Durante
casi cinco años tuve el placer de participar de esa experiencia
periodística que fue “City Bell-Hechos y Personajes”. No lo sabíamos,
pero estábamos removiendo la pelusa acumulada sobre la historia del
pueblo y sus antiguos vecinos. Estábamos siendo testigos también –creo
que sin advertirlo- de los primeros grandes pasos de la avanzada del
nuevo City Bell que aniquiló a aquel que creíamos eterno: casas bajas,
tranquilidad, verde por doquier.
Esta
semana se cumplen veintiún años de mi salida de ese equipo que hizo el
recordado semanario. Lo acabo de descubrir y me pareció curioso
compartir mi última columna quincenal en CB-H&P.
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Punto
final para nosotros en CB-H&P. Todo cumple un ciclo y creemos que
es hora de poner fin al nuestro. Y así, con esta última crónica, damos
por cerrada nuestra columna, que tanto nos dio en todos estos años.
Por Guillermo J. Defranco, anotador y cronista de cosas ciertas.
Puffff.
A cualquiera le temblaría el pulso si se sentara a escribir su renuncia
al trabajo. Y algo así es lo que nos está pasando a nosotros en este
preciso momento. Nadie nos la ha pedido, no nos hemos peleado con nadie,
pero creemos llegado el tiempo de poner el punto final a esta columna
que tanto queremos. Ciento diez crónicas -cuatro años y medio de
publicación ininterrumpida en un semanario como éste- son razón
suficiente para tomar una decisión semejante, simplemente porque creemos
que el lector se merece un descansito; y nuestra creatividad también.
No
vamos a hacer un racconto de los temas tratados aquí a lo largo de este
periplo porque ya lo hicimos en nuestra nota número cien. No vamos a
ponernos nostálgicos como ocurre en las despedidas, aunque nos va a
costar un poquito. Pero no nos gustaría salir de escena haciendo mutis
por el foro y sin contarle nada a nadie. Porque quien más, quien menos,
todos se merecen el mínimo respeto de saber que dentro de quince días ya
no nos hallará más en la página 7 de Hechos y Personajes, una noticia
que para muchos será realmente buena, no lo vamos a negar.
Sí
vamos a decir que habremos de extrañar esta rutina quincenal. Tenemos
la dicha de gozar con nuestro trabajo al ejercer nuestra profesión, tal
vez una de las pocas cuyos límites se confunden con la realidad de la
vida diaria: abrazamos el oficio de contar lo que vemos y oímos y todas y
cada una de las cosas que nos suceden o nos cuentan pueden constituirse
en el punto de partida para una de nuestras crónicas. Por ello y porque
no lo sabemos, no podemos decir que esta sea una despedida definitiva.
Como
dicen en las novelas, fue hermoso mientras duró. Hemos conocido
muchísima gente en todo este tiempo; hemos aprendido tantísimas cosas,
de la profesión y de la vida. Y hemos penetrado la historia de nuestro
pueblo y sus habitantes mucho más allá de lo que nosotros mismos
sospechábamos que llegaba y todo ello nos ha dado una riqueza infinita.
Por ello, a toda esa gente que de alguna manera influyó en nuestro
trabajo y nos apoyó, le damos las gracias y le decimos que la
extrañaremos.
Gracias
también a la gente del semanario, ese equipo conducido por Carlos
Capdevila, experimentado periodista que confió en nosotros y nos cedió
una página de su creación. Y en él agradecemos también a los directores
bajo cuyas órdenes trabajamos y al resto del equipo de CB-H&P.
De
manera especial queremos decirle a Carlos Pinto, el ilustrador de
nuestra columna, que su trabajo nos ha reconfortado. Y es curioso que
haya siempre interpretado tan bien el espíritu de fondo de cada una de
las notas, porque con él nos hemos visto una sola vez, y por espacio de
unos pocos minutos. Pero tanto trabajar a la par y compartir un espacio,
devuelve la sensación de un equipo de trabajo y el sentimiento de un
largo conocimiento. Y por ello lo vamos a extrañar también.
Vamos
a extrañar el síndrome de la página en blanco, el tiempo pasando y
ninguna idea acerca de cómo encarar la próxima nota. Como también
esperar la media mañana del sábado, oír la caída del semanario en el
porche, y correr a abrirlo para criticar nuestro propio trabajo. Pero
creemos que toda rutina necesita un descanso y que es también éticamente
sano advertir que todo se desgasta. Y ni nuestra página ni nosotros
constituimos la excepción. Por eso preferimos meter violín en bolsa y
partir con la música a otra parte.
En
fin, basta de aporrear el teclado cuando está bien entrada la noche
(esa es la hora en que aflora más nuestra creatividad, como el rocío del
jardín y la tos de los resfriados). Ya no oiremos el silencio
citibelino entre párrafo y párrafo ni fijaremos la mirada en el
cielorraso en busca de ese sinónimo que se oculta en su timidez.
Sin
embargo, sabemos que no dejaremos de pensar en ello. No podremos
olvidarnos de cada una de las personas que nos leen, aún las que no
conocemos, porque sin proponérnoslo ni periodista ni lector, entre ambos
se ha establecido un canal de comunicación rico y enriquecedor a la
vez, que perdurará en el tiempo y en City Bell.
Sabemos,
también, que la vida sigue, que hay muchos otros ávidos de tener un
espacio en un medio como éste y que con seguridad sabrán llenarlo mucho
mejor que nosotros. Y eso también es bueno.
Mientras
tanto City Bell seguirá atesorando encantos y particularidades varias,
esas que le dan su identidad tan definida. Seguirán conviviendo el canto
de los grillos y las calles mal numeradas; los veranos tan felices y su
falta de agua; los otoños crocantes de ocre y la basura amontonada; los
encuentros de amigos y la historia tan olvidada.
Nos
gustaría que ésta fuera una más de todas nuestras crónicas, y a la vez
la mejor de todas. Pero sabemos que no es ni lo uno ni lo otro.
Preferimos que sea el encuentro entre dos amigos que saben que el
destino los separa, y comparten unos mates como si todo fuera a seguir
igual. Lo importante no es el encuentro sino la amistad –se dicen- y
parten con esa certeza en su equipaje.
Con
esa idea es que nos vamos, sabiendo que nos seguiremos viendo. En
cualquier lugar. En cualquier momento. Y antes de que aflore nuestro
sentimentalismo excesivo y estiremos la despedida más de lo necesario,
buscamos entre nuestros apuntes algún punto final que nos haya quedado
traspapelado. Lo tomamos con emoción, entre el índice y el pulgar, y lo
ponemos justo acá, exactamente en este preciso lugar.
10 abr 00.-

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