miércoles, 27 de febrero de 2019

Semana juancarlitana


La base del siguiente texto corresponde a una columna del programa radial Hablando de City Bell de 2017, que gustábamos hacer con Juanjo Vendramín. Dada la efeméride, decidí traerla al presente para compartir su esencia

            Este 28 de febrero se cumplen once años de la partida de Juan Carlos Alba Posse, “Juancarlitos”, para muchos, dado que portaba iguales nombres que su papá. Días después, el 4 de marzo, Juan cumpliría 64 años. Casi podríamos decir que estamos en la “semana albapossiana” o “juancalitana”, días en los que Juan está muy presente entre quienes tuvimos la dicha de acompañarlo en algún momento de su vida.
Juan Carlos Alba Posse segundos antes de contar 
a sus amigos que sería sacerdote.


A Juan lo conocimos hace unos cuarenta años, entre clases particulares de física y matemática y aventuras apostólicas; cuando nosotros, desde nuestro sentir de adolescentes creíamos que el mundo era nuestro y él se comenzaba a plantear que la agrimensura no era lo suyo, que más valían magisterio y filosofía.

La más grande de las pavas no habría alcanzado para toda una tertulia de aquellas en que mate en mano y a puro cielo estrellado, discutíamos sobre nuestro compromiso social, nuestro deber en el mundo y nuestro papel en la Historia.

Era por los setentilargos (¿'77? ¿'78?) cuando en medio de una reunión del grupo de apostolado que dirigía lo vimos con gesto extraño, con cara de "¿lo digo?" y en ese instante le tomamos una foto. Y como si el fogonazo del flash le hubiese dado fuerzas, nos despachó la noticia: "Quiero ser sacerdote; voy a entrar al seminario". La noticia era, en todo caso, lo que muchos intuíamos que acabaría sucediendo, más aún cuando bajo las estrellas habíamos sido confidentes interlocutores en una conversación sobre ese tema.

Supimos en ese instante que en City Bell nos había nacido un padre, y no dicho en el sentido eclesiástico, sino en toda la dimensión de la palabra: un Padre.

Paradojas de la vida, la miopía de sus ojos hizo más aguda la visión de su alma, esa con la que escudriñaba al prójimo, con la que era capaz de descubrir el problema de fondo en tal o cual comunidad, en éste o aquél barrio.

Juan Carlos tenía una presencia convocante adonde estuviera. En los años ’80 peleó palmo a palmo con los pastores evangelistas el barrio Santa Ana, donde llegó a fundar una "escuela volante" en casa de la señora Ester Moore, simiente de un gran proyecto de promoción social cuya concreción siempre tuvo en mente.

El barrio El Ombú y el Güemes fueron, también, tierra fértil para su idealismo puro y cristalino, para su labor sin pausa. Revolucionario, soñador, emprendedor, conquistador de utopías, le puso el pecho a la adversidad aún cuando se tratara de la prepotencia impune. Así dio vida a la "cocina abierta" (en reemplazo de las ollas populares), las granjas, las casas para chicos de la calle.

Ya consagrado, su mano fue pródiga en bendecir, en administrar sacramentos; fue la mano paterna que acariciaba cabezas para tranquilizar las almas. Generoso, desprendido, de sus bolsillos ralos salía siempre un "algo" para obsequiar al otro. Y de su corazón, la fortaleza y la humildad para devanar los conflictos con su pastor diocesano.

-Juan, ¿qué pensás del celibato? -le preguntamos cierta vez.
-Estoy en contra. Pero si se aboliera, yo no me casaría, porque abracé la vocación sacerdotal junto al celibato.
-¿O sea que no te casarías?...
-…O sí, pero dejaría de ser sacerdote.

No recordamos cuánto pasó entre esa conversación y la tarde en que, siendo párroco en Los Hornos, nos soltó la confidencia de que una mujer se había cruzado en su vida. "Tomá distancia y dejá que el tiempo hable", le aconsejamos desde nuestro humilde sentido común. Dos años después, en lo que fue su última celebración pública, nos dijo que Dios le había sido muy claro a lo largo del tiempo: dejaba el sacerdocio para formar una pareja. "Más allá de que sea pecado que un sacerdote tenga una pareja -explicó- no puedo ser hipócrita y que la gente me vea como un sacerdote cuando yo en realidad quiero ser esposo de la mujer que amo".

Vuelto a su condición de laico y dispensado de sus obligaciones pastorales y sacerdotales, Juan Carlos siguió como siempre -ahora junto a su esposa Mónica- con sus tareas apostólicas: el trabajo por la institución familiar, por los marginados, los necesitados, los chicos. "Parece mentira, pero sacerdotalmente me siento más fuerte que nunca", confió.

Ya casado, vino a vivir a City Bell en una casilla de madera sobre la calle Pellegrini. En medio de la mudanza, su esposa le recomendaba con insistencia sobre la fragilidad de tal o cual bulto. Colmado en su paciencia, Juan Carlos estalló en un “¡Basta!”. El silencio que siguió fue tal que no podía cortarse con otra cosa que una humorada. Y poniéndole mi mano sobre su hombro, lo miré a los ojos y le dije: “Voy a decirte algo que vas a comprender mejor que nadie: el matrimonio es como el sacerdocio: tenés que obedecer”.

Nos vimos poco en sus últimos años –durante los cuales se instaló en Miramar-, pero como esas amistades (fraternidades) que se fortalecen en el tiempo y la distancia, lo palpitamos siempre cercano, rememorando conversaciones de los tiempos idos que siguen siendo una guía en nuestra vida de hoy.

            Aunque nunca fue párroco en City Bell, ha celebrado innumerables misas y suministrado infinitos sacramentos aquí. No encontramos a nadie que no lo recuerde con alegría, con gratitud, con el reconocimiento del que sólo los grandes hombres, las grandes personas, son merecedores.

Feliz semana, padre, amigo, hermano; y gracias por estar.
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02 mar 17 / 27 feb 19


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