Si
tuviésemos que presentar a City Bell como quien presenta una persona a un
desconocido, nos bastaría con los primeros aprontes: su nombre y apellido, su
ocupación, de dónde lo conocemos. Si el tercero en cuestión se interesara un
poco más, podríamos agregar la edad que tiene y dónde vive. Pero no mucho más.
Esos datos alcanzarán para que ambos digan que se conocen de vista, porque
fueron presentados; pero no denotarán un conocimiento profundo de la persona
aludida.
Los
aspectos de la vida del otro en los que habríamos de profundizar dependen de
los intereses de cada uno. Lo más común será indagar acerca de su estado civil,
su familia, sus antepasados, y también su trabajo, sus hobbies, sus
gustos deportivos, artísticos, lúdicos y culturales. Y si nos entusiasmamos un
poco, terminaremos por delinear su árbol genealógico hacia atrás en el tiempo
hasta dar con los antepasados más antiguos de que se tenga noticia. Y no
faltará la sorpresa de que en la lista aparezca un apellido de alcurnia, algún
prócer de la Independencia, algún anónimo héroe del tiempo de las Cruzadas o,
por lo menos, algún asistente de segunda de algún oficial de campo en el
ejército de San Martín.
Lo
que estamos diciendo es que City Bell nació legalmente en la fecha que
mencionan los historiadores –cosa que nos permitimos poner en duda, con los
documentos a la vista-, pero mucha agua había corrido por sus bañados desde que
el mundo se hizo mundo hasta aquel 1914 en que un funcionario puso su firma en
un documento oficial, en su partida de nacimiento. En un año que, por lo demás,
pintaba más para armarse para la guerra que para ponerse a vender tierras en la
ancha y verde pampa argentina.
Buena parte del
actual territorio de la provincia de Buenos Aires supo ser un lecho marino cuya
masa líquida retrocedió ante la irrupción de aguas dulces provenientes del
deshielo andino y la conclusión de largos períodos pluviales. Por lo tanto, si
imaginariamente llegásemos a la región desde la costa del río, transitaríamos
los primeros kilómetros por una zona de bañados donde la conchilla es fácil de
encontrar con apenas cavar un poco la tierra. Recién donde se encuentra el
terraplén por el que corren las vías del ferrocarril comienzan lo que se llama
las “tierras altas”.
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| Jorge Bell |
Al respecto, se
sabe que Jorge Bell vendió a la empresa de ferrocarriles que instaló las líneas
férreas de finales del siglo XIX conchilla por valor de unos dos millones de
pesos de aquella época, material que era necesario para el asentamiento de los
durmientes y que fue extraído de la zona “del bajo”, o lo que es lo mismo, de
los bañados.
La jurisdicción
de City Bell, actualmente comienza unos mil metros hacia el interior de los bañados
partiendo de la mencionada barranca.
Los de acá y los de allá
Básicamente
los querandíes eran los indios que habitaban la región al arribo de los
españoles. Sin embargo, los historiadores afirman que hubo grupos araucanos
que llegaron en invasiones desde el sudoeste bonaerense, como así también parte
de los quilmes que en 1666 fueron despojados y echados de sus ciudadelas
en la región de Tafí del Valle, en la provincia de Tucumán. Ese año, el entonces gobernador español de Tucumán, Alonzo Mercado y
Villacorta, decide desterrar a la población de los indios quilmes que habían
habitado el territorio de los Valles Calchaquies hasta entonces. Gran parte de
la población fue enviada en un largo peregrinaje a pie hasta el sur del actual
gran Buenos Aires, en las tierras que hoy se conoce como partido de Quilmes,
muchos murieron por el esfuerzo y las enfermedades a lo largo de los más de mil
kilómetros de caminata y a los restantes los encerraron en la Reducción de la
Exaltación de la Cruz, de la cual no salían sino para trabajar en las obras de
la muy nueva ciudad de Buenos Aires.
De lo que no
cabe duda es de que antes de la llegada de los quilmes, los nativos
descubrieron una mañana -o una tarde, lo mismo da- la presencia de forasteros a
bordo de frágiles navíos y, sabedores de su carácter irascible exteriorizado ya
varias leguas al norte con otros lugareños, decidieron no dejarse avasallar así
nomás. La adaptación, por lo tanto, no fue fácil para los españoles llegados
aquí en busca de la riqueza en metales de la que tanto hablaban la tradición y
la leyenda.
Apuntes de Ulrico
Schmidl, cronista de la expedición que Pedro de Mendoza comandó en 1536,
y grabados -de Levino Hulsio primero y Dietrich de Bry luego-
incluidos en las crónicas, dan testimonio de la hambruna pasada por los conquistadores
al tiempo que defendían la fortificación, hasta el punto de reflejar en sus
ilustraciones luchas entre españoles y querandíes y escenas de canibalismo
entre los propios peninsulares. Los pocos montes de tala que serpenteaban la
costa y la hierba rastrera que tapizaba estas primeras estribaciones pampeanas
no alcanzaban para dar refugio y leña a la nueva población, como tampoco era
fácil para los invasores hacerse de piezas de caza sin exponerse a las lanzas
de los locales.
Bañados y mercedes
El 11 de junio de 1580, Juan de Garay fundó la ciudad de la
Santísima Trinidad y puerto de Santa María de Buenos Aires. Si
bien los autores discuten acerca del punto elegido por el conquistador para ese
fin (recuérdese que Pedro de Mendoza no había instituido un cabildo y por lo
tanto lo que había fundado en 1536 era sólo un fuerte), está aceptado que lo
hizo en una barranca con fácil acceso a la playa ubicada entre un par de leguas
remontado el Riachuelo y lo que actualmente es la Plaza de Mayo, aunque hay quien
considera que pudo haber sido más hacia el norte, en las inmediaciones de
Tigre. La importancia de este dato tiene relativa relevancia para la cuestión
que hoy nos interesa, en tanto y en cuanto el terreno era medido en leguas
o bien “tiros de ballesta”, “de flecha” o “de piedra” a
partir de ese punto.
Buenos vecinos
Las
Leyes de Indias, según las cuales la corona española pretendía gobernar
el continente americano, entregaban tierras en merced a los que se aventuraban
a afincarse en las nuevas fundaciones con la condición de que las habitaran y
las trabajaran por un término no inferior a los cinco años. Claro que no muchos
cumplieron este requisito, sabiendo que las distancias harían prácticamente
imposible el ejercicio del contralor por parte del Estado.
Este mismo año 1580, en dos meses Garay
recorre las zonas del Tuyú, Tordillo y Kakel Huincul, llegando hasta el cabo
Corrientes. En realidad, al avanzar sobre las zonas
mencionadas y en un ancho de unas pocas leguas desde el río hacia el interior,
Juan de Garay no hizo otra cosa que responder a su curiosidad al comprobar la
existencia de un camino abierto por los lugareños al que se llamó Camino
Real, de las Inundadas o de las Vaquerías y que acompaña
bastante de cerca al actual trazado del terraplén del ferrocarril
Constitución-La Plata y de allí, sin alejarse demasiado de la costa, proseguía
hacia el sur.
Alacas,
sembés, chanás, caltis y mbenguás constituían
etnias relacionadas con los guaraníes que habían llegado, si bien
mínimamente, a estos pagos dejándose llevar por las corrientes del Paraná y del
Uruguay. Básicamente eran tribus nómades que vivían de la caza y de la pesca,
aunque algunas de ellas practicaban una agricultura incipiente, subgrupos todos
asentados a lo largo del Camino Real.
Documentos
referidos a la expedición de Garay mencionan asentamientos guaraníes en las
barrancas ubicadas unos a 4 kilómetros al sudeste de la actual ciudad de La
Plata, paraje que designó como Isla del Guaraní. Hecho el reconocimiento
del terreno, el fundador de Buenos Aires repartió las mercedes (tierras que
eran entregadas con la sola contraprestación de ser habitadas y trabajadas)
entre las familias que él mismo había traído desde España y desde Asunción,
muchas de las cuales estaban constituidas por guaraníes evangelizados.
Dividió las
tierras en treinta y una suertes de estancia, doce de las cuales corresponden
al actual partido de La Plata.
Hacia el año
1600 nuestra zona estaba dividida y era conocida como las suertes del "León"
(hoy Manuel B. Gonnet), perteneciente a Juan Fernández de Enciso; de los
"Panes" (City Bell), ocupada por Baltasar de Carvajal y
de "Palma" (Villa Elisa), cuyo adjudicatario era Alonso de
Escobar. Claro que no todas las tierras tenían el mismo valor, y de ello
dependía también a quién le eran adjudicadas las mercedes. Aquellas tierras
ubicadas en el comienzo de la barranca (con vista al bañado, podríamos
graficar) eran denominadas “suertes principales”. La segunda línea de
tierras eran las llamadas “suertes de cabezadas” y tras ellas estaban
las “trascabezadas”.
En aquellos tiempos en que el riego
dependía del puro arbitrio de la naturaleza, cuanto más se elevaban las tierras
por su distancia respecto del río, menos valor tenían. Pero todo cambiaría
cuando los sistemas de regadío se introdujeron en las prometedoras pampas
bonaerenses. Hasta entonces, los ríos y arroyos principales iban demarcando los
límites de las regiones que se daba en llamar “pagos”, tal vez porque en
muchos casos el reparto de tierras era la manera que tenía el Estado de
remunerar servicios recibidos de parte de particulares o a los integrantes de
las expediciones militares.
De Juan de Garay a Jorge Bell
De las suertes repartidas por Juan
de Garay con el propósito de poblar la zona, unas doce corresponden a La Plata,
en los llamados “pagos de la Magdalena”. Y salvo tres o cuatro beneficiarios,
el resto abandonó las mercedes muy poco tiempo después de su adjudicación. Los
gobernadores Hernando Arias de Saavedra (yerno de Garay), Francisco de
Céspedes, Pedro Esteban Dávila y Mendoza de la Cueva y Benavídez otorgaron
117.900 hectáreas entre 1618 y 1640.
Dávila, entre
1634 y 1637 readjudicó tierras que habían quedado vacantes por deserción de sus primeros, segundos y hasta terceros
beneficiarios con lo que hacia 1640 quedaba consolidado el dominio territorial
en el ámbito del futuro partido de La Plata.
Una de las
suertes de estancia que mantuvo continuidad de dominio fue la denominada
"Palma”, correspondiente a la actual zona de Villa Elisa y que muy pronto
pasó a manos de don Lorenzo Lara. Las suertes de estancias de
"Panes" y "León" (las actuales zonas de City Bell y Gonnet)
no fueron pobladas por sus propietarios como lo exigía la ley dando así lugar a
que en conjunto fueran reasignadas a Bartolomé de Angulo. Éste se
trasladó a Santa Fe entrado el 1600, abandonando también él las mercedes.
El 29 de agosto
de 1629 el gobernador Francisco de Céspedes las declaró nuevamente vacantes y
las dio en merced a Mateo Sánchez Gatica del Castillo, quien les
adicionó otra fracción de 2 leguas de frente por 7 de fondo (37.856 hectáreas),
latifundio que abarcaba desde las barrancas altas del Río de la Plata hasta las
cercanías del Samborombón. Hombre devoto, en 1690 donó las suertes de los Panes
a la Compañía de Jesús, para contribuir con su explotación ganadera al
sostenimiento de las misiones llevadas a cabo por los jesuitas.
En 1695 la Compañía de Jesús
–fundada por san Ignacio de Loyola y conocida como “jesuitas”- vendió a Luis
Pezoa de Figueroa las dos suertes principales de ese extenso territorio y
conservó sólo las cabezadas. Pezoa (o Pesoa) era un importante hacendado a
cargo de un establecimiento ganadero de 2.700 hectáreas sobre el área que
conforman hoy el deslinde de los partidos de Avellaneda, Lanús, Quilmes y Lomas
de Zamora. Pezoa de Figueroa falleció en 1725 y sus campos fueron arrendados y
vendidos fragmentadamente por sus sucesores.
Leemos
textualmente los documentos de mensura nº 61 caratulados “Jorge Bell e hijos”
fechados en 1867 y correspondientes al actual territorio de City Bell:
“Ante el
Escribano de Gobierno de Buenos Ayres a veinte y nueve de Diciembre de mil
setecientos sesenta y uno, Dña Catalina Ome Pezoa hija y
albacea de Dña María D. Arroyo, Dña Juana
Pezoa viuda de Dn Eugenio Viacoba, Dña
Gregoria de Pezoa viuda de Dn Domingo Antonio Calvete, ambas
hijas de Dña María Arroyo, Dn Juan de
Lezica y Torresurri apoderado de Dn Pedro Zamudio, Dn Juan
Gregorio Zamudio y Dn Ambrosio Zamudio nietos de dicha señora
venden a Dn Francisco Rodríguez de Vida un terreno de estancia compuesto de seis mil
varas de frente al mar por nueve mil de fondo el que correspondía a la autora
de los vendedores como heredera de su finado marido Dn Luis
de Pezoa de Figueroa quien lo tenía por cambio hecho con la compañía de Jesús
como consta del instrumento de trueque que le otorgó el padre Gregorio Cabral
rector del Colegio en veinte y nueve de Julio de mil seiscientos noventa y
cinco en el registro de Dn Juan Castaño Beserra.
“Ante el
escribano Dn Francisco Javier Ferrera a diez de Febrero de
mil setecientos sesenta y ocho, Dn Antonio Rodríguez de Vida
vende este mismo terreno a Dn Ramón Rodríguez.
“Ante el
Escribano Dn J. L. Cabral a veinte y ocho de Abril de mil setecientos
noventa y dos, los herederos de Rochas venden a Dña María Giménez
de Paz un terreno de Estancia que poseen en el Partido de la Magdalena
compuesto de tres mil varas de frente por nueve mil de fondo lindando por el norte con el bañado
de Dn Francisco Ballesteros por el naciente con Dn
Gregorio Cortés, por el sud con Dn José Antonio de la Cruz y por el poniente con
la compradora y les pertenece por sentencia del Juzgado de primer voto.
“Ante el escribano
Dn Marcos Leonardo Agrelo a dos de Diciembre de mil
ochocientos cuarenta y seis Dña Faustina Giménez vende a Dn
Jorge Bell el terreno de Estancia denominada de San Ramón, el que linda por su
frente con Dn Agustín Wright, por el fondo con Dn
Blas Martínez, por el sudeste con Dña María de la Urien Méndez y por
el noroeste con Dn Crisóstomo Arroyo, el cual es parte del
que en mayor porción compró a Dña Rita Baliño de Carballido según
consta de la escritura que le otorga en veinte y tres de Marzo de mis ochocientos
treinta y seis ante el Escribano Dn Luis López”.
Continúa el
mismo documento conservado en la Dirección de Geodesia de la Provincia de
Buenos Aires:
“Ante el
Escribano público Dn Alonzo de Bergara a tres de noviembre de
mil seiscientos veintinueve Dn Bartolomé López vende a Dn
Antonio Gutiérrez Barragán una estancia que tiene por merced que de ella le
hizo el gobernador Hernando Arias de Saavedra en veintisiete de junio de mil
seiscientos diez y ocho y la cual dista siete u ocho leguas de la ciudad
empesando desde el puerto que llaman de la Ballena corriendo todo el bajo hasta
la Isla que llaman de Santiago.
“Ante el Escribano Dn
José Ferrera a veinte y siete de Julio de mil setecientos cincuenta, los
herederos de Dña Juana Gutiérrez Barragán venden a Dn Francisco Ballesteros nueve mil varas de
tierras en el pago de la Magdalena lindando por el frente con Mateo Barragán y
por el fondo con María D. Arroyo.
“Ante el
Escribano Dn Gregorio Ramón de Merlo en doce de Marzo de mil
setecientos noventa y ocho Dn Francisco Ballesteros vende a Dn
Prudencio Lagari el terreno del título anterior.
“Ante el
mismo Escribano a quince de Marzo del mismo año Dn Prudencio Lagari
declara que el terreno que compró a Dn Francisco Ballesteros
pertenece a Dn Agustín Wright.
“Ante el
Escribano Dn Adolfo Conde a siete de mayo de mil ochocientos
cincuenta y uno Dn Julián Molina y Dn
Carlos Wright como albacea de la testamentaria de Dña Estanislada
Tartas de Wright y con consentimiento del Juez de 1ra Instancia
venden a Dn Jorge Bell
el mismo terreno bajo la denominación de Punta Lara”.
La lectura del
documento histórico nos condujo de la mano hasta el mismísimo George Thomas
Bell, a quien por el hecho de haber nacido en Escocia preferiremos llamar
así, para mejor diferenciación de su hijo Jorge Eduardo, a quien legó
las tierras en estudio.