motivo quedó como “Argentino Juvenil Club”.
Por esos tiempos, también, deben dejar la sede de Cantilo y 1, pero no tardaron mucho en alcanzar la vieja casona de la calle 19.

Pertenecía a una mujer viuda, residente en la Capital Federal, y quiso la historia que un bisnieto de ella jugara en el fútbol infantil por estos años de renacer del Club.

Fueron famosos por entonces los equipos de basquet y de fútbol del AJC, fama que Garde tenía documentada en un sinnúmero de fotografías que nunca volvió a ver luego de cederlas en préstamo a un desaparecido medio periodístico local. En la década del ‘40 fueron tres veces campeones de la Liga Norte y jugaban apellidos que supieron vestir casacas de grandes clubes años después. En el amateurismo, el mismo Garde calzó los botines hasta los 53 años. “Pero un día, jugando con pibes de veinticinco ni la vi pasar y me dije que eso ya no era para mí”, cuenta no sin nostalgia.

“Dos orquestas dos”
Formalmente fundado en febrero de 1946, el AJC alcanzó muy pronto un renombre zonal que alcanzó no sólo con el deporte sino también con sus famosos bailes, Por su escenario desfilaron todas las grandes orquestas tangueras y “típicas” de aquellos años.

El cuarteto de Roberto Firpo fue el primero de los famosos en animar la noche de City Bell, y de aquel día Garde recuerda algo más que anecdótico. “Habíamos terminado la pista con mosaicos comprados a la fábrica La Unión. El baile era el sábado y el lunes era el último plazo para pagarlos, así que si nos iba mal, quedaba enganchada toda la comisión directiva”.

Pero las cosas salieron mejor de lo deseado y de ahí en más se inició una seguidilla de éxitos que los bailes del Juvenil se recuerdan aún hoy. “Los carnavales nuestros estaban entre los tres primeros en recaudación de toda La Plata. Se llegaban a juntar entre tres mil quinientos y cuatro mil personas. Vendíamos ciento sesenta cajones de cerveza  por noche, eran seis mozos y el buffet empezaba en la esquina, seguía por el costado de 19 y al fondo, doblaba”, se entusiasma Garde con los recuerdos.

Recuerda entre los mozos los apellidos de Cejas, Díaz, Forneris y Escobar, en tanto que nombra a Víctor Ventura como el responsable de asar las casi ochenta docenas de chorizos que noche a noche se vendían en las veladas danzantes. Se fletaban micros especiales desde La Plata, y desde la zona de quintas venían camiones llenos de gente. “Uno se paraba en la esquina de Cantilo, y desde 19 hacia el Camino Belgrano eran todas cabecitas que venían hacia el Club”, grafica.

Naturalmente que aquellos bailes no eran como los de hoy. Empezaban a las 10 de la noche y terminaban a las 4 de la mañana. Era un clima muy familiar y casi nunca ocurría incidente alguno. Lo que tal vez sí tengan de semejante es que muchos romances se gestaron en sus penumbras y muchas familias respetables del City Bell de hoy se han originado allí.

“¡Uh, cuántos se engancharon en esos bailes!”, se ríe Juan rememorando épocas mozas, y en seguida prefiere evocar las orquestas que subieron al escenario del Juvenil: Adolfo Pérez Pocholo, Enrique Rodríguez, Ariel Pedernera, Juan Cambareri, Osvaldo Pugliese, Juan Darienzo... “La única que no vino fue la orquesta de Francisco Canaro, y cuando vino Feliciano Brunelli, tuvimos que cerrar las puertas porque ya no entraba más gente”, rememora nostálgico.

Garde es un hombre humilde, casado con Margarita Larrachado a quien conoce desde que una vez ella pisó City Bell para visitar a una amiga. Desde entonces, no pudo pensar en otra persona ni en otro lugar para vivir. Su casa es modesta y Carlos Gardel preside el comedor desde varias imágenes enmarcadas. Lo acompañan Perón y Eva, preferencias políticas innegables de la familia. Tal vez por eso, porque fue un golpe muy duro a su corazón de club, que no cuenta un episodio ocurrido en la casona de Cantilo y 19 en 1955.

Fue durante la revolución que derrocó el gobierno de Juan Perón que un grupo de contrarrevolucionarios conspiraban a escondidas de la comisión directiva y en favor del régimen saliente. Hubo detenidos y fusilados, y el honor del Club estuvo al borde de la difamación.

Pero Volvamos a don Juan Garde. Muchos eran los que llevaban sobre sus hombros la responsabilidad de ese club exitoso. Entre otros, estaban Domingo Molfino (que ocupó la vicepresidencia y luego la presidencia), Jorge Dorr, Francisco Del Tufo (eximio timonel financiero desde la tesorería), Félix Lauretti, Juan Negri, Bogoni, Ramos y otros. “Después de cada baile, nos reuníamos en la secretaría y sentados en el piso planchábamos pilas de billetes; y nadie se iba hasta no saber cuánto se había recaudado y cuánto gastado”, dice con orgullo por la transparencia de las cosas.

Para el final, quedó una anécdota de los inicios del Juvenil. “El presidente era Antonio Roncagliolo y puso para el club un ordenanza con uniforme y todo. Era Félix Lauretti, y vestía traje y gorra azul con franjas amarillas, los colores del club. Quería hacer un club de categoría, pero en la comisión éramos todos gente de trabajo”, dice, con entonación de puntos suspensivos.
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Amanda Parache
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997).

Es vecina del barrio Savoia pero trabaja como guardaparque del parque Pereyra Iraola. Es además voluntaria en el Centro Oncológico de Gonnet. “La necesidad me llevó siempre a aprender cosas”, dice.

         Desde muy chiquita Amanda sabía que la vida sería dura con ella. A falta de papá y mamá la crió su abuelito, pero no por mucho tiempo. También él moriría pronto y ella misma, desde sus siete añitos, debería ser la mamá de sus propios hermanitos.

         Tal vez por eso el destino le fue forjando ese alma de samaritana que es hoy el pasaporte que le permite vivir con la libertad de quien comparte el sufrimiento ajeno; de quien defiende la vida, cualquiera sea la especie en peligro. “Estoy muy poco en casa. Y aunque tengo unos vecinos muy buenos, conozco poco mi barrio, porque estoy muchas horas en mi trabajo, y de ahí, muchas veces voy directo al Oncológico”, dice quien, además de ser guardaparque en el Parque Pereyra, invierte horas como voluntaria en ese centro hospitalario de Gonnet.

         La protagonista de esta vida casi novelesca es Amanda Parache, una mujer de 53 años, mamá de tres hijos de entre 21 y 32, nacida en Cacharí y, desde 1982, vecina del barrio Savoia de City Bell. Amanda llegó a su destino laboral hace algo más de un año, luego de catorce años de empleada en la contaduría del actual Ministerio de la Producción. Cuestiones rayanas con el celo y la rivalidad como suelen darse en cualquier ambiente de trabajo, la obligaron a buscar nuevos aires. Y para eso, nada mejor que un lugar de trabajo aireado, inserto entre verdes y ocres, como el cuerpo de guardaparques de ese paseo público dependiente del mismo Ministerio.

Lugar de película
         Una soleada tarde de septiembre, el marco ideal para hacer una nota en el corazón del parque Pereyra Iraola. La casona del mismo, el lugar de la cita que deparará más de una sorpresa: la vida azarosa de esta mujer -Amanda Parache-, los incontables problemas que a diario enfrentan sus cuidadores, y un misterio develado por primera vez a la curiosidad del cronista: trasponer las portazas del viejo casco de lo que fue la estancia Santa Rosa, el palacete donde tantas publicidades y películas del cine se han filmado. El patio donde Camila O´Gorman y su amor con sotana jugaron al gallito ciego, por ejemplo. Descender a lo que podrían haber sido los calabozos o, al menos, las habitaciones de los esclavos del siglo pasado, para trepar luego infinitos peldaños y encontrarse en el cotizado mirador de la construcción. Una deferencia que la guardaparque y el administrador del Parque han tenido con este notero agradecido. Es que es una experiencia inigualable la de estar al mismo nivel que el follaje de plantas centenarias y únicas como aquellos eucaliptos cuyas semillas trajo Sarmiento. O las palmeras que, con sus ochenta años, se acercan al final de su expectativa de vida y cuya reposición nadie ha previsto aún.

         La vida en el Parque ha cambiado de manera apreciable desde hace tres meses, cuando se hizo cargo de su administración el nuevo interventor, César Recalt. Sentado detrás de un escritorio tan viejo como la casona misma, Recalt habla de las 10.247 hectáreas que comprende el área a su cargo, de las cuales sólo 800 fueron abiertas al público en su oportunidad. “Queremos desmontar la selva que llega hasta la ruta 2 para recuperar ese sector para el turismo. Se trata de acacias negras, que por ley son consideradas plagas, y que nos han ido ganando el espacio verde -dice-. También queremos extender el Parque hasta su límite hacia el este, que es el Río de la Plata”.

Trabajar paseando
         Recalt habla con el entusiasmo de todo funcionario nuevo. Y aunque no ignora que es difícil administrar algo sin tener presupuesto asignado, asegura que ya recuperó las motosierras inutilizadas que recibió en el inventario, y que las dos cortadoras de pasto recibidas se han multiplicado por tres en este breve lapso de gestión.

         Los baños fueron virtualmente reconstruidos y hay personas que los fines de semana se ocupan de su cuidado, aunque más no sea por la propina que reciben de los usuarios. No olvidamos que es septiembre y que en el día de la primavera Pereyra se convierte en el epicentro social de los jóvenes de la zona. Recalt y su equipo de gente velan armas para esa fecha.

         El parque Pereyra es la única reserva forestal naturalizada de la provincia de Buenos Aires y Amanda tiene clara conciencia de ello. Pocas horas pasa en la sala de guardaparques o en las oficinas del primer piso de la casona. Su tiempo transcurre mayormente por los senderos caracoleantes del parque, munida de mochila y radio, sea para recibir órdenes o para dar parte de cualquier anomalía detectada.

         Ella se ocupa del cuidado del molino holandés y de la organización de una muestra fotográfica cuyo tema central es la vida en el Parque. Hay en las fotos expuestas firmas de conocidos vecinos de City Bell.


         La recorrida por las calles interiores muestra no pocos árboles quemados o seriamente dañados. Muchos de ellos, están rodeados por una serie de palos pintados de rojo, al tiempo que a su lado un cartel pide clemencia con su mensaje de “no me quemen más”. Es la guardaparque Parache quien se ocupa de hacer el relevamiento y  “protegerlos” de esa manera. Sin embargo, la práctica no siempre da buenos resultados. A menudo, palitos y carteles desaparecen alimentando otro fogón dominguero junto al tronco de un árbol centenario.

La lucha por la vida
         “Una vez plantamos cien pinos. A la mañana siguiente, faltaban treinta -se indigna Amanda-. También desapareció un cartel que puse recordando a un chico que murió en un accidente aquí no más. Fue el primer accidente en que me tocó actuar. Eran tres chicos y mientras yo trataba de contener a uno de ellos que aún vivía, un bombero me felicitó por cómo estaba atendiéndolo. Es que él no sabía que en realidad yo me sentía como si fuera el mismo chico en el suelo”.

         Es que Amanda conoce mucho de sufrimientos y esa sensibilidad le llega también por la vida de la fauna y de la flora. Inconscientemente se preocupa por la supervivencia de ese pulmón verde que es Pereyra. Un pulmón para el conglomerado urbano de Quilmes y de La Plata, en cuyo corazón está City Bell. Y aquí no somos conscientes de ello.

         En Pereyra nadie quiere hablar a grabador abierto, pero hay preocupación por el crecimiento de quintas en tierras del Parque por las que nadie paga un peso en concepto de renta. Y hasta se habla de emprendimientos tipo barrios cerrados o countries en su predio. Pero nadie quiere comprometerse con lo que dice. “Dicen que dicen”, y de ahí no salen.

         Pero esas son cosas que están muy lejos de la preocupación inmediata de Amanda. Para ella valen más las doscientas especies de pájaros que integran la fauna del lugar y los ejemplares arbóreos que día a día sufren la depredación humana. Prefiere apostar a la vida por la vida misma. “Yo digo que no solamente se necesita estudiar para aprender algo, sino vivir como yo, que la necesidad me llevó siempre a aprender cosas. Para mí la vida fue una escuela muy importante, porque aprendí a valorar lo que los libros no te enseñan, que es el valor que tiene cada uno. Sufrir un dolor, con el tiempo me ayudó a entender al que estaba sufriendo”.

         Esa preocupación por el prójimo sufriente hizo que con sus magros ingresos se preocupara por gente de su pueblo que necesitaba atención médica aquí. Les ofreció su casa como hospedaje, les pagó pasajes y los acompañó en sus internaciones apagando su dolor. Así se fue conectando con el Centro Oncológico de Excelencia de la Fundación Mainetti. Y desde allí la llaman cada vez que hay un enfermo solo y apenado.

         “Voy al hospital, los encuentro, me cuentan sus dolores e interiormente sé lo que les pasa. Y por eso doy gracias a Dios por todo lo que pasé y sufrí, porque puedo entender a los demás en su sufrimiento”. Amanda cuenta además que ella sola crió a sus tres hijos, y que con sus manos levantó la casa donde vive con ellos. “Siempre lucho. Me encanta vivir, y para mí vivir es solamente eso: para mí despertarte, respirar y ver el día, no es vivir; hay que hacer cosas para estar vivo”, define así su filosofía. Claro que también ella tiene sus bajones. “Cuando tengo muchos problemas, como todos, llamo al Oncológico, a ver si alguien necesita que lo acompañe. Y ver que hay otros que están peor que yo, me ayuda mucho”, dice.

         “Tengo 53 años, pero pienso que viví como una persona de cien. Será que me trato con gente de distintas edades que quiero tener la edad de la persona con la que trato, para poder llegar mejor a esa persona”, reflexiona.
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Rodolfo Marabini
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997)

 Ingeniero y vecino de City Bell, hace más de treinta años se encontró con muchas preguntas acerca del sol y del espacio. Mucho antes del auge de las computadoras, se sumergió en el tema y de su cerebro surgió más de un invento.


Aunque no le gusta que lo llamen así, habría que decir que Rodolfo Marabini es inventor. “Mejor poné que en vez de inventor soy un curioso que una vez que satisfizo su curiosidad por una cosa, va en busca de otra curiosidad”, dice, inventando una manera de definirse a sí mismo. Nació hace 58 años y desde 1960 está vinculado al Observatorio Astronómico de la Universidad platense, adonde empezó como alumno ayudante.

De Washignton a City Bell
            “Yo vivía en Córdoba. Allí la carrera de electrónica era incipiente y yo tenía mucho interés en estudiar, así que me vine a La Plata, donde la Facultad de Ingeniería tenía mucho renombre por entonces”, sintetiza Marabini sobre sus inicios. Poco tiempo después pudo viajar a Estados Unidos y estudiar en el Carneghie Institute de Washington.

Una vez de regreso al país y con unos treinta años de edad, con algunos elementos que el director del Instituto le regaló pudo armar entre otras cosas un radiotelescopio con el cual se abocó a investigar la corola solar y sus cambios. Hizo también un interferómetro y una antena de 6,60 metros, ambos instalados y en uso en el Parque Pereyra.

Quince años me dediqué a la radioastronomía solar, aproximadamente entre 1960 y 1975. Por una cuestión de curiosidad me interesaba saber e investigar. Por eso me puse a desarrollar el radiotelescopio y pude así investigar la corona solar. En ese radiotelescopio vinculaba la parte óptica con la electrónica y con ese instrumental de desarrollo propio pudimos hacer polimetría e interferometría”.

Vino después una época sumamente difícil para el país. “En 1976 retorna la actividad universitaria normalizada -recuerda-, pero retomar aquello ya no me interesaba tanto. Yo ya me había volcado a la informática y había comenzado a desarrollar software y hardware”. El software -no todos lo sabrán- comprende los programas de la informática, en tanto que el hardware abarca las máquinas y herramientas de apoyo de la computación.

Entrar al gabinete de trabajo de Rodolfo Marabini, instalado en el fondo de su casa a trescientos metros del camino General Belgrano, trae el recuerdo de una famosa fotografía periodística de una silla desvencijada y remendada perteneciente al lugar de investigación del premio Nobel Luis Federico Leloir: un ambiente austero, donde el material de trabajo se amontona por falta de espacio físico. Marabini ha construido él mismo buena parte de las paredes de ladrillo de su taller-escritorio, una obra que comenzó hace ya varios años y que parece no terminarse nunca. Es que ni el tiempo ni la economía parecen colaborar para poner fin al proyecto. 

Así que entre maderas y escombros, entre vigas y revestimientos, aparecen un plotter de fabricación propia, alguna computadora, y entre otros artefactos desconocidos para este cronista, la vedette del momento: un instrumento que permite medir la concentración de gases contaminantes en la atmósfera y que constituye un proyecto de investigación que Rodolfo Marabini está desarrollando en el Observatorio Astronómico. “Yo realizo trabajos que me encargan los mismos científicos del Observatorio para sus trabajos, pero también desarrollo proyectos propios”, explica. Y en la ecuación de tiempo-trabajo, las cuestiones no están tan divididas. A menudo, en su taller de City Bell Marabini realiza parte de los trabajos del Observatorio, dado que en su casa cuenta con instrumental mejor dotado, o viceversa. Lo cierto es que todo apunta al mismo fin de la investigación, que para Rodolfo tiene una premisa que requiere ser defendida contra viento y marea: trabajar con todos materiales nacionales, comprados o fabricados por él, y recurrir a la importación sólo si no queda otra alternativa.

Inventos en equipo
Cubierto en un rincón, con algunas muestras de la humedad ambiental, se halla un plotter de un metro de largo, desarrollado íntegramente por el ingeniero y su hijo Francisco, cuando éste tenía diecisiete o dieciocho años. En una definición burda, pero que alcanzaría para que el lector común capte el concepto, diremos que un plotter es un aparato que sirve para dibujar por medio de una computadora, y que no es fácil de fabricárselo en el fondo de la casa de uno. El invento de los Marabini superó exitosamente su etapa experimental y estaría en condiciones de ser producido en escala industrial si no fuera porque su inventor jamás se preocupó por integrarse a un circuito comercial ni tampoco procurar la financiación de su producción.

Así como en sus trabajos particulares el entrevistado ha contado con la colaboración de su hijo, en el Observatorio cuenta con un equipo de colaboradores cuya tarea no es desdeñable. En estos tiempos en que la informática está en boga, era pertinente preguntar en qué medida ella forma parte de la vida de una familia promedio.

Y Marabini responde: “Está metida en todo lo que sea económico, como el pago de facturas, de impuestos, en los bancos, en las escuelas de los chicos... Todo lo que sea datos e información o generación de la misma, está la informática. En cuanto a la influencia que tiene en la vida particular de cada familia, eso ya depende de cada familia. En mi casa éramos dos “bandos”: mi hijo Franz y yo frente mi esposa Raquel y mis hijas Úrsula y Brígida. Nosotros hablábamos de computación permanentemente y ellas estaban saturadas”. Y agrega: “Depende de la historia y los intereses de la familia. Hoy tenemos un televisor que está manejado por un sistema lógico, un lavarropas que también se rige por un sistema lógico. Antes encendías la luz y no te preocupabas por cómo iban puestos los cables. Hoy encendés un electrodoméstico y pasa lo mismo; no te ponés a pensar cómo funciona”...

La vida en microchips
Sin dudas la irrupción de la computación en la vida diaria van ampliando la brecha entre los jóvenes y los adultos. “Hay gente que más que ignorarla, trata de ignorarla. Y es notable, pero los chicos van solos, son más amigos de la computadora, porque entre ellos y la máquina hay un proceso de amistad más fuerte que con los grandes. La máquina le pregunta a uno si quiere seguir adelante sí o no. Los chicos responden sin cuestionarse como lo haría un adulto”. Para Marabini, en cierto modo ya hay diferencias entre las generaciones. “Los chicos van creciendo en su vida con ese manejo, los grandes tenemos que aprender. Lo malo -remarca- es cuando la persona cree que la computadora le va a resolver los problemas, cuando en realidad va a ayudarle, pero los problemas los tiene que resolver la persona misma. La máquina puede realizar más operaciones en menos tiempo y tener menos dispersión de la atención que el hombre. La máquina puede aprender un montón de cositas que uno le puede ir enseñando, pero el hombre es irreemplazable”.

Ese mismo crecimiento informático implica un avance vertiginoso de la electrónica. “Mis profesores -dice Marabini- habían vivido y seguido el crecimiento de la electrónica. Yo me recibí en una época en que todavía se usaban válvulas, pasé por el transistor, el integrado, y hoy estoy con el microchip. Han pasado varias décadas, pero creo que el conocimiento está creciendo en forma exponencial y no lineal”. Un ejemplo, para él, es el automóvil Ford T, al cual se le daba manija para hacerlo arrancar, un método que se aplicó durante muchos años. “Hoy, a nadie se le ocurriría darle manija a un auto. El Ford T fue la Commodore 64 en la informática”, acota refiriéndose a un tipo de computadora muy en boga diez años atrás y que “hoy es un nene de Jardín de Infantes frente a una PC”, una computadora personal actual.

Como hombre que lleva treinta y siete años dedicado a la educación universitaria no puede soslayar la crisis de la misma en la conversación. “El conocimiento es el dinero de este momento, es el mejor patrimonio que puede tener una persona. Siempre dije a mis hijos que lo importante no es tener dinero sino conocimiento. Argentina no ha invertido dinero en educación y ha perdido la posibilidad, por ejemplo, de ser una potencia en materia de semiconductores y exportarlos. Tenemos capacidad para desarrollar cosas, pero no tenemos el dinero necesario. Si quieren mejorar a la Universidad de la Plata, primero hay que duplicar el presupuesto, y recién después sentarse a hablar sobre el futuro” sentencia.

Familia de parroquianos
Los Marabini (Rodolfo, Raquel, Franz, Úrsula y Brígida), son una familia muy conocida en el ambiente de ambas parroquias de City Bell. Siempre han estado vinculados a una u otra, ya sea en tareas de catequesis, colaborar con el sacerdote en las celebraciones, o subirse a un andamio para reparar un techo o cambiar una instalación eléctrica. Mucho en el funcionamiento de una u otra parroquia lleva el sello de Rodolfo Marabini, quien define que el trabajo en la parroquia se hace ante todo por amor a Dios, pero también por amor a los demás. ¿Qué tiene que ver eso con la investigación radioastronómica, por ejemplo? “Hay una sola cosa que es común a todos: Dios. El hombre es quien completa la obra de Dios y hay cosas que son dones de Dios, como la curiosidad. Y un investigador sin curiosidad, no es buen investigador”, afirma. 

“No se puede dividir en compartimientos estancos. La persona tiene su fe y esa fe podemos aplicarla en muchas cosas. Si uno se pone a pensar, para hacer un crucifijo hay que saber algo de carpintería. Puede ser un carpintero ateo, pero Dios le da la posibilidad de hacer una cruz para que alguien se arrodille a rezar delante de ella. Inventar, investigar -agrega-, es una necesidad natural de la persona. El científico tiende a vivir para sí, pero hay que revertir esa tendencia y hacer que viva también para los demás. Yo soy un curioso que una vez que resolvió su curiosidad, va por otra curiosidad nueva”.
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Alfredo Silleta
 (City Bell-Hechos & Personajes, 1997)

Conocido por sus investigaciones acerca de las sectas, ha profundizado también en el tema de la prostitución de menores y el turismo sexual. Tiene publicada media docena de libros y un proyecto de ley sobre este ultimo tema.

Alfredo Silleta es un vecino como cualquiera. Tiene cuarenta años, está casado y tiene dos hijos, un varón y una mujer. Habita una luminosa casa de un barrio de City Bell y nada más. Su living austero habla de la sencillez y el compromiso profesional de su dueño: una foto del fotógrafo José Luis Cabezas pide que no se olviden de él desde el rincón de una repisa.

Pero su nombre y su apellido suelen aparecer con frecuencia en los medios de comunicación no sólo porque es periodista. Tampoco por lo que hace pocos días publicaron los diarios, como fue el hecho de haber sido una de las víctimas de los muchos robos que se producen frecuentemente en las  casas de la localidad. Otro robo más, como tantos, pero en las casa de un “famoso”.

Periodista infiltrado
Alfredo Silleta es en realidad el denunciante de resonantes casos vinculados con sectas y comercio y prostitución de menores en nuestro país. Aunque “un tema no siempre está relacionado con el otro”, aclara.

Silleta llegó desde Mar del Plata a La Plata a estudiar periodismo en la por entonces Escuela Superior dependiente de la Universidad local. Como suele ocurrir con la profesión empezó a colaborar con distintos medios, entre ellos la editorial Perfil y la revista del diario Clarín. Eran los albores de la democracia y revolver archivos oscuros era una pasión del momento.

Por ese entonces publicó lo que sería el inicio de su especialidad: un artículo donde denunciaba los alcances y conexiones de la secta Moon luego de permanecer dos semanas infiltrado en una quinta perteneciente a esa organización en la localidad de Brandsen. Silleta expuso en su artículo la estructura de la secta, sus vinculaciones con ciertos sectores de poder y sus turbios negociados.

La nota actuó como un disparador para todo lo que vendría después. Cientos de personas le escribieron consultándolo sobre hijos vinculados con sectas de diversa índole, le plantearon sus temores, solicitaron su ayuda. Lo cierto es que el periodista acabó convirtiéndose en un especialista en el tema, tal vez el más serio y reputado del país, y en el autor de una nutrida bibliografía, fuente de consulta obligada para quienes aborden la temática.

No es que yo busqué especializarme en sectas. Lo que pasó fue que después que se publicó aquel artículo, empezaron a llegarme cartas de personas que se interesaban en el tema porque tenían algún familiar relacionado con alguna secta. Entonces profundicé más aún acerca de otras sectas que no eran la Moon y las cosas se dieron así”.

De tal manera que junto a otros colegas especialistas Silleta acaba constituyendo la Fundación Argentina para el Estudio de las Sectas, un nucleamiento que, además de trabajar en investigación, ofrece la más variada folletería informativa sobre sectas en el país y brinda ayuda a familias que necesiten “rescatar” a alguna persona absorbida por las pseudo religiones.

Predicción
El reverendo Moon -puntualiza Alfredo- viene haciendo fuertes inversiones en Argentina y toda América Latina. Se debe a que está teniendo problemas en Asia, por un lado. Además, en Europa nunca fue muy fuerte y en Estados Unidos tiene buenas relaciones con el ala derecha del Partido Republicano, y ahora están gobernando los demócratas”, puntualiza.

En general “hay un apogeo de las sectas en todo el mundo, que se va a ir acrecentando en los próximos tres años. El fin del milenio da lugar para que se reactualicen viejas creencias, como el fin del mundo y otras cosas. Así que hasta el 2000 las sectas van a ir en aumento” pontifica el investigador.

La secta Moon es una de las más enquistadas en la Argentina y sus vínculos con círculos del poder fueron denunciados por Alfredo Silleta oportunamente. Ello le valió enfrentar no pocas demandas judiciales. La más notoria fue entablada por la misma “Iglesia de la Unificación” -tal el nombre de la organización fundada por el reverendo coreano- y exigía de Silleta una indemnización de dos millones de dólares. La Justicia falló en favor del periodista. Otro caso resonante fue el que tuvo como demandante al periodista oficialista Luis Beldi. Éste acusó demandó por injurias a su colega e investigador quien lo había incluido en una lista de militantes de la secta Moon. Una vez más la Justicia determinó que Silleta tenía razón y que no existía delito en dicha información.

City Bell y las sectas
Hasta no hace mucho -continúa- la secta de “Los Niños de Dios” tenía una casa aquí en City Bell, donde llevaban a cabo sus actividades. Pero luego del escándalo de hace un tiempo, desaparecieron de aquí y prácticamente abandonaron la Argentina”.

¿Es City Bell terreno propicio para el crecimiento de las sectas? “Este tipo de sectas busca el aislamiento de sus miembros. Y para eso, zonas como Villa Elisa, Gonnet o City Bell son ideales porque hay quintas que en invierno se pueden alquilar por precios más o menos bajos y allí puedes realizar sus retiros espirituales o su adiestramiento sin que nadie sospeche lo más mínimo”, explica Silleta. Por lo demás, la gente de City Bell no ofrece mejores o peores condiciones para que las sectas operen en el lugar.

Sin embargo, hay ciertos detalles a los que conviene estar atentos para detectar la presencia de estos grupos en el barrio. Habitan varias personas en una misma casa; son habitualmente amables, pero no se integran socialmente ni mantienen conversaciones largas ni sobre temas de actualidad. En esas casas, hay nutrido movimiento de gente y se oyen cantos a cualquier hora del día.

Asimismo, hay maneras de detectar si algún ser querido se está relacionando con estos grupos. Lo primero que hacen es alejarse de sus grupos de relación habituales, se distancian también de sus familias y modifican radicalmente sus hábitos de vida.

En la Fundación -señala Alfredo- consideramos a los Testigos de Jehová una secta por la estructura que tienen y por la manera que manejan a sus integrantes. Normalmente, entran en una familia convenciendo a la mujer. La invitan a sus reuniones, les inculcan que si no se convierte a su secta no se van a salvar y los hacen trabajar para ellos, exigiéndoles hasta que pongan de su propio dinero. Generalmente, logran que la persona se distancie de su familia, deje su marido y sus hijos, y se vaya a vivir con otros miembros. Lo curioso de las sectas, es que excepto su cabeza y algún asistente directo de él, ninguno de los demás miembros tiene una buena posición económica. Todo lo contrario”- sintetiza.

Hoy en día, son los Testigos de Jehová el grupo de ese tipo que más trabaja en City Bell. Si bien se reconoce católico, el periodista e investigador remarca que no necesariamente lo religioso va unido al accionar de las sectas. “Nosotros no nos ocupamos del aspecto religioso de las sectas, sino de su funcionamiento y su manipulación sobre las personas”, dice.

Actualmente la Fundación para el Estudio de las Sectas tiene en preparación un libro más, en el cual se busca redondear el tema. “Va a tener más de quinientas páginas, y trataremos de que sea una especia de compendio de todo lo investigado hasta el momento”, comenta Silleta.

Explotación infantil
El otro tema en el que Silleta se ha destacado por sus denuncias, es el del comercio de niños y el llamado “turismo sexual”: ofertas turísticas que se brindan en el extranjero para visitar el país y que en su programa incluyen experiencias sexuales con jóvenes prostituidos. El comercio de bebés se da fundamentalmente en el norte del país “donde por pocos pesos les compran una criatura a familias que están en la máxima miseria. Muchas veces, el precio es un changuito de las compras lleno de comestibles. Claro que luego, esos chicos se venden en el exterior a sumas elevadísimas”, denuncia el periodista.

En este tema, trabaja a la par de la hermana Marta Pelloni de quien es “muy amigo”, dice. Pelloni, es la religiosa denunciante de todo el entorno mafioso que rodearía la muerte de la catamarqueña María Soledad Morales. La profundidad y seriedad del trabajo de Silleta, hizo que varios legisladores lo convocaran para colaborar en las comisiones del congreso referidas al tema, y actualmente existe un proyecto de ley que es de su autoría.
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Néstor Gualchi
 (City Bell-Hechos & Personajes, 1997)

Néstor Gualchi es una cara bastante conocida en City Bell. No es de los vecinos más antiguos del pueblo ya que se radicó aquí en 1964. Pero ha participado de la cooperadora de la escuela San Blas, del Club Atlético en el área de “baby fútbol”... y ha sabido hacer muchos amigos a lo largo de los años. El sólo hecho de haber viajado a Buenos Aires en forma cotidiana durante poco menos de medio siglo hace que sea uno de los infaltables personajes de la estación ferroviaria local.

Gualchi nació en 1929 “un día glorioso: el 11 de diciembre. Glorioso porque un 11 de diciembre nació Gardel y también Julio De Caro. Y es el Día del Tango”, declara definiéndose en parte a sí mismo. Pero lejos del Abasto, la cigüeña eligió Tolosa para dejarlo en este mundo. Al fin de cuentas, todo puede haber sido sólo una confusión. Carlos Gardel también nació en Tolosa (Tolouse), pero en Francia.

Si bien Tolosa era en aquellos años un poco más “ciudad” que ahora, “Patuta” Gualchi era un pibe de los arrabales platenses. A falta de cafés de madrugadas, la barra de los muchachos se reunía en la barrera de la calle 1 a toda hora, incluso luego de los bailes, “hasta que llegaba el ‘chancho’, el capataz, y rajábamos todos”, cuenta.

Algo más le deparaba el ferrocarril que el simple punto de reunión social. Su papá era trabajador del gremio y él mismo lo fue durante más de cuarenta años.

Antes de eso había trabajado en la base naval de los astilleros, en Río Santiago. Allí conoció a los submarinos de bolsillo alemanes que se habían rendido en Mar del Plata a las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial. Trabajó luego como iluminador del viejo cine Rocha de La Plata y es aquí donde la Providencia parece demostrar que no hay casualidades. Su tercer hijo, Guillermo, es uno de los jefes técnicos del Teatro Argentino, cuyo escenario funciona transitoriamente hoy en lo que fue aquella sala cinematográfica.

Pero el destino lo esperaba sobre los rieles a punto de ser nacionalizados y comenzó a trabajar en el ferrocarril en los últimos tiempos de la administración inglesa. Por más de cuatro décadas su función fue esencialmente operativa, aunque no desdeñó lo administrativo cuando le tocó hacerlo. Llegó a estar al frente de la coordinación del movimiento cerealero en los diferentes puertos que operaban el rubro. Y en jerarquías, alcanzó el cargo de segundo jefe de sección.
Hay dos cosas por las que estoy orgulloso respecto del trabajo en ferrocarril. Uno es haber visto realizado un proyecto para el puerto de Rosario sobre la organización para la descarga de granos de vagones del ferrocarril. El otro, es un récord: en una sola jornada descargamos 420 vagones de cereal. Me decían que estaba loco si creía que lo podía hacer, y lo hice”, se enorgullece.

Cuando Ferrocarriles Argentinos pasa paulatinamente a manos privadas, Néstor se acoge a la jubilación auqnue no dejó de estar vinculado al ferrocarril: dos de las empresas tomadoras de ramales ferroviarios lo convocan para trabajar en un tema que tan bien conocía. Pudo haber ido como jefe a Olavarría, trabajando para el grupo empresario de los Fortabat, pero era mucho trastorno a esa altura de la vida un traslado como el que el contrato implicaba y un infarto (in)oportuno lo ayudó a decidirse por declinar la oferta.

Pero hay otra faceta en la vida de Patuta no menos interesante. Tal vez su antiguo trabajo en Astilleros lo llevó a frecuentar los ambientes sociales de Ensenada y ahí conoció a “Pepa” Pauluci, la chica de la vinería de una esquina cualquiera de esa ciudad. Novió con ella hasta que se casaron y ahí, en esa casa con patio y aljibe, se quedaron a vivir.

Me había hecho de muchos amigos en Ensenada. Uno de ellos, Domingo Molfino, acababa de mudarse a City Bell con su esposa e hija y me regaló un carretel de hilo. Me dijo que antes de que el hilo se me acabara, yo tenía que mudarme a City Bell. Así que una mañana venía de trabajar de noche en Buenos Aires y me bajé en City Bell, alrededor de las siete de la mañana. Y me enamoré del lugar”, rememora.

Una vez en City Bell, había que conseguir banco para Pablo, María Laura y Guillermo, los tres hijos de Pepa y Néstor. Era mediados de año y no había lugar en ningún colegio. “La directora del San Blas me dijo que me conseguía banco en su escuela si al año siguiente yo trabajaba en la cooperadora. Y así fue. De esa época nacen amistades con gente como Batisttelli, Sáenz o Vallone, entre otros”, dice.

Y la tarea primordial fue poner en condiciones los tranvías que constituyeron las primeras aulas de las escuelas de Pellegrini y 3. “Las maestras trabajaban a la par nuestra -recuerda-. Hacíamos kermesses y festivales folklóricos para juntar dinero para pagar a las maestras, porque había grados que no tenían suficientes alumnos y por lo tanto el ministerio no pagaba los sueldos para esos docentes”.

Seis años trabajó Gualchi en la cooperadora escolar y ese trabajo acabó derivándolo a otra institución que conoció de su tesón para el trabajo y, por sobre todo, su espíritu de amistad: el Club Atlético City Bell. “Un día fui a hablar con Chidíchimo, el presidente de esa época, para ver si nos prestaban el lugar para una kermesse de la escuela -recuerda-. Y aunque aquello no pudo ser, seguí vinculándome hasta que los chicos empezaron a jugar al fútbol en el club”.

Eran todos padres de chicos que jugaban a lo mismo los que empezaron a organizarlos en categorías y llevarlos a competir en lo que ahora son las ligas de fútbol infantil. Junto a Patuta estaban Pons, Casas y nuevamente Vallone, hoy presidente de esa institución “De aquellos pibes, Tarabbini, Machi, y algún otro son pibes que llegaron a la primera de clubes como Racing. Pero lo importante no es quiénes llegaron o no, sino el cariño recíproco que había en el trabajo que hacíamos”, dice, y se entusiasma: “Fueron los años más lindos de mi vida, porque el trabajo con chicos es muy especial. Era un buen grupo de pibes, nunca ninguno dio problemas, y hasta los directores técnicos de esas categorías de los clubes grandes como Estudiantes o Gimnasia nos respetaban y nos querían mucho”.

Es que eran padres que se preocupaban mucho por sus hijos. Les compraban algo para comer y tomar luego de los partidos, los iban a buscar a sus casas y los llevaban de vuelta, generalmente en micro, y hasta recurrían a la escuela donde iban para conocer más sobre ellos.


Esas épocas y esas actividades han regado la vida de Gualchi con un sinnúmero de amistades. Amistades que le valen hoy el poder sobrellevar la jubilación vendiendo almanaques y productos de promoción caminando los locales comerciales de City Bell y sus alrededores. Y amistades que en muchos casos le vienen de sus años mozos, de hombre de la noche porteña.

Un gran amigo era Juan Carlos Cobo, cantor de Osvaldo Pugliese y por él me hice amigo de Alberto Morán”. Se cuenta de Cobo que un Año Nuevo llegó a City Bell para saludar a su amigo de la infancia y, perdido en la oscuridad de la calle Pellegrini, no lejos de lo de Gualchi, a viva voz empezó a gritar “¡Patuta! ¡¿Dónde m... vivís?!!!” Afortunadamente, el apodo le viene a Gualchi de su juventud en Tolosa y en City Bell nadie lo conoce por ese apelativo.

Con un aire fisonómico al desaparecido Carlos Carella, Patuta Gualchi tiene mucho del personaje arquetípico porteño. Romántico, noble, sensiblero, nostálgico y discutidor, la “parla” es una de sus principales armas. Y muy posiblemente, ningún otro trabajo podía haberle caído mejor que el de ferroviario.

El de ferroviario es uno de los pocos ambientes laborales que tiene una cierta continuidad. Hay una sucesión de generaciones en el sentido de que los padres de muchos fueron ferroviarios, ellos lo son y los hijos también continúan trabajando en lo mismo. Por eso, Tolosa era muy importante en los tiempos del esplendor del ferrocarril”, dice con filosofía de estaño y de café.

Y para redondear, agrega: “City Bell me abrió los brazos cuando yo vine. Quizás sea por los chicos, el colegio, el baby fútbol. Pero mucha gente grande me ayudó. Cuando vinimos a City Bell, no tenía a mis amigos de Tolosa ni a mis amigos de Ensenada. Y la gente de City Bell me recibió muy bien e hice muchas amistades muy grandes”.
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Los Tomassi-Piñero-Peduto
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997).

Llegaron a City Bell con la crisis de 1930. Con su almacén de ramos generales abastecieron a muchos de los primeros quinteros la zona. Tuvieron la única fábrica de muñecas de la zona y fueron anfitriones de sor María Ludovica.  Trabajaron con Eva Perón e incursionaron en varias ramas del arte.

            Por cierto que no tenían un destino certero don Daniel Tomassi y su esposa, doña Josefa Sisto cuando partieron de Santa Cruz. Habían decidido trocar las ovejas patagónicas por plantaciones mesopotámicas y eligieron Entre Ríos para construir su futuro. Pero hacia los años ‘30 rumbearon para City Bell, previo paso por Ensenada,  para afincarse en la esquina de Cantilo y 21 y dedicarse al comercio.

            El almacén de ramos generales vino a cubrir las necesidades de los quinteros de la zona y el despacho de bebidas anexo supo reunir a los parroquianos después de las tareas agrícolas de aquellos arrendatarios de las tierras que la Sociedad Anónima City Bell no había podido vender en los años de la fundación. Curiosamente, un hermano de Tomassi instalaba un comercio similar en frente de la estación ferroviaria de Gonnet, en una edificación que ya desapareció.

            Eran buenas mozas las hijas de los Tomassi. Don Daniel solía llevarlas en su por entonces espectacular automóvil a los bailes del Jockey Club de La Plata y no tardaron en enamorarse. Celina María acabó casándose con Eduardo Piñero, un hombre de letras, en tanto que Delia Dora lo hizo con el músico Héctor Peduto, junto a quien con los años abriera el conservatorio de música que aún dirige ella.

            Muchísimos citybellenses aprendieron a tocar el piano o la guitarra con Delia y Héctor Peduto. Héctor era muy carismático y querido por sus alumnos y sobre todo se recuerda su buen humor. Tenía un Peugeot 403 al que el tiempo y la intemperie le habían dañado la chapa y cuando encontraba a alguien apoyado en él, solía reprenderlo aduciendo que le rayaban el lustre de la pintura. Nadie entendía nada, pero Peduto se reía mucho con la broma, que acababa con una palmada sobre los hombros de la "víctima".

Muñecas para Eva
            Pero los yernos de don Daniel y doña Josefa no eran sólo entendidos en las artes. Piñero había estudiado filosofía en el seminario de Villa Devoto -donde se había criado- y además de dedicarse a la docencia incursionaba con éxito en la química. Las firmas Revlon y La Esmeralda quisieron tenerlo entre sus filas para producir a escala industrial las fórmulas de cosméticos y detergentes que él había desarrollado, pero don Eduardo estaba para otras cosas. Militaba en la política tras las ideas del por entonces coronel Juan Perón, y cuando el militar llegó al gobierno, él ya era el jefe de la Sección Sexta. "Mercante quería que yo fuera como diputado, pero a mí no me interesaba", recuerda hoy junto a Eduardo Daniel, su hijo, y Elba Mercedes Lobo, su nuera.

            Fue así que conoció a Eva Perón de quien actuó numerosas veces como secretario personal. "Yo era docente, así que en mis ratos libres me iba a la Fundación y le coordinaba las audiencias. Era hora que se la reivindicara como se merecía", reflexiona refiriéndose a la "evitamanía" de estos días.

            Don Daniel Tomassi no dejó pasar la oportunidad de las vinculaciones políticas de su yerno, y al lado de su almacén, sobre la calle Cantilo, instaló una fábrica de muñecas con una tecnología de avanzada que él mismo y sus yernos idearon y desarrollaron. "Usaban un material que podría decirse era entre la porcelana de las muñecas de antes y el plástico que llegó después. Era un material duro, pero que no se rompía, hecho con cola sintética y talco, pero con un proceso de corrientes de aire y enfriamiento en cámaras de refrigeración, todo ideado por ellos tres", explica Eduardo hijo. Se trataba según cuentan, de una tecnología automatizada muy avanzada para la época, y toda ideada por don Daniel, don Héctor y don Eduardo. "Sí, pero el 'cráneo' era Héctor", asegura éste.

            A lo largo de su existencia, la fábrica de los Tomassi debe haber producido unos cuatro millones de muñecas de primera calidad, con ojos móviles o fijos. El grueso de la producción era adquirido por la Fundación Eva Perón, y cuando no se daba abasto, colaboraba con ellos "La Industrial Juguetera", una industria colega de la ciudad de La Plata que luego de la caída del peronismo canalizó en el circuito comercial lo fabricado por la empresa de City Bell. "Cuando abuelo murió -rememora el hijo de Celina y Eduardo- estaba desarrollando las matrices para baldes y manoplas plásticas para herramientas como los destornilladores, que luego fabricó la empresa DPH”.

            Con la muerte de Daniel Tomassi cerró sus puertas la fábrica de muñecas y plásticos. Eran los albores de los años '60. También el almacén había dejado de funcionar y, aunque con otros dueños,  subsistía -y subsiste hoy- el despacho de bebidas. El funeral de Daniel Tomassi congregó a una cantidad de dolientes que muchos aún recuerdan. "Es que abuelo era un tipo muy bueno. Recuerdo que un día entró al almacén Digonzelli, el de las balanzas y las cortadoras de fiambre, muy necesitado de vender porque estaba sin dinero. Mi abuelo acababa, ese mismo día, de comprar una balanza a la competencia. Pero enterado de lo que le ocurría a Digonzelli igual le compró una, que creo no la usó por varios años, porque realmente no la necesitaba", cuenta Eduardo hijo.

De Ceferino a Borges
            Estas historias de pioneros suelen reunir ricos anecdotarios. Sobre todo cuando sus protagonistas son personas polivalentes como el caso de don Eduardo Piñero, el yerno de Daniel Tomassi. Con sus años y criado en colegio salesiano, recuerda haber conocido en la escuela al cacique Namuncurá, padre de Ceferino. Y también a Carlos Gardel, con quien se reencontró cantando en un café de la avenida Corrientes y le pagó la consumición. Supo departir con Borges en los tiempos en que el escritor dirigió la Biblioteca Nacional, cultivó amistad con Quinquela Martín y Vicente Forte entre otros, y hasta poco antes de morir el libretista Abel Santa Cruz lo invitó para que colaborara en sus textos. Pero don Piñero no quiso nunca continuar con nada que no fuera la docencia, cuenta en su casa con paredes vestidas con sus propios cuadros que aún pinta. Su memoria no le juega malas pasadas a pesar de sus más de ochenta años. Y entonces retoma el hilo de la historia para contar que durante el gobierno provincial de Mercante fue enviado a Uruguay en misión cultural y a su regreso no quiso cobrar un solo centavo de viáticos. O evocar las exposiciones de arte organizadas y las colecciones de grandes pintores vendidas sin pedir comisión. "Es que lo mío fue siempre la docencia", recuerda.

Una monja en el bar
            Los Tomassi, como los Piñero y los Peduto, fueron familias siempre de tradición católica y ello les ha deparado grandes paradojas. "Ludovica -cuenta Piñero refiriéndose a sor María- venía muy seguido a la capilla -hoy parroquia Sagrado Corazón- y le ayudaba el padre Antonio Raszkowski. Y casi siempre pasaba por el almacén de mi suegro a hacer algunas compras ¡y hasta solía almorzar en el despacho de bebidas!" (hoy Bar La 21), cuenta como anécdota, para en seguida rememorar las épocas de conflicto entre Perón y la Iglesia. "El padre Antonio, que nos conocía muy bien, trajo a casa las cosas valiosas de la iglesia", como el cáliz, el copón y el Santísimo. Toda una paradoja, porque la familia que más colaboraba con el párroco y cuidaría de las pertenencias sagradas, tenía como cabeza al principal dirigente peronista de la zona.

20 may 97
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Carlos Escudero
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997)

Tiene treinta años y aunque nació en Uruguay, vive aquí desde los siete. Pasa su vida entre lápices y papeles, pinceles y tintas y colabora con los principales sellos del mundo dedicados a la historieta y la animación de dibujos para chicos.

A diferencia de “Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia”, la creación del dibujante y humorista Lino Palacio, Carlos Escudero es muy parecido a un niño de 30 años, y no por su físico. Es un tipo grandote, armado, casi un oso con su rostro oculto por la barba y el bigote, y unos anteojos que agigantan su mirada clara y transparente. Supo vestir pantalones cortos algunos años atrás, siendo ya crecidito, como parte de su uniforme de dirigente scout. Y su vida transcurre hoy entre historietas y dibujos animados, entre Bugs Bunny y La Sirenita. “¿Para qué querés ser grande?”, pregunta ante una chanza del cronista.

Ocurre que Carlos dibuja desde muy chico y aunque nunca se planteó si en el futuro viviría del dibujo, es uno de los pilares del estudio de dibujo “Duendes del Sur”. Integran el staff Walter Carzón, Leonardo Batic, Pablo Zamboni y él y desde sus oficina montadas en el centro de la ciudad de La Plata, han salido no pocos trabajos de jerarquía que adornan los paseos del Tren de la Costa, integran campañas publicitarias de empresas de primer nivel, presentan filmes nacionales como ”Cien veces no debo” interpretada por Andrea del Boca y Luis Brandoni, o dan la vuelta al mundo con el sello de la Warner Bros o la Disney, dos de las más grandes productoras de revistas y cine infantil a nivel mundial.

Chico de barrio
Los Escudero llegaron a City Bell hace ya varios años desde Montevideo. “Yo nací en un barrio, donde había una barra de chicos que hacíamos batucada todo el día. A los siete años vinimos a la Argentina, y si bien City Bell me gustó mucho, no era igual. Hice el primario en la Escuela 12 (fantástico), y el secundario en el Estrada. Yo quería entrar a Bellas Artes, rendí el examen que había por entonces y no lo aprobé en lo referente a lengua y matemática”, evoca refiriéndose a sus orígenes. Entonces, en City Bell “estudié con Ana y Julio Babenco. Aprendí un montón. Creo que Ana me guió en el arte”, asegura. Luego de eso vino la universidad y la carrera de Diseño y Comunicación Visual, de la cual debe la última materia y no tiene mayor interés en rendirla. Es que paralelamente estudió en la Escuela de Cine y Animación de Avellaneda, de la cual es egresado.

¿Qué hay de nuevo?
Junto a sus socios en Duendes del Sur  trabajó anteriormente en un estudio en Buenos Aires, paso casi indispensable para conocer los secretos del mundillo en el cual se desempeñan en la actualidad. “Mandamos muestras de trabajos a la Warner Bros y fueron aceptadas. Así, de a poco nos fueron llegando ciertos trabajos, fundamentalmente en materia de revistas de historietas de los Animaniacs, integrantes de los Looney Toons”.

Básicamente los dibujantes de las historietas son ellos -dice en referencia a sus socios-. Yo soy lo que se llama un fondista. Hago la asistencia de fondos y ambientación. También mandamos trabajos a la Disney de Europa y hoy recibimos una comunicación invitándonos a trabajar con ellos. Walter ya trabajó para ellos haciendo la historieta de La Sirenita”. Batic, por su parte, hizo la novela gráfica de “Space Jam”.
En realidad, el trabajo que se hace acá es propiamente el de dibujo, ya que los guiones vienen de Estados Unidos y el color final también se hace allá.

¿Por qué un grupo de platenses dibujando historietas como el Pato Lucas o Bugs Bunny? “Son personajes bastante actuales -responde Escudero-. Hay un público de cierta edad en Estados Unidos, además de los chicos, que los sigue consumiendo. Y nosotros somos básicamente consumidores natos de ese producto. Reflejamos muy bien el espíritu de ellos. Conocemos muy bien a los personajes, nos gustan y nos matan de risa como lo hicieron siempre. Y eso, el productor de alguna forma lo ve, además de la calidad del trazo, la técnica del dibujo, etcétera”.

Un tema paralelo en el trabajo del dibujante es el del dibujo animado. “En ese tema estamos armando un equipo de gente, aunque ya hemos hecho varias cosas. Yo trabajé en publicidad con Cristina De Santis, como las publicidades de los zoquetes Footy, las alfombras Kalpakian y en tres dimensiones hice una para el Banco Municipal. Hice también la presentación de la película “Cien veces no debo”, toda en base a dibujo animado. Actualmente estamos trabajando en un CD educativo acerca de educación sexual”.

Industria nacional
Como en casi todas las actividades, el panorama nacional no es todo lo alentador que es de desear. En esta especialidad, a juicio de Carlos. “Hay un mercado nacional que se está generando. El gran precursor fue García Ferré con Anteojito e Hijitus. Hoy, lo de Dibu es una punta de lo que puede venir. Y se está haciendo Patoruzú y Patoruzito en coproducción con Estados Unidos”, señala. En este aspecto, la fuga de cerebros no es ajena al panorama. “Muchos se volcaron a la publicidad animada porque resulta más rentable que el emprendimiento propio, pero también son muchos los que se van al exterior porque no les interesa el mercado publicitario”.

En esa cuestión del emprendimiento personal, Carlos tiene su opinión. “Hacer personajes propios implica tener tiempo para hacerlo y un gran desgaste físico sin retribución económica. Y es poca la gente que se puede dar ese lujo en términos ciertos y reales”.

Uno adquiere responsabilidades y eso es experiencia. Es un juego de ida y vuelta. El desafío es no dejar de estar vivo, de latir, de emocionarse con lo que uno hace. Yo en particular no manejo personajes muy infantiles, en lo mío hay técnica y captar la esencia de los personajes y de los consumidores de los dibujos. Tiendo a trabajar más con las emociones, transmitir sensaciones. Me copa ese desafío de la búsqueda”. Asegura.

De duendes y ángeles
A menudo uno se pregunta qué es lo que hace que un niño de cinco años y un adulto de sesenta se rían con una misma historieta o dibujo animado. “Creo que hay algo que produce magia -responde Escudero-. Ese algo que produce la inspiración en el dibujante es como estar en contacto con un duende. La imagen de un duende tiene que ver con la cultura de cada uno, que puede ser buena o mala. Para mí es un instante de energía cuya carga se vuelca sobre el papel. No creo tanto en las estructuras ni soy alquimista para estudiarlos, pero es lo mismo que otros llaman ángeles. Si en ese momento sienten alegría o diversión con los dibujitos, es suficiente”.

La historieta y los dibujos son una especie de evasión de la realidad para los adultos. “Son flashes para evadir la realidad. Volamos con el gag humorístico, o con los Simpson que ridiculizan el arquetipo de familia de Estados Unidos. En el caso de los dibujos clásicos, juegan mucho con lo que hizo Chaplin”. Y el hecho de que las nuevas generaciones se sigan riendo con sus películas mudas, constituyen “la genialidad de Chaplin. Es el clásico de contar una historia que va más allá del simple tortazo en la cara”, asegura.

Cuestión de imagen
Pese a todo lo dicho Carlos asegura que lo suyo no pasa tanto por el dibujo como por el manejo de la imagen. “Estoy viviendo de eso, lo cual ya es bastante idílico. Yo pasé por el dibujo, la escultura, el video, y me atrae esto de contar historias mediante el uso de la imagen, porque tiene un gran poder de comunicación. Siempre me atrajo dar vida al dibujo, transmitir emociones y sentimientos a partir de líneas. Es algo bastante complejo, pero encierra el poder de la fantasía, que es inmenso”.

Y en esto de la fantasía, muy a menudo se confunden los proyectos, que son una cosa muy diferente. Duendes del Sur surgió como un proyecto entre Carlos, Walter Carzón y Mario, un artesano amigo, conocedor de una cantidad innumerable de leyendas e historias de los lagos patagónicos y los habitantes de aquellas tierras. “Es una etapa que quiero retomar como profesional, un proyecto personal por el momento relegado por el trabajo. La exigencia de hacer lo que te encargan no deja tiempo para hacer las cosas propias. Uno está todo el tiempo comunicándose con la imagen a través de algo pedido, pero es uno el que transmite y hace de canal Y ahí está el ángel, el sentirse satisfecho de lo que hace. Y eso es muy gratificante”.
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Julio José Andrade
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997).

Hace diez años se fue de City Bell con una beca de investigación en Bariloche. Hoy es investigador del CONICET, docente, y ha realizado más de veinte publicaciones. De paso por el barrio donde se crió, reflexiona en voz alta sobre el ayer y el hoy.

Aunque aún no llegó a los 40, un cuarto de siglo atrás Julio José Andrade no se planteaba un futuro ligado a la química. A pesar de que su hermano Samuel (algunos pocos años más que él) era un modelo a seguir, la electrónica no era su fuerte. Poco le duraba el entusiasmo de ver cómo “Samuelín” hacía un primitivo receptor de radio con pocos cables y alambres de cobre enrollados. Poco le interesaba saber por qué un autito de “Scalextric” andaba cuando él hundía un botón. Pese a todo, un día se animó con su amigo y empapeló las vidrieras del barrio con cartelitos donde anunciaba que “se arreglan” autitos de ese juego. “Terminó como empezó -se ríe-. ¿Quién iba a traer un autito de esos a reparar? Pero ese fue mi primer acercamiento inconsciente con la ciencia. Me acuerdo que un día descubrimos que haciéndole girar las rueditas apoyadas en una amoladora, hacíamos prender una lamparita enganchada en los contactos. Y ese es el principio de la mecánica convertida en energía eléctrica”.

Cuando sea grande...
En realidad, Julio Andrade jamás soñó de chico con ser químico, ni doctor en química. Ni mucho menos un científico investigador de la Comisión Nacional de Energía Atómica, en el Centro Atómico de Bariloche. “A veces caigo en la cuenta de que soy un científico, pero no me veo como el arquetipo del científico de las películas”, razona. Más bien, su aspecto se asemeja más al de un psicoanalista, con su pelo prolijo, su barba recortada y sus anteojos intelectuales. Pero poco le importa. “El médico también es un científico -continúa-, y nadie piensa en eso. Lo único que yo me había planteado era que me gustaba la matemática, la física... pero nunca me planteé estudiar química para ser químico, sino porque simplemente me gustaba la química”.

Y la aventura en Bariloche comenzó como lo que fue: una aventura. “Vivir en Bariloche lo soñé antes que la vocación, como un sueño de juventud, desde que con mis compañeros me iba allá como mochilero. Con esa idea tuve un paso previo por Aluminé, donde desde hace veinte años vive mi hermana Marta Lía. Ahí fui docente secundario, una linda experiencia porque los chicos de allá viven otra realidad, están menos en contacto con lo moderno. Y al cabo de ocho meses, me fui a Bariloche”.

En realidad, la docencia es el gran amor de Andrade. En 1978 hizo primer año de química en la Universidad de La Plata y fue ayudante alumno en Introducción a la Química. En 1988, al llegar a Bariloche, se vinculó a un centro regional de la Universidad del Comahue y desde entonces ejerce allí la docencia. “Siempre me gustó dar materias del nivel elemental. Doy el curso de ingreso en química y después los agarro en segundo año en química inorgánica. Me gusta siempre agarrar el primer momento de la enseñanza, porque después, cuando son grandes, es más difícil enderezarlos”, dice. Julio tiene más de veinte trabajos publicados tanto en química como en docencia, en diferentes publicaciones nacionales e internacionales. “La docencia la hago con mucho placer. De hecho gano 120 pesos por ser profesor adjunto, y en zona fría, por lo que se paga más. Así que si fuera por el dinero, no lo haría; pero la docencia es como un cable a tierra”, sintetiza.

El alquimista
Respecto de su labor como doctor en química, da algunas precisiones difíciles de seguir para un cronista que en cuarto año estuvo a un paso de llevarse esa materia a diciembre (gracias, Maitena Heras). “Trabajo en el Centro Atómico, pero no tengo mucha relación con la energía nuclear. Nosotros hacemos un poco de ciencia básica y un poco de ciencia aplicada. Trabajamos en recuperación de metales de deshechos industriales y extractiva de metales en minerales. Y también relacionado con el reciclaje de basura. El hombre avanzó tanto que en el principio nadie se preocupó por la basura, y ahora nos está tapando”, cuenta.

Mala prensa
A propósito del Centro Atómico, el Dr. Andrade hace una aclaración oportuna. “El Instituto Balseiro funciona dentro del Centro Atómico, pero no tienen relación entre sí. El Balseiro fue fundado por un físico con ese apellido, como un centro de excelencia para la formación de físicos. Entrega títulos de la Universidad de Cuyo, ya que depende de ella”. Balseiro fue uno de los integrantes de la comisión investigadora que se ocupó del llamado “Caso Richter”. Richter era un científico austríaco que en tiempos de la presidencia de Juan Domingo Perón vino a “venderle” la tecnología nuclear, pero por el proceso opuesto al conocido: la fusión nuclear. Pudo comprobarse que todo se trataba de un fraude. Al día de hoy, ese tipo de experiencias sólo pudo alcanzarse en mínimas proporciones, y como recuerdo de aquel embuste quedan las ruinas de las instalaciones que el gobierno argentino hizo construir en la isla Huemul a pedido de Richter.

Según Julio, “la energía nuclear tuvo la mala suerte de tener a la bomba atómica como carta de presentación, ya que si primero se hubiesen conocido sus bondades, sus aplicaciones pacíficas y científicas, hoy no sería tan atacada”, explica. En su modo de ver, el hombre vive por naturaleza en un ambiente radiactivo, ya que el sol emite radiaciones nocivas. El problema está en ser menos contaminantes y en qué hacer con los residuos, hasta que éstos pierdan actividad nociva. “No es un tema para tratar con pasión sino con prudencia, porque hay organizaciones internacionales como Greenpeace que tienen detrás intereses políticos. Y eso es muy delicado”. Y para que no queden dudas de lo radiactivo de la vida agrega: “La pasta de dientes tiene un isótopo de potasio que es muy radiactivo, pero no te va a matar”.

El pecoso del barrio
Sin embargo, muy lejos de toda esta problemática estaba el pequeño Julio José en aquellos veranos de City Bell. Era el pecoso pelirrojo retraído del barrio. De una “barra” de siete u ocho pibes que pasaban unos veranos inolvidables inventándose juegos y juguetes. “Me quedaron en el recuerdo esas siestas tórridas, con chicharras que sonaban, y no poder ir a la pileta de algún chico hasta las cuatro de la tarde. Porque cuando éramos chicos la digestión duraba dos horas, ahora es más corta”, dice.

Pasaba el afilador, que nadie iba a salir con ese sol a afilar una tijera... sentía que la pelota picaba en la canchita de al lado de casa (Cantilo y 22), lo que significaba que se había conseguido una, porque antes no cualquiera tenía una... las carreras de autitos con plastilina o masilla por las veredas, y las suspensiones hechas con gillettes, lo cual parece que no fue muy común en otros lados... Tengo mala memoria, pero más que recuerdos tengo sensaciones: el calor, las chicharras, la espera hasta las cuatro de la tarde... y quedarse en la pileta hasta salir arrugado de tanta agua”, recuerda no sin nostalgia.

Y también nombra a sus amigos. “Todos vivíamos cerca, en no más de tres manzanas: Alejandro Flaqué, Ricardo Arenas, los Gonzalito, Guillermo Simonet, Gabriel Lamanna, Julio Mariscal, Gabriel Defranco, Rafael Aldinio”, y alguno más que huyó de la memoria del investigador a 1700 kilómetros de distancia e investigando en un centro atómico.

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Oscar Reynaldo Alonso
(City Bell-Hechos & Personajes, 1997).

Un periodista de City Bell expuso sobre la vida de José Dardi en el Primer Congreso de Historia de la Iglesia Platense.

Hablar del padre José Dardi como una personalidad querida y recordada de City Bell sería casi redundante. Sin embargo, grande fue la sorpresa de quien disertó sobre su vida en el 1er. Congreso de Historia de la Iglesia Platense, cuando la respuesta de los asistentes fue de aclamación hacia el desaparecido sacerdote de nuestra localidad. Dicho congreso se realizó entre el 15 y el 17 de agosto último, en el marco de la celebración de los cien años de la fundación de la Arquidiócesis de La Plata, y los setenta y cinco del Seminario de esa ciudad.

Oscar Alonso tiene 50 años y una indiscutida militancia en el catolicismo. Es periodista, y además de haberse desempeñado en la función pública (fue director de Radio Provincia, entre otras cosas), dirigió la desaparecida revista Esquiú y el mensuario platense Sigla. Actualmente es director de Nueva Lectura (mensuario de orientación católica) y está a punto de lanzar al mercado Todo María, una publicación dedicada a la devoción mariana.

Me radiqué en City Bell en 1980 -refiere-. En mi familia conocían al padre Dardi, pero yo sólo tenía referencias de él. No lo conocí personalmente. Cuando llegué aquí vivía en jurisdicción de la parroquia Madre de la Divina Gracia. Pero hace cuatro años me mudo casi enfrente del Sagrado Corazón de Jesús, y entonces pude ver más de cerca el prestigio que aquilató Dardi”.

Tiempo atrás, el cura de esta última parroquia convocó a la feligresía para que aportaran datos, fotos, testimonios o documentación referentes a la vida del P. Dardi. “La idea era confeccionar una biografía acerca de él, ya que no había nada hecho en ese sentido” dice Alonso. Hecha la convocatoria del antedicho congreso, el párroco Alejandro Blanco le pide a Alonso que profundice sobre la vida del recordado sacerdote y presente el trabajo en ese encuentro.

El Congreso reunió a unas cien personas y abarcó una treintena de temas, entre ellos la exposición realizada por el periodista. “Lo mío no es un trabajo histórico, sino una recopilación periodística de datos sobre la vida del padre Dardi -aclara Alonso-. Pero lo curioso fue que muchísimas personas que participaron de las jornadas, conocían algo de Dardi. Y eso despertó un entusiasmo muy grande. El obispo de La Plata, monseñor Carlos Galán, estuvo durante mi disertación, y cuando en la ceremonia de clausura entregaron los diplomas a los participantes, levantó los dos brazos y gritó ‘¡Que viva el Padre Dardi’!”, se sorprende Alonso.

Alonso fundó su trabajo en testimonios que le acercaron, en reportajes a sacerdotes, a personas que conocieron a Dardi y en publicaciones varias, entre ellas algunas periodísticas de City Bell, las cuales exhibió durante su plática en el congreso. Cuenta que debió corroborar ciertos datos que aparecían erróneos en algunos lados, y recurrir a cartografía de las primeras décadas del siglo par hallar el lugar donde el sacerdote fue a misionar en África, y que hoy no existen con ese nombre.

A partir de este congreso, diría yo, el padre Dardi ya está en la historia de la Iglesia platense”, dice Alonso.  Y agrega: “Yo diría que lo que más surge de su vida y que fue lo que más impresionó en el congreso, fue el testimonio de su vida. Estuvo en dos  guerras mundiales, fue herido, estuvo como misionero en África, dos veces sufrió fiebre amarilla, una vez el cólera, en ese estado estuvo dos días perdido en la sabana africana... Después de todo eso que pasó, lo destinan humildemente a una parroquia de Bragado, en el medio de la pampa. De allí recala en City Bell, donde a los 56 años comienza una labor de fundación de escuelas con todo el ímpetu de una persona joven. Y trabajó hasta los 81 años. Fue un hombre de una enorme bonhomía, de una humanidad, de una alegría de vivir, de algo que trasuntaba algo diferente que lo destacaba de los demás”, recalca.
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Alfredo Plot
(Vereda Bell, 2000)

Diálogo con el artista que ganó el concurso para realizar el mural que preside el predio ferial de City Bell.

El mural de la feria, frente a la plaza San Martín, enorgullece a más de un citybellense. Y también a su autor, el pintor Alfredo Plot, quien a los 30 años lleva ya varios metros cuadrados de arte en su haber. Criado en City Bell, apeló mucho a sus recuerdos para gestar la obra ganadora del concurso convocado a esos efectos.

-¿Cómo surgió la composición del mural?
- Me puse a armarlo tratando de darle una cierta lógica. La única consigna del concurso era que la imagen tuviese que ver con City Bell. Yo lo interpreté como que el tema era trabajar sobre la identidad del lugar. Como yo viví mucho tiempo acá en City Bell, enseguida fui trabajando con recuerdos, lo cual no es una cosa excepcional en mi trabajo. En la pintura de caballetes siempre trabajo sobre recuerdos. Pero en este caso fue algo muy concreto y específico, referido a una experiencia más colectiva, de compartir. Por eso hay elementos que fueron cuidadosamente elegidos, cuestiones de City Bell que yo recuerdo, pero que sé que otras personas de acá también recuerdan. Por eso esto funciona como una alegoría de un lugar que se llama City Bell y que tiene ciertas historias que compartimos colectivamente.

- Una alegoría que presenta ciertos elementos con gran detalle...
- Es mucho trabajo hacer con tanta minuciosidad cada elemento y que cada elemento se reconozca y le de más contundencia a la forma del mural.
Me volqué a hacerlo así porque este mural lo estoy haciendo en City Bell y no en otro lugar. Y porque se justifica. Creo que es una cuestión de cierto respeto por el lugar. Lo estoy haciendo en un lugar público. No es que sea City Bell, sino que es un lugar público y me parece que la gente que vive acá tiene un protagonismo distinto de cuando hago pintura de caballete, que es una propuesta más particular. Acá yo estoy usando un lugar público y ese esfuerzo surgió un poco por un sentimiento de cierta responsabilidad.

- ¿Qué significa City Bell para vos?
-  Para mí City Bell es la familia y eso está en el mural. Hay un grupo de nenes junto a una casa, es bastante fuerte que en el centro del mural hay una figura de una nena con la madre. Para mí City Bell es el lugar paterno y materno y siempre me va a generar esa sensación.
Vivo en la Plata por una cuestión de practicidad, por lo cual incluso, me gustaría vivir en Buenos Aires. Pero para mí City Bell es también un lugar recreativo. Lo recuerdo como un lugar donde nací y pasé mi infancia y adolescencia, pero al mismo tiempo lo considero un espacio recreativo más que productivo.

- ¿Cuándo te topaste con el dibujo y la pintura?
- Empecé desde muy chiquito a dibujar, más o menos desde los ocho años, pero no como una cosa divertida, con la cual me recreaba, sino con pretensiones, más profesional. Me acuerdo que a los ocho años coleccionaba unos fascículos que se llamaban “Los grandes pintores”. Salían semanalmente y yo iba al kiosco Jorgito a buscarlos. Eso era para mí todo un acontecimiento. En general tenía fascinación por todo pintor figurativo, pero había una predilección por el Renacimiento. Y eso tiene que ver con mi familia, porque con el tiempo descubrí que mi abuelo era un fanático de esa pintura, mi mamá era fanática de esa pintura, así que era algo más heredado que natural.

- City Bell te resulta un lugar propicio para la creatividad?
- Aunque yo me vaya a vivir a una ciudad como Buenos Aires o más densa aún, el material con el que trabajo siempre es a partir de recuerdos. Eso no significa que haga ilustraciones del pasado. Porque además, el recuerdo no es una cuestión de exactitud sino utilizarlo como una fuente de donde pueden surgir otras cosas. City Bell no es para mí un espacio de trabajo, creo que tampoco para la mayoría de la gente. Yo veo que la gente que vive y trabaja en City Bell es, en general, el comerciante. El resto de la gente está acá cuando no trabaja, o los fines de semana.
 
Fragmento del mural de Plot, en su etapa de finalización. (www.citybellinos.com.ar).
- ¿Por qué elegiste la feria como tema para el mural?
- Hice la feria porque en ese sentido también me cerraba. La tomé como tema básicamente porque en este lugar –donde debía pintarse el mural- se hace la feria, aunque para mí no es el lugar que le corresponde. Cuando yo era chico se hacía en la otra plaza y por eso ese es para mí el lugar. Durante la infancia es como todo más permanente. La feria siempre estaba en ese lugar. Pero también el tema de trabajar con la feria es que el comercio es la actividad. En el mural, los únicos que están trabajando son los comerciantes. Los demás, se están recreando. Son elementos que están pensados, que hacen a la lógica del trabajo, que se comprenden, pero que no son la base del trabajo. Son anécdotas. Son importantes, no es que no tengan importancia, pero por algo me decido a hacer esa bicicleta y no otra, o ese auto y no otro. Y fui eligiendo elementos con los que la mayoría de la gente ha tenido experiencias. Yo nunca tuve un Citroën, pero sí salí a tirar bombitas con amigos desde un Citroën. Permanentemente se acerca gente y me dice que su primer auto fue un Citroën, y hasta del mismo color, y se quedan fascinados.

- ¿Cuáles fueron, a grandes rasgos, los pasos para llegar al diseño final?
- En principio hice varios bocetos. Luego, hice muchos bocetos individuales o particulares de cada figura o parte de ellas, estudios bastante individualizados. No solo de las figuras sino también de algunos objetos que aparecen. Por ejemplo, en el caso de la pareja, yo tenía varios dibujos de parejas en un banco de plaza. Finalmente llegué a un dibujo muy parecido a ese y, posando como el dibujo, sacamos una foto, que a mí me sirve como fuente de información. La fuente de información fotográfica es más completa para el tema de la luz. En algunos casos, saqué fotos, más de una, y luego combiné dos o tres fotos. Hay detalles muy realistas que funcionan como acentos visuales, como centros más importantes  con una presencia mayor que el resto, que va acompañando.
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Osvaldo Fábrega
(Vereda Bell, 2000).

 Es arquitecto, está próximo a los cincuenta años de edad y vive en City Bell. Su pasión –la historia- desembocó en una idea fija que está a punto de concretar: la fundación de un museo histórico y artístico en City Bell.

 El arquitecto Osvaldo Fábrega –presidente de la Junta de Estudios Históricos de City Bell- está entusiasmado. Habla a borbotones, con tono académico; muestra planos, expedientes, listas de nombres y camina City Bell con la seguridad de quien sabe dónde apoya los pies. El relevamiento del viejo tanque de agua de nuestra ciudad por encargo de un tercero lo llevó a pensar primero en escribir un artículo sobre City Bell. Luego, pensó que mejor sería un libro. Finalmente cree que todo eso, más la creación de un museo, casi, casi quedaría corto para tanta riqueza histórica y artística encerrada en las que otrora fueron las tierras de la familia Bell.

Osvaldo Fábrega durante la presentación del proyecto de Museo 

(Foto City Bell Viva).
- Fábrega, ¿qué importancia le asigna a un museo en la vida del pueblo?
- El acontecer histórico de lo que hoy es City Bell y cierto interés de los habitantes, hace que tengamos la necesidad de tener un museo. El proyecto prevé un museo informacional que pueda llegar a comunicar y ser a la vez un laboratorio integrado a la realidad histórica, para mantener viva la llama del pueblo y que permita realzar la calidad de vida de los habitantes de City Bell.

- ¿Qué tipo de museo tiene pensado para City Bell?
- Para empezar digamos que el término “museo” designada en la antigüedad al templo de las Musas, aquellas figuras de la mitología que eran inspiradoras de las artes y las ciencias. Muchos siglos después, el concepto de museo pasó a ser el de un edificio donde se guardan cosas y objetos notables de las ciencias y las artes que sobrevivieron a sus dueños.

Hoy no se concibe la idea de museo si no es de tipo participativo, abierto a la comunidad. Es cada vez más rico en el renovado mundo de la museología el pensamiento y la acción de los responsables de convertir a la institución “museo” en un instrumento capaz de servir al desarrollo del juicio crítico de la sociedad. Ya no se considera a los museos como algo más que habitáculos o construcciones para exhibir o albergar obras de arte o antigüedades.

- ¿Cuál será el puntapié inicial a esta propuesta?
- Estamos organizando para recibir al público entre el 10 y el 17 de diciembre en el Club Atlético, una exposición, un evento comunicacional que hemos dado en llamar “Lanzamiento Cultural Museológico City Bell XXI”, que tiene cuatro aspectos a tener en cuenta: El primero, poner en conocimiento a toda la comunidad del anteproyecto de formación  del mismo, a través de lo que será el portal de la muestra.

De este mismo anteproyecto han circulado unas cincuenta copias entre descendientes de fundadores, pioneros, profesionales y autoridades de diversa jerarquía y hasta hemos podido alcanzar una a descendientes directos de Jorge Bell. En segundo término, hemos convocado a la participación organizada de esas personas con el deseo de definir los lineamientos estructurales del funcionamiento. Queremos iniciar una actividad a pleno en marzo del año próximo.

Además, la convocatoria a descendientes de fundadores y pioneros tiene como objetivo el de rendirles un homenaje por la labor cumplida por sus familias en pos del crecimiento del pueblo. Las nuevas generaciones deberán asumir el compromiso de bregar por un constante progreso y preservación de la calidad de vida de City Bell. Por último, queremos invitar a gozar de la estética que brindaran los jóvenes artistas locales en un ramillete de presentaciones de sus obras mientras refrescamos viejos conocimientos históricos de City Bell y la región.

- ¿Cuál habría de ser la sede natural del museo?
- Si es por razones históricas y afectivas, pensamos que debería ser la casona de la Estancia Grande, hoy casino de oficiales del Batallón 601. Mucha gente señala como sede natural la casa fundacional, la de Cantilo esquina 7, pero esa está actualmente ocupada por el Centro de Estudios Carlos Auyero. Como alternativa, estamos viendo una casa de estilo colonial que se ofrece en alquiler sobre el camino Centenario.

- ¿Cuáles serían las probabilidades de lograr el casco de la estancia?
- Aunque mantuvimos conversaciones con el jefe del Batallón y hay una apertura total, naturalmente que no podemos esperar ningún cambio en lo inmediato. En lo personal creo que, teniendo en cuenta que cuando el ejército se hizo cargo de las tierras, éstas estaban valuadas en ocho millones de pesos de aquella época y la familia Bell sólo cobró unos quinientos mil, una manera de reparación histórica sería que las tierras fueran devueltas a la familia Bell y que ellos las cedan en donación o en comodato para los fines culturales y recreativos que City Bell está necesitando, como por ejemplo el museo.

- ¿Cómo se estructurará el museo?
- Temáticamente, tendrá dos vertientes bien definidas. Por un lado, la estrictamente institucional, como lugar para exhibir colecciones históricas y artísticas de la región, que se relaciona con otras instituciones en cuanto su papel educativo y científico. En otro aspecto, funcionará como un foro de la comunidad (un ámbito abierto, libre), que será receptor de documentos y obras en todas sus variantes, que se encargará a la vez del procesamiento de ese material y estará en contacto con la comunidad a través de las exposiciones, de conferencias, la página web, el análisis, el debate.

- Ustedes tienen también un proyecto relacionado con el tanque de agua antiguo...
-                     Lo del tanque de agua sería un apéndice del museo principal. La idea es montar allí un museo interactivo para chicos, en el cual podrían exhibirse piezas “prestadas” por el museo madre de City Bell. Lo primero que hicimos fue presentar un expediente solicitando se lo declare de patrimonio arquitectónico, ante el temor de que fuera demolido como en un principio se había dicho. Pero la concesionaria Azurix no es propietaria de los inmuebles, y por lo tanto eso sigue dependiendo de Obras Sanitarias residual. Como edificio es emblemático para los citybellenses y debería ser sede del museo de trabajo de todas las escuelas del pueblo. Daría para armar tres plantas de 20 metros cuadrados cada una, o bien dos plantas de exposición y una biblioteca.

- Volviendo a la exposición convocada para diciembre: ¿qué concurrencia estiman?

- Se van a cursar unas trescientas invitaciones especiales y la convocatoria general se hará a través de los medios de comunicación. Sería arriesgado estimar una cifra cuando falta un mes para la fecha. Pero no sería descabellado pensar en setecientas personas pasando por la exposición a lo largo de una semana.
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      Francisco Occhipinti
         (Vereda Bell, mayo 2001)

Francisco Occhipinti puso su firma a esta reseña que fue, en realidad, una entrevista para 
la revista Vereda Bell.


El Banco Río de la Plata fue la primera institución bancaria que se animó a instalar una sucursal en la amplia zona que va desde La Plata hasta Florencio Varela. Le corresponde a City Bell el privilegio de haber sido la localidad elegida para instalar dicha sucursal por el directorio del banco, en la persona de su por entonces presidente, el doctor Carlos Pérez  Companc. Las directivas no fueron de alquilar un local para “ver qué pasaba”, sino las de adquirir una propiedad para tal fin.
Occhipinti junto al exfutbolista Nolo Ferreyra.

Así fue que a principios de 1963 se compró la propiedad del señor Landolfi en Plaza Belgrano esquina 3 (hoy Banco Municipal) y de inmediato se procedió a las refacciones y ampliaciones para adaptarla a las necesidades.

Era tanta la confianza que tenía Pérez Companc en City Bell que el 18 de marzo de 1963 se procedía a su inauguración con un acto muy lucido, con la presencia del propio Pérez Companc (presidente del banco), su vicepresidente y por entonces Presidente de YPF, Dr. Bustos Fernández, el arzobispo de La Plata, Monseñor José Plaza, autoridades locales, el padre José Dardi, y el por entonces presidente del Club Atlético City Bell, Carlos Chidíchimo, encargado de la organización de la ceremonia con banda de música incluida.
Fui designado para dirigir esta primera sucursal habida cuenta de mi larga trayectoria en el banco de la nación Argentina en localidades como Río Colorado, Bahía Blanca, Ushuaia, General Acha, Comodoro Rivadavia, Coronel Dorrego y, hasta pocos días antes de la designación en City Bell, gerente de la filial Punta Alta.

Es de destacar la colaboración recibida por parte de caracterizadas personas de City Bell para que la sucursal alcanzara el éxito logrado, entre quienes hemos de mencionar al doctor Ricardo Berri, a Leonardo Detlefsen, Julio Barone y Humberto Defranco, Juan Vendramín, Juan Bello y Sebastián Guerreiro Brites.

El éxito fue tal que antes de que transcurriera un año ya se estaba abriendo una sucursal en Villa Elisa.

Poco después, y ante los resultados de nuestra gestión, otros bancos se fueron instalando en la zona, como lo fueron el banco Comercial de La Plata, el Provincia de Buenos Aires, el Crédito provincial, etcétera.

La adquisición por parte del Banco Río de la Cooperativa Sur Financiera posibilitó la inauguración de sucursales en Florencio Varela, Berazategui, Bernal y –tras adquirir el Banco del Este- también sucursales en capital federal donde también fui designado primer gerente.



Esta primera sucursal instalada en City Bell dentro de la franja La Plata-Florencio Varela fue vital para que el Banco Río llegara a ser uno de los primeros bancos privados argentinos.
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Olga Edith Romero
   (Vereda Bell, mayo 2001)

Olga Romero, la querida directora del Jardín de Infantes 913, dejó la docencia para seguir estudiando. Un balance de su carrera docente en diálogo con Vereda Bell.

Olga Edith Romero es, casi, sinónimo del jardín de Infantes nº 913. Además, muchos chicos –y hoy no tan chicos, ya, han crecido con la lectura de sus libros. Ha editado dos para niños y “unos cuantos” de poesía para adultos, en su mayoría en colaboración con otros autores. Su primer cuento lo publicó a los 18 años. Luego de más de treinta años de docencia, abandona su carrera para estudiar Comunicación Social.

- ¿Cómo es se siente al dejar la docencia después de tantos años de dedicación?
- De a ratos me agarra como una angustia al pensar que voy a dejar. Pero también estoy contenta porque voy a hacer otra cosa. Son
Muchos años de docencia, sobre todo en el mismo lugar. Tengo reconocidos veintiocho años dentro de la Dirección de Escuelas, pero son más, porque estoy trabajando desde 1969. En el jardín, estoy desde 1974, así que por más que se dice que el establecimiento es de la Dirección de Escuelas, yo digo que es un poco mío. Ha ido pasando gente, ha ido quedando gente que empezamos juntas, y son muchos años...

- Se puede decir que una generación entera ha pasado por sus manos...
- Vos pensá que por año he tenido de alumnos más de treinta chicos (llegué a tener treinta y siete, de tres años). Son muchos años de alumnos. Yo les digo que los conocía cuando no tenían bigotes. O son mujeres que tienen sus bebés y ya han llevado a sus hijos al jardín.

- De todos esos años, ¿cuántos como directora?
- Años de dirección fueron unos cuatro. Estuve en vicedirección en un tiempo, pero la dejé porque mis hijos eran chicos. Rechacé muchas veces la dirección. No la quise tomar hasta que ellos fueran grandes, porque me parece que los hijos son lo primero. Uno puede dedicarse mucho, la docencia me gusta de alma, pero creo que los hijos necesitan de uno y uno tiene que brindárselo en el momento en que lo requieren, porque en seguida les crecen las alas y se van... y entonces, el momento que una tenía para mimarlos y hacerles un montón de cosas que ellos pedían, se le fue de las manos...

- ¿Los tuvo de alumnos alguna vez?
- No, nunca los quise tener de alumnos. Vi lo que sufrieron mis compañeras que como maestras tuvieron a sus hijos y fue terrible, porque encima, les exigen más que a los otros... Entonces, nunca los quise como alumnos.

- ¿Qué cambios notorios tuvo la educación en todos esos años?
- Vi cambiar mucho la educación en muchos aspectos. En el jardín, porque cambia mucho todo. Creo que es uno de los lugares donde más se acelera todo y más cambios tiene, porque las modalidades van cambiando año a año. Pero vi cambiar también para mal. En el secundario vi el estancamiento que existe y la falta total de interés de los chicos, pero también creo que tiene mucho que ver con los profesores. Veo que hay profesores que incentivan mucho y los alumnos se preocupan y trabajan. Pero hay otros docentes que no hacen nada... y ves a los chicos que terminan el secundario y no agarran un libro. Terminan “mente virgen”. No sé cómo fueron pasando de año en año. Mucho esfuerzo, se ve que no les demandaba.

- ¿Y en los chicos se nota algún cambio?
- Me parece que en Educación, algo ha fallado. No sé muy bien qué, pero me parece que los chicos salen con menos formación que antes.
Desde la familia, todo cambió, no sé si para bien o para mal. Los chicos tienen muchos medios de comunicación que lo incitan al consumismo, que empieza ya en el jardín de infantes. Los chicos parecen más inteligentes, más vivos. Pero parece que no se aprecia en nuestro país esa inteligencia y si todos son de medio para abajo, mejor tirar para abajo para que todos sean iguales y se nivela hacia abajo, y no tiene que ser así.

- Desde los medios de comunicación, ¿puede esperarse un aporte positivo para la educación?
- No es que los medios de comunicación sean malos. Hay que aprovechar su costado bueno, tratar de no dejarlos de lado. Durante años les pido a los padres que miren televisión con los hijos, para saber lo que miran. Hay un momento para cada cosa. Hay un momento para mirar televisión, un momento para leer, un momento para escuchar música. Creo que si uno se hace los momentos, hay un momento para cada cosa.

- ¿En qué cambió la televisión entre su época de escolar y la actualidad?
- Cambió en el sentido de que es más agresiva y la agresión se nota en todos los aspectos. Y lamentablemente se nota mucho en los padres, y los padres lo derivan en los hijos. A veces, decimos “el chico es bárbaro, si no fuera que tiene semejante mamá y semejante papá”.
Los chicos que ven que el padre es respetuoso y se conduce de determinada forma, copia. Y si el padre es irrespestuoso, lo mismo.

- Usted cambia la docencia por el estudio de comunicación social.  ¿Busca cambiar algo desde esta nueva disciplina?
- No pretendo cambiar nada, porque no pienso que uno solo cambie las cosas. Periodismo me gustó desde hace mucho tiempo, siempre me gustó. Uno no puede pretender cambiar los dibujitos que vienen desde Japón. Lo único que tiene que hacer es dar vuelta la perilla del televisor.
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- Eso de “dar vuelta” la perilla delata la edad...
- No quería pero me salió. Tengo 51 años.

- No es común a esa edad emprender una nueva carrera
- No es común. Pero pretendo hacer una maestría en Periodismo y Ciencias de la Comunicación

- Y luego de la maestría, ¿hacia dónde apuntará?
- Tengo ganas de participar en algún periódico, aunque sea zonal. No me interesa que sea un diario importante.

- La vocación por el periodismo, ¿se engarza con la tarea literaria?
- Escribo cuento y poesía y mi poesía es comprometida, no “light”. Tiene algo de política...

- Aunque la entrevista saldrá publicada luego de su último día de clases, ¿pensó qué les dirá a sus alumnos como despedida?
- No sé. Va a ser muy difícil decirles algo sin que se me caiga alguna lágrima...

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Babi Palma
(Vereda Bell, noviembre 2001)

Alejada de los consultorios públicos a causa de merecida jubilación, la doctora Palma recuerda su infancia y habla de la unión ciencia-fe.


María Imelda Ramona Palma es, tal vez, uno de los personajes más queridos de City Bell. Nació con ese nombre y ese apellido en Loreto, Santiago del Estero, el 22 de junio de 1942. En City Bell, desde hace más de treinta años es más conocida como Babi o la doctora Palma, la pediatra de “la salita” municipal. En forma directa o indirecta, el dispensario de 19 esquina 12 fue su lugar de trabajo hasta mayo de este año, cuando por años de servicio a su favor decidió retirarse a la actividad privada.

Loreto tiene lo típico: la comisaría, una iglesia, la plaza en el centro y casas alrededor. “Babi” vivió allí hasta los siete años y cuenta: “La vida de Loreto está unida a la Virgen de Loreto. Primero el pueblo estaba emplazado en un lugar, en el tiempo en que vivían mis abuelos y que mis padres eran chicos. Luego cambió el curso del río y el agua inundó en ese lugar. Con la Virgen a cuestas, los pobladores se fueron a un lugar seco y se instalaron allí, en un lugar donde no se inundaba. Eso, cuenta mi mamá, pasó en la época en que ella era niña, y había nacido en 1905.

Típica historia de familia con aspiraciones de un futuro mejor para sus hijos, los Palma emigraron a la capital provincial cuando la mayor de sus cinco hijas terminó el colegio primario. “Y empieza a empujar para que cuando todos termináramos el primario fuéramos a estudiar a Santiago o a La banda. En la capital vivía mi abuelo Santiago Palma. Vivimos un tiempo con él hasta que compramos e hicimos la casa al lado de la de él. Mamá era maestra, y teníamos una despensita. Mi papá trabajaba en la Policía, era subcomisario en La Banda”.

Luego, cuando llegó la edad universitaria “nos vinimos todos a vivir a La Plata, cerca del Seminario Mayor, adonde íbamos a misa todos los domingos. Allí me engancharon de la Acción Católica. Ya casada y en City Bell conocí el Movimiento de Schoenstatt”.

La aclaración vale para poder entender una anécdota que hizo sospechar de la honorable pediatra. Hacia 1979 es colocada la piedra fundamental de la ermita de la Virgen de Schoenstatt, sobre la calle 28. Durante casi un año, en ese solar sólo podía verse una baldosa a ras de tierra y bastantes yuyos no siempre bien cortados. “Babi” iba diariamente a rezar ante esa piedra fundamental que encierra símbolos y anhelos de quienes habían sido sus gestores, ella incluida. Y la emoción y el recogimiento arrancaban lágrimas de su corazón. Cierto día, en la Unidad Sanitaria una paciente se le acerca y, con discreción, le pregunta: “Doctora, ¿qué le anda pasando? Se comenta por allí que usted anda hablando sola y llorando por los terrenos baldíos”... Y la pediatra tuvo que explicar la realidad, de la que no muchos estaban enterados.

Palma es reconocida por su sensibilidad social y su rica vida interior. En sus tiempos de jefa de la Sala solía prolongar sus horas de trabajo visitando familias y enfermos en el barrio Güemes, como una forma de fundir profesión y apostolado. “Desde chiquita iba a los ranchitos cercanos a mi casa, de los más viejitos. En la carita de los viejitos miraba sus ojitos, que eran para mí como la mirada de Dios: la ternura, el amor... Me preguntaban por mi mamá y mi papá, por mis hermanas. En cambio, iba a las otras casas, de las familias pudientes, y me contaban de las cosas que se habían comprado, los vestidos, el auto... todo superficial”.

Tal cercanía para con los necesitados la mamó evidentemente en su casa. Mamá maestra se llevaba a los alumnos que no entendían la tarea a casa para ayudarlos a que pasasen de grado. Y el papá “era un hombre introvertido, respetuoso, dado con los vecinos, muy bonachón”.

         También de muy chica le viene la riqueza de espíritu. “Mi madre me contaba que yo estaba en Loreto y además de rezar me envolvía en una frazada (en Santiago hacen 40º de calor) y transpiraba, y ella me decía ¿qué hacés?, y yo le decía que estaba rezando por mi hermana para que le fuera bien en el examen. Sufría y gozaba por los demás, me sentía parte de los demás, como que mi persona se prolongaba en la otra y el otro se prolongaba en mí. Tal vez sea un don que Dios me dio”, dice.

Cuenta que no puede ver películas de sufrimiento “porque sufro horrores. El sufrimiento del mundo se ha penetrado en mí tan profundamente que poco a poco, a través de la fe, voy poniéndome las corazas necesarias... Es una total compenetración y compasión en el sentido de sentir lo mismo que mis pacientes en todo lo que les pasa”.

Ciencia y fe, para ella, “están totalmente conjugadas, porque Dios es poseedor de toda la sabiduría, el entendimiento, todo. En la ciencia empiezo a dar los primeros pasitos para acercarme a esa sabiduría, es un instrumento. Cuando empecé la facultad tuve dudas inmensas de fe. Investigué todo lo que pude de la fe cristiana, de otras religiones, y dije ‘gracias Dios mío porque me diste mucha fe y en un momento me diste dudas para investigar todo lo que era necesario’ ”.


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Eusebio Carnevale
(Vereda Bell, agosto 2000).

Con setenta y cinco años en esta tierra y en City Bell es, casi, casi, sinónimo de su comunidad. Amante de lo que se llama un “perfil bajo”, no pocos conocen de su solidaridad.

 Nací en Villa Elisa en lo que es hoy la pista de baile del club Curuzú Cuatiá  y mis padres me trajeron a City Bell cuando yo tenía seis meses”. Buen principio para una charla con Eusebio Carnevale. El hombre del Rotary (único fundador vivo de la filial City Bell), el que ayuda a los que le piden ayuda, el hombre de campo y los carteles frente al obelisco porteño, el hombre de trabajo y de la pintura de caballete. “Mi padre tenía horno de ladrillos. Me crié en este barrio con los chicos de la zona, todos de condición humilde, familias trabajadoras de la tierra, un gran compañerismo –prosigue-. Tuve la suerte de inaugurar la escuela 12, porque empecé a ir en 1932, cuando se habilitó el edificio”. Para seguir quinto grado había que ir hasta Villa Elisa, y por entonces no había ómnibus. “Mi padre (Santiago Carnevale, figura notoria de los tiempos de la fundación del pueblo), tenía un Ford A, pero no estaban las condiciones como para estar sacándolo todos los días”. Eran los años 1932/33 de la gran crisis “y había que ahorrar al máximo”.

Entonces lo ponen pupilo en el Sagrado Corazón de La Plata, pero los malos resultados más un nuevo servicio de micros mediante, “me empezaron a llevar a Villa Elisa. Al poco tiempo de estar, yo era el mejor del grado. Evidentemente, en La Plata yo aprendía pero estaba estresado”.
 
Eusebio Carnevale.
El propio relato trae a la memoria de Eusebio el recuerdo de quien sería un notable en las letras argentinas: Roberto Themis Speroni. “Con él estuvimos 2º, 3º y 4º grado juntos. Coincide que 5º y 6º él va también al Sagrado Corazón, pero externo. Y luego en la escuela industrial nos volvemos a encontrar, aunque no en la misma división. Era un personaje muy especial. Ya había nacido con algo relacionado con el arte, porque era un gran dibujante. Y pienso que mi inclinación por el arte y el dibujo, tal vez vino porque me llamaba la atención cómo él dibujaba y yo quería hacerlo igual. Pero él salió poeta. Inventaba historias; en esa época estaba de moda Tarzán, por radio, y él empezó a promover un viaje al África para conocerlo. Un buen día faltan dos muchachos de City Bell, desaparecen. Uno se llamaba Deheza y el otro Cifuentes. Todos buscándolos, porque no aparecían. Al día siguiente llaman por teléfono de la prefectura de Ensenada avisando que había dos chicos de City Bell que estaban esperando un barco para irse al África”.

Desde hace veinticinco años, el nombre de Carnevale Publicidad aparece tímidamente frente al obelisco porteño, junto a los carteles de la multinacional Coca Cola. Una ubicación estratégica que recorre el mundo en fotografías y publicaciones y que pocos saben que ostenta letreros made in City Bell. Una historia que tuvo en esa misma esquina un antecedente en 1955 con una firma de casimires que contrató un letrero en un balcón. Hecho el servicio militar, “empecé a trabajar en Transradio, como tornero –prosigue-. A los pocos meses me llevan a trabajar al laboratorio junto con un vidriero aparatista de apellido Bianchi, en un proyecto de una lámpara de rayos X que estaban haciendo. Este hombre era muy buen vidriero, especialista en neón, pero cuando el jefe se fue, quedó en banda porque no se siguió con el proyecto. Y entró a trabajar en La Plata en una fábrica de letreros luminosos. Un buen día me propone montar juntos un tallercito y empezamos a fabricar tubos de neón y luego, letreros”.

La pequeña empresa fue creciendo y así llegaron los letreros para Cinzano y Otard Dupuy. “Un buen día me dijeron si me animaba a Mar del Plata. De ahí surgió hacer letreros de ruta y nos fuimos ampliando”.

Con tres cuartos de siglo de vida plenos de actividad, Eusebio Carnevale confiesa que hijos y nietos lo cuidan bastante. “Dicen que no me sube bien el agua al tanque”, sonríe, y se entusiasma en el relato. “Ahora estoy dedicándome a pintar acuarelas. Estoy haciendo motivos del City Bell viejo. El primero fue inventivo, lo demás lo estoy haciendo en base a fotos de diarios”.

Todavía no hemos ganado mucho en City Bell –dice, buscando irremediablemente un tema menos personal-. Tendría que ser una joyita, con el casco urbano céntrico pavimentado, veredas bien hechas, hay lugares en que no se puede caminar por las veredas rotas”.

Carnevale siempre se destacó por su compromiso comunitario. “Hace bastante tiempo quise promover un movimiento para autonomía de City Bell, pero después lo analizamos bien con un grupo de personas, analizamos que tenía que tener un intendente, secretarios, concejo deliberante, personal ejecutivo y demás, y era toda una estructura que había que hacerla y mantenerla. Y generalmente, los municipios que hicieron experiencias similares, perdieron. Yo fui delegado municipal, y si no se tiene los fondos suficientes es difícil, no se puede hacer nada. Muchos dicen que yo puse plata cuando fui delegado y no es así, lo que hice algunas veces fue financiar hasta que me llegaba el dinero, pero nunca puse plata”.

Como su padre, Eusebio Carnevale es un activo colaborador de las instituciones zonales. “Mi señora me dice ‘no abras la boca porque te agarran enseguida’. Y yo le digo ‘en 1948 fui a un baile y vi una chica que me gustaba. Le dije señorita, ¿me acompaña a bailar?’: 51 años de matrimonio”.

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