por una relación comercial o por simple vecindad, los Büchele eran, de mentas, familiares para mí.
Cuando en los
años ’90 me integré al equipo del semanario City Bell-Hechos y Personajes, Luis
Tobías Büchele era el que más frecuentaba la redacción.
Siempre traía una foto histórica de las que había tomado su padre en los tiempos
de fundación del pueblo, o alguna anécdota, o un dato para seguir investigando.
El bolsillo de su camisa era mágico: de él podía salir, en forma de un papelito
doblado, el recuerdo más apetecido por los lectores.
Luis era el
que le pedía a las familias antiguas de la comarca las fotos familiares, las de
casamientos, las de los hijos ya grandes cuando eran pequeños. “¿Para qué las
querés, Luis?”. “Porque alguien tiene que preservar la historia del pueblo,
nene”.
Cuando mi
viejo falleció Luis me regaló su confianza y su cercanía en forma de amistad.
Como si traspolara en mi persona los tiempos de crianza compartidos con mi
papá. Entonces me abrió las puertas de su casa, donde además de su esposa María
del Carmen y su entrañable hijo Luis Enrique, me esperaban siempre los
biblioratos y carpetas rebosantes de fotos y documentos de la historia de City
Bell que eran, a la vez, de su propia historia familiar. Porque su abuelo
Tobías fue el administrador del pueblo en los primeros treinta años de vida; porque
su papá Tobi fue quien se encargó de la usina y el alumbrado público aún después
de que la sociedad fundadora trasladó el servicio a la Compañía Argentina de
Electricidad.
Ahí estuvo
Luis, siempre dispuesto cuando hice mi revista Vereda Bell y los años de
trabajo que resultaron en mi libro con la historia de nuestra ciudad. Y si no
había nada para hablar sobre el pueblo, él pasaba igual en su bicicleta, tocaba
la campana de casa, y preguntaba cómo estábamos, si necesitábamos algo y seguía
viaje, no sin antes dejar su saludo cálido y sincero.
El 29 de julio
Luis partió, se fue de gira, como nos acostumbramos a decir últimamente para
esquivar la maldición del verbo morir. Con seguridad llevó en su mirada
nostálgica y en su sonrisa eterna el reencuentro con Luisito, con su papá Tobi,
con sus abuelos -siempre merodeadores de sus relatos- y el sinnúmero de
anécdotas tan vastas como los mares que navegó en sus años laborales.
Gracias por tu
memoria, Luis. Por tu generosidad. Por tus infinitos relatos y por la pasión
puesta en la identidad y la idiosincrasia de tu City Bell querido.

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