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| La noticia en el diario El Día del 29 de abril de 1938. |
Cuando mañana, 28 de abril, el
anochecer comience a anunciarse, se estarán cumpliendo 82 años de lo que
podemos considerar como el mayor acontecimiento en la historia de City Bell: el
aterrizaje de emergencia de un avión de pasajeros ocurrido en 1938 en los
lindes de la por entonces estancia El
Ombú, entre el actual country del club Estudiantes de La Plata y el arroyo
Martín.
Durante años, para referirnos al
caso nos basamos en tres fotografías originales y los testimonios de dos vecinos
memoriosos: Eusebio Carnevale –en ese
entonces un niño de 13 años- y Juan
Forneris, quien había recogido la historia por parte de su suegro el
chacarero de apellido Mercuri, cercano
al lugar del hecho.
Pero ahora, gracias a los buenos
oficios de una colega, tenemos acceso a la crónica periodística del día
siguiente del suceso.
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| Foto Tobías Büchele (h). |
En síntesis, un Douglas DC2 de la
Panagra (la Panamerican Grace Air Lines)
proveniente de Estados Unidos tenía previsto aterrizar a las 18 horas en el
aeropuerto 6 de Septiembre (hoy, Morón),
pero el clima adverso lo obligó a volar en círculos durante dos horas. La
llovizna y la niebla de una noche particularmente húmeda eran impedimento
suficiente para intentar cualquier aproximación a la pista sin correr riesgos.
Lo cierto es que el piloto T. J. Havell lanzó una bengala cuya
efímera luz le bastó para elegir un potrero sembrado de maíz, a la sazón
propiedad de Pedro Mariscotti. Allí, con suavidad y pericia, acomodó la panza
de la aeronave y nadie resultó herido. Eran ya pasadas las 20 y a menos de
cincuenta metros se avistaba el borde del arroyo. Havell diría luego que si el avión se hubiese detenido más adelante,
sobre la barranca del curso de agua, con seguridad el fuselaje se partiría con
las consecuencias que son de imaginar. Algunos de los testigos presenciales
dirían, en cambio, que al sentir el ruido y ver la luminosidad de la bengala
creyeron estar ante el fin del mundo, noticia que andaba circulando por la
radio en esos tiempos y que se produciría justo en el momento en que se caería
la Luna.
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| Foto Tobías Büchele (h). |
En su ruta, el vuelo había hecho
sus últimas escalas en La Paz (Bolivia), Salta y Córdoba. Acompañaban al
capitán Havell su copiloto C. A. Popper y el tripulante C. M.O’Ryan. El pasaje estaba compuesto
por Teófilo Meyer, Carlos Hofax, Walter
William Hatton, el mayor de Ejército Juan
H. Mauriño, Dionisio González, Gerardo Serrano, John Bower y Elías Ballami.
El piloto no hablaba español como
tampoco varios de los pasajeros, lo cual no fue obstáculo habiendo también argentinos
entre los viajeros.
Las fotos que teníamos fueron
tomadas por Tobías Büchele (h), por
aquel entonces a cargo de la usina eléctrica del pueblo. En ella se observa a curiosos
que se arrimaron al lugar al día siguiente y hasta el tractor a oruga del horno
de ladrillos de Zambano, situado del
otro lado del arroyo. A ellas se suman, ahora, las publicadas por el diario El
Día de La Plata.
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| Foto: diario El Día. |
Quienes arribaron minutos después
del aterrizaje atraídos por el rugir de los motores del avión y la luz de la
bengala fueron Francisco Rojas (a
cargo del destacamento policial situado en camino Belgrano y Alvear) y los
agentes Sergio Garachico, Rodolfo Gómez,
Luis Aifona y Crescencio Suárez, además de Carnevale, Mercuri, Büchele y otros vecinos de las cercanías.
El avión reposaba sobre un maizal,
propiedad de Pedro Mariscotti, pero
para llegar a él había que atravesar un pantano: carros, caballos y los
fornidos hombros de los chacareros fueron el único medio para desalojar la
aeronave y trasladar tripulación y pasaje a tierra firme. Las imágenes tomadas
por el anónimo reportero gráfico del diario El
Día dan cuenta de ello.
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| Foto: Tobías Büchele (h). |
Dicen los memoriosos que tres
días después, cuando hubo secado el barro, fue alivianado de sus asientos,
reaprovisionado de combustible y remolcado con un tractor hasta el inicio de la
calle Alvear, en la entrada de la estancia El
Ombú. Allí comenzó su carreteo y levantó vuelo unos quinientos metros más
allá, justo antes de cruzar el camino General Belgrano, como un ave que recupera
su libertad.





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