miércoles, 22 de abril de 2026

De

 

- ¿Dónde dice que le duele? -El médico dudaba de la dolencia que denunciaba don Deolindo Dorado.

- Dos dedos debajo de donde usted depositó su oído, doctor.

- Distensión de duodeno, sin duda. No es cardíaco -diagnosticó el diplomado-. Debe reducir los hidratos del desayuno y de la merienda. Descanse, dedíquese a la meditación trascendental y diclofenac, dos por día es la dosis.

 

         Saliendo del médico Deolindo divisó a doña Desdémona endemoniada en un discurso declamando desgracias. Decía que se dormía tarde; que desde que perdió su destino duda adónde dirigirse. Nadie entendía nada.

 

         Ese día, al despertar, había encendido el velador (decididamente despreciaba la llegada del día desde el inesperado deceso del adorado Desiderio -su finado marido-) y dubitativa delineó un derrotero sin sentido. Su defunción se había debido a disfunción cardíaca: ludópata empedernido, perdió todo lo ahorrado en el hipódromo y las cuadreras. Donde rodaban dados, Desiderio se perdía. Un desastre, Desiderio. Duro para Desdémona diplomarse de viuda y cornuda coincidentemente al descubrir dos damas acongojadas junto al ataúd, despidiendo a su marido en partida a la eternidad. Desdémona le destiló desdén y desprecio al dúo de viudas desconocidas. Les deseó grandes calamidades en sus vidas. Ella era la verdadera, la heredera.

 

         Regresada a la realidad, se administró su dosis de remedios de cada jornada, desayunó Toddy y tostadas con mermelada de durazno y enderezó su destino hacia la vereda y el mercado. Verduras para la ensalada con aderezo, helado para después y Hesperidina para ayudar la digestión. 

 

         En el tocadiscos, al lado de la heladera, Gardel deletreaba Madreselvas desde un disco rayado. Un cuadro en la pared verde recordaba a Desiderio. Diligente, la viuda humedeció un repasador y lo deslizó con decisión por el vidrio devolviéndole esplendor.

 

Cada día Desdémona envidiaba la dicha de los demás. Los detestaba en profundidad con indolencia. ¿De dónde dijo que era Dorotea, la que se mudó al fondo? ¿Dorotea o Teodora? Un dilema, difícil recordar; la dislexia la domina. De todo se olvida, nada recuerda.

 

         Atardecer ardiente, preludio de danza en discoteca. Dorotea no duda. Dispone de dinero, digita en la agenda a Deolindo Dorado. El elegido agradece y declina: le duele el duodeno.

 

18 abr 26