jueves, 11 de octubre de 2018

"Nuestros" Bell


El primero de los Bell que llegó a estas tierras fue George Thomas, quien habría nacido en Aberdeen, Escocia en 1801. Su familia tenía una fundición de hierro donde fabricaban máquinas agrícolas y diversas herramientas de trabajo como arados, rastras, palas, rastrillos, trefilado de alambre, etcétera, y como era uno de los hijos menores y según la ley británica sólo heredan los primogénitos, se vino a la Argentina, un promisorio país que estaba naciendo y del que ya se hablaba mucho en Europa. Fue uno de los tantos escoceses que arribaron a nuestro país hacia los años ’20 del 1800, época que nuestra historia reconoce como “de la anarquía” por el proceso político que vivía el país en manos del caudillismo.
        
Siendo por entonces España e Inglaterra potencias comerciales antagónicas, de alguna manera los británicos tenían sumo interés en participar de los nuevos mercados que se abrían en el ex virreinato, sobre los cuales España había ya perdido su dominio.

Rosas y Vernet

George Thomas Bell, recibía de su familia una parte de la producción metalúrgica desde Escocia para comercializarla aquí. Pero como su principal comprador era el Estado y no le pagaban, llegó un momento en que le saldaron la deuda con tierras, entre ellas las de la Estancia Chica, predio perteneciente en la actualidad al club Gimnasia y Esgrima de La Plata.

Esas tierras habían sido entregadas por Juan Manuel de Rosas a don Luis Vernet, gobernador de las islas Malvinas hasta el momento en que fueron ocupadas por Inglaterra en 1833. Lo que comenzó siendo un reconocimiento del gobierno del Restaurador para con quien rigiera los destinos del archipiélago hasta la usurpación británica, acabó resultando una paradoja burlesca: esas mismas tierras, con la anuencia de los herederos de Vernet, acabaron en manos de otra familia súbdita de la corona.

Bell se instaló entonces en la actual localidad de Abasto, en el casco de una estancia que llegaba hasta el Río de la Plata por los bañados de Punta Lara. Sus hijos se instalaron luego en estancias de los alrededores, surgidas de sucesivas divisiones de la Estancia Grande: Archivaldo recibió la Estancia Chica, Tomás la Estancia El Rincón (las parcelas dominantes son las que ocupan la casa de campo del Colegio de Abogados de La Plata, el Haras Firmamento y el Colegio Mater Ter Admirabilis) y Jorge en 1879 tomó posesión del remanente de la Estancia Grande (guarnición militar City Bell y la localidad que hoy nos ocupa), un territorio para nada despreciable, por cierto.

Genealogía


         Rastrear la historia de la familia Bell en los archivos británicos es más o menos lo mismo que investigar el origen de cualquier apellido representativo de la cultura española en los archivos de la península ibérica: se trata de un apellido más que difundido y, más aún, con nombres que se repiten de generación en generación en varias familias de igual apellido. Tanta es la confusión que Eduardo Bell, representante del “Clan Bell” en Argentina, ante nuestra dijo: “Tengo entre mis antepasados un George Bell pero hay una discusión en la familia sobre si nosotros somos de la rama City Bell-Chascomús u otra. De cualquier manera estamos desde 1816 dando vueltas a partir de la primera colonización hecha por los escoceses en Monte Grande”.
      
"Nuestros" Bell, como los individualiza Juan José Vendramín en una recopilación histórica, parten del tronco fundado hacia fines del siglo XVIII por James Bell y Elizabeth Hogg. El trabajo de Vendramín, depurado con el fin de ocuparnos sólo de la línea “citybellense”, por así llamarla (su versión completa puede leerse en el apéndice correspondiente), arroja el siguiente árbol genealógico:  James BELL (1769-1820) & Elizabeth HOGG (1773-1842) tuvieron cinco hijos:  Elizabeth (1802-1862), casada con Alexander DOUGHTY (1799-1872); Thomas, casado con Margaret MCKENZIE; Henry (?-1881), casado con Helen PATERSON, Janet, casada con Thomas ROBSON y George Thomas (1801-1879) casado con Isabella WATSON ( ? -1887). En él se inicia la historia de City Bell.


         Desde el puerto de Liverpool (la ciudad-puerto que varias décadas después sería cuna de The Beatles) según unas fuentes, o bien de Glasgow (según el testimonio de su bisnieta, Lorna Pamela Bell) George Thomas Bell habría llegado a nuestro país a bordo de la fragata "Symmetry" en agosto de 1825 (o 1831) junto con sus hermanos Henry y Thomas. Su primer destino como parte de un contingente de colonos escoceses fue la colonia Santa Catalina en Monte Grande, fundada por los hermanos Robertson, de conocida actuación en la política inmigratoria en estas playas. Allí, en 1834, los tres hermanos compraron 328 hectáreas. Pero la decisión de Thomas de regresar a Gran Bretaña y la de George de independizarse en el negocio agropecuario, hicieron que Henry Bell adquiriera la parte de sus hermanos y añadiera otra fracción en 1867. Allí construyó un palacete inglés al que llamó "La Chacra", que aún existe en la ciudad de Temperley, en el conurbano bonaerense.
        
George se radicó en Argentina y junto a Isabella Watson tuvo seis hijos:  Margarita, Inés, Archivaldo Diego, Guillermo Enrique, Tomás y  Jorge Eduardo (1860-1910) casado con Catalina Shaw (1843-1927). Este Jorge Eduardo Bell es “nuestro” Jorge Bell, quien tuvo cuatro hijos:  Eduardo Jorge (su hija Illeana se casó con quien luego sería presidente de facto de la Nación, Alejandro Agustín Lanusse), Percival Guillermo, Ethel Maud, y Mabel Meay.

George Thomas Bell adquiere el 2 de diciembre de 1846, a Faustina Ximénez, el terreno de la estancia denominada "San Ramón" (por Ramón Rodríguez, antiguo propietario de quien toma su nombre el arroyo que hoy oficia de límite entre Gonnet y nuestra localidad), la que originalmente comprendía las suertes de estancia "Panes", "León" y "Gato". El 7 de mayo de 1851, Bell anexará además el establecimiento “Punta de Lara”, propiedad de la familia Wright, tierras que en 1896 serán vendidas a Luis Castells y de cuyo apellido toma su nombre en la actualidad el barrio vecino de Villa Castells.




En el principio


         Si tuviésemos que presentar a City Bell como quien presenta una persona a un desconocido, nos bastaría con los primeros aprontes: su nombre y apellido, su ocupación, de dónde lo conocemos. Si el tercero en cuestión se interesara un poco más, podríamos agregar la edad que tiene y dónde vive. Pero no mucho más. Esos datos alcanzarán para que ambos digan que se conocen de vista, porque fueron presentados; pero no denotarán un conocimiento profundo de la persona aludida.

         Los aspectos de la vida del otro en los que habríamos de profundizar dependen de los intereses de cada uno. Lo más común será indagar acerca de su estado civil, su familia, sus antepasados, y también su trabajo, sus hobbies, sus gustos deportivos, artísticos, lúdicos y culturales. Y si nos entusiasmamos un poco, terminaremos por delinear su árbol genealógico hacia atrás en el tiempo hasta dar con los antepasados más antiguos de que se tenga noticia. Y no faltará la sorpresa de que en la lista aparezca un apellido de alcurnia, algún prócer de la Independencia, algún anónimo héroe del tiempo de las Cruzadas o, por lo menos, algún asistente de segunda de algún oficial de campo en el ejército de San Martín.

         Lo que estamos diciendo es que City Bell nació legalmente en la fecha que mencionan los historiadores –cosa que nos permitimos poner en duda, con los documentos a la vista-, pero mucha agua había corrido por sus bañados desde que el mundo se hizo mundo hasta aquel 1914 en que un funcionario puso su firma en un documento oficial, en su partida de nacimiento. En un año que, por lo demás, pintaba más para armarse para la guerra que para ponerse a vender tierras en la ancha y verde pampa argentina.

Buena parte del actual territorio de la provincia de Buenos Aires supo ser un lecho marino cuya masa líquida retrocedió ante la irrupción de aguas dulces provenientes del deshielo andino y la conclusión de largos períodos pluviales. Por lo tanto, si imaginariamente llegásemos a la región desde la costa del río, transitaríamos los primeros kilómetros por una zona de bañados donde la conchilla es fácil de encontrar con apenas cavar un poco la tierra. Recién donde se encuentra el terraplén por el que corren las vías del ferrocarril comienzan lo que se llama las “tierras altas”.
Jorge Bell

Al respecto, se sabe que Jorge Bell vendió a la empresa de ferrocarriles que instaló las líneas férreas de finales del siglo XIX conchilla por valor de unos dos millones de pesos de aquella época, material que era necesario para el asentamiento de los durmientes y que fue extraído de la zona “del bajo”, o lo que es lo mismo, de los bañados.

La jurisdicción de City Bell, actualmente comienza unos mil metros hacia el interior de los bañados partiendo de la mencionada barranca.

Los de acá y los de allá


         Básicamente los querandíes eran los indios que habitaban la región al arribo de los españoles. Sin embargo, los historiadores afirman que hubo grupos araucanos que llegaron en invasiones desde el sudoeste bonaerense, como así también parte de los quilmes que en 1666 fueron despojados y echados de sus ciudadelas en la región de Tafí del Valle, en la provincia de Tucumán. Ese año, el entonces gobernador español de Tucumán, Alonzo Mercado y Villacorta, decide desterrar a la población de los indios quilmes que habían habitado el territorio de los Valles Calchaquies hasta entonces. Gran parte de la población fue enviada en un largo peregrinaje a pie hasta el sur del actual gran Buenos Aires, en las tierras que hoy se conoce como partido de Quilmes, muchos murieron por el esfuerzo y las enfermedades a lo largo de los más de mil kilómetros de caminata y a los restantes los encerraron en la Reducción de la Exaltación de la Cruz, de la cual no salían sino para trabajar en las obras de la muy nueva ciudad de Buenos Aires.

De lo que no cabe duda es de que antes de la llegada de los quilmes, los nativos descubrieron una mañana -o una tarde, lo mismo da- la presencia de forasteros a bordo de frágiles navíos y, sabedores de su carácter irascible exteriorizado ya varias leguas al norte con otros lugareños, decidieron no dejarse avasallar así nomás. La adaptación, por lo tanto, no fue fácil para los españoles llegados aquí en busca de la riqueza en metales de la que tanto hablaban la tradición y la leyenda.

Apuntes de Ulrico Schmidl, cronista de la expedición que Pedro de Mendoza comandó en 1536, y grabados -de Levino Hulsio primero y Dietrich de Bry luego- incluidos en las crónicas, dan testimonio de la hambruna pasada por los conquistadores al tiempo que defendían la fortificación, hasta el punto de reflejar en sus ilustraciones luchas entre españoles y querandíes y escenas de canibalismo entre los propios peninsulares. Los pocos montes de tala que serpenteaban la costa y la hierba rastrera que tapizaba estas primeras estribaciones pampeanas no alcanzaban para dar refugio y leña a la nueva población, como tampoco era fácil para los invasores hacerse de piezas de caza sin exponerse a las lanzas de los locales.

Bañados y mercedes

El 11 de junio de 1580, Juan de Garay fundó la ciudad de la Santísima Trinidad y puerto de Santa María de Buenos Aires. Si bien los autores discuten acerca del punto elegido por el conquistador para ese fin (recuérdese que Pedro de Mendoza no había instituido un cabildo y por lo tanto lo que había fundado en 1536 era sólo un fuerte), está aceptado que lo hizo en una barranca con fácil acceso a la playa ubicada entre un par de leguas remontado el Riachuelo y lo que actualmente es la Plaza de Mayo, aunque hay quien considera que pudo haber sido más hacia el norte, en las inmediaciones de Tigre. La importancia de este dato tiene relativa relevancia para la cuestión que hoy nos interesa, en tanto y en cuanto el terreno era medido en leguas o bien “tiros de ballesta”, “de flecha” o “de piedra” a partir de ese punto.

 En cuanto a la zona en estudio, el escaso declive de los bañados sumado a la vertiente de una vasta cuenca de arroyos que obran de desagüe regional, da como resultado una franja costera con pequeñas lagunas que actúan en detrimento de la calidad del suelo para la explotación agrícola. Ello hizo que no se les asignase un gran valor cuando hacia fines del siglo XVI y principios del XVII, Juan de Garay decidió fijar asentamientos poblacionales en la región que él y su gente habían explorado: una franja que va desde la actual ciudad de Mercedes (en las cercanías de Luján) hasta la laguna de Chascomús. “Suertes de cabezada” llamó a las parcelas que, según su extensión, constituían solares, chacras o suertes de estancias.

Buenos vecinos


         Las Leyes de Indias, según las cuales la corona española pretendía gobernar el continente americano, entregaban tierras en merced a los que se aventuraban a afincarse en las nuevas fundaciones con la condición de que las habitaran y las trabajaran por un término no inferior a los cinco años. Claro que no muchos cumplieron este requisito, sabiendo que las distancias harían prácticamente imposible el ejercicio del contralor por parte del Estado.

Este mismo año 1580, en dos meses Garay recorre las zonas del Tuyú, Tordillo y Kakel Huincul, llegando hasta el cabo Corrientes. En realidad, al avanzar sobre las zonas mencionadas y en un ancho de unas pocas leguas desde el río hacia el interior, Juan de Garay no hizo otra cosa que responder a su curiosidad al comprobar la existencia de un camino abierto por los lugareños al que se llamó Camino Real, de las Inundadas o de las Vaquerías y que acompaña bastante de cerca al actual trazado del terraplén del ferrocarril Constitución-La Plata y de allí, sin alejarse demasiado de la costa, proseguía hacia el sur.

Alacas, sembés, chanás, caltis y mbenguás constituían etnias relacionadas con los guaraníes que habían llegado, si bien mínimamente, a estos pagos dejándose llevar por las corrientes del Paraná y del Uruguay. Básicamente eran tribus nómades que vivían de la caza y de la pesca, aunque algunas de ellas practicaban una agricultura incipiente, subgrupos todos asentados a lo largo del Camino Real.

Documentos referidos a la expedición de Garay mencionan asentamientos guaraníes en las barrancas ubicadas unos a 4 kilómetros al sudeste de la actual ciudad de La Plata, paraje que designó como Isla del Guaraní. Hecho el reconocimiento del terreno, el fundador de Buenos Aires repartió las mercedes (tierras que eran entregadas con la sola contraprestación de ser habitadas y trabajadas) entre las familias que él mismo había traído desde España y desde Asunción, muchas de las cuales estaban constituidas por guaraníes evangelizados.

Dividió las tierras en treinta y una suertes de estancia, doce de las cuales corresponden al actual partido de La Plata.

Hacia el año 1600 nuestra zona estaba dividida y era conocida como las suertes del "León" (hoy Manuel B. Gonnet), perteneciente a Juan Fernández de Enciso; de los "Panes" (City Bell), ocupada por Baltasar de Carvajal y de "Palma" (Villa Elisa), cuyo adjudicatario era Alonso de Escobar. Claro que no todas las tierras tenían el mismo valor, y de ello dependía también a quién le eran adjudicadas las mercedes. Aquellas tierras ubicadas en el comienzo de la barranca (con vista al bañado, podríamos graficar) eran denominadas “suertes principales”. La segunda línea de tierras eran las llamadas “suertes de cabezadas” y tras ellas estaban las “trascabezadas”.

En aquellos tiempos en que el riego dependía del puro arbitrio de la naturaleza, cuanto más se elevaban las tierras por su distancia respecto del río, menos valor tenían. Pero todo cambiaría cuando los sistemas de regadío se introdujeron en las prometedoras pampas bonaerenses. Hasta entonces, los ríos y arroyos principales iban demarcando los límites de las regiones que se daba en llamar “pagos”, tal vez porque en muchos casos el reparto de tierras era la manera que tenía el Estado de remunerar servicios recibidos de parte de particulares o a los integrantes de las expediciones militares.

De Juan de Garay a Jorge Bell


De las suertes repartidas por Juan de Garay con el propósito de poblar la zona, unas doce corresponden a La Plata, en los llamados “pagos de la Magdalena”. Y salvo tres o cuatro beneficiarios, el resto abandonó las mercedes muy poco tiempo después de su adjudicación. Los gobernadores Hernando Arias de Saavedra (yerno de Garay), Francisco de Céspedes, Pedro Esteban Dávila y Mendoza de la Cueva y Benavídez otorgaron 117.900 hectáreas entre 1618 y 1640.

Dávila, entre 1634 y 1637 readjudicó tierras que habían quedado vacantes por deserción de sus primeros, segundos y hasta terceros beneficiarios con lo que hacia 1640 quedaba consolidado el dominio territorial en el ámbito del futuro partido de La Plata.

Una de las suertes de estancia que mantuvo continuidad de dominio fue la denominada "Palma”, correspondiente a la actual zona de Villa Elisa y que muy pronto pasó a manos de don Lorenzo Lara. Las suertes de estancias de "Panes" y "León" (las actuales zonas de City Bell y Gonnet) no fueron pobladas por sus propietarios como lo exigía la ley dando así lugar a que en conjunto fueran reasignadas a Bartolomé de Angulo. Éste se trasladó a Santa Fe entrado el 1600, abandonando también él las mercedes. 

El 29 de agosto de 1629 el gobernador Francisco de Céspedes las declaró nuevamente vacantes y las dio en merced a Mateo Sánchez Gatica del Castillo, quien les adicionó otra fracción de 2 leguas de frente por 7 de fondo (37.856 hectáreas), latifundio que abarcaba desde las barrancas altas del Río de la Plata hasta las cercanías del Samborombón. Hombre devoto, en 1690 donó las suertes de los Panes a la Compañía de Jesús, para contribuir con su explotación ganadera al sostenimiento de las misiones llevadas a cabo por los jesuitas.

En 1695 la Compañía de Jesús –fundada por san Ignacio de Loyola y conocida como “jesuitas”- vendió a Luis Pezoa de Figueroa las dos suertes principales de ese extenso territorio y conservó sólo las cabezadas. Pezoa (o Pesoa) era un importante hacendado a cargo de un establecimiento ganadero de 2.700 hectáreas sobre el área que conforman hoy el deslinde de los partidos de Avellaneda, Lanús, Quilmes y Lomas de Zamora. Pezoa de Figueroa falleció en 1725 y sus campos fueron arrendados y vendidos fragmentadamente por sus sucesores.

Leemos textualmente los documentos de mensura nº 61 caratulados “Jorge Bell e hijos” fechados en 1867 y correspondientes al actual territorio de City Bell:
“Ante el Escribano de Gobierno de Buenos Ayres a veinte y nueve de Diciembre de mil setecientos sesenta y uno, Dña Catalina Ome Pezoa hija y albacea de Dña María D. Arroyo, Dña Juana Pezoa viuda de Dn Eugenio Viacoba, Dña Gregoria de Pezoa viuda de Dn Domingo Antonio Calvete, ambas hijas de Dña María Arroyo, Dn Juan de Lezica y Torresurri apoderado de Dn Pedro Zamudio, Dn Juan Gregorio Zamudio y Dn Ambrosio Zamudio nietos de dicha señora venden a Dn Francisco Rodríguez de Vida  un terreno de estancia compuesto de seis mil varas de frente al mar por nueve mil de fondo el que correspondía a la autora de los vendedores como heredera de su finado marido Dn Luis de Pezoa de Figueroa quien lo tenía por cambio hecho con la compañía de Jesús como consta del instrumento de trueque que le otorgó el padre Gregorio Cabral rector del Colegio en veinte y nueve de Julio de mil seiscientos noventa y cinco en el registro de Dn Juan Castaño Beserra.
“Ante el escribano Dn Francisco Javier Ferrera a diez de Febrero de mil setecientos sesenta y ocho, Dn Antonio Rodríguez de Vida vende este mismo terreno a Dn Ramón Rodríguez.
“Ante el Escribano Dn J. L. Cabral a veinte y ocho de Abril de mil setecientos noventa y dos, los herederos de Rochas venden a Dña María Giménez de Paz un terreno de Estancia que poseen en el Partido de la Magdalena compuesto de tres mil varas de frente por nueve mil  de fondo lindando por el norte con el bañado de Dn Francisco Ballesteros por el naciente con Dn Gregorio Cortés, por el sud con Dn  José Antonio de la Cruz y por el poniente con la compradora y les pertenece por sentencia del Juzgado de primer voto.
“Ante el escribano Dn Marcos Leonardo Agrelo a dos de Diciembre de mil ochocientos cuarenta y seis Dña Faustina Giménez vende a Dn Jorge Bell el terreno de Estancia denominada de San Ramón, el que linda por su frente con Dn Agustín Wright, por el fondo con Dn Blas Martínez, por el sudeste con Dña María de la Urien Méndez y por el noroeste con Dn Crisóstomo Arroyo, el cual es parte del que en mayor porción compró a Dña Rita Baliño de Carballido según consta de la escritura que le otorga en veinte y tres de Marzo de mis ochocientos treinta y seis ante el Escribano Dn Luis López”.

Continúa el mismo documento conservado en la Dirección de Geodesia de la Provincia de Buenos Aires:
“Ante el Escribano público Dn Alonzo de Bergara a tres de noviembre de mil seiscientos veintinueve Dn Bartolomé López vende a Dn Antonio Gutiérrez Barragán una estancia que tiene por merced que de ella le hizo el gobernador Hernando Arias de Saavedra en veintisiete de junio de mil seiscientos diez y ocho y la cual dista siete u ocho leguas de la ciudad empesando desde el puerto que llaman de la Ballena corriendo todo el bajo hasta la Isla que llaman de Santiago.
“Ante el Escribano Dn José Ferrera a veinte y siete de Julio de mil setecientos cincuenta, los herederos de Dña Juana Gutiérrez Barragán venden a Dn  Francisco Ballesteros nueve mil varas de tierras en el pago de la Magdalena lindando por el frente con Mateo Barragán y por el fondo con María D. Arroyo.
“Ante el Escribano Dn Gregorio Ramón de Merlo en doce de Marzo de mil setecientos noventa y ocho Dn Francisco Ballesteros vende a Dn Prudencio Lagari el terreno del título anterior.
“Ante el mismo Escribano a quince de Marzo del mismo año Dn Prudencio Lagari declara que el terreno que compró a Dn Francisco Ballesteros pertenece a Dn Agustín Wright.
“Ante el Escribano Dn Adolfo Conde a siete de mayo de mil ochocientos cincuenta y uno Dn Julián Molina y Dn Carlos Wright como albacea de la testamentaria de Dña Estanislada Tartas de Wright y con consentimiento del Juez de 1ra Instancia venden a Dn  Jorge Bell el mismo terreno bajo la denominación de Punta Lara”.

La lectura del documento histórico nos condujo de la mano hasta el mismísimo George Thomas Bell, a quien por el hecho de haber nacido en Escocia preferiremos llamar así, para mejor diferenciación de su hijo Jorge Eduardo, a quien legó las tierras en estudio.

City Bell y su historia, un sentimiento, una pasión

Buena parte del material histórico publicado y a publicarse en Citybellinosblog integra el libro City Bell - Crónica de la tierra de uno en sus dos ediciones. También hay material de www.citybellinos.com.ar, y de algún mnodo traté de respetar sus secciones originales etiquetando cada artículo con su nombre.
Cuando en 2013 se presentó la edición del libro dedicada al centenario de la fundación del pueblo, compartí las siguientes ideas:

El primer recorte sobre la historia de City Bell que guardé y guardo celosamente, son un par de páginas aparecidas en un viejo suplemento dominical del diario El Día, en la década del ’60. Un historiador platense, Guillermo von Felder, trazaba allí una reseña histórica de este pueblo al que yo ya quería mucho por entonces, por el hecho de haber nacido aquí.

Me sentía y me siento orgulloso de haber nacido aquí, hecho que no era muy común entre mis amigos y compañeros de escuela: la mayoría eran platenses o porteños, al menos en cuanto al lugar en el que habían nacido. Siempre, de alguna manera, sentí atracción y curiosidad por saber algo del pasado de mi tierra.

Ya en tiempos de adolescencia, la idea de escribir sobre la historia de City Bell era un latiguillo recurrente en conversaciones con amigos. Tengo muy grabadas en mi recuerdo largas charlas mate de por medio en la cocina de la familia Alba Posse con el mayor de sus hijos, o interminables caminatas con Juan Carlitos por los arrabales del pueblo, observando casas, evocando viejos apellidos, y contemplando el mismo cielo estrellado de la actualidad que es el mismo de cien años atrás. Hoy que observar el cielo es uno de los privilegios que tenemos quienes vivimos en City Bell, trato de imaginarme los tiempos fundacionales, en los que mirando 360º alrededor sólo podía verse la casa de Cantilo y 7, el viejo tanque de agua, y algunas pocas construcciones que formaban parte de los puestos de la Estancia Grande.

En los primeros meses de 2002 tenía que decidir si retomaba la publicación de la revista Vereda Bell –que por cuestiones financieras mías y del país había suspendido en noviembre de 2001- y me pareció que en realidad la cuestión pasaba por otra parte: era el “ahora o nunca”. Pensé que si no me largaba en ese momento a escribir el tan postergado y reclamado libro sobre City Bell, estaba desaprovechando la gran oportunidad.

Entonces empecé por desempolvar mucho material que a lo largo del tiempo había venido acumulando, a recoger nuevos testimonios de antiguos vecinos y pobladores, hurgar archivos y bibliotecas (en algunos casos para recabar información, en otros para verificar los datos que ya tenía), y por sobre todo, a “andar” City Bell no ya como peatón, ciclista o automovilista rutinario, sino como si fuera un forastero que por vez primera llega a una ciudad. Les aseguro que esa fue la parte más importante de mi trabajo.

¿Cómo era City Bell nocturno de los años ’20, iluminadas sus calles con sólo 27 focos? ¿Cuántos caminantes o viajeros en tren anhelaban llegar a la esquina actual de Centenario y Pellegrini, para apagar su sed en el aljibe del apeadero ferroviario, que hasta hace algunos meses vino salvando su pellejo? ¿Y los ombúes de diagonal Jorge Bell? ¿Quién los plantó? ¿Cuántos troperos habrán descansado a su sombra?

Contemplar los edificios del Club Atlético o del Argentino Juvenil me hizo pensar que en sus grandes bailes se gestaron no pocas familias caracterizadas de City Bell. De alguna manera sabía yo que el libro tenía que buscar reforzar mi pensamiento de que City Bell tiene una identidad propia, y que para conservarla es necesario conocer el pasado. Difícilmente podamos debatir acerca de nuestro futuro si desconocemos de dónde venimos.

La primera gran emoción fue tener en mis manos los documentos que dieron origen a City Bell: pliegos y mensuras –en algunos casos manuscritos- que rebelan que la aprobación de los planos tuvo sus bemoles y que el único acto fundacional fue la firma de un funcionario al pie de una resolución administrativa: no hubo un acto con bandera, himno, banda ni discursos. Ni siquiera tuvo City Bell una piedra fundamental. Y para colmo de males, una caligrafía enmendada y una posterior lectura apurada de esa resolución, confundió la palabra marzo con mayo y ahí quedó, para siempre, signada la fecha de cumpleaños de nuestra querida ciudad. Fecha que está muy arraigada en nuestras costumbres y no veo motivos para corregirla.

Otra emoción fue contactar a la señora Lorna Bell, nieta de don Jorge y hasta 2005 única sobreviviente –junto con su hermana- de quienes habitaron la estancia en sus últimos años en manos de la familia. Me encontré con una persona de 85 ágiles y activos años, que a través de la línea telefónica me decía que para qué me iba a molestar yo en ir hasta Quequén, donde vivía, si total ella viajaba todos los meses a la capital federal.

Otro aspecto a destacar es la soltura de los antiguos pobladores o de sus descendientes para poner a nuestra disposición fotos y publicaciones de tiempo inmemorial. No faltó el caso de quien cuando una vez publicado el libro vio de qué se trataba, decidió que yo me quedara con el material que me había cedido en préstamo. O el de aquella persona que posee objetos que pertenecieron a la familia Bell y por primera vez aceptaron exhibirlos y que se los fotografiara para este fin. A todos ellos, gracias.

Resultó anecdótico el primer contacto tomado con alguien de apellido Bell. A través de internet doy con un señor llamado Eduardo Bell que vive en Saladillo, y que representa a la familia Bell en el país. Vía correo electrónico me informa que en su familia aún se discute si pertenecen al tronco de los Bell de esta zona, pero me recomienda contactarme con una persona que -dijo textualmente- “la tiene más clara que nosotros”. Esa persona no es otro que el ingeniero Juan José Vendramín, autor de un muy completo trabajo sobre nuestro pueblo que puede consultarse en internet.

Sorpresas hubo muchas, pero me gustaría destacar una que me toca muy de cerca, a mí y a mi familia. Quien haya leído el libro sabrá ya que don Eusebio Carnevale fue el primer arrendatario de tierras, las cuales convirtió en ladrillos, casi con seguridad los que se utilizaron en construir la casa de Cantilo y 7 y el viejo tanque de agua. Ocurre que la manzana en la que se encuentra mi casa estaba comprendida entre las arrendadas por Carnevale. Desde que me enteré de eso me gusta bromear diciendo que las primeras construcciones del pueblo fueron hechas con tierra del jardín de casa...

Pocas cosas me han dado tanto placer como estos tres años de trabajo en la historia de City Bell. Fueron largas noches que devenían en madrugadas en compañía de mate amargo. Tres años en los cuales mi esposa y mi hijo, además de mis amigos y demás familiares no sólo soportaron estoicamente mi conversación monotemática, sino que en muchos casos trabajaron a la par mía. Y lo seguirán haciendo escuchándome con paciencia, porque desde ya les digo que no pienso dejar de hablar de la historia de City Bell, algo que hago y siento con pasión.


Guillermo J. Defranco