jueves, 13 de diciembre de 2018

Tiempo de ennavidarse



    Quiérase o no el espíritu del final del año está presente en las conversaciones, en los planes, en las noticias... Aún para aquellos que por una cuestión de fe no celebran la Navidad, el cambio de año es insoslayable y, aunque no quieran, les llegará algún brindis, algún saludo; o por lo menos, el medio aguinaldo de diciembre. Y si así no fuera, ya pasará el basurero tocando timbre y dejando la tarjetita de saludo a cambio de algún billetito a voluntad.

    Sin duda que la Navidad es el centro de este tiempo. La hemos heredado a través de la fe junto con la civilización europea y occidental que nos ha tocado en suerte y junto con ella vinieron las comidas cargadas de calorías –ideales para esta época en el hemisferio Norte-, la figura de Papá Noel como popularización de san Nicolás de Bari –un obispo heredero de fortuna familiar que decidió repartirla entre los niños más necesitados de Pátara, la ciudad turca de donde era patriarca- y el estruendo de los fuegos artificiales.

    Cuando éramos chicos no podíamos concebir los primeros días de las vacaciones escolares sin molestar con los cohetes y los triangulitos, ya que no era mucho más lo que nos dejaban comprar. Tomábamos todas las precauciones de seguridad, esperábamos que el último vecino del barrio se levantara de la siesta y allá íbamos, a meter un poco de ruido.

    Con el tiempo, con la pirotecnia pasó como con los helados: de ser un producto asequible sólo en esta época del año, pasó a conseguirse y consumirse durante los doce meses sin demasiado esfuerzo, más allá del económico.

    Pero en este tiempo en que parece que nos portamos peor que cuando éramos chicos, la pirotecnia aparece anotada en el pizarrón junto con los chicos malos: se le acusa más de molestar a las mascotas que a los humanos o de ser potencialmente peligrosa para quien la manipule.

    Desde diversos espacios se pide el no uso de pirotecnia y fuegos de artificio en nombre de la salud de perros, gatos, mascotas y pájaros. Quiere decir que desde los chinos de hace dos mil años para acá nos vinimos portando muy mal para con nuestros queridos animales.

    Pero resulta que chinos, hindúes, griegos y romanos, desde tiempo inmemorial sumaron la pirotecnia a sus grandes ceremonias no sólo con un fin festivo sino también, en sus creencias, para ahuyentar los malos espíritus con vistas al año que iniciaban, a la fiesta que celebraban, a la etapa que comenzaba como podía ser, por ejemplo, la siembra.

    Vale decir que en su origen cohetes y fuegos artificiales tuvieron un sentido que le hemos perdido.

    En todo caso, la costumbre platense de armar y quemar muñecos pirotécnicos cada 31 de diciembre o en las primeras horas del 1º de enero, tiene la virtud de reunir en torno de ellos a la comunidad barrial después del brindis familiar. Pavada de virtud. Y ni hablemos del arte volcado, que en muchos de ellos no tiene desperdicio.

    Pero hablábamos de la Navidad, que para muchos es una cuestión religiosa, para otros una cuestión social y para otros, meramente comercial. En todo caso está cumpliendo la función de unirnos a todos, cada cual a su modo, llevándola en el pensamiento y en el sentimiento por algunos días.

    La muestra de pesebres y el eslogan “Navidad en City Bell” ya son un clásico local. Darse una vueltita por las ferias artesanales citybellinas para comprar presentes para todos los participantes de la mesa navideña es casi un imperdible de cada diciembre.

Recorrer los barrios para apreciar las casas y sus jardines ornamentados para la ocasión es otra propuesta para no despreciar, aunque nos falte la nieve de las películas y todo parezca más Coca Cola que un humilde pesebre para un niño por nacer.

    Lo deseable, entonces, es que cada uno tenga su Navidad y su Año Nuevo. No importa si no hay un Niño Dios naciendo dentro por una cuestión de creencia. Lo que importa es que no pase sin ton ni son, que aminoremos el paso, que miremos hacia adentro y también alrededor. Que nos encontremos con nosotros, con el otro; que sepamos que unos y otros nos necesitamos, que nos tenemos.

    Que la Navidad y el Año Nuevo siguen existiendo sin el estruendo de la pólvora inflamada, aunque no concibo una Navidad silenciosa ni un villancico cantado sin fuegos de colores como fondo.

    Esta Nochebuena y este Año Nuevo, en las burbujas de nuestra copa estarán todos los nombres que fueron parte de nuestro año que se va. Y estarán todos los deseos de unos y de otros para que se vayan construyendo a lo largo del que viene.

    Salud, felicidades y que sea Navidad, entonces, muy dentro de vos, y de vos, y de vos, y de vos, y de vos, y de vos, y de vos...
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15 dic 16


La casa X


    Decíamos alguna vez que los barrios son la gente que los habita. En cada casa hay un pedazo de la vecindad encarnado en sus habitantes, manifestación viva de una identidad, una característica de la tierra que habitan. Con el paso de los años y el consecuente recambio generacional, muchas de esas casas se transitan una evocación de sus primitivos ocupantes o de quien la construyó y toman así su nombre, independientemente de quién la habite u ocupe en la actualidad.

    Siempre nos preguntamos por los primeros moradores de aquellas épicas construcciones ordenadas por la sociedad fundadora de City Bell, aquellas que se erigieron en la década de 1920 como forma de atraer vecinos al incipiente pueblo fundado en 1914.

    El arquitecto y paisajista Jorge Bayá Casal vive actualmente en Béccar aunque se crió en City Bell, sobre la calle Silva. Lleva el mismo nombre que su padre y que su abuelo, primer adquiriente de la casa levantada en el cruce de calle 13 esquina 8, una de las reliquias de la arquitectura fundacional del pueblo. Don Jorge figura entre los integrantes de la Asociación de Fomento de aquellos incipientes tiempos citybellinos. Posiblemente él mismo la haya vendido años después a la familia del doctor Jorge Grau, que la habita actualmente y desde hace ya varias décadas. Un dato que no es menor para quienes nos interesamos por el tema.
 
13 esquina 8. Casa Bayá Casal. O casa Grau.
Por vía del correo electrónico nos llegó la invitación a conversar acerca de la ”casa Arias”. Así llaman los arquitectos a la vivienda que pertenece a esa familia desde hace unas ocho décadas, pasando de generación en generación. Hace ya algunos años dejó de ser vivienda para albergar un restorán, y está actualmente en obras para devolverle el aspecto exterior que tuvo en su origen, aunque adentro se servirán comidas del mejor nivel italiano, según prometen.

La casa Arias sigue perteneciendo a la misma familia y es preexistente a las históricas de City Bell. Dataría de 1915 o antes, y eso se explica porque habría sido construida para dar alojamiento a los obreros de las primeras obras públicas del pueblo. Se nos ocurre pensar que también los hacedores de la considerada primera casa a metros de allí se habrían albergado en la vieja construcción de Cantilo entre 6 y 7.

La casa que desde hace poco ocupa un comercio de los rubros gastronomía y decoración en Jorge Bell entre 12 y 13 es conocida por los vecinos como la casa de Chorny, por la última familia que la habitó hasta que hace aproximadamente una década pasó a tener un fin comercial. Aún sin saber si ellos fueron los primeros propietarios de la construcción, su apellido es inherente a ella y le ha dado su identidad.

Así, con cuentagotas y mucha memoria, podríamos ir reconstruyendo el listado de aquellos ilustres pioneros que dieron vida a aquellas viviendas iniciales; aquellas familias que delinearon los primeros trazos de la personalidad de un pueblo que estaba en pañales y que hemos heredado con orgullo de hijos y nietos.

Aún cuando no se trate de construcciones emblemáticas de los tiempos fundacionales, podríamos asegurar que están impregnados del carisma de quienes las moraron. Un ejemplo claro es la parroquia Sagrado Corazón de Jesús, que sigue siendo “la iglesia del Padre Dardi” aún a treinta y cinco años de su muerte. La esquina de 13 y 3 sigue siendo “lo de Fabi”, la casa de Sarmiento y 15, “la de Verge”, y muchos saben que el hotel funciona “en lo de Acebal”, o dónde queda la casa de Bello. A propósito, la casa Arias se ubica justo frente a la Unión Telefónica. ¿O no?

No se trata sólo de un juego de memoria, de un enhebrar recuerdos. Lo decíamos al principio: los barrios y las casas son lo que son sus habitantes y son lo que fueron quienes las habitaron en el pasado. No creemos que sea alocada la idea de identificar aquellas que dieron forma al City Bell de las primeras décadas, saber quiénes vivían en ellas y consignarlo de algún modo en el que todos podamos informarnos. Es cuestión de poner manos a la obra.
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17 nov 16