sábado, 8 de mayo de 2021

Doña Irene aún habita en la calle Pellegrini

        La historia es absolutamente veraz. Nos la relató uno de sus protagonistas y por respeto a los involucrados en ella todos los nombres que daremos aquí serán ficticios. A algunos no les importará, pero otros se podrían sentir heridos en sus sentimientos.

          El escenario de los hechos es una de las muchas casas familiares de la calle Pellegrini en la cuadra del 900 de City Bell. La vivienda está bastante cambiada hoy en día, después de casi dos décadas de que los Guchi –insistimos, un apellido que no se corresponde con el verdadero- la vendieran a quien no es el propietario actual.

          Luis Guchi y su esposa Josefina la habían comprado con mucho esfuerzo hacia la década de 1960 casi como un compromiso de honor. Con ellos se mudó también la abuela Ana –la mamá de ella- y con el tiempo se sumaría además doña Irene –progenitora de Luis-, con su cabello albo peinado hacia atrás y su nariz filosa y levemente saltona. Vivían hasta entonces en Ensenada, donde habían nacido sus tres hijos y cosechado una ponchada de amistades. Uno de ellas era Mingo, quien se había casado con la hija de una familia vecina y se había afincado en un chalet de la calle Cantilo en el por entonces tranquilo City Bell.

          En un gesto que cambiaría por siempre la vida de Guchi, hacía tiempo que Mingo le había regalado una bobina de hilo, ese que se usaba mucho para atar paquetes en los tiempos en que las bolsas de polietileno eran algo de ciencia ficción y todo se envolvía en papel y se ataba con piolín. “Antes de que se te termine este ovillo tenés que venirte a vivir a City Bell”, le dijo en una suerte de pacto de caballeros.

          Mingo murió joven poco después, y para Luis el pronunciamiento de su amigo cobraba más fuerza que antes: “Era un compromiso asumido y no podía defraudar a un amigo, aunque él ya no estuviera para verlo”, confesó el esposo de Josefina una tarde de mates en la cocina de la calle Pellegrini.

          Pasaron algunos lustros, Josefina y Luis Guchi partieron con igual rumbo que su amigo; ya habían fallecido también sus respectivas madres doña Ana y doña Irene, las consuegras que vivían refunfuñándose mutuamente como dos adolescentes. Fue así que compró la casa un vecino quien, a su vez, la volvió a transferir.

          Una tarde más cercana al hoy en que paseaba por City Bell en compañía de su pareja y sus suegros, el más chico de los Guchi decidió dar una vuelta por su antiguo barrio. Encontró pavimento y cordones de hormigón ocultando el histórico fango de la Pellegrini y el recuerdo de algún vecino esparciendo diarios doblados en dos para pisar sobre ellos y poder cruzar la calle sin perder un zapato en el barro. Encontró también a su casa bastante cambiada, al menos en su apariencia, y al propietario que cortaba el césped en la vereda.

          Hombre joven, de la edad de quienes tienen todavía el empuje de los primeros años de un proyecto familiar y como si toda su vida hubiese vivido allí, preguntó a los forasteros si buscaban a alguien. Guchi hijo le respondió que le estaba mostrando a sus acompañantes la casa donde se había criado.

-         -¿Vos sos Guchi? –preguntó el vecino, mientras dejaba las herramientas a un lado.

-         -¿Cómo sabés?

-         -A mi casa la llaman “lo de Guchi”, pero yo no los conozco.

 De ahí a pasar al interior fue sólo un instante. Estaba casi como el visitante la había proyectado reformar en un trabajo práctico en su paso por las aulas de Arquitectura, algo que su familia nunca había concretado. En la cocina con su nueva disposición hacía sus quehaceres la dueña de casa quien, también, se mostró amistosa y hospitalaria. Por la ventana se veía corretear en el fondo a la pequeña hija y Guchi no pudo reprimir el recuerdo de las lejanas tardes de juegos con sus hermanos.

 De la conversación entre los adultos surgió una cuasi confesión de los anfitriones: su hija les había relatado muchas veces que hablaba con “la abuelita” y les describía a una señora viejita, canosa, con el pelo hacia atrás, con nariz delgada pero notoria… Ellos no veían ni oían a nadie, sólo a su hijita en entretenida conversación con alguien invisible e inaudible.

 Pero un día su mamá pudo verla: era una anciana como la que describía la pequeña; también vestía un saquito de lana marroncito prendido con botones y caminaba por la casa con un paso corto pero apurado.

 Guchi no pudo menos que preguntar en qué lugar de la casa la había visto la nena. Se quedó sin aliento cuando le dijeron en cuál habitación: la misma en la que otrora dormía su abuela Irene, la de cabello albo peinado hacia atrás, y su nariz filosa y levemente saltona quien de entre casa usaba, habitualmente, un saco tejido color beige con botoncitos asomando por los ojales y caminaba con paso corto pero apurado aunque no fuera a ninguna parte.

 Los padres de la nena dijeron que ella no se había sentido alterada tras las conversaciones con la abuelita, así que no se preocuparon. Más aún, la mamá agregó que para ella era una tranquilidad saber que no se quedaba sola cuando su esposo no estaba. De alguna manera se sentía acompañada.

 Debe ser que doña Irene Guchi añora aún los tiempos de la Pellegrini de barriales y faroles apagados, aferrada quizás al estigma familiar de abrir las puertas de la casa a todo el que llegue a ella; de atenderlo, de reconfortarlo, de brindarle todo lo poco que siempre habitaba las alacenas pero también todo lo mucho que rebosaba de sus corazones. Su alma escapó del camión de mudanzas y se quedó en la casa provocando al alma de su consuegra Ana buscándose mutuamente motivos para pelear. O tal vez eligió perpetuar el pacto de amistad entre su hijo y Mingo de mudarse para siempre a City Bell antes de hacer un moño con la última hebra de aquel carretel de hilo de atar paquetes.

 Vaya uno a saber. Los que tenemos el alma envuelta en un cuerpo no entendemos mucho de esas cosas.

07 may 21

 

        

 

viernes, 9 de abril de 2021

La despedida

Durante casi cinco años tuve el placer de participar de esa experiencia periodística que fue “City Bell-Hechos y Personajes”. No lo sabíamos, pero estábamos removiendo la pelusa acumulada sobre la historia del pueblo y sus antiguos vecinos. Estábamos siendo testigos también –creo que sin advertirlo- de los primeros grandes pasos de la avanzada del nuevo City Bell que aniquiló a aquel que creíamos eterno: casas bajas, tranquilidad, verde por doquier.
 
Esta semana se cumplen veintiún años de mi salida de ese equipo que hizo el recordado semanario. Lo acabo de descubrir y me pareció curioso compartir mi última columna quincenal en CB-H&P.
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Nos estamos viendo
 
Punto final para nosotros en CB-H&P. Todo cumple un ciclo y creemos que es hora de poner fin al nuestro. Y así, con esta última crónica, damos por cerrada nuestra columna, que tanto nos dio en todos estos años. 
 
Por Guillermo J. Defranco, anotador y cronista de cosas ciertas.
 
Puffff. A cualquiera le temblaría el pulso si se sentara a escribir su renuncia al trabajo. Y algo así es lo que nos está pasando a nosotros en este preciso momento. Nadie nos la ha pedido, no nos hemos peleado con nadie, pero creemos llegado el tiempo de poner el punto final a esta columna que tanto queremos. Ciento diez crónicas -cuatro años y medio de publicación ininterrumpida en un semanario como éste- son razón suficiente para tomar una decisión semejante, simplemente porque creemos que el lector se merece un descansito; y nuestra creatividad también.
 
No vamos a hacer un racconto de los temas tratados aquí a lo largo de este periplo porque ya lo hicimos en nuestra nota número cien. No vamos a ponernos nostálgicos como ocurre en las despedidas, aunque nos va a costar un poquito. Pero no nos gustaría salir de escena haciendo mutis por el foro y sin contarle nada a nadie. Porque quien más, quien menos, todos se merecen el mínimo respeto de saber que dentro de quince días ya no nos hallará más en la página 7 de Hechos y Personajes, una noticia que para muchos será realmente buena, no lo vamos a negar.
 
Sí vamos a decir que habremos de extrañar esta rutina quincenal. Tenemos la dicha de gozar con nuestro trabajo al ejercer nuestra profesión, tal vez una de las pocas cuyos límites se confunden con la realidad de la vida diaria: abrazamos el oficio de contar lo que vemos y oímos y todas y cada una de las cosas que nos suceden o nos cuentan pueden constituirse en el punto de partida para una de nuestras crónicas. Por ello y porque no lo sabemos, no podemos decir que esta sea una despedida definitiva.
 
Como dicen en las novelas, fue hermoso mientras duró. Hemos conocido muchísima gente en todo este tiempo; hemos aprendido tantísimas cosas, de la profesión y de la vida. Y hemos penetrado la historia de nuestro pueblo y sus habitantes mucho más allá de lo que nosotros mismos sospechábamos que llegaba y todo ello nos ha dado una riqueza infinita. Por ello, a toda esa gente que de alguna manera influyó en nuestro trabajo y nos apoyó, le damos las gracias y le decimos que la extrañaremos.
 
Gracias también a la gente del semanario, ese equipo conducido por Carlos Capdevila, experimentado periodista que confió en nosotros y nos cedió una página de su creación. Y en él agradecemos también a los directores bajo cuyas órdenes trabajamos y al resto del equipo de CB-H&P.
 
De manera especial queremos decirle a Carlos Pinto, el ilustrador de nuestra columna, que su trabajo nos ha reconfortado. Y es curioso que haya siempre interpretado tan bien el espíritu de fondo de cada una de las notas, porque con él nos hemos visto una sola vez, y por espacio de unos pocos minutos. Pero tanto trabajar a la par y compartir un espacio, devuelve la sensación de un equipo de trabajo y el sentimiento de un largo conocimiento. Y por ello lo vamos a extrañar también.
 
Vamos a extrañar el síndrome de la página en blanco, el tiempo pasando y ninguna idea acerca de cómo encarar la próxima nota. Como también esperar la media mañana del sábado, oír la caída del semanario en el porche, y correr a abrirlo para criticar nuestro propio trabajo. Pero creemos que toda rutina necesita un descanso y que es también éticamente sano advertir que todo se desgasta. Y ni nuestra página ni nosotros constituimos la excepción. Por eso preferimos meter violín en bolsa y partir con la música a otra parte.
 
En fin, basta de aporrear el teclado cuando está bien entrada la noche (esa es la hora en que aflora más nuestra creatividad, como el rocío del jardín y la tos de los resfriados). Ya no oiremos el silencio citibelino entre párrafo y párrafo ni fijaremos la mirada en el cielorraso en busca de ese sinónimo que se oculta en su timidez.
 
Sin embargo, sabemos que no dejaremos de pensar en ello. No podremos olvidarnos de cada una de las personas que nos leen, aún las que no conocemos, porque sin proponérnoslo ni periodista ni lector, entre ambos se ha establecido un canal de comunicación rico y enriquecedor a la vez, que perdurará en el tiempo y en City Bell.
 
Sabemos, también, que la vida sigue, que hay muchos otros ávidos de tener un espacio en un medio como éste y que con seguridad sabrán llenarlo mucho mejor que nosotros. Y eso también es bueno.
 
Mientras tanto City Bell seguirá atesorando encantos y particularidades varias, esas que le dan su identidad tan definida. Seguirán conviviendo el canto de los grillos y las calles mal numeradas; los veranos tan felices y su falta de agua; los otoños crocantes de ocre y la basura amontonada; los encuentros de amigos y la historia tan olvidada.
 
Nos gustaría que ésta fuera una más de todas nuestras crónicas, y a la vez la mejor de todas. Pero sabemos que no es ni lo uno ni lo otro. Preferimos que sea el encuentro entre dos amigos que saben que el destino los separa, y comparten unos mates como si todo fuera a seguir igual. Lo importante no es el encuentro sino la amistad –se dicen- y parten con esa certeza en su equipaje.
 
Con esa idea es que nos vamos, sabiendo que nos seguiremos viendo. En cualquier lugar. En cualquier momento. Y antes de que aflore nuestro sentimentalismo excesivo y estiremos la despedida más de lo necesario, buscamos entre nuestros apuntes algún punto final que nos haya quedado traspapelado. Lo tomamos con emoción, entre el índice y el pulgar, y lo ponemos justo acá, exactamente en este preciso lugar.
 
10 abr 00.-

 

lunes, 25 de enero de 2021

El síndrome de Honorio


A cualquiera le habrá pasado contratar a un pintor para unos pequeños retoques y terminar pintando toda la casa. Ese hecho, que nos acaba de suceder, trajo el recuerdo de Honorio Herrera, personaje sin igual por donde se lo mire.

 Herrera trabajaba de engrasador en una estación de servicio en City Bell, un oficio casi desaparecido en los tiempos actuales. Treinta años atrás a los autos había que engrasarles ciertas partes de la dirección y de la suspensión cosa que hoy, con los nuevos diseños de la mecánica, no sólo no es necesario sino que tampoco puede hacerse. Un oficio, como se imaginará, bastante sucio por definición.

 


Honorio se ocupaba de ello y también solía lavar autos en el mismo establecimiento, tarea que no es tampoco de las más limpias. Además realizaba los cambios de aceite y filtros de los vehículos de la clientela, una especialidad que ha sido absorbida hoy por los llamados lubricentros.

 A falta de elevadores contaba para su trabajo con dos largas fosas con escaleras algo empinadas, las que a la vez conducían a un sótano que albergaba la sala de máquinas, el depósito de lubricantes y un pequeño rincón-oficina para el engrasador. Ese espacio construido en 1965 es hoy impensable en el marco de las normas de seguridad, pero en las décadas de 1960 y 1970 era inexpugnable para cualquier persona ajena al sector excepto sus patrones.

 Herrera viajaba a City Bell desde Villa Elvira, dos o tres kilómetros al sudeste del casco urbano de La Plata. Puntualmente, poco antes de las 8 de la mañana bajaba del ómnibus vistiendo impecable pantalón negro con raya al filo, camisa (no recordamos si usaba corbata), zapatos relucientes y un impecable saco blanco, empuñando un lustroso portafolios de cuero. Luego de saludar penetraba en su cueva subterránea y reaparecía enfundado en su grasiento mameluco. Solía cocinar allí mismo su almuerzo con un calentador de kerosene y, en una lata vacía, ponía también a hervir su ropa de trabajo para terminar enjuagándola con el agua a presión de la máquina de lavar autos. A las cuatro de la tarde emergía de las profundidades engominado y con su envidiable saco blanco sin mota de grasa ni de aceite. Saludaba, cruzaba el camino Belgrano, y esperaba la línea 338 que lo acercara de regreso a su casa.

 Lo cierto es que un día de sus más de veinte años de servicio apareció piloteando orgulloso un Dodge modelo 1936 que le había regalado su cuñada, en estado de viudez. El auto tenía unos cuarenta años de fabricado pero muy pocos kilómetros rodados y se lo veía en muy buen estado excepto por un parche de antióxido rojizo sobre la pintura gris topo de un guardabarros.

 Honorio estaba contento con su auto. Volante a la derecha -como era ley en el país hasta 1945-, el detalle apuntado era la única mácula en toda la pintura, cuyo brillo opacado por el tiempo él iba a recuperar tratándola con aceite de pata, decía.

 Un lunes de aquellos, a las 8 de la mañana, llegó en un auto como el suyo pero de color celeste. La sorpresa de sus compañeros y sus patrones requería una respuesta.

 “¿Se acuerdan el parche de antióxido? Bueno, quedaba feo. Tenía un poco de esmalte sintético celeste en casa y ayer, mientras la patrona me cebaba mate agarré el pincel y –mate va, mate viene- cuando quise acordar me faltaba nada más que el techo. Así que lo pinté todo”, dijo con orgullo ante la perplejidad ajena.

 Como suele pasarnos a muchos, empezó por un poquito y terminó yendo por todo. Había nacido el síndrome de Honorio.

 

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24ene21